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El “harén de monjas” de D. Juan V: el rey que convirtió los conventos en escenario de sus pasiones

El “harén de monjas” de D. Juan V: el rey que convirtió los conventos en escenario de sus pasiones
Sofia Lovelace
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El “harén de monjas” de D. Juan V: el rey que convirtió los conventos en escenario de sus pasiones

Por Sofía

Hubo un rey portugués que convirtió la religión en una de las grandes obsesiones de su reinado. Gastó cantidades extraordinarias de dinero en iglesias, conventos y ceremonias, levantó uno de los monumentos más impresionantes de Portugal y consiguió del papa un título que parecía resumir su personalidad: “Rey Fidelísimo”.

Pero aquel mismo monarca tenía otra reputación mucho menos piadosa.

Juan V de Portugal fue famoso por sus aventuras amorosas y, especialmente, por sus relaciones con mujeres pertenecientes al mundo de los conventos. Algunas de aquellas relaciones tuvieron incluso descendencia.

De ahí nació una de las historias más llamativas de la monarquía portuguesa: la del supuesto “harén de monjas” de Juan V.

La expresión resulta provocadora, pero necesita una aclaración. Juan V no tuvo un harén en el sentido estricto de la palabra. No existió un lugar donde numerosas religiosas fueran reunidas y mantenidas por el rey como ocurría en las cortes orientales. Lo que sí existió fue una sucesión de relaciones amorosas entre el monarca y varias mujeres vinculadas a conventos, especialmente en Odivelas, a las afueras de Lisboa.

Y en el centro de aquella historia estuvo una mujer que acabaría convirtiéndose en una auténtica celebridad de la corte portuguesa:

Madre Paula de Odivelas.

Juan V, el Rey Fidelísimo

Juan V nació en Lisboa en 1689 y subió al trono siendo todavía muy joven, tras la muerte de su padre, Pedro II.

Su reinado, entre 1706 y 1750, coincidió con uno de los periodos de mayor riqueza de la monarquía portuguesa. El oro procedente de Brasil permitió a la Corona disponer de recursos extraordinarios, y Juan V los utilizó para construir una imagen de poder y magnificencia.

Su proyecto más famoso fue el gigantesco convento-palacio de Mafra, cuya construcción comenzó en 1717.

El edificio no era simplemente un convento. Era una declaración de poder.

La enorme basílica, el palacio, la biblioteca, los patios y las dependencias religiosas demostraban hasta qué punto Juan V quería que Portugal fuese percibido como una gran potencia católica.

Su religiosidad llegaba hasta Roma. El monarca mantuvo una relación privilegiada con la Santa Sede y consiguió que el papa Benedicto XIV le concediera en 1748 el título de “Rey Fidelísimo”.

Y aquí aparece la primera gran paradoja.

Mientras Juan V construía una imagen pública de soberano profundamente religioso, su vida privada estaba adquiriendo una fama completamente diferente.

El “Rey Freirático”

En Portugal comenzó a circular otro sobrenombre para el monarca:

“Rey Freirático”.

La palabra portuguesa freirático estaba relacionada precisamente con los hombres que mantenían relaciones amorosas con monjas.

El apodo era una forma de resumir una reputación que acompañó al rey durante buena parte de su vida.

Juan V tuvo amantes fuera de su matrimonio con la reina María Ana de Austria, perteneciente a la poderosa Casa de Habsburgo. Pero algunas de sus relaciones más conocidas estuvieron vinculadas al ambiente conventual.

Y hubo un lugar que acabaría convirtiéndose en sinónimo de aquellas aventuras:

Odivelas.

Odivelas, el convento que entró en la historia

El monasterio de San Dionisio de Odivelas, situado cerca de Lisboa, tenía una larga tradición y estaba estrechamente relacionado con familias nobles.

Los conventos femeninos de la época no eran exactamente los lugares silenciosos y aislados que nuestra imaginación moderna suele representar.

Muchos estaban integrados en redes sociales y familiares de la aristocracia. Algunas mujeres ingresaban en ellos por motivos religiosos, mientras que otras encontraban allí una alternativa al matrimonio o una forma de conservar determinada posición social.

En ese contexto, Odivelas adquirió una reputación especialmente singular.

El monasterio llegó a estar relacionado con historias de romances, visitas y escándalos protagonizados por miembros de la nobleza.

Y Juan V frecuentó aquel mundo.

Fue allí donde apareció la mujer que se convertiría en su amante más famosa.

Madre Paula de Odivelas

Su nombre era Paula Teresa da Silva e Almeida, aunque pasó a la historia como Madre Paula de Odivelas.

La relación entre Juan V y Paula no fue una aventura fugaz.

Se convirtió en una relación estable y suficientemente importante como para que el rey tuviera un hijo con ella.

En 1720 nació D. José de Bragança.

