Banksy cubierto, Banksy multiplicado

Banksy cubierto, Banksy multiplicado

Luz Cultural

Banksy cubierto, Banksy multiplicado

Sobre la censura y el genocidio, sobre cómo el borrado se convierte también en autoría, cómo el muro y la pantalla condensan el conflicto entre memoria, represión y cultura visual en el siglo XXI

Déborah García

El 8 de septiembre amaneció en Londres con un gesto inesperado: Banksy había vuelto a pintar en la ciudad. Eligió nada menos que la fachada de los Royal Courts of Justice, un edificio monumental del siglo XIX, corazón de la maquinaria judicial británica. Allí, con la precisión de su stencil, dejó la imagen de un juez con peluca y toga, mazo en mano, descargando el golpe sobre un manifestante caído que sostenía una pancarta salpicada de sangre. No hacía falta explicación. El poder judicial golpeando a quien protesta. La obra apenas duró unas horas a la vista. Rápidamente fue cubierta por planchas negras, vallas metálicas, un dispositivo de seguridad que parecía más destinado a proteger la piedra que a garantizar el derecho de expresión. El Servicio de Tribunales anunció enseguida que el mural sería retirado. No se trataba, dijeron, de censura: el edificio es patrimonio histórico y la ley obliga a preservar su superficie intacta. Y sin embargo. La excusa patrimonial funciona aquí como cortina de humo de una decisión profundamente política, porque lo que Banksy señaló no fue la piedra gótica de un tribunal centenario, sino la brutalidad de un presente en el que casi novecientas personas fueron detenidas por manifestarse contra la prohibición de Palestine Action [una red británica de protesta pro-Palestina que Reino Unido ha calificado de “terrorista”].

El mural se inscribe en una cartografía del genocidio y la censura. En un tiempo en el que la matanza del pueblo palestino se retransmite entre apagones informativos y campañas de criminalización, la imagen de un juez golpeando a un manifestante no es un capricho satírico. Es una alegoría del Estado contemporáneo, donde el derecho no ampara a los débiles sino que legitima la violencia del poder. Retirar el mural de Banksy no es proteger un edificio, sino blindar esa narrativa. Cubrirlo es también escribir otra versión de la obra, un borrado que se convierte en autoría.

Banksy señaló la brutalidad de un presente en el que casi novecientas personas fueron detenidas por manifestarse contra la prohibición de Palestine Action

El valor de la obra estaba, en primer lugar, en la pared. En el choque entre la imagen efímera y el peso de la institución. En esa grieta abierta de madrugada sobre la piedra solemne del tribunal. Verla allí era ver un cuerpo tendido ante la justicia, ver la sangre donde la ley quiere pureza. Esa irrupción en el espacio público no puede ser reemplazada por ningún museo ni por ninguna subasta. Lo que escandaliza no es que Banksy pinte un juez, sino que lo haga precisamente sobre el muro que simboliza la autoridad judicial. Y sin embargo, ese mismo escándalo se sofoca enseguida, como si la pared no debiera hablar. La segunda vida de la obra empieza cuando esta se retira y se cubre. Banksy, como siempre, la documentó en Instagram. Millones de personas la hemos visto en nuestras pantallas sin necesidad de viajar a Londres. Ahí está la paradoja: lo que en la pared era un acontecimiento político se convierte en la red en un archivo instantáneo, viral, deslocalizado. El gesto de censura que borra la obra del espacio urbano la multiplica en el espacio digital. Puede que su valor no sea el mismo. En Instagram, el mural se convierte en icono, en meme, en imagen consumible que ya no confronta directamente al poder, sino que circula domesticada, acompañada de likes, compartida junto a fotos de gatos y desayunos. Y sin embargo, ese tránsito –de la pared a la red– es el espejo del siglo XXI. El poder sabe que lo que desaparece de la ciudad se convierte en recuerdo digital y confía en que ese recuerdo pierda filo, se diluya en la corriente infinita de imágenes. La censura contemporánea no consiste solo en destruir, sino en desplazar: del espacio común a la esfera privada, del acontecimiento a la foto. Lo cubierto con planchas negras reaparece en la nube, y la desaparición se convierte en archivo.

Y sin embargo, incluso en ese desplazamiento, queda un resto. La imagen de Banksy sigue siendo archivo de un momento, testimonio de la represión, prueba de que alguien pintó lo que no debía pintarse en el lugar donde no debía pintarse. Su circulación digital permite que esa memoria se archive, se comente, se reactive. Y, al mismo tiempo, señala la impotencia de la pantalla: ver un juez golpeando a un manifestante en Instagram no duele igual que encontrarse con la pintura frente a la fachada del tribunal. La retirada del mural abre una reflexión sobre el papel del arte en tiempos de genocidio y apagón. ¿Qué significa pintar en una pared cuando las imágenes de los cuerpos asesinados en Gaza apenas logran atravesar la censura mediática? ¿Qué significa borrar ese mural en nombre del patrimonio, cuando la historia que realmente debería protegerse –la memoria de los cuerpos reprimidos– se está borrando en tiempo real? Quizá lo que Banksy consigue, sin proponérselo del todo, es mostrar que la obra incluye también su desaparición. Que el cubrimiento con planchas negras forma parte de la pieza tanto como la silueta pintada. Y que esa tensión –entre la aparición y la censura, entre el muro y la pantalla– es hoy el lugar donde se juega el sentido del arte político.

En el fondo, el mural de los Royal Courts no es solo una denuncia de la represión. Es también un espejo de nuestro tiempo: un tiempo en el que las paredes hablan pero son calladas enseguida; en el que las imágenes denuncian pero son confinadas en la nube; en el que la justicia golpea y el poder se cubre con la coartada del patrimonio. Banksy pintó un juez que aporrea a un manifestante. Las autoridades respondieron con otro gesto aún más elocuente: borrar. Y sin embargo, la imagen persiste.

Foto portada: Pintura de Banksy en la fachada de los Royal Courts of Justice (Londres). / Instagram

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