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El Japón que aprendió a leer: libros, librerías y cultura popular en el período Edo

El Japón que aprendió a leer: libros, librerías y cultura popular en el período Edo
Jon Inazio García de las Peñas Otero
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El Japón que aprendió a leer: libros, librerías y cultura popular en el período Edo

La extraordinaria expansión de la cultura impresa transformó la vida cotidiana japonesa mucho antes de la modernización Meiji.

Jon Inazio García de las Peñas Otero

El rumor de las páginas

En las calles de Edo, la ciudad que acabaría convirtiéndose en Tokio, un libro podía circular por muchas manos antes de regresar a su propietario. No era necesario poseerlo: bastaba con alquilarlo. El lector de una novela extensa podía recibir los volúmenes de un prestamista itinerante; el curioso se detenía ante los libros ilustrados de un comercio; el aficionado al teatro reconocía sobre el papel los rostros y los gestos de sus actores favoritos. La palabra escrita había comenzado a desbordar los espacios que tradicionalmente se le atribuían, y su presencia en la vida urbana no respondía solamente a una creciente demanda de instrucción. También obedecía al placer, a la curiosidad, al entretenimiento y al deseo de participar en una conversación cultural cada vez más amplia.

Entre 1603 y 1868, bajo el gobierno de los Tokugawa, Japón conoció una expansión notable de la producción y la circulación de impresos. La estabilidad política relativa, el desarrollo de las ciudades, la especialización comercial y el crecimiento de públicos lectores diversos favorecieron la consolidación de una industria editorial que no dependía exclusivamente de cortesanos, monasterios o eruditos. De ese proceso nace una paradoja fecunda: una sociedad organizada mediante jerarquías estamentales y sometida a mecanismos de vigilancia fue también el escenario de una cultura del libro dinámica, comercial e inventiva. La imprenta no abolió las desigualdades, pero hizo menos sencillo que la curiosidad intelectual permaneciera confinada a los grupos privilegiados.

Antes de la escuela moderna

La historia de aquella transformación suele narrarse bajo una fórmula demasiado cómoda: Japón habría alcanzado elevadas tasas de alfabetización antes de abrirse a Occidente. Sin embargo, la afirmación requiere cautela. No existió una medición homogénea de la alfabetización comparable a los censos contemporáneos, y saber reconocer caracteres, redactar documentos comerciales o comprender textos literarios eran competencias distintas. Las oportunidades de aprendizaje variaban según el territorio, la condición económica, el género y la ocupación. La expansión de la lectura fue real, pero no debe confundirse con un acceso igualitario a todos los saberes.

Entre las instituciones educativas más conocidas figuraban las terakoya, espacios de enseñanza elemental que, pese a la referencia religiosa conservada en su nombre, no constituían necesariamente escuelas vinculadas a templos. En ellos se practicaban destrezas útiles para la administración doméstica y el comercio: lectura, escritura y cálculo. Los materiales didácticos, incluidos modelos de cartas y manuales prácticos, formaban parte del mundo impreso que aquellas enseñanzas ayudaban a sostener. La relación no fue unilateral. La educación creaba consumidores potenciales de libros, pero la disponibilidad de textos, de formatos accesibles y de usos sociales de la escritura también proporcionaba razones concretas para aprender a leer.

El resultado no fue la aparición repentina de un pueblo de eruditos. Fue algo históricamente más interesante: la multiplicación de situaciones en las que leer podía resultar provechoso o placentero. Un comerciante necesitaba llevar sus cuentas; una familia consultaba orientaciones sobre el cuidado de la casa; un viajero deseaba conocer rutas y paisajes; un lector buscaba la siguiente entrega de una historia. La lectura comenzaba a adquirir funciones que excedían la conservación de la tradición docta.

Una industria hecha de madera, papel y riesgo

El libro de Edo era, antes que nada, un objeto material y el resultado de una compleja cooperación. Buena parte de las publicaciones se producía mediante xilografía: el texto y las imágenes se trasladaban a planchas de madera que después se entintaban e imprimían sobre papel. La técnica permitía integrar caligrafía e ilustración en una misma superficie con una continuidad visual difícil de reproducir mediante otros procedimientos. Quien hojea hoy uno de aquellos volúmenes descubre que las imágenes no siempre acompañaban al texto desde fuera: podían ordenar el relato, interrumpirlo o convertirse en su lenguaje principal.

