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El Cronovisor: la máquina del Vaticano que supuestamente podía ver el pasado
Hay historias que parecen inventadas para una novela.
Y después está esta.
Un sacerdote benedictino.
Un laboratorio secreto.
Una máquina formada por antenas, tubos, circuitos y extraños componentes.
Un dispositivo capaz, supuestamente, de sintonizar acontecimientos ocurridos siglos atrás.
La posibilidad de contemplar a personajes de la Antigüedad.
La crucifixión de Cristo.
Cicerón pronunciando uno de sus discursos.
Una obra teatral romana que se creía perdida.
Y, al final, un misterio todavía mayor:
¿dónde está la máquina?
La historia del llamado Cronovisor lleva décadas circulando asociada al Vaticano.
Pero hay algo que debemos decir desde el principio:
no existe evidencia científica ni documental fiable de que el Cronovisor haya existido.
Lo que sí existe es algo quizá más interesante:
una historia perfectamente documentada sobre un hombre que aseguró haberlo construido.
Y sobre una fotografía que pretendía demostrar que decía la verdad.
El hombre que aseguraba poder mirar el pasado
Se llamaba Marcello Pellegrino Ernetti.
Nació en Italia en 1925 y fue sacerdote benedictino, además de estudioso de la música antigua. Murió en 1994.
Ernetti tenía una formación poco habitual.
Era religioso, pero también estaba interesado en cuestiones científicas y técnicas.
Y fue precisamente esa combinación la que hizo que sus afirmaciones resultaran especialmente llamativas.
Durante la década de 1970 aseguró que había participado en la construcción de un aparato extraordinario.
Su nombre:
Cronovisor.
Según su relato, no era una máquina del tiempo convencional.
No permitía viajar físicamente al pasado.
Hacía algo que parecía todavía más imposible:
permitía observarlo.
Una televisión para el pasado
La idea que Ernetti describía era fascinante.
Según su teoría, todos los acontecimientos producen ondas y señales físicas.
Aunque una persona muera.
Aunque una conversación termine.
Aunque una civilización desaparezca.
Aquellas señales quedarían de alguna manera dispersas en el universo.
El Cronovisor sería capaz de captarlas.
Ernetti lo comparaba, en esencia, con una especie de receptor capaz de seleccionar determinadas frecuencias y reconstruir acontecimientos históricos.
Como quien sintoniza una emisora.
Solo que la emisora sería el pasado.
Y el programa podría haber sido emitido hace dos mil años.
La idea aparece en los testimonios atribuidos a Ernetti y fue difundida especialmente a partir de 1972.
El año que cambió la historia del Cronovisor
El gran salto de esta historia ocurrió en mayo de 1972.
La revista italiana La Domenica del Corriere publicó una entrevista con Ernetti.
El artículo presentaba el supuesto invento como una máquina capaz de fotografiar acontecimientos del pasado.
La noticia era extraordinaria.
Si aquello era cierto, acababa de aparecer uno de los descubrimientos más importantes de la historia.
La humanidad habría encontrado una manera de contemplar directamente acontecimientos que habían ocurrido siglos antes.
No mediante documentos.
No mediante arqueología.
No mediante testimonios.
Directamente.
El pasado se habría convertido en una imagen.
La crucifixión de Cristo
Y entonces llegó la afirmación más espectacular.
Ernetti aseguró que el Cronovisor había permitido observar la crucifixión de Jesucristo.
Incluso apareció una imagen presentada como una fotografía obtenida mediante el aparato.
La fotografía mostraba un rostro masculino barbudo.
Para muchos, aquello parecía ser la primera imagen real de Cristo.
La historia dio la vuelta al mundo.
Pero entonces ocurrió algo que iba a cambiarlo todo.
Alguien reconoció la imagen.
La fotografía imposible
La supuesta fotografía del Cronovisor comenzó a ser comparada con una imagen mucho más terrestre.
La figura era extraordinariamente parecida a una escultura de Cristo realizada por el escultor español Lorenzo Coullaut Valera.
