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Palas o el Racionalismo
Palas quiere racionalizar al Centauro. Convertirlo en solo dígitos y códigos. Enjaularlo con la lógica pobre de su cabeza. Convertirlo en fórmula y programa.
Quería desactivarlo, digitizarlo. Quitarle la vida.
Pero el Centauro estaba tan vivo que no se dejaba mar. Miraba a la diosa con cara melancólica y se decía: Da igual, yo resistiré. Le decía: tienes aspecto de ganadora, pero a mí no me vas a sojuzgar…

El Centauro era Melusino y la diosa pretendía controlarlo y comprenderlo (o sea, simplificarlo). Quería domarlo y quitarle vida. Pero el centauro torcía la cabeza y decía ladeadamente: no acabaréis con la vida. Podéis controlar todo el mundo, pero no me controlaréis a mí.
Y preparaba sus patas flexibles para cabalgar. Preparaba sus ancas y sus crines. Que no cabían en fórmulas ni eran previsibles. Ni las encerraría ninguna imbécil IA.
El Centauro era la noche y el entusiasmo. Era lo inasible y lo que no tiene nombre. Era la vida. Le ponía cara melancólica a la diosa y pensaba: no me domarás.
Ni todos estos técnicos domarán el mundo. Ni le quitarán todo su encanto. Ya lo decía Walter Benjamin cuando habló de la pérdida de los caballeros. Ya lo decía Cervantes cuando habló del final de los caballeros.
El aura sigue y los caballeros también. Podemos leer las novelas de Chretien de Troyes todavía en los trenes (con los que también quieren acabar). Y el centauro lo sabía y estaba a punto de galopar.
Oliendo intensamente como los caballos de Faulkner. Oliendo intensamente, como nunca olerán los dígitos ni las fórmulas.
En los años sesenta estalló una sublevación contra la tecnocracia que dio manifestaciones fantásticas, Theodore Roszak escribió su ensayo inolvidable, “El nacimiento de una contracultura”, en esa obra los centauros querían recuperar la vida entusiasta contra del predominio de las máquinas.
Los caballos se enfrentaban a los robots, las personas se oponían a los mecanismos, los seres vivos se rebelaban contra los científicos que los despanzurraban y analizaban, Allen Ginsberg soltaba su “Aullido” desde las entrañas y decía que su polla era santa, Paul Goodman decía que somos personas y no consumidores.
Jack Kerouac experimentaba la vitalidad descontrolada en su novela “En la carretera” y buscaba en “Los vagabundos del dharma” la iluminación por las montañas de California.
A aquella gente le fastidiaba la prepotencia de la técnica, el que la técnica fuera el modelo de todo, que el pensamiento técnico lo cosificase todo, que los poderosos pensaran que se puede fabricar todo.
Aquella gente descubrió a los sabios orientales, a nuestros maestros malditos, nuestra naturaleza, un modo más natural de vivir, trató de liberarse del consumismo, del acumular aparatos y aparatos, intentó llegar a lo más esencial, vivir, mirar la naturaleza, sentir lo que somos.
Ahora la tecnocracia ha vencido por completo, todo el mundo se esclaviza a ella, hace con nosotros lo que quiere, tenemos que comprar a toda prisa lo último que sale, bailar como conejos de laboratorio según quieran los técnicos, hablar por el móvil en el cine y no dejar que los otros vean la película.
Aprendernos infinidad de nombres de máquinas nuevas y comprarlas a toda prisa, adquirimos sin aliento el nuevo aparato porque el de la semana pasada ya está obsoleto, pretendemos que se puede fabricar todo, los libros, las películas, las estatuas, las personas, las actitudes de la gente, las células, las tendencias sociales, los climas, hemos aniquilado a los dioses y ahora tenemos la técnica, todo tiene que ser prefabricado.
Pero acabará hartándonos todo eso, reaccionarán nuestros sueños, nuestro cuerpo, nuestra vida, escucharemos de nuevo a los dioses, acabaremos hartos de tanta prisa y nos apetecerá ir con calma mirando el panorama, y que corran los demás si quieren, no todo es llegar en dos segundos a un sitio sino que hay que apreciar el camino.
No todo es meter millones de libros en un artilugio sino leer con pasión tres o cuatro de ellos, lo crees: nos dejaremos de fabricar cosas muertas y nos pondremos a crear cosas con alma, escucharemos lo que nos susurran nuestros dioses, nuestra pasión escondida, nuestro subsuelo.
Entonces también notaremos la diferencia entre lo fabricado y lo inspirado, lo escrito con trucos y lo escrito con nuestra pasión, lo rebuscado y lo ardiente, miraremos la vida en lugar de fabricar conceptos sobre ella, de esquematizarla y destriparla, daremos besos en lugar de calcular como se besa.
Igual que aquellos personajes de “Los europeos en Abrantes” de Vicente Risco que no tenían tiempo de nadar porque tenían que estudiar científicamente como se nada, miraremos como decía Camus “esos crepúsculos en los que el corazón se dilata” y veremos que son más verdad que los átomosy los neutrones.
Pero ahora Palas Atenea quiere controlar al centauro.
La diosa quiere convertir al centauro en una fórmula. Pero el centauro está a punto de salir galopando. Y de escaparse de todas las fórmulas.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
BOTICELLI: PALAS Y EL CENTAURO, WIKIPEDIA

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