UNA CASA ÍNTIMA EN OTRO PLANETA

UNA CASA ÍNTIMA EN OTRO PLANETA

Antonio Costa Gómez
Últimas entradas de Antonio Costa Gómez (ver todo)

UNA CASA ÍNTIMA EN OTRO PLANETA

   Seguro que le ponen algún nombre raro a eso. Para dar la sensación de que es cosa de locos, de maniáticos, de alucinados. Simplemente querer que el mundo sea un poco cálido. Que hable contigo una persona vibrante y no una máquina. Que alguien te escuche de verdad y no solo una máquina quiera tus datos muertos. Que algún funcionario esté vivo, quiera interactuar contigo. Que alguien hable de verdad contigo en alguna parte, y no solo te suelte fórmulas, te conteste a preguntas frecuentes. Aunque tú no seas nada frecuente, aunque ninguno de nosotros sea nada frecuente.

   Solo quiero un mundo algo humano, y a ver qué palabra inventan para eso. Que ninguna máquina me diga lo que tengo que decirle a mi novia. Que ninguna máquina me simplifique lo que siente a veces al atardecer, Que ninguna me convierta en solo átomos y moléculas. Que me pongan un vino con una sonrisa en un bar y no haya un dispensador automático programado para los próximos seis meses. Joder ¿y eso les parece tan loco? ¿Hay que inventar un nombre raro para eso? ¿Hay que llamarme neoludita  o alguna cosa así? ¿Es que la normalidad se ha vuelto tan absurda? ¿Es que solo es normal actuar como un rinoceronte mecánico? Joder con la normalidad, qué cosas se han considerado normales a través de los tiempos. Y al que solo pide una sonrisa, un poco de aire, le pondrán nombres extraños. Cuando lo verdaderamente extraño es este mecanicismo muerto por todas partes.

    Solo quiero un mundo de seres humanos, qué cosa más rara. Qué neoludismo, que petición más terrorista. Al final pedir seres humanos y libros se considerará terrorismo. Porque la normalidad es el mecanicismo a todas horas. Nada humano me es ajeno, decía el filósofo griego, pero ahora todo lo humano es ajeno.

    Somos fantasmas en los centros comerciales. Somos números, somos seres abstractos, sin carne. Apenas tenemos ojos, si los tenemos solo sirven para exponer nuestra vaciedad. Nos pondrán en los balances anuales de los centros comerciales, nos meterán en estadísticas de esto o de lo otro, en que todos somos iguales e intercambiables, nos asesinarán con las matemáticas. Si tienes un grano en el culo, si te sale un forúnculo en una pierna, si sueñas con Asterix  rabiosamente al atardecer, las estadísticas y los algoritmos no te van a hacer ni puto caso. Te meterán a la fuerza en un balance, en una fórmula, en una curva matemática.

    Ni mirarán qué has comprado, solo mirarán cuántas cosas has comprado, cuantos euros te gastaste, cuantos pasos diste antes de entrar en la tienda, en cuántas tiendas entraste.  Si en ese momento te dolía la barriga de tanta nostalgia de no sabes qué, si estabas a punto de ir a llamar a la ventana de tu prima para decirle todo lo que callaste, le importa un pimiento a los balances, a los algoritmos. No eres más que un fantasma anónimo, una silueta errante por un centro comercial, que se parece tanto a otros, que acabará siendo el mismo centro comercial que todos los demás. Y tal vez entres  a ver una película que te servirán como un producto cualquiera, igual que cualquier otro producto, a la que si eres como todos entrarás con una bandeja enorme de palomitas, o una bandeja de callas, porque cualquier película es como cualquier palomita y como cualquier lata de callos.

    Y si te da un arrebato y besas a una empleada, eso pasará en el balance anual como una actuación remanente colateral, todo está calculado y controlado, desengáñate, no te saldrás de los algoritmos, nunca tendrás nombre, si lo tienes es solo para que funcione tu tarjeta de crédito.

   Es cada vez más angustioso.  Más deprimente. Más desolador. Tengo que hablar con esta puta máquina muerta que hace clic, clic. Que repite la misma fórmula muerta. Si quiero una bebida en tren. (Y encima, coño, se queda con el dinero, no da la bebida, y vete tú a reclamar). Si  quiero preguntar algo al ayuntamiento. Si quiero pedir un libro prestado a la biblioteca. Si quiero declarar a Hacienda ( te obligan a hacerlo, y no olvides lo que ganaste vendiendo chocolatinas, pero encima te lo ponen cada día más difícil).

    Tengo que tratar con la puta máquina. Si quiero que una empresa me conteste a una pregunta. Y me contestará con la misma  puta respuesta frecuente a la misma pregunta frecuente. Aunque yo no haga ninguna pregunta frecuente. Aunque yo les hable de mi abuela, la que escondía una botella de ginebra debajo de la abuela. Da igual lo que hiciera mi abuela. Da igual cuál sea mi problema, cuál sea la forma de mi melancolía. La puta máquina me dará siempre la misma puta respuesta.