El nacimiento de un hijo hacía imposible que aquella relación permaneciera completamente en el terreno de los rumores. Y la posición de Paula junto al monarca comenzó a hacerse cada vez más evidente.

El rey la protegía.

La favorecía.

Y, sobre todo, le proporcionaba un nivel de vida que contrastaba enormemente con la imagen tradicional de austeridad asociada a una religiosa.

Los relatos posteriores hablaron de habitaciones lujosas, objetos valiosos y regalos extraordinarios.

Algunos de esos relatos probablemente fueron exagerados por la tradición y la literatura, pero la riqueza y la influencia de Paula no fueron simplemente una invención romántica.

Su proximidad al rey la convirtió en una mujer con un poder considerable.

Una monja con acceso al rey

En una monarquía absoluta, la cercanía física al soberano podía convertirse en una forma de poder.

No hacía falta ocupar un cargo oficial.

No era necesario tener un título político.

Bastaba con que el rey escuchara a alguien.

Madre Paula tenía precisamente ese privilegio.

Personas que buscaban favores podían intentar aproximarse al entorno del monarca. Y Paula estaba dentro de ese entorno de una manera excepcional.

Por eso, con el paso del tiempo, algunos relatos llegaron a presentarla como una especie de “reina en la sombra”.

La comparación es exagerada, pero resulta reveladora.

La reina oficial era María Ana de Austria.

Paula no podía competir con ella en términos dinásticos ni institucionales.

Pero disfrutaba de algo que la reina no podía monopolizar: la intimidad del soberano.

Los hijos de Juan V y los Meninos de Palhavã

La historia de las amantes del rey adquiere todavía más importancia cuando aparecen sus hijos ilegítimos.

Juan V tuvo varios hijos fuera de su matrimonio. Tres varones fueron reconocidos posteriormente por el monarca y pasaron a ser conocidos como los Meninos de Palhavã.

Eran:

D. António, hijo de Luísa Inês Antónia Machado Monteiro.

D. Gaspar, hijo de la religiosa Madalena Máxima de Miranda.

Y D. José, hijo de Madre Paula de Odivelas.

Este último es especialmente importante para nuestra historia porque confirma la relación entre el rey y Paula.

Los tres fueron educados para desempeñar funciones dentro de la Iglesia y llegaron a ocupar posiciones destacadas.

D. Gaspar, por ejemplo, llegó a ser arzobispo de Braga.

D. José, el hijo de Madre Paula, llegó a convertirse en inquisidor-mor del Reino.

Es decir, aquellos hijos ilegítimos no fueron simples secretos familiares escondidos para siempre.

Juan V acabó reconociéndolos oficialmente.

El documento de reconocimiento fue firmado en 1742, aunque la existencia de los hijos y su situación se manejó con la discreción propia de una monarquía que debía preservar la imagen pública de la familia real.

¿Y las otras monjas?

Aquí aparece la parte más difícil de la historia.

La fama de Juan V como amante de religiosas no procede únicamente de Madre Paula.

Existen referencias a otras mujeres vinculadas a conventos con las que el monarca habría mantenido relaciones. También circularon listas y relatos sobre religiosas implicadas en supuestos “delitos amorosos”.

Pero aquí es donde un artículo histórico debe frenar un poco.

No todas las historias tienen el mismo nivel de documentación.

Algunas aparecen en fuentes históricas; otras proceden de testimonios posteriores, rumores, literatura o relatos que fueron creciendo con el paso de las generaciones.

Y eso es precisamente lo que hace tan difícil responder a una pregunta aparentemente sencilla:

¿Cuántas monjas fueron amantes de Juan V?

No existe una cifra que podamos ofrecer con absoluta seguridad.

Decir que tuvo un “harén” sería convertir una reputación histórica en un hecho literal.

Lo correcto es hablar de varias relaciones con mujeres vinculadas a conventos, algunas de ellas suficientemente documentadas.

La historia de las dos monjas

Entre las anécdotas que rodean a Madre Paula hay una especialmente extravagante.

Según una tradición muy difundida, Paula habría tenido anteriormente una relación con Francisco de Portugal, conde de Vimioso.

Cuando Juan V se interesó por ella, el rey habría llegado a ofrecer al conde la posibilidad de escoger otras dos religiosas a cambio de renunciar a Paula.

La escena parece escrita para una novela.

Y precisamente por eso debe tratarse con precaución.

No tiene el mismo grado de certeza histórica que el nacimiento de D. José o el reconocimiento de los Meninos de Palhavã.

Sin embargo, la anécdota sobrevivió porque encajaba perfectamente con la imagen que se había creado alrededor de Juan V: la de un rey para quien las relaciones amorosas y los conventos formaban parte de un mismo universo.

El lujo de Madre Paula

La vida de Madre Paula se convirtió en otra fuente de historias.

Los relatos sobre sus aposentos hablan de lujo, regalos y objetos extraordinarios.