La obra se encontraba en el Santuario del Amor Misericordioso de Collevalenza, en Italia.
La coincidencia no era simplemente temática.
La imagen publicada parecía reproducir la escultura, incluso con una inversión lateral.
Investigaciones posteriores señalaron precisamente esa correspondencia como una de las principales razones para considerar la fotografía un fraude o, como mínimo, una prueba inválida del Cronovisor.
Y aquí apareció la primera gran grieta de la historia.
Si la fotografía podía proceder de una escultura moderna…
¿qué había fotografiado realmente el Cronovisor?
El problema de la prueba
Esta es quizá la parte más importante de toda la historia.
Ernetti decía que la máquina existía.
Pero no mostró públicamente el aparato.
No presentó planos verificables.
No presentó documentación técnica independiente.
No permitió que otros científicos examinaran el dispositivo.
Y cuando la fotografía de Cristo fue cuestionada, la evidencia que debía demostrar la existencia del Cronovisor quedó seriamente debilitada.
Eso no demuestra por sí mismo que Ernetti inventara absolutamente todo.
Pero sí significa algo fundamental:
no tenemos pruebas que permitan aceptar la existencia del Cronovisor como un hecho histórico.
Y aquí conviene separar fascinación de evidencia.
¿Y Enrico Fermi?
La historia todavía podía hacerse más extraordinaria.
Según diferentes versiones posteriores, Ernetti habría contado con la colaboración de científicos de enorme prestigio.
Entre los nombres que aparecen asociados a la leyenda están Enrico Fermi y otros científicos e ingenieros.
La idea resulta espectacular.
Pero existe un problema:
no hay documentación independiente que demuestre que Fermi participara en la construcción del Cronovisor.
La asociación con científicos famosos contribuyó enormemente a reforzar la credibilidad de la historia, pero no constituye una prueba.
Es uno de esos detalles que muestran cómo funcionan las leyendas modernas:
añadir un nombre famoso puede transformar una historia extraordinaria en algo que parece inmediatamente plausible.
El teatro perdido de la Antigüedad
Pero la historia del Cronovisor no se limitaba a Cristo.
Ernetti afirmó haber utilizado el dispositivo para contemplar acontecimientos de la Antigüedad.
Uno de los episodios más llamativos tenía que ver con Thyestes, una tragedia atribuida al dramaturgo romano Quinto Ennio.
La obra se había perdido.
Y Ernetti afirmó haber podido observarla mediante el Cronovisor y reconstruir parte de su contenido.
Aquello habría sido un descubrimiento cultural gigantesco.
Una obra perdida de la Antigüedad recuperada gracias a una máquina.
Pero apareció otro problema.
Los fragmentos atribuidos al supuesto texto recuperado fueron cuestionados por especialistas en latín, que encontraron problemas lingüísticos y filológicos.
Una máquina capaz de ver el pasado acababa teniendo un problema bastante más sencillo:
el texto no parecía antiguo.
El pasado como una frecuencia
La teoría del Cronovisor tiene una apariencia casi científica.
Y quizá ahí reside buena parte de su atractivo.
Ernetti hablaba de ondas.
Frecuencias.
Señales.
Captación.
Reproducción.
Son palabras pertenecientes al lenguaje de la física y de las telecomunicaciones.
Pero utilizar lenguaje científico no convierte automáticamente una hipótesis en ciencia.
La cuestión fundamental sería demostrar que las señales de acontecimientos históricos permanecen disponibles de una forma que permita reconstruir visual y acústicamente esos acontecimientos miles de años después.
Y no existe evidencia científica de que eso sea posible.
El Cronovisor pertenece, por tanto, al territorio de la pseudociencia y la leyenda, no al de una tecnología demostrada.
¿Lo destruyeron?
Y aquí aparece otro elemento perfecto para alimentar el misterio.
Según el relato, el aparato habría sido desmontado o destruido.
¿Por qué?
Porque podía ser extremadamente peligroso.
Imaginemos las consecuencias.
Podríamos observar conversaciones privadas de personajes históricos.
