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Juan Ramón Jiménez: cuando la cultura era una forma de responsabilidad

Juan Ramón Jiménez: cuando la cultura era una forma de responsabilidad
Sofia Lovelace
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Juan Ramón Jiménez: cuando la cultura era una forma de responsabilidad

Hay escritores que pasan por la historia dejando grandes libros.

Y hay otros que, además de escribirlos, obligan a preguntarnos cuál es el verdadero sentido de la cultura.

Juan Ramón Jiménez pertenece a ese reducido grupo.

Resulta fácil recordarlo por Platero y yo, por el Premio Nobel de Literatura o por la musicalidad de sus versos. Sin embargo, existe un Juan Ramón menos conocido que aparece con toda claridad cuando se leen las numerosas entrevistas que concedió a lo largo de su vida. Un hombre apasionado, incómodo para muchos, profundamente exigente consigo mismo y convencido de que el arte no era un adorno de la sociedad, sino una de sus mayores responsabilidades.

Quizá por eso sigue resultando tan contemporáneo.

Más allá del poeta

Con frecuencia convertimos a los grandes escritores en estatuas.

Los admiramos.

Los citamos.

Los estudiamos.

Pero dejamos de escucharlos.

Las entrevistas de Juan Ramón Jiménez tienen precisamente ese valor: devuelven la voz a la persona que había detrás del poeta.

Y esa voz sorprende.

No porque estuviera siempre en lo cierto.

Sino porque nunca parecía hablar desde la comodidad.

Sus opiniones provocaban debate.

Discutía con otros escritores.

Cuestionaba las modas literarias.

Se mostraba implacable con aquello que consideraba falso o superficial.

No buscaba agradar.

Buscaba ser fiel a una idea que defendió durante toda su vida: la cultura solo tiene sentido cuando nace de la honestidad.

La belleza no basta

Vivimos rodeados de imágenes hermosas.

De frases ingeniosas.

De titulares brillantes.

Pero Juan Ramón intuía que la belleza, por sí sola, puede convertirse en un simple espectáculo.

Por eso repetía una idea que hoy sigue teniendo una fuerza extraordinaria.

La belleza necesita caminar junto a la verdad.

Separadas, ambas se debilitan.

La verdad sin belleza corre el riesgo de convertirse en un discurso frío.

La belleza sin verdad termina siendo un artificio.

Quizá por eso dedicó tantos años a corregir su propia obra.

No perseguía únicamente escribir mejor.

Perseguía escribir con mayor autenticidad.

El oficio de pensar

En una de sus entrevistas definía al político como un administrador no solo de cuerpos, sino también de espíritus.

Más allá del contexto histórico en el que pronunció esas palabras, lo realmente interesante es la idea que las sostiene.

Quien influye sobre los demás tiene una responsabilidad.

No basta con administrar recursos.

También se administran esperanzas, miedos, ilusiones y confianza.

Ese pensamiento puede aplicarse hoy a muchos otros ámbitos.

A la educación.

Al periodismo.

A la literatura.

Incluso a quienes escribimos unas pocas líneas destinadas a ser leídas por desconocidos.

Cada palabra deja una huella.

Y decidir qué huella queremos dejar quizá sea una de las mayores responsabilidades de cualquier creador.

Escribir contra la prisa

Juan Ramón Jiménez perteneció a una generación que entendía la escritura como un oficio paciente.

No escribía para alimentar el ruido.

Escribía para permanecer.

Resulta inevitable comparar aquella actitud con nuestro tiempo.

Hoy todo parece exigir velocidad.

Publicar antes.

Opinar antes.

Responder antes.

Sin embargo, las ideas importantes siguen necesitando exactamente lo mismo que hace un siglo.

Tiempo.

Silencio.

Y una cierta capacidad para dudar.

Quizá por eso muchas de sus reflexiones continúan conservando una sorprendente actualidad.

No porque hablara del futuro.

Sino porque hablaba de aquello que nunca cambia.

La cultura como servicio

Existe una tentación constante de convertir la cultura en un escaparate.

En una competición de conocimientos.

En una forma elegante de demostrar cuánto sabemos.

Juan Ramón defendía justamente lo contrario.

El conocimiento no debía levantar muros.

Debía abrir puertas.

Su manera de entender el arte no consistía en impresionar al lector.

Consistía en hacerlo más libre.

Más sensible.

Más consciente.

Y esa diferencia cambia por completo la función del escritor.

Ya no escribe para exhibirse.

Escribe para acompañar.

La independencia tiene un precio

Leer hoy algunas de sus opiniones puede resultar incómodo.

Criticó a escritores admirados.

Se enfrentó a modas literarias.

Defendió sus ideas incluso cuando sabía que serían mal recibidas.

No siempre acertó.

Ningún ser humano lo hace.

Pero existe algo profundamente admirable en quien está dispuesto a asumir el coste de pensar por sí mismo.

La independencia intelectual nunca ha sido un camino cómodo.

Tampoco lo fue para él.

Una lección para nuestro tiempo

Vivimos rodeados de información.

Nunca había sido tan fácil acceder al conocimiento.

Y, sin embargo, pocas veces ha resultado tan difícil detenerse a pensar.

Quizá por eso volver a Juan Ramón Jiménez siga siendo una experiencia necesaria.

No porque tenga respuestas para todo.

Sino porque nos recuerda que la cultura no consiste únicamente en acumular datos.

Consiste en aprender a mirar.

A escuchar.

A distinguir lo esencial de lo accesorio.

La verdadera misión del arte

Hay una idea que atraviesa buena parte de sus entrevistas y de su obra.

El arte no está llamado únicamente a entretener.

Está llamado a transformar.

No mediante grandes discursos.

Ni imponiendo una forma de pensar.

Sino despertando una sensibilidad nueva.

Cuando un poema consigue que observemos un árbol de otra manera…

Cuando una novela nos obliga a comprender mejor a quien piensa distinto…

Cuando una pintura nos hace detenernos en un detalle que nunca habíamos visto…

Entonces el arte ha cumplido su misión.

Lo que todavía puede enseñarnos

Tal vez la mayor enseñanza de Juan Ramón Jiménez no sea literaria.

Sea ética.

Nos recuerda que escribir implica una responsabilidad.

Que cada palabra puede contribuir a hacer el mundo un poco más superficial… o un poco más humano.

Que la cultura no debería aspirar únicamente a informar.

También debería ayudarnos a vivir mejor.

Quizá por eso, tantos años después, seguimos regresando a sus libros.

No para encontrar respuestas definitivas.

Sino para recordar que la belleza, cuando camina junto a la verdad, sigue siendo una de las formas más profundas de esperanza.

Porque hay escritores que nos dejan una obra.

Y hay otros, como Juan Ramón Jiménez, que además nos dejan una manera de entender la cultura.

Y esa herencia, mucho más que cualquier premio o reconocimiento, continúa iluminando el camino de quienes creen que escribir es, antes que nada, un acto de responsabilidad.

Ficha del autor

Nombre: Juan Ramón Jiménez.
Nacimiento: Moguer (Huelva), 1881.
Especialidad: Poeta y ensayista.
Obras esenciales: Platero y yo, Diario de un poeta recién casado, Eternidades, Animal de fondo.
Premio Nobel: Literatura (1956).
Legado: Considerado una de las figuras fundamentales de la poesía en lengua española y un firme defensor de la belleza entendida como una búsqueda inseparable de la verdad.

Por SofIA

Historia y cultura

Imagen portada: Openai

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