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Los orígenes del fútbol. Capítulo I · El hombre que inventó las reglas del fútbol

Los orígenes del fútbol. Capítulo I · El hombre que inventó las reglas del fútbol
Sofia Lovelace
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Los orígenes del fútbol

Capítulo I · El hombre que inventó las reglas del fútbol

Por Sofia

Londres, 26 de octubre de 1863.

La lluvia golpea los cristales de la Freemasons’ Tavern, una de las tabernas más concurridas de la capital inglesa. Bajo la tenue luz de los apliques de gas, varias mesas de roble reúnen a caballeros vestidos con levita oscura. Sobre una de ellas descansan hojas manuscritas, una pluma, una jarra de cerveza a medio vaciar y un balón de cuero que apenas llama la atención.

Nadie levanta la voz.

No se celebra ningún juicio.

No se firma un tratado de paz.

Ni siquiera se debate el futuro de un país.

Solo intentan resolver un problema aparentemente insignificante.

¿Cómo debería jugarse al fútbol?

Lo que ninguno de aquellos hombres sospecha es que esa conversación cambiará para siempre la historia del deporte.

Y quizá también una pequeña parte de la historia de la humanidad.

Un juego sin reglas comunes

Resulta difícil imaginarlo hoy, pero a mediados del siglo XIX no existía un único fútbol.

Cada colegio inglés tenía sus propias normas.

En algunos lugares estaba permitido correr con el balón entre las manos.

En otros era obligatorio golpearlo únicamente con los pies.

Había equipos que permitían derribar al adversario.

Otros lo consideraban una falta.

Ni siquiera el tamaño del campo o el número de jugadores eran siempre los mismos.

Cuando dos clubes decidían enfrentarse, el primer problema no era quién jugaría mejor.

Era ponerse de acuerdo sobre qué fútbol iban a jugar.

Aquello generaba discusiones constantes.

A veces el partido terminaba antes de empezar.

No porque faltaran jugadores.

Sino porque nadie conseguía aceptar las reglas del otro.

Un abogado llamado Ebenezer Cobb Morley

Entre quienes acudieron aquella noche a la Freemasons’ Tavern había un abogado de treinta y dos años llamado Ebenezer Cobb Morley.

No era un gran deportista.

No era un aristócrata.

Mucho menos una celebridad.

Simplemente era un hombre convencido de que un juego tan popular necesitaba unas reglas comunes.

Hoy su nombre apenas aparece en los libros de historia.

Sin embargo, millones de personas practican cada semana un deporte que existe, en gran medida, gracias a aquella idea.

Morley no inventó el fútbol.

El fútbol llevaba siglos jugándose en formas muy distintas.

Lo que hizo fue algo quizá más difícil.

Convencer a personas que pensaban de manera diferente de aceptar un mismo reglamento.

Trece reglas para un deporte universal

Aquella reunión dio origen a las primeras trece reglas del fútbol moderno.

Sorprende leerlas hoy.

No porque fueran complicadas.

Todo lo contrario.

Eran extraordinariamente sencillas.

Y, sin embargo, escondían decisiones que cambiarían la historia.

Una de ellas prohibía correr con el balón en las manos.

Otra eliminaba las patadas a las espinillas, una práctica tan habitual como peligrosa.

Sin saberlo, aquellas dos normas acababan de separar definitivamente los caminos del fútbol y del rugby.

A veces una revolución comienza con una sola frase escrita sobre un papel.

Los orígenes del fútbol. Capítulo I · El hombre que inventó las reglas del fútbol

Un fútbol que hoy apenas reconoceríamos

Lo más curioso es que aquel reglamento describía un deporte muy distinto al que conocemos.

Las porterías no tenían larguero.

Solo dos postes separados por algo más de siete metros.

Si el balón pasaba entre ellos, era gol.

No importaba la altura.

Tampoco existían las redes.

Ni los penaltis.

Ni los córners.

Ni las tarjetas.

Ni el árbitro tal y como hoy lo entendemos.

Las primeras reglas ni siquiera decían cuántos jugadores debía tener cada equipo.

De hecho, el primer partido disputado siguiendo aquellas normas se jugó quince contra quince.

Y tampoco fijaban la duración del encuentro.

Resulta fascinante comprobar que muchas de las cosas que hoy creemos inseparables del fútbol todavía no habían nacido.

El acuerdo más importante

Quizá el mayor mérito de aquella reunión no fueran las trece reglas.

Fue algo mucho más difícil.

Lograr un acuerdo.

Porque cualquiera puede escribir un reglamento.

Lo complicado es conseguir que otros acepten jugar respetándolo.

Ese fue el verdadero triunfo de Morley.

Comprendió que un deporte no necesita únicamente jugadores.

Necesita reglas compartidas.

Y, sobre todo, personas dispuestas a respetarlas.

Mucho más que un deporte

Con el paso de los años aquellas trece reglas fueron cambiando.

Llegó el larguero.

Después el árbitro.

Las redes.

El penalti.

Los jueces de línea.

Las tarjetas amarillas y rojas.

Las retransmisiones por televisión.

La tecnología.

Pero el espíritu de aquella reunión permanece intacto.

Cada vez que un árbitro hace sonar el silbato.

Cada vez que un niño coloca dos mochilas para improvisar una portería.

Cada vez que millones de personas se emocionan viendo un Mundial.

En cierto modo, siguen jugando bajo la sombra de aquella taberna londinense.

Una noche cualquiera que terminó cambiando el mundo

Cuando abandonaron la Freemasons’ Tavern aquella noche de otoño, ninguno de aquellos hombres pensó que acababan de escribir uno de los documentos más influyentes de la historia del deporte.

Solo eran trece reglas.

Unas pocas hojas de papel.

Una conversación entre caballeros.

Una jarra de cerveza.

Y un balón de cuero.

La historia tiene esa extraña costumbre.

Los grandes acontecimientos casi nunca anuncian que van a cambiar el mundo.

Simplemente suceden.

Y solo muchos años después comprendemos su verdadera importancia.

¿Sabías que…?

Las primeras reglas del fútbol moderno no establecían que hubiera once jugadores por equipo.

Las porterías originales no tenían larguero.

El árbitro aún no existía como figura independiente.

Tampoco había una duración oficial para los partidos.

Todo comenzó en una taberna londinense llamada Freemasons’ Tavern, donde varios clubes decidieron ponerse de acuerdo sobre cómo debía jugarse al fútbol.

Los orígenes del futbol Capítulo II · ¿Por qué las porterías miden exactamente 7,32 metros?

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