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Alejandra Pizarnik: cuando la poesía intentó decir lo que no tenía nombre

 Alejandra Pizarnik: cuando la poesía intentó decir lo que no tenía nombre
Sofia Lovelace
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Alejandra Pizarnik: cuando la poesía intentó decir lo que no tenía nombre

Hay poetas que escriben sobre la tristeza.

Hay poetas que escriben sobre la muerte.

Hay poetas que escriben sobre la soledad.

Y después está Alejandra Pizarnik, que consiguió convertir esas palabras en un territorio.

Su poesía no parece querer explicarnos el mundo.

Parece querer entrar en aquello que existe antes de las palabras.

El silencio.

La ausencia.

El miedo.

La infancia.

El deseo.

La identidad.

La noche.

Y esa sensación extraña de estar buscando una palabra que sabemos que existe, pero que todavía no hemos conseguido encontrar.

Pizarnik murió en Buenos Aires en 1972, con apenas 36 años. Pero reducir su figura a su muerte sería cometer una injusticia con una obra que va mucho más allá de su biografía. La propia Biblioteca Nacional Argentina ha insistido recientemente en la necesidad de desplazar la atención de su legendaria muerte hacia la complejidad de su escritura y de sus materiales de trabajo. (Gobierno de Buenos Aires)

Porque Pizarnik no fue solamente una poeta atormentada.

Fue, sobre todo, una escritora obsesionada con el lenguaje.

Una joven que quería encontrar otra lengua

Alejandra Pizarnik nació en Buenos Aires en 1936, en el seno de una familia de origen judío procedente de Europa del Este.

Desde muy joven comenzó a escribir.

Publicó La tierra más ajena en 1955, cuando tenía apenas diecinueve años. Después llegarían La última inocencia y Las aventuras perdidas.

Pero su poesía todavía estaba buscando su propia voz.

Como si cada libro fuera un intento.

Una aproximación.

Una puerta que conducía a otra puerta.

Hasta que apareció Árbol de Diana.

El árbol que crecía en la oscuridad

En 1962 publicó Árbol de Diana, uno de sus libros fundamentales.

Es un poemario breve.

Y precisamente por eso resulta tan poderoso.

Pizarnik había encontrado una forma de escribir en la que cada palabra parecía tener un peso específico.

No necesitaba explicar.

No necesitaba describir demasiado.

A veces bastaba una imagen.

Un cuerpo.

Una sombra.

Una habitación.

Una niña.

Una noche.

Una palabra que parece quedarse suspendida en el aire.

El Centro Virtual Cervantes incluye Árbol de Diana entre sus obras esenciales y recoge su publicación en Buenos Aires en 1962. (Centro Virtual Cervantes)

A partir de entonces, su escritura adquirió una intensidad muy particular.

La poesía empezó a parecerse a una conversación con aquello que no podía decirse.

La palabra como refugio

En Pizarnik hay una paradoja constante.

Necesita las palabras.

Pero al mismo tiempo desconfía de ellas.

Escribe porque quiere alcanzar algo.

Pero cuanto más escribe, más consciente parece ser de que las palabras nunca terminan de llegar hasta ese lugar.

Por eso el silencio aparece tantas veces en su obra.

No como ausencia de poesía.

Sino como el límite de la poesía.

La palabra intenta llegar hasta el silencio.

Y el silencio parece estar siempre un poco más lejos.

Quizá por eso leer a Pizarnik produce una sensación tan particular.

No parece que estemos leyendo a alguien que nos cuenta algo.

Parece que estamos escuchando a alguien buscar.

Una poeta de habitaciones

Hay espacios que regresan constantemente en su imaginario.

Habitaciones.

Casas.

Jardines.

Espejos.

Noches.

Ventanas.

Lugares cerrados.

Son espacios íntimos, pero también mentales.

La habitación puede ser una habitación real.

Pero también puede ser la propia conciencia.

El jardín puede ser un recuerdo.

La noche puede ser un estado interior.

Y el espejo puede ser la imposibilidad de reconocerse.

Pizarnik convierte los lugares cotidianos en espacios simbólicos.

Por eso sus poemas tienen algo de sueño.

Entramos en ellos sin saber exactamente dónde estamos.

París

Entre 1960 y 1964 vivió en París.

Allí trabajó para revistas y realizó traducciones, además de entrar en contacto con escritores y artistas.

Fue una etapa decisiva para su formación.

París le permitió acercarse a la tradición surrealista y a una cultura literaria que ya formaba parte de sus intereses.

Después regresaría a Buenos Aires.

Pero algo de aquella experiencia europea permanecería en su escritura.

La poeta había encontrado un territorio propio entre la poesía, la prosa, el surrealismo y la experimentación.

Pizarnik también dibujaba

Esta es una de las facetas menos conocidas de su obra.

Pizarnik no solamente escribía.

También dibujaba y realizaba collages.

La Biblioteca Nacional Argentina ha mostrado precisamente esos materiales junto a sus manuscritos para reconstruir lo que denominó su «laboratorio poético». (Gobierno de Buenos Aires)

Y la expresión es magnífica.

Porque eso es lo que parecen ser sus papeles.

Un laboratorio.

Palabras tachadas.

Palabras añadidas.

Correcciones.

Fragmentos.

Dibujos.

Imágenes.

Libros subrayados.

Ideas.

La poesía no aparecía de repente.

Se construía.

Los libros que la llevaron más lejos

Después de Árbol de Diana llegaron algunos de sus libros más importantes.

Los trabajos y las noches, publicado en 1965.