El editor asumía costes y riesgos. Había que adquirir o encargar manuscritos, contratar ilustradores y talladores, preparar las planchas, disponer de papel y organizar la venta. El prestigio de los autores importaba, pero no menos la experiencia de los artesanos y la capacidad comercial de los establecimientos. Kioto desempeñó un papel destacado en las primeras fases de la edición comercial; Osaka y Edo adquirieron después una importancia creciente. Según explica el estudio de la colección Pulverer del Smithsonian, hacia la década de 1660 ya existían librerías en ciudades provinciales, y los vendedores ambulantes ampliaban el alcance de las redes urbanas.

Aquel comercio obligaba a anticipar qué querrían leer personas que todavía no conocían el libro. De ahí la diversidad de formatos, precios y géneros: tratados de enseñanza, poesía, relatos cómicos, guías de viaje, manuales de artes, repertorios ilustrados y narraciones de extensión considerable. La cultura escrita no se limitaba a transmitir conocimientos preexistentes; producía asimismo nuevas modas, gustos y expectativas. Allí donde se formaba un público, los editores podían ensayar productos para atraerlo. Y donde aparecían nuevos libros, se ampliaba el horizonte de lo que un lector podía desear.

El libro que no hacía falta comprar

Las kashihonya, empresas de préstamo remunerado, constituyen quizá el mejor correctivo frente a la idea de que la historia de la lectura equivale a la historia de las bibliotecas privadas. Sus propietarios compraban ejemplares y los alquilaban durante un tiempo por una cantidad inferior al coste de adquisición. Algunos operaban con establecimientos fijos; otros recorrían barrios y clientelas. La investigación de Peter Kornicki sobre los fondos procedentes de estas bibliotecas comerciales ha mostrado la importancia de sus huellas materiales para reconstruir los lectores, las prácticas de circulación y las conexiones culturales entre las grandes ciudades y las provincias.

El préstamo tenía consecuencias intelectuales. Hacía posible acceder a obras voluminosas cuyo precio resultaba prohibitivo para muchos compradores, y convertía el libro en un bien de uso sucesivo. Un mismo ejemplar podía servir a públicos diferentes sin perder su integridad como mercancía. Tal circulación, por supuesto, no garantiza que todos lo interpretaran del mismo modo: el texto cambiaba de contexto cada vez que entraba en otra casa. En esa distancia entre propiedad y lectura se encuentra una de las claves del mercado editorial de Edo. La comunidad lectora podía ser mucho mayor que el conjunto de quienes poseían libros.

Conviene también resistir la tentación de idealizar aquel sistema como una biblioteca pública avant la lettre. Se trataba de negocios, no de servicios universales; sus catálogos respondían a los recursos de cada empresa y a los gustos de sus clientes. Precisamente por eso resultan reveladores. La lectura se había convertido en una actividad capaz de sostener intercambios económicos regulares, y la demanda de relatos, conocimientos y distracciones constituía ya una fuerza reconocible en la vida urbana.

Historias para una ciudad curiosa

Un mercado lector no se comprende únicamente contando ejemplares. Es necesario preguntarse por lo que ofrecían y por las sensibilidades que cultivaban. Ihara Saikaku, activo en el siglo XVII, exploró con una agudeza singular las aspiraciones, los deseos y las contradicciones del mundo mercantil y urbano. Más tarde, Santō Kyōden cultivó formas narrativas asociadas a la cultura popular de Edo, donde la ilustración, la sátira y la observación de las costumbres podían convivir. En el tránsito hacia el siglo XIX, Jippensha Ikku convirtió las peripecias del viaje en materia cómica en su célebre Tōkaidōchū hizakurige, vinculado a la ruta que comunicaba Edo con Kioto.

Estos nombres no representan un canon uniforme. Sus obras pertenecen a contextos y géneros diferentes, pero permiten advertir algo decisivo: el lector podía reconocerse en los comportamientos de sus contemporáneos, reírse de sus pretensiones o recorrer, mediante la imaginación, lugares que quizá nunca visitaría. La literatura comercial proporcionaba una forma de experiencia indirecta. Frente a la idea de que el libro sirve exclusivamente para conservar una sabiduría remota, la narrativa popular mostraba su capacidad de registrar lo inmediato, lo mudable y lo aparentemente insignificante.

