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El sueño perdido: por qué dormir se ha vuelto un lujo moderno

El sueño perdido: por qué dormir se ha vuelto un lujo moderno
Xavier Pardell Peña
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El sueño perdido: por qué dormir se ha vuelto un lujo moderno

Dormir parece lo más sencillo del mundo hasta que deja de serlo. Uno se acuesta, apaga la luz, cierra los ojos y espera. Pero la mente no siempre obedece. Empiezan las cuentas pendientes, la frase dicha por la tarde, el mensaje no contestado, el miedo de mañana, la lista de tareas, el ruido del vecino, la luz del móvil en la mesilla. El cuerpo está en la cama, pero el día sigue caminando dentro.

Durante años hemos tratado el sueño como un trámite, casi como una interrupción molesta de la productividad. Dormir menos se ha presentado a veces como una forma de fortaleza. Quien trabaja hasta tarde parece más comprometido. Quien responde mensajes de madrugada parece más disponible. Quien presume de necesitar pocas horas de sueño parece

pertenecer a una especie más eficaz. Pero el cuerpo no se deja engañar eternamente.

Dormir no es apagar el cerebro. Durante la noche ocurren procesos fundamentales: consolidación de memoria, regulación emocional, reparación de tejidos, equilibrio hormonal, limpieza de sustancias de desecho, ajuste inmunitario. El sueño tiene fases, ciclos, profundidades. No todo descanso es igual. Una noche puede durar ocho horas y no reparar si está fragmentada. Otra puede ser más corta, pero suficiente en determinadas circunstancias. La calidad importa tanto como la cantidad.

Los ritmos circadianos organizan parte de esa arquitectura. La luz de la mañana, la oscuridad nocturna, los horarios regulares, las comidas, la actividad física, todo envía señales al cuerpo sobre cuándo estar alerta y cuándo retirarse. La modernidad ha desordenado muchas de esas señales. Luz artificial por la noche, pantallas, turnos laborales, cenas tardías, ruido urbano, preocupaciones constantes. Dormir se ha vuelto una tarea que antes ocurría con más ayuda del entorno.

La pantalla merece atención. No solo por la luz, sino por lo que trae consigo: conversación, noticias, alarma, comparación, entretenimiento infinito. Uno mira “un momento” y el cerebro recibe una sucesión de estímulos diseñados para impedir el cierre. La cama, que debería ser territorio de descanso, se convierte en una prolongación del mundo. El sueño necesita una cierta rendición, y nuestra época no sabe rendirse bien.

Del castellano me interesan las expresiones que nunca cuestionamos. Siempre me ha parecido revelador que llamemos “perder el tiempo” a descansar. Como si solo tuviera valor lo que produce algo visible. Pero he visto demasiadas veces cómo una persona cambia después de dormir mal: menos paciencia, peor memoria, más irritabilidad, menos capacidad para tomar decisiones. Dormir no es una concesión al cansancio. Es mantenimiento profundo. Los sistemas que nunca se detienen fallan. El cuerpo lo sabe.

La falta de sueño no afecta solo al individuo. Un conductor somnoliento es un riesgo. Un profesional sanitario agotado puede cometer errores. Un estudiante que no duerme aprende peor. Un trabajador sometido a turnos imposibles vive con el cuerpo desajustado. La privación de sueño tiene una dimensión social. No basta con decirle a la gente “duerma más” si sus horarios, salarios, cuidados familiares o condiciones de vivienda no lo permiten.

También hay un componente emocional. La ansiedad roba sueño y la falta de sueño alimenta ansiedad. Es un círculo conocido. Cuando dormimos mal, el mundo parece más difícil al día siguiente. Las preocupaciones ganan volumen. Lo que ayer era manejable se vuelve más áspero. El cansancio estrecha la realidad.

Recuperar el sueño exige a veces medidas sencillas y difíciles a la vez: horarios más regulares, menos pantalla antes de acostarse, luz natural por la mañana, actividad física, cenas menos pesadas, una habitación oscura y silenciosa, rituales de cierre. Pero no conviene convertir esos consejos en una nueva fuente de culpa. Hay insomnios que necesitan atención profesional. Hay enfermedades, medicamentos, duelos o problemas de salud mental que alteran el sueño. No todo se arregla con disciplina.

Dormir también tiene algo de confianza. Para dormir hay que dejar de vigilar. El cuerpo se abandona durante unas horas porque confía en que el mundo no exigirá respuesta inmediata. Tal vez por eso las épocas de incertidumbre duermen peor. Cuando la vida se vuelve insegura, el cuerpo permanece de guardia.

La cultura del rendimiento tendrá que revisar su desprecio por el descanso. Ninguna sociedad puede sostenerse mucho tiempo sobre personas agotadas. Dormir bien no es un lujo privado; es una condición de salud pública, educación, seguridad y convivencia.

Quizá la noche nos pida algo que hemos olvidado: aceptar límites. No somos máquinas encendidas sin coste. Necesitamos oscuridad, pausa, desconexión, silencio. Dormir es desaparecer un poco para poder volver. Y cuando el sueño llega de verdad, sin pelea, el cuerpo repara cosas que durante el día no tuvieron turno.

Xavier Pardell Peña

Ciencia

Imagen Gemini

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