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Pensando brevemente a La Chica Extremoduro, de Francisco J. García Carbonell: un verso libre en una sociedad que no cumple su palabra.
Leer a Francisco J. García Carbonell, es dar la razón a Vicente Aleixandre cuando afirmó que Todo es sorpresa. Puesto que, en su última publicación: Pensando brevemente a La Chica Extremoduro (KIROS EDICIONES, 2025) vuelve a sorprendernos y, como en él es costumbre, para bien.
En este nuevo trabajo el Francisco más filósofo se nos muestra en su vertiente más sentimental, más visceral y asertiva. Con un exquisito uso de la palabra, nos embauca en su manera de contar, con esas aserciones
-recurrentes en él- de sus escritores, filósofos y pensadores favoritos, tan ricas de contenido y tan enriquecedoras para el lector que busque en la literatura el aprendizaje constante y el conocimiento con fondo, con sustancia, de ése que te hace pensar, opinar, sentir… no ya de manera diferente, sino a tu manera, y que te invita a descubrir nuevos campos de pensamiento, nuevos carriles que pasear en la encrucijada de caminos que es la mente humana y sus vicisitudes.
El autor radiografía la psique y el alma de La Chica Extremoduro de una forma magistral y la muestra como una pedagoga de la contradicción, negacionista del rebaño, que gasta sus días buscando esa diferencia existencial respecto al grupo y una grieta por la que colar su mensaje sin buscar el ataque, pero sin importarle lo más mínimo la represalia de una sociedad con la que no comulga, en la que aprendió a sobrellevar el peso de sus cadenas -ésas que el paso de los años y sus cicatrices nos va colocando a cada uno y que sobrellevamos de la mejor manera- robando las llaves al verdugo, siendo carcelera de sí misma y dueña de su no libertad, pero libre de todo salvo de ella misma.
García Carbonell nos la muestra garante de esa poesía existencial, tan denostada y escasa, que arde dentro del ser y del estar de muy pocos, y a
la vez tan necesitada para y por aquellos que aún creen en la luz que busca salidas en la oscuridad de un alma a la que ese todo del que ella huye ha intentado amedrentar, encauzar, colocar su collar y convertir a la causa, y ha conseguido escaparse viviendo el amor desde la carne y el orgasmo, desde el sudor, el suspiro y su trabajo, sintiendo el amor en toda su magnitud… limpiando de polvo y telarañas sus vértices; una poesía hecha de sangre y de hueso que late y reverbera en ella como el caño en la fuente, y que nos permite ver los entresijos de esa Chica Extremoduro que, a base de ir coleccionando amantes -muchos de mirada vacía-, sobrelleva esa condena al olvido, asumida por ella, dictada y ejecutada por una sociedad armonizada y cimentada en lo previsible, en lo políticamente correcto, en lo fácilmente domesticable; ella que busca la transformación del deseo desde el fracaso que el deseo conlleva, anhelando siempre la catarsis del amor, su transformación incansable y sin fin; ella, que huye del fantasma de su madre, de la idea que tiene de ésta y de todo lo que en ésta era de obligado cumplimiento. Y es esa huída de la que le dio la vida y se la coartó y de un mundo globalizado e idiotizado la que le empuja a hacer de su cuerpo el papel donde su verso libre se escribe, una y otra vez, y transforma su caminar en poesía, y donde permite al deseo escribir y reescribir, incansable, las notas sobre las que novelar una verdad que no es más que la vida en sí: una historia al peso y a la altura de su placer, de su dolor y de su conciencia.
Algo que el autor, sin hacer mucho hincapié en ello, ha dejado entrever y que es de vital importancia para el relato es la figura del padre: su ausencia y lo que esa ausencia representa en su vida, esa soledad impuesta, esa necesidad de respuestas, ese vacío que ella siente dentro desde el día que el hombre en el que ella tenía que haber encontrado al soldado que la salvaguardarse de los dragones que la atormentaron y que la siguen atormentando a su manera. Y es ese vacío el que, posiblemente, intente llenar con hombres a los que poder robar ese tiempo, esa compañía, ese sentirse a salvo, aunque sea entre los cuatro bordes de una cama -su campo de batalla preferido- desnuda y convirtiendo al placer -al entregado y al degustado- en su mayor victoria: una victoria disfrutada y merecida.
Esa repulsa a la figura de la madre, esa necesidad de padre no curada y ese apartarse de una urbe a la que detesta y de la que depende a partes iguales, le hacen que busque en la soledad el germen de su arquetipo, pues no se fía del entorno que la rodea y que la limita y contra el que no lucha ni se defiende, simplemente actúa y siente desde esa sobriedad carnavalesca a través de la cual lucha y busca respuestas sin importarle el peligro y siempre en pos y a la caza de esa verdad… ese apetito subversivo, sin miedos ni límites, sólo su cuerpo, su deseo, sus ganas de vivir a su manera.
Pensando brevemente a La Chica Extremoduro (KIROS EDICIONES, 2025) es una obra que recomiendo, una lectura enriquecedora, de escritura inteligente y apta, incluso diría que necesaria, para aquellos que busquen en la palabra esa verdad que pocas veces se deja ver y que gracias a escritores y pensadores como Francisco J. García Carbonell, tenemos el placer de poder degustar en obras como ésta.