La relación entre texto e imagen fue esencial. Los kusazōshi, denominación que comprende diversas modalidades de ficción ilustrada popular, hacían del recorrido visual una parte constitutiva de la lectura. Los libros de estampas, las guías y las obras ilustradas de artistas como Hokusai muestran hasta qué punto la página impresa podía funcionar también como espacio artístico. La colección de libros japoneses ilustrados conservada por el Smithsonian permite comprobar esa variedad de soluciones gráficas: la cultura impresa fue una cultura de la mirada tanto como de la escritura.

Los límites de una cultura expansiva

La vitalidad editorial no debe ocultar sus condiciones políticas. El régimen Tokugawa reguló la publicación y persiguió determinados contenidos en distintos momentos. El control de obras consideradas inconvenientes, las restricciones a la sátira y las reformas morales recuerdan que la circulación de textos transcurría dentro de un orden jerárquico. Además, la expansión del mercado no anuló las diferencias de acceso entre hombres y mujeres, ciudades y áreas rurales, ni entre familias acomodadas y hogares de recursos limitados. Hablar de democratización de la lectura sin precisar esas barreras proyectaría sobre Edo una idea contemporánea de igualdad cultural que no le corresponde.

Y, sin embargo, la censura y la desigualdad no bastan para explicar lo sucedido. Los libros atravesaban las fronteras entre instrucción, comercio y ocio; los géneros se diversificaban; la imagen ayudaba a acercar ciertas publicaciones a lectores con competencias dispares. Más que anunciar inevitablemente la modernización posterior, aquella cultura impresa desarrolló sus propias formas de sociabilidad intelectual. La llamada apertura de Japón en el siglo XIX y las reformas de Meiji no partieron de una sociedad sin lectores, sino de un mundo en el que ya existían editores experimentados, circuitos de distribución y hábitos consolidados de contacto con el papel impreso.

Una modernidad que no empezó de repente

Solemos asociar la modernización cultural japonesa con los ferrocarriles, las universidades y los periódicos de la era Meiji. Son emblemas legítimos, pero pueden producir una ilusión retrospectiva: la de un Japón que habría despertado súbitamente al entrar en contacto con nuevas técnicas e instituciones. La historia del libro obliga a abandonar esa imagen. Antes de la aceleración decimonónica, durante generaciones, autores, impresores, comerciantes, maestros y lectores habían contribuido a hacer de la escritura una presencia ordinaria en numerosos espacios de la vida social.

Quizá la transformación más duradera no consistiera en que hubiera más libros, sino en que cambiara la pregunta sobre su utilidad. El libro podía enseñar, sin duda, pero también divertir, representar una ciudad, alimentar un viaje imaginario o hacer circular una crítica cifrada en la risa. En aquella amplitud de usos se reconoce la madurez de una cultura editorial. Edo no fue una sociedad de lectores universales ni una anticipación imperfecta de nuestra época. Fue algo más concreto y más digno de estudio: una civilización urbana en la que el papel impreso encontró múltiples maneras de incorporarse a la experiencia cotidiana. Mucho antes de que Japón se definiera a sí mismo mediante el vocabulario de la modernidad occidental, sus lectores ya habían aprendido a convertir las páginas en una forma de habitar el mundo.

Fuentes y lecturas de referencia

Gerhard Pulverer Collection, National Museum of Asian Art (Smithsonian), «Art Meets Commerce: Illustrated Books and the Japanese Publishing Enterprise in the Edo Period and Beyond»: https://pulverer.si.edu/essays/hokusai-as-an-illustrator-of-books

Peter F. Kornicki, «Books from Japanese Circulating Libraries in the British Library», British Library Journal, 6(2), 1980, pp. 188-198: https://doi.org/10.23636/577

Smithsonian Institution, «Japanese Illustrated Books Tell of Vibrant Reading Culture in Edo-Period Japan» (2013): https://www.si.edu/newsdesk/releases/japanese-illustrated-books-tell-vibrant-reading-culture-edo-period-japan

Smithsonian Libraries, «Japanese Illustrated Books from the Edo and Meiji Periods»: https://library.si.edu/digital-library/collection/japanese-illustrated-books

Nagatomo Chiyoharu, Edo jidai no shomotsu to dokusho, Tōkyōdō Shuppan, 2001 (registro bibliográfico CiNii): https://ci.nii.ac.jp/ncid/BA51113868?l=en

 

Historia y Cultura

Imagen portada: openai

 

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El Japón que aprendió a leer: libros, librerías y cultura popular en el período Edo

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