Descubrir secretos políticos.
Comprobar acontecimientos religiosos.
Resolver crímenes.
Investigar guerras.
Ver cómo murieron personajes célebres.
Descubrir qué ocurrió realmente en momentos sobre los que solo tenemos testimonios contradictorios.
El pasado dejaría de ser una cuestión de interpretación.
Podríamos mirarlo.
Según algunas versiones, precisamente por eso las autoridades eclesiásticas habrían ordenado ocultar o destruir el aparato.
Pero tampoco existe documentación independiente que confirme esa destrucción.
El Vaticano y el misterio
La asociación con el Vaticano hizo que la historia creciera todavía más.
El Vaticano posee archivos históricos extraordinariamente extensos.
Documentos.
Manuscritos.
Cartas.
Registros.
Textos que abarcan siglos.
Para la imaginación popular, el escenario era perfecto.
Si existiera una máquina capaz de observar el pasado…
¿dónde podría esconderse mejor que allí?
Pero una cosa es que el Vaticano tenga archivos históricos y otra completamente distinta que conserve una máquina capaz de observar el pasado.
No existe evidencia pública fiable de que el Vaticano posea o haya poseído un Cronovisor.
La conexión forma parte de la leyenda.
François Brune entra en escena
Uno de los personajes fundamentales para la supervivencia moderna de la historia fue el sacerdote francés François Brune.
Brune conoció a Ernetti y posteriormente difundió sus afirmaciones.
En 2002 publicó Le Nouveau Mystère du Vatican, donde volvió a poner el Cronovisor en circulación.
Brune estaba convencido de que Ernetti decía la verdad.
Y sus testimonios ayudaron a mantener viva la historia durante décadas.
El propio Javier Sierra ha relatado entrevistas con Brune y la información que recibió de él acerca de Ernetti y del supuesto aparato.
Y aquí la historia adquiere una característica fascinante:
la leyenda no necesitó que apareciera la máquina.
Le bastó con que alguien siguiera hablando de ella.
Ernetti nunca mostró la máquina
Y este es probablemente el dato que debería acompañarnos durante toda la historia.
No tenemos el Cronovisor.
No tenemos planos verificables.
No tenemos fotografías fiables del aparato original.
No tenemos registros experimentales reproducibles.
No tenemos científicos independientes que hayan examinado sus resultados.
Tenemos principalmente testimonios y afirmaciones.
Y eso cambia completamente nuestra manera de valorar el relato.
Entonces, ¿Ernetti era un fraude?
Aquí conviene ser prudentes.
No podemos demostrar que Ernetti inventara deliberadamente toda la historia.
Tampoco podemos demostrar que el Cronovisor existiera.
Lo que sí podemos hacer es examinar las pruebas que dejó.
Y cuando lo hacemos, aparecen problemas importantes.
La fotografía de Cristo tiene un antecedente material identificable.
El supuesto texto antiguo presenta problemas lingüísticos.
La máquina nunca ha aparecido.
Y las afirmaciones extraordinarias no están respaldadas por documentación científica independiente.
Por eso, desde una perspectiva histórica, el Cronovisor no puede considerarse un invento demostrado.
Pero la historia no termina aquí
Y aquí es donde el asunto se vuelve interesante para Luz Cultural.
Porque incluso si el Cronovisor nunca existió…
la pregunta que plantea sigue siendo fascinante.
¿Qué ocurriría si pudiéramos observar el pasado?
¿Cambiaría nuestra historia?
Imaginemos que mañana apareciera una máquina capaz de mostrarnos cualquier acontecimiento.
Podríamos ver la construcción de las pirámides.
Escuchar a Sócrates.
Observar a Julio César.
Ver cómo se escribió un manuscrito perdido.
Comprobar qué ocurrió realmente en determinadas batallas.
Escuchar a Shakespeare.
Ver a Mozart componiendo.
Contemplar la caída de Roma.
Y quizá responder preguntas que llevan siglos sin respuesta.
La historia dejaría de depender exclusivamente de los documentos que han sobrevivido.
Pero aparecería otro problema.
