- También somos Palabras - 2 de noviembre de 2026
- Paco Jurado y su urgencia vital con el arte - 16 de octubre de 2026
- SOBRE LA PINTURA DE LOPE MARTÍNEZ ALARIO - 27 de febrero de 2026
También somos Palabras
Por Antonio Abad
Cuando nos preguntamos ¿qué es poesía?, la respuesta inmediata –lógicamente después de desterrar de nosotros cualquier respuesta comprometedora con una actitud que pueda resultar acaso pedante por erudita–, enseguida nos acordamos de lo que en su día escribió Bécquer:
«y tú me lo preguntas, poesía eres tú»
Una respuesta, a mi entender, hábil y también provocadora por convertir en sustancia poética no a la palabra, que es la verdadera sustancia del poema, sino al sujeto amado.
Pero poesía, desde mi particular y personal actitud estética, es también ese amplio, y a veces, territorio oscuro del yo. Eso sí, un territorio que se sumerge como un río, o que vuela como un viento hacia ese otro territorio del tú. Lo digo para establecer una especie de juego de espejo, entre el tú becqueriano y el yo existencial y, por supuesto, para no contradecir al admirado Bécquer.
Pero concretando el asunto, poesía, siguiendo la senda de Vicente Aleixandre, es ante todo comunicación. Se comunica nuestra memoria, lo que somos o lo que no somos, el universo personal, nuestros sueños y nuestros temores o la trascendencia de lo cotidiano. En resumen, nuestra experiencia del mundo a partir de la palabra. Una palabra que pretende llegar al ojo que lee o al oído que escucha. La palabra como viaje, como saeta, como disparo si se quiere, para penetrar en el corazón o en la piel del otro; en definitiva, vivir y poblar los extensos territorios de la palabra lo cual implica ese ámbito donde todo escritor desarrolla su obra, ámbito o espacio donde la literatura contextualiza sus ambages para corporizar los mundos soñados o los mundos reales que pertenecen a todo creador.
Y es que la palabra en este sentido se hace sustancia, se hace sustancia para definir y definirse en ese ámbito que nos rodea. Porque la palabra ante todo es pensamiento y, por tanto, vehículo que nos lleva y nos trae por todos los recorridos de nuestra existencia. Quiero decir que somos sentimientos, pero «también somos palabras». Sin ellas ni las cosas ni nosotros nunca serían. Las cosas se apoyan en sus nombres y viceversa. Nombrar precisamente las cosas nos hace definirlas y darles el cuerpo suficiente para el conocimiento. Pensamos con palabras, sentimos, amamos e incluso llegamos a odiar con ellas. Las palabras nos pertenecen y ellas nos obligan a configurar los territorios de cada uno de nosotros. Son nuestros ojos allí donde miran y allí donde no ven, y son también nuestras bocas, nuestros oídos, nuestras manos, son en definitiva: más que el alma el aliento para comprender el mundo, si se me permite esta larga retahíla de prosopopeyas.
Decía Octavio Paz que la belleza es inasible sin las palabras, y Nietzsche inicia su crítica de los valores enfrentándose a las palabras; porque precisamente toda crítica filosófica se inicia con un análisis del lenguaje. En definitiva, estamos hechos de palabras, ellas son nuestra realidad o al menos el único testimonio de nuestra realidad.
Pero me gustaría preguntarme, ante esta larga declaración de intenciones, y por mencionar de nuevo a Vicente Aleixandre, ¿qué es lo comunicable?, ¿qué es lo que podemos verter en ese territorio que va del yo al tú en el lenguaje de los días?
Mi respuesta: Todo es absolutamente comunicable. Lo que ocurre es que tenemos que convertir en material poético –vamos a llamarlo así–, el contenido del mensaje, el contenido de lo que se quiere comunicar.
Pero esto es ya otra cuestión.
De hecho, todas participamos de un mundo muy rico de sensaciones, de ensueños y de experiencias. Cuántas veces habremos escuchado aquello de «mi vida es para escribir una novela». Quién no ha tenido un arrebato emocional y ha necesitado transferirlo, comunicarlo, ha cogido un papel y se ha puesto a escribir o dibujar: es el primer impulso del acto creador. Aquello que nos empuja a sacar de nosotros; es decir, a sacar de ese territorio del yo, lo que denominaba Baltasar Gracián «el fluir de la conciencia, una conciencia asaltada por un espectáculo múltiple, interior y exterior, hechos de lo que ven nuestros ojos, recuerdan nuestra piel y nuestra alma, oyen nuestros oídos y presiente nuestra imaginación». Insisto, todo es comunicable. Todos tenemos la capacidad de comunicar. Pero refiriéndonos al hecho artístico, el artista es aquel que comunica, pero trascendiendo lo comunicable, logrando que su experiencia personal se reconstruya en el otro y se universalice su mundo interior: yo diría que simplemente llegue. Llegar del yo al tú: otra vez Bécquer. Ese es el objetivo del arte: trascender, convertir en materia compartida la materia personal del yo.
Imagen portada: openai
También somos Palabras
Sobre el contador
El contador registra los artículos que lees en este navegador durante un periodo de 12 meses. No utilizamos tu dirección IP ni identificamos quién eres. Si quieres desactivar el contador, activa Funcionales.
Puedes gestionar esta funcionalidad desde Configurar cookies.
Luz Cultural es un proyecto cultural independiente. Si quieres ayudarnos a seguir creciendo, puedes apoyar el proyecto.
APOYAR LUZ CULTURAL

Más leídos