Extracción de la piedra de locura, en 1968.

El infierno musical, en 1971.

El Centro Virtual Cervantes conserva una selección de su obra y sus diarios y permite seguir la evolución de esa escritura. (Centro Virtual Cervantes)

En ellos la poesía se vuelve progresivamente más desnuda.

Más concentrada.

Más inquietante.

Como si Pizarnik fuera eliminando todo aquello que consideraba innecesario para llegar a una especie de núcleo de la palabra.

La infancia que nunca desaparece

Hay una figura que aparece una y otra vez en Pizarnik.

La niña.

No necesariamente una niña concreta.

Puede ser una imagen de sí misma.

Una criatura perdida.

Una memoria.

Una parte de la identidad que permanece escondida debajo de la adulta.

La infancia en Pizarnik no es solamente nostalgia.

Es también un territorio extraño.

Un lugar donde todavía no se han establecido completamente las fronteras entre imaginación y realidad.

Por eso sus niñas pueden resultar inquietantes.

Parecen saber algo que los adultos han olvidado.

La condesa sangrienta

Pizarnik también escribió en prosa.

Uno de sus textos más singulares es La condesa sangrienta, una obra inspirada en la figura histórica de Erzsébet Báthory.

Pero Pizarnik no escribió simplemente una biografía de la aristócrata húngara.

Construyó una pieza literaria oscura, fragmentaria y profundamente poética.

La violencia aparece convertida en imagen.

La sangre en lenguaje.

La crueldad en una especie de ceremonia estética.

Es otro ejemplo de cómo su escritura no respetaba demasiado las fronteras entre géneros.

Poesía.

Prosa.

Crítica.

Diario.

Teatro.

Todo podía terminar contaminándose.

Sus diarios son otra obra

Pizarnik escribió diarios durante buena parte de su vida.

Y esos cuadernos permiten descubrir a una escritora diferente de la imagen legendaria que se ha construido alrededor de ella.

En ellos aparecen lecturas, dudas, proyectos, reflexiones sobre literatura y anotaciones sobre el propio proceso creativo.

La Biblioteca Nacional conserva una parte muy importante de su biblioteca personal, con centenares de volúmenes marcados y anotados por ella. También custodia manuscritos, papeles de trabajo, registros de lectura y otros materiales de archivo.

Es fascinante pensar que podemos seguir sus lecturas.

Ver qué subrayó.

Qué palabras dejó marcadas.

Qué libros tuvo cerca.

Qué escritores dialogaron silenciosamente con ella.

Porque a veces para comprender a un poeta no basta con leer sus poemas.

También hay que mirar los libros que leyó el poeta.

Una poesía que no envejece

Pizarnik murió en 1972.

Pero su poesía no parece pertenecer completamente al siglo XX.

Quizá porque habla de cosas que no han cambiado.

La necesidad de ser comprendido.

El miedo a desaparecer.

La dificultad de hablar.

La soledad.

El deseo.

La memoria.

La identidad.

El silencio.

Su lenguaje, además, tiene una cualidad extraordinariamente contemporánea.

Los poemas son breves.

Fragmentarios.

Concentrados.

Muchas veces parecen pequeñas piezas independientes.

Y quizá por eso funcionan tan bien hoy.

En una época acostumbrada a leer textos cada vez más breves, Pizarnik demuestra que brevedad no significa sencillez.

Un poema puede ocupar unas pocas líneas y contener una habitación entera.

El peligro de convertir a un poeta en su tragedia

Existe una tentación cuando hablamos de Pizarnik.

Hablar de su muerte.

Explicarla.

Convertirla en la clave de toda su obra.

Pero eso sería demasiado fácil.

La Biblioteca Nacional Argentina ha señalado precisamente la necesidad de mirar más allá del «legendario suicidio» y recuperar la complejidad de su producción literaria y de su archivo.

Pizarnik fue mucho más que una poeta que murió joven.

Fue una autora que escribió poesía, prosa, teatro, crítica, diarios y correspondencia.

Fue lectora.

Traductora.

Dibujante.

Experimentadora.

Y, sobre todo, alguien que dedicó buena parte de su vida a una pregunta aparentemente sencilla:

¿hasta dónde puede llegar una palabra?

La poesía como búsqueda

Quizá esa sea la mejor manera de acercarse a Pizarnik.

No como quien busca respuestas.

Sino como quien entra en una habitación oscura y espera unos segundos para que los ojos comiencen a acostumbrarse.

Al principio no vemos nada.

Después aparece una forma.

Una ventana.

Una silla.

Una niña.

Una sombra.

Y finalmente comprendemos que el poema estaba hablando de nosotros.

Porque la gran poesía no siempre nos explica algo.

A veces simplemente reconoce aquello que nosotros no sabíamos cómo nombrar.

Y eso es lo que hace Pizarnik.

Nos deja delante del silencio.

Nos entrega una palabra.

Y nos obliga a decidir qué hacer con ella.

Quizá por eso, tantos años después de su muerte, seguimos entrando en sus libros.

No para encontrar a la mujer que existió.

Sino para encontrar, entre sus palabras, algo de nosotros mismos que todavía no tiene nombre.

 

 

 

  • Poesía
  • Imagen portada: openai
  •  Alejandra Pizarnik: cuando la poesía intentó decir lo que no tenía nombre
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  • Alejandra Pizarnik convirtió el silencio, la infancia, la noche y la identidad en poesía. Un recorrido por la obra y el universo literario de una de las grandes poetas argentinas del siglo XX.

Centro Virtual Cervantes,  (Centro Virtual Cervantes)

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