Entre las historias más famosas se encuentra la de una bañera de plata relacionada con la amante del rey.

Es difícil saber hasta qué punto todos los detalles que han llegado hasta nuestros días son exactos. Las historias sobre personajes célebres tienden a crecer con el tiempo, especialmente cuando mezclan sexo, poder, religión y dinero.

Y pocas historias reunían esos cuatro ingredientes como la de Madre Paula.

Lo que sí resulta significativo es que la tradición haya conservado precisamente la imagen de una monja rodeada de un lujo extraordinario gracias a su relación con el rey.

La paradoja era demasiado perfecta para desaparecer.

Religión, poder y deseo

La historia de Juan V no puede entenderse simplemente como la de un rey mujeriego.

Su comportamiento pertenece a una época en la que la religión impregnaba prácticamente todos los aspectos de la vida pública y privada.

La Iglesia tenía un enorme poder social.

Los conventos estaban vinculados a las familias nobles.

La corte funcionaba mediante relaciones personales, favores y recomendaciones.

Y el rey ocupaba la cima de esa estructura.

Por eso las relaciones de Juan V con religiosas tienen interés histórico más allá del escándalo sexual.

Nos muestran una sociedad llena de contradicciones, en la que la devoción religiosa podía convivir con comportamientos que hoy parecen absolutamente incompatibles.

Juan V no veía necesariamente esa contradicción de la misma manera que la vemos nosotros.

Era un hombre profundamente religioso y, al mismo tiempo, un soberano que disfrutaba de sus privilegios.

Ambas cosas podían coexistir en la mentalidad de una monarquía católica del siglo XVIII.

El rey de los conventos y las amantes

Con el paso del tiempo, la figura de Juan V quedó atrapada entre dos imágenes.

Por un lado, el monarca devoto, mecenas de la Iglesia, constructor de Mafra y “Rey Fidelísimo”.

Por otro, el soberano mujeriego conocido como “Rey Freirático”.

La primera imagen está hecha de mármol, oro, ceremonias y grandes edificios.

La segunda, de secretos, amantes y escándalos.

Y ambas pertenecen al mismo hombre.

Quizá por eso la historia del supuesto “harén de monjas” resulta tan fascinante.

No porque Juan V tuviera literalmente un harén.

Sino porque la realidad histórica ya era suficientemente extraordinaria sin necesidad de inventarlo.

Tuvo amantes.

Tuvo hijos ilegítimos.

Algunos de esos hijos nacieron de mujeres religiosas.

Mantuvo durante años una relación con Madre Paula de Odivelas.

Y convirtió la proximidad al rey en una fuente de riqueza y poder para una mujer que, en circunstancias normales, habría permanecido muy lejos de los grandes círculos de decisión de la corte.

Entre la historia y la leyenda

La historia de Juan V también sirve para recordar algo importante cuando hablamos del pasado: las leyendas no siempre nacen de la nada.

A veces parten de un hecho real y van creciendo con el tiempo.

En este caso, el hecho real es suficientemente sorprendente: un rey profundamente religioso mantuvo relaciones con varias mujeres, entre ellas religiosas, tuvo descendencia fuera del matrimonio y reconoció a varios de sus hijos.

Después llegaron los rumores.

Las historias de amantes.

Los relatos sobre el lujo de Madre Paula.

Las anécdotas sobre otras religiosas.

Y finalmente apareció la imagen de un supuesto “harén de monjas”.

Pero las comillas importan.

Porque detrás del titular provocador existe una historia mucho más interesante.

El “harén” que nunca fue un harén

Juan V de Portugal no tuvo un harén de monjas en el sentido literal.

Pero sí tuvo una relación extraordinariamente cercana con el mundo conventual de su época y mantuvo relaciones con varias mujeres vinculadas a él.

Y entre todas ellas hubo una que destacó por encima de las demás.

Madre Paula de Odivelas.

Fue amante del rey, madre de uno de sus hijos y beneficiaria de su extraordinario poder y riqueza.

Mientras Juan V construía iglesias y conventos para demostrar al mundo su devoción, en uno de aquellos conventos vivía la mujer que se convertiría en la gran pasión de su vida.

Tal vez esa sea la verdadera ironía de esta historia.

El hombre que recibió el título de “Rey Fidelísimo” acabó siendo recordado también como el “Rey Freirático”.

Y entre ambos personajes —el monarca piadoso y el rey de las amantes— existió una sola persona.

Juan V de Portugal.

Un rey que convirtió la religión en símbolo de poder, el oro en arquitectura y, según la leyenda, algunos de los conventos de su reino en escenario de sus pasiones.

 

 

Historia y Cultura

Imagen portada: openai

D. Juan V de Portugal fue conocido como el “Rey Freirático”. Su relación con Madre Paula y otras religiosas dio origen a la leyenda de su supuesto “harén de monjas”.

 

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