DURRELL Y LAS UVAS EN CHIPRE

DURRELL Y LAS UVAS EN CHIPRE
Antonio Costa Gómez
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⚠️ Este artículo tiene más de un año (publicado el 9 de noviembre de 2024)

DURRELL Y LAS UVAS EN CHIPRE

    Le preguntamos a un viejo turco si conocía la casa de Lawrence Durrell. Creímos que no sabría nada, pero nos llevó con seguridad a la casa.

     Estaba en un callejón pequeño, tenía una placa en la pared. Bellapaís es un lugar fascinante con una abadía gótica prodigiosa, cerca de Kyrenia, en la Chipre turca del norte.

   Yo había leído hacía poco “Limones amargos”, donde Durrell cuenta sus años en Chipre. Durrell  poetizó con maestría la Alejandría multicultural de sensuales y gnósticos modernos,  poetizó Corfú.

    No comprendió la cultura cretense con sus serpientes encantadas y sus bailarinas y le antepuso la militarista Micenas. Pero escribió con auténtica emoción sobre Chipre.

    Tiene una visión colonialista, de ocupante bondadoso. Los luchadores por la independencia de Chipre son terroristas, también serían terroristas los irlandeses que no querían ser ciudadanos de tercera desesperados en su propio país bajo el dominio inglés.

     Defiende unos derechos de dominio ingleses escritos no sé dónde. Pero admiró Chipre e hizo amigos chipriotas de verdad. Un cosechero le dice: “Las mejores uvas son las que aún no han venido”.

    Al final del libro, cuando los ingleses se van, un amigo chipriota corre saltando los muros para saludarlo por última vez.

    Paradójicamente muchos chipriotas se sentían mejor bajo la tutela inglesa, cuando turcos y griegos convivían sin conflictos. Y luego empezaron las separaciones, aunque el arzobispo Makarios intentó que Chipre siguiera integrando distintas culturas.

     Me gustó ver la casa de Durrell con sus limones amargos, funcionario inglés pero también poeta sensible.

    Pero lo mejor de Bellapais era la abadía gótica que de noche resplandecía con sus luces como un entusiasmo misterioso. Como una vitalidad casi cósmica. Seguro que Durrell admiró esa vitalidad muchas noches. Igual que admiró y amó a Chipre toda, aunque fuera con mirada colonialista.

    Y paradójicamente en esa mirada colonialista cabían todas las contradicciones y matices de Chipre. Porque luego los chipriotas empezaron a definirse, a considerarse solo esto, solo lo otro.

    Tal vez Durrell, porque mucho más que un funcionario era un poeta, captaba mucho mejor que ellos mismos las riquezas de Chipre. Y veía todo el potencial de las uvas, todo lo que se escondía en las uvas.

   Nunca fue bueno el simplismo, y casi siempre es un crimen. Y si prensas las uvas para hacer vino, hay que cuidar que estén todas las uvas. Y todo cuanto se esconde en ellas. Como todos los esplendores que albergamos.

    Durrell era un funcionario fiel, pero también era un poeta. Y fue testigo abierto del esplendor de la vida. Fue lo que intuimos Consuelo y yo cuando fuimos a visitarlo en aquella casa modesta donde escribió “Limones amargos”. Pero que estaba cerca de una abadía gótica inolvidable.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

FOTO: CONSUELO DE ARCO

 

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