   Y me pasará siempre lo mismo.  Toda mi vida quedará empobrecida y reducida a fórmulas de pregunta para encontrar fórmulas de respuesta. Me anularán completamente, anularán mi vida. Anularán mi temblor único de Antonio Costa al poner el código para entrar en el hotel, porque te pase lo que te pase solo tienes que marcar ese código, cojones.  Porque da igual si eres Antonio Costa o si eres Santa María Goretti. Estás ante una máquina y las máquinas no distinguen.

    Y siempre tengo que hablar con máquinas. Cada vez hay menos personas, menos seres vivos. Y si los hay, no están ahí para mí. Tú eres solo un número, habla con las máquinas, marcar el código marcado, coño, y cállate.

    El cajero me ofrece tarjeta sin contacto. ¿Y eso para qué coño sirve? Quieren un mundo tan abstracto que ni siquiera toque el cajero. Que no haya tacto en nada, que nada sea concreto. ¿Y qué coño de mejoría me supone eso?  No hay que tocar nada, todo lo carnal es pecado. Todo lo concreto y real es pecado. Solo las gilipolleces virtuales de internet son valiosas.

    De momento lo que me hace ese invento es estorbarme. Por poco que acerque mi tarjeta normal a ese sitio se pone en marcha un picatoste de movimientos que yo no he querido. Ya no sabe uno lo que puede hacer. Tengo que ponerme hacia la otra esquina para que ese puto artilugio sin contacto no se ponga estupendo. Y no me dé la lata. Lo inventarán ahora todo sin contacto. El sexo sin contacto, la comida sin contacto. Nos mejorarán a la novia, nos la pondrán en plan virtual sin contacto. Le quitarán los granos de la cara y las manchas de la espalda. Todo tan evanescente y sin contacto.

    Joder, pues sí que inventa esta gente. Pero yo me pregunto en qué mejoran la vida tantos inventos inútiles que solo dan el coñazo. Que lo complican todo y complican hasta las operaciones más sencillas.  Y luego se burlan del que dijo: que inventen ellos. Pero yo me digo que muchos inventores están ociosos y emplearían mejor su tiempo en no darnos la lata. Parece que todo en la vida es un problema técnica. Pero si le hablaste mal a tú tía Luisa no te lo resolverá ninguna máquina. Y si la saudade te corroe el corazón no creo que ningún invento te sirva.

    Joder, claro que sí, si los inventos van a ser estas cursiladas, estas quisicosas que te dan la lata, que inventen ellos. Que inventen ellos mientras otros disfrutamos del cocido exquisito de la abuela. Y releemos a Proust.

    Un poeta simbolista se preguntaba dónde mueren los pájaros. Yo me pregunto dónde viven las personas. Quieres ir de viaje y buscas un hotel. Ya casi no te aparece ningún hotel, te aparecen plataformas masivas de hoteles que tienes que reservar mecánicamente. Y si conectas con el hotel, no conectas con el dueño o el encargado, o con algún empleado vivo, te aparece una caja de datos muerta y mecánica que tienes que rellenar. Todo se hace ahora mecánicamente, y parece que ya no hubiera habitantes vivos en este planeta.

    Te obligan a declarar a Hacienda, Hacienda se ceba con los que tienen poco, te encuentras hasta las dos pesetas que te regaló tu tía del pueblo, mientras que los billonarios siguen siendo billonarios sin problema. Pero encima de que te obligan a declarar tus dos euros tienes que matarte tú a hacerlo, ninguna máquina te ayuda, te ponen delante procedimientos mecánicos, páginas de internet, formularios fríos y muertos. Ninguna persona aparece detrás, ningún rostro se manifiesta ante ti. Nadie siquiera te sonríe o te  saluda con una mínima cortesía.

    En el banco quieres que pagues en las máquinas, ninguna persona quiere hablar contigo. Te insisten machaconamente en explicarte el procedimiento para hacerlo por teléfono móvil, por el cajero automático,  qué sé yo, no quieren hablar contigo. Hace unos días pagué por la mañana temprano ( porque los gilipollas me obligan a levantarme temprano, me arrinconan, me fuerzan) el alquiler de mi piso y le dije; feliz año  nuevo. Me pregunto qué me diría la puta máquina fría.  Acabarán por grabarle una fórmula fría para casos similares. Pero qué desolación.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

 IMAGEN: LA CASA ROSA, DGOUVE DE NUNCQUES

 

UNA CASA ÍNTIMA EN OTRO PLANETA

0 0 votes
Article Rating
Suscribir
Notificar de
guest

Captcha *Límite de tiempo excedido. Por favor complete el captcha una vez más.

0 Comments
Más antiguo
Noticias Más votados
Inline Feedbacks
View all comments
0
Me encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x
()
x