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Higos para Marcel Proust

Higos para Marcel Proust
Antonio Costa Gómez
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Higos para Marcel Proust

A Proust las magdalenas le traían toda su infancia. A mí los higos me traen todo mi ser.

  Cada vez que huelo higos vuelvo a ser yo mismo, sé que existo y que soy yo mismo. Escarban en lo más profundo de mi ser.

   Ya me pasaba cuando era niños, los higos me parecían enigmáticos y extraños. Y me hacían vivir y me traían toda la existencia.

  Por eso Rile escribió a una higuera. Por eso Cristo maldijo a la higuera que no daba higos. Era una higuera que no daba higos, que negaba todo el fondo de la vida.

   Y casi me caigo a un precipicio en el castillo de Duino por recoger una higuera que estaba en un reborde junto al abismo. Guardé ese higo en mi casa durante muchos años.

   Los higos son lo más hondo que pueda existir en fruto, son los que nos arrebata lo más hondo del ser. Son la sensualidad metafísica. Y no hay puritanismo que valga contra eso.

   Casi fundo la religión de los higos. Pero es mi propia religión. Y solo vale tal vez para mí mismo.

   Una vez en Amarante, en Portugal, comprendí toda la poesía de la saudade de Teixeira de Pascoaes. Y todo vino hacia mí desde todas partes para contrarrestar la saudade. Fue una sorpresa que me hizo existir infinitamente de golpe.

   Casa vez que huelo higos sé que un lugar es profundo. Sé que uno puede escapar en ese lugar de toda vulgaridad y rutina y sentirlo todo. Sé que uno puede regresar a lo más hondo y besar como en ese beso metafísico del pintor austriaco.

   A Proust la magdalena le trajo el recuerdo involuntario de su infancia y todo le pareció interesante y vivo otra vez. Fue una resurrección. Yo me sumerjo en lo más hondo cuando huelo higos, siento toda la sensualidad metafísica del universo.

   Me parece que regreso a esa plenitud anterior de la que venimos según los poemas gnósticos y según Platón. Y de la que siempre tenemos nostalgia.

   Todo está en los higos y todo lo dan los higos. De repente todo se vuelve extraño y profundo. Y todo se vuelve interesante. Como en la poesía de Rilke. Y mi rostro se vuelve extraño y todo se asoma a mi rostro.

   Venid a nadar conmigo en el pozo profundo de los higos.

  Imaginé una novela en que un tipo secuestra el café Novelty de Salamanca con rehenes y solo exige un plato de higos. Para qué coño quiere unos higos, se dicen, cómo van a conseguir un plato de higos en mitad de la noche. Los policías se pueden a negociar con él, el secuestrador les habla de Heidegger y de apartar las cortinas del ser, tienen que ponerle a un negociador que sepa de filosofía.

   Y le ponen a una vieja para que lo escuche sin fin, también quiere a alguien que lo escuche de verdad sin fin.

   Al final no le dan los higos, entran a tiros y lo reducen.

   Nadie me premió esa novela, ni la quiso publicar. Pero yo expresé mi metafísica de los higos. Tal vez un día, cuando lleve veinte años muerto, alguien descubra esa novela y se haga mundialmente famosa. Como ocurrió con “La conjura de los necios” de John Kennedy Toole.

   Y en ese libro con más detalle todo lo que yo siento con los higos.

  Por qué alguien pidió higos asustando a todo el mundo. Les dijo: algo va a estallar, y se refería a que iba a estallar el mundo en su cabeza. Pero lo entendieron mal y creyeron que era un terrorista.

   Tampoco yo soy un terrorista pero a veces me gustaría asustar a todo el mundo para que se ponga a reflexionar. Y que aparte las cortinas como Heidegger y descubra la verdad como des-velamiento.

   Y para ello será muy bueno oler higos.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTO DE CONSUELO DE ARCO

Pensamiento

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