Échale guindas al pavo que yo le echaré a la pava
Los hombres siempre quieren ser el primer amor de una mujer. Las mujeres tienen un instinto más sutil: prefieren ser el último romance de un hombre.
Oscar Wilde
En la misma mañana de septiembre en que Angélica acabó de leer Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, Ignacio acabó de ver las películas de Rocky, de Sylvester Stallone. Imaginemos que ambos están en plena adolescencia, con todas las hormonas revolucionadas. Van al mismo colegio, a la misma clase, practican el mismo deporte y ven la luna cada noche, aunque desde lugares diferentes.
Ahora imaginemos que Angélica e Ignacio no se soportan, aunque se conocen desde la guardería. Ella es rubia, de ojos oscuros; él, moreno y de ojos verdes. Todo hace pensar que estos dos adolescentes acabarán enamorándose. No sé si el uno del otro, pero terminarán enamorándose, quizá a la vez.
Hoy en día, el cine, las revistas de moda y las redes sociales nos enseñan al chico perfecto y a la mujer sin deformidades físicas. Los estándares de belleza cambian con cada siglo. No son los mismos gustos que tenía el pintor barroco Pedro Pablo Rubens, que daba protagonismo a mujeres de curvas pronunciadas y cabello siempre rubio.
Pero esa realidad nos obliga a buscar y encontrar nuestra media naranja en un imposible. Es cierto que de jóvenes somos bellos, listos para entrar en el paraíso y ser íntimos de San Pedro, claro, si llegamos hasta el apóstol. Pero lo primero es vivir nuestra vida y emocionarnos con el día a día.
Los que vivimos ahora somos quienes construimos la Historia que verá mañana la gente del futuro, y serán ellos quienes nos juzguen.
Pero ¿qué pensamos hombres y mujeres sobre nosotros mismos? Si el amor mueve el mundo, sea homosexual o heterosexual, es necesario comprender que siempre es cosa de dos para que el vehículo funcione.
Angélica e Ignacio son dos personas que, si entráramos en su pensamiento adolescente, posiblemente nos mostrarían la preocupación real del adolescente tímido para acercarse y acojonado para alejarse. Pero hay que saber que todos los pensamientos son válidos cuando comenzamos nuestras vidas como seres que ya no son ni adultos ni niños.
Hombre: «¿Podría llegar a construir algo con ella?»
Este pensamiento es el pensamiento básico del perfecto soltero que piensa en el amor universal a cada minuto de su vida. Pero, antes de llegar a ese compromiso, este soltero tiene que conquistar muchas ranas para aprender a ser un hombre.
Fijaros en Ignacio, enamorado hasta las trancas de una chica de su clase que, además, está en pareja con un amigo suyo. Es el drama de la adolescencia, cuando el amor lo es todo. Porque, antes del matrimonio, los hijos y los nietos, Ignacio tiene que ir a la casilla de salida y disfrutar de ese primer amor no correspondido. Tiene que saborear esos sinsabores, de ese primer amor en el que se escriben poemas en los cuadernos de clase y después se esconden los verdaderos sentimientos porque la sociedad te obliga a ser de piedra.
Ignacio todavía no se ha hecho la pregunta que todos nos hacemos: «¿Podría llegar a construir algo con ella?». Él piensa solo en esa chica de su clase. Siempre la mira con curiosidad mientras atiende a su profesora, que lo saluda con una sonrisa y se despide de él con una caricia. Aunque tenga pareja, para Ignacio es una diosa. Pero la diosa está ahora mismo ocupada.
Los adultos, por lo general, hemos perdido esa inocencia que nos hacía especiales. Ahora somos más equilibrados, pero todavía conservamos algo que no hemos perdido: esos escalofríos que recorren el cuerpo una y otra vez cuando vemos a esa persona.
Es difícil unir esas dos edades en nuestro universo. Fuimos adultos y niños, pero las sensaciones han cambiado, y eso es algo que los seres humanos somos incapaces de reconocer como propio.
Las formas de seducir de un hombre también han cambiado. Ahora puede mostrarse más en esta sociedad porque ya se ha dado cuenta de que nada le pertenece y de que es uno más en este juego de la seducción.
Todas las generaciones pasan mientras dejan su recuerdo. Ya no queda nadie vivo que conociera en persona a Emiliano Zapata, pero la Historia lo reconoce. Con esto quiero decir que el tiempo pasa y siempre quedan las costumbres que hemos dejado.
Ignacio salió de clase de Matemáticas y se encontró a Angélica en el pasillo. Como siempre, ambos se ignoraron.
