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Bajo los Olivos de Gaza
El sol de la tarde doraba los surcos donde crecían las berenjenas y los tomates. Yusuf, con la espalda cargada de años de labranza, se enderezó y se secó el sudor con el keffiyeh que siempre llevaba al cuello. Olía a tierra húmeda, a romero silvestre, a vida arraigada. En el saco de yute, las últimas aceitunas de la cosecha temprana pesaban como pequeñas promesas. Mañana las llevaría al mercado, junto a los quesos que Amal, su esposa, preparaba con paciencia infinita.
El domingo pasado habían ganado el partido contra el pueblo vecino. Yusuf aún sentía el eco de las risas, el gol que marcó descalzo en el campo de tierra, el té dulce compartido después. El próximo domingo, pensó sonriendo, insha’Allah, seguiremos primeros.
El ruido empezó como un zumbido lejano, pero denso. Metálico. Impropio del valle tranquilo. Yusuf frunció el ceño. Amal dejó de cantar la vieja canción palestina que tarareaba mientras recogía albahaca. Se miraron a través de los olivos centenarios, una pregunta muda en sus ojos curtidos por el sol y la fe. ¿Aviones? Nunca habían sentido algo así tan cerca.
El primer estruendo que sacudió la tierra fue una explosión. Brutal. Resonante. Una columna de humo negro manchó el cielo azul. Yusuf soltó el saco. Las aceitunas verdes rodaron por el suelo. Otro impacto, más cerca. La tierra tembló. Amal corrió hacia él, sus ojos—siempre llenos de paciencia—ahora desorbitados por el miedo.
—¡Yusuf! ¡Ya Rabb! ¿Qué es esto…?
Un silbido desgarrador rasgó el aire. Yusuf empujó a Amal al suelo, cubriéndola. La onda expansiva les golpeó como un muro, llenándoles los oídos de zumbidos y la boca de tierra amarga. La pequeña mezquita donde rezaban mostró un boquete humeante. La casa del panadero era escombros. Gritos llegaban con el viento.
No eran soldados. No entendían de guerras lejanas. Solo conocían la sequía que retrasaba la siembra, el precio del aceite en el souk, el cansancio bendito del trabajo honrado, la alegría de un balón rodando los domingos. ¿Qué guerra? ¿Contra ellos? ¿Por qué?
—¡Yalla! ¡Tenemos que irnos! —gritó Yusuf.
Corrieron a su casa de piedra y adobe. Dentro, el desastre: la foto del Hajj de sus padres rota en el suelo, polvo sobre las esteras. Amal agarró las llaves, el cofre con sus joyas, las liras ahorradas, el Corán familiar. Yusuf cogió la foto rota de sus padres y, en un rincón, el balón de fútbol desgastado. El balón de los domingos, de la vida que conocían. Lo único familiar que no pesaba con el peso de la pérdida.
Salieron corriendo sin mirar atrás. El sendero se había vuelto una corriente humana desesperada. Vecinos conocidos, caras familiares, todos igual de perdidos. Niños llorando, madres gritando nombres, animales enloquecidos de terror. Solo huir. Lejos del estruendo, del olor a pólvora que ensuciaba el aire puro de la montaña.
En una curva, jadeantes, se volvieron un instante. Su casa, sus limoneros, sus olivos ancestrales se recortaban pequeños contra columnas de humo negro. El minarete dañado se inclinaba peligrosamente. Amal lloró mientras susurraba una du’a. Yusuf apretó el balón contra su pecho, sintiendo el aroma del za’atar, la brisa en la mezquita, los gritos de alegría tras un gol. Todo eso… ¿Leish? ¿Por qué?
Corrieron cuesta arriba hacia lo desconocido. Sin saber adónde. Sin entender nada. Solo con el peso de la tierra dejada atrás y esa pregunta que resonaba más fuerte que las bombas: ¿Por qué?
El último silbido fue diferente. Más cerca. Más final. La luz blanca lo borró todo.
Cuando el polvo se asentó sobre el sendero silencioso, las formas emergieron entre la maleza: dos cuerpos inertes, tendidos como sacos rotos. Solo quedó, más allá de ellos, el balón de cuero gastado, rodando lentamente colina abajo, de vuelta hacia los olivos que ya no tenían quien los cuidase. En su superficie áspera, marcas de dedos que habían conocido la tierra, el trabajo, la alegría de los domingos. Testigo mudo de una vida simple que se desvanecía como humo en el viento, junto a quienes la vivían.
¿Quién entiende la guerra cuando lo único que conoces es la tierra que labras y los goles que celebras?
La injusticia es un idioma que nadie debería aprender jamás.
Glosario de Expresiones y Palabras en Árabe
Keffiyeh Pañuelo tradicional árabe
Insha’Allah Si Dios quiere
Ya Rabb ¡Oh, Señor!
Souk Mercado tradicional
Hajj Peregrinación a La Meca
Corán Libro sagrado del islam
Yalla ¡Vamos! / ¡Vámonos!
Du’a Súplica u oración personal
Za’atar Mezcla de especias
Leish ¿Por qué?
Xavier Pardell Peña
Bajo los Olivos de Gaza

Muy impresionante, muy real.