¿Quién controlaría la máquina?
El poder de mirar
Una máquina capaz de ver el pasado sería probablemente una de las tecnologías más peligrosas imaginables.
No porque pudiera destruir una ciudad.
Sino porque podría destruir secretos.
Gobiernos.
Iglesias.
Familias.
Empresas.
Personajes históricos.
Todos quedarían expuestos.
El pasado se convertiría en una especie de archivo audiovisual infinito.
Y quien controlara ese archivo tendría un poder extraordinario.
Quizá por eso la historia del Cronovisor resulta tan atractiva.
No habla solamente de una máquina.
Habla de quién tiene derecho a mirar.
La fotografía que terminó destruyendo el misterio
Hay una ironía magnífica en toda esta historia.
El Cronovisor prometía revelar el pasado.
Pero fue precisamente una investigación sobre el pasado de una fotografía la que debilitó su credibilidad.
Una imagen presentada como imposible terminó teniendo una explicación mucho más sencilla.
Y eso nos recuerda una regla fundamental:
antes de buscar una explicación extraordinaria, conviene investigar las explicaciones ordinarias.
La fotografía no necesitaba una máquina capaz de atravesar el tiempo.
Necesitaba una cámara, una escultura y alguien dispuesto a fotografiarla.
¿Y si algún día apareciera?
Aquí podemos permitirnos una última licencia.
Imaginemos que mañana alguien encuentra en un almacén olvidado del Vaticano una máquina cubierta de polvo.
Un aparato extraño.
Antenas.
Cristales.
Cables.
Pantallas.
Y una placa:
CRONOVISOR.
Sería uno de los mayores descubrimientos de la historia.
Pero habría que hacer algo muy sencillo.
No creer inmediatamente.
Habría que probarla.
Repetir los experimentos.
Invitar a científicos independientes.
Analizar sus componentes.
Comprobar las imágenes.
Reconstruir su funcionamiento.
Intentar falsificar sus resultados.
Y solamente después…
empezar a creer.
Porque si algo nos ha enseñado la historia del Cronovisor es que una imagen espectacular puede ser mucho más fácil de fabricar que una prueba.
El verdadero Cronovisor
Quizá el Cronovisor nunca fue una máquina.
Quizá fue una idea.
Una de esas ideas que aparecen cuando el ser humano mira hacia atrás y piensa:
«¿Y si pudiéramos verlo?»
Desde las pinturas rupestres hasta la fotografía.
Desde la fotografía hasta el cine.
Desde el cine hasta la realidad virtual.
Nuestra historia tecnológica puede interpretarse, en cierto modo, como una sucesión de intentos por conservar aquello que desaparece.
Queremos guardar una voz.
Un rostro.
Un acontecimiento.
Un instante.
Queremos vencer al tiempo.
Y el Cronovisor representa la versión definitiva de ese deseo:
no conservar el pasado, sino regresar visualmente a él sin movernos del presente.
Una máquina que quizá nunca existió
No sabemos exactamente qué llevó a Pellegrino Ernetti a contar su historia.
No sabemos cuánto creyó realmente en ella.
No sabemos si existió algún prototipo experimental.
No sabemos si hubo otros colaboradores.
No sabemos dónde terminó todo el material que supuestamente formaba el aparato.
Y probablemente nunca lo sepamos.
Pero sí sabemos algo.
En 1972, un sacerdote benedictino afirmó que había encontrado una forma de mirar el pasado.
Una fotografía apareció como supuesta prueba.
Después surgieron dudas.
La fotografía fue relacionada con una escultura moderna.
El supuesto texto antiguo fue cuestionado.
Y la máquina nunca apareció.
El Cronovisor quedó atrapado entre la historia y la leyenda.
Y quizá ahí sea donde mejor funciona.
Porque mientras no sepamos definitivamente qué ocurrió, seguirá existiendo una pequeña puerta abierta.
Una puerta que nos permite imaginar que, en algún lugar, alguien todavía podría estar mirando.
Mirando el pasado.
- Historia y Cultura
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