Mujer: «Me gusta, pero necesito sentir que él también me elige a mí»
Angélica era romántica. Soñaba con el amor verdadero y con alcanzar la felicidad junto a un chico guapo e inteligente. Estaba enamorada del novio de la chica que le gustaba a Ignacio. Él jugaba al balonmano y, siempre que podía iba a verle. Le gustaba que ganara y se deprimía cuando perdía. En definitiva, era uno de esos amores no correspondidos de la adolescencia.
Pero, al contrario que Ignacio, Angélica se repetía cada día:
—Me gusta, pero necesito sentir que él también me elige a mí.
Sabía que tenía pareja. Además, se les veía muy compenetrados. Ella era amiga de su novia y, al mismo tiempo, su rival. Ese era el problema de su vida en aquel momento.
Si observamos cómo hombres y mujeres afrontamos un mismo problema, descubrimos que no siempre lo hacemos de la misma manera. ¡No me gusta generalizar! pero mientras unos intentan encontrar una solución, otros se conforman con reconocer que existe un problema y esperan a que el tiempo lo haga desaparecer.
La vida tiene muchos altibajos. Hoy estamos arriba y mañana abajo; hoy somos felices y mañana no. Hoy está el sol y mañana lloverá. Pero, con luz o con oscuridad, la persona sigue siendo la misma. Trabajamos, descansamos, nos levantamos y nos acostamos porque todos los días amanece y anochece.
El amor tampoco permanece igual. No es lo mismo Las penas del joven Werther, de Johann Wolfgang von Goethe, que El amante de Lady Chatterley, de D. H. Lawrence. Entre ambas obras existe un cambio de mentalidad. Werther sufre por un amor no correspondido; Lady Chatterley cae en los brazos de un amante. Dos formas de enfrentarse a los deseos que adquirimos al nacer.
Y ahí comienza la eterna guerra de los sexos.
¿Quién es más cabal: un hombre o una mujer?
El tiempo pasa y algunas diferencias parecen mantenerse. Hay más fracaso escolar entre los hombres que entre las mujeres. Ellas suelen ser más ordenadas con sus cosas, mientras que a ellos se les ha relacionado históricamente con el embaucador, el conquistador y el pícaro. El hombre dio vida a la picaresca española de El Lazarillo de Tormes y, a lo largo de la historia, también ha demostrado una extraordinaria capacidad para engañarse a sí mismo.
Pero ¿qué ocurre con la mujer? ¿Dónde queda ella?
Durante mucho tiempo quedó atrapada entre las páginas de las novelas románticas de Jane Austen, esperando al hombre adecuado. Hoy, en cambio, la mirada ha cambiado. También lo vemos en el cine de Chloé Zhao: la mujer ya no espera simplemente a que llegue un marido. Elige. Desea. Rechaza. Y sus deseos sexuales ya no tienen por qué ser motivo de vergüenza.
Gracias a Dios.
Terminó el partido del amor platónico de Angélica. Habían ganado por la mínima y él desapareció. Su pareja lo buscaba nerviosa. Preguntó a Ignacio si sabía dónde estaba.
Ignacio negó suavemente con la cabeza.
Pero no se quedó quieto. Empezó a buscarlo entre la gente.
Al final lo encontró escondido junto al baño.
Estaba besándose, ¡como si no hubiese un mañana! con Angélica.
Ignacio fingió no haber visto nada y continuó su búsqueda entre la gente.
POSDATA
Para terminar este artículo tengo una sola pregunta importante. Pero no quiero que me la respondan.
Los afiliados a un partido político; los hinchas de un equipo de fútbol o baloncesto; los cazadores de caza mayor; los vagos; los que cometen faltas de ortografía; los homófobos, racistas y demás calaña; los dinosaurios, los zorros y los buitres; los peseteros; los no empáticos; los que aborrecen el arte; los que no conocen la obra de Leonardo da Vinci; los que asesinarían a Velázquez; los forofos de Messi; los que nunca han practicado un deporte; los que no soportan el cine clásico; los pasados de moda; los atrapados en el tiempo; los que adoran a cualquier presidente, sea de donde sea y pertenezca a la entidad que pertenezca; los que aborrecen el teatro; los que se tapan los oídos en los conciertos; los que nunca han leído Los miserables, de Victor Hugo; los que no llevan dentro el alma de Don Quijote, el corazón de Hamlet o la aventura de Tom Sawyer; los que nunca se han emocionado con Charles Chaplin, nunca han escuchado un nocturno de Chopin o, sencillamente, han decidido no vivir la vida al máximo…
A todos ellos les dejo una pregunta.
¿Qué está pasando en Ceuta?
© Jorge Girbau Bustos.
Septiembre de 2026.
Imagen potada: openai
Échale guindas al pavo que yo le echaré a la pava

Más leídos