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No le tengas miedo a la palabra «radiación»

No le tengas miedo a la palabra "radiación"
Xavier Pardell Peña
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No le tengas miedo a la palabra «radiación»

Desmontando el miedo a lo invisible que nos rodea

Si digo la palabra «radiación», ¿qué se te viene a la cabeza? Probablemente centrales nucleares, peligro, cáncer, algo que hay que evitar a toda costa. La radiación tiene muy mala fama. Y es entendible: las imágenes de Chernóbil o Fukushima quedaron grabadas en nuestra memoria colectiva.

Pero aquí va una verdad que pocos te dicen: la radiación no es sinónimo de peligro. La radiación es, sencillamente, energía que viaja. La luz que entra por tu ventana es radiación. El calor que sientes al acercarte a una estufa es radiación. Las ondas de radio que te permiten escuchar música en el coche también. El espectro entero, desde las ondas de baja energía hasta los rayos gamma, es la misma familia de fenómenos vista a distintas frecuencias. Y la inmensa mayoría de esas frecuencias nos acompañan a diario sin que lo pensemos ni una sola vez.

La clave está en la energía que lleva cada onda. Imagina el viento: una brisa suave te acaricia la cara, un huracán destruye casas. Ambos son viento, pero sus efectos no tienen nada que ver. Con la radiación pasa exactamente lo mismo.

A frecuencia alta, la radiación puede romper enlaces químicos y dañar el ADN. Eso es lo que llamamos radiación ionizante, y sí, en dosis altas es peligrosa. Los rayos X, los rayos gamma, la radiación de sustancias radiactivas entran en esta categoría.

Pero a frecuencia baja, la radiación simplemente calienta, sin llegar a nada a nivel molecular. Eso es la radiación no ionizante: la luz visible, el calor infrarrojo, las microondas, las ondas de radio, la señal de tu móvil. Ninguna de estas tiene energía suficiente para romper enlaces químicos.

Tu horno microondas es un ejemplo perfecto. Genera ondas electromagnéticas de una frecuencia específica que hace vibrar las moléculas de agua de los alimentos. Esa vibración genera calor por fricción molecular, y así se calienta tu comida. No hay «contaminación radiactiva» ni cambios químicos permanentes. Cuando apagas el horno, las ondas desaparecen al instante. La comida no se vuelve radiactiva. Simplemente está caliente. Confundir una con otra es, en el fondo, la raíz de buena parte del miedo mal dirigido hacia la palabra «radiación».

El cuerpo humano convive con radiación constantemente, en dosis pequeñas, desde que existe la vida. Recibimos rayos cósmicos procedentes del espacio exterior. Recibimos radiación natural del suelo, que emana sobre todo de rocas graníticas. Nuestro cuerpo lleva millones de años evolucionando bajo ese fondo natural, y cuenta con mecanismos moleculares dedicados exclusivamente a detectar y corregir el daño que la radiación de fondo va provocando en el ADN día tras día.

De hecho, el propio cuerpo humano es radiactivo. Contiene potasio-40 y carbono-14, radioisótopos naturales que llevan ahí desde el nacimiento y que forman parte de la composición química normal de cualquier ser vivo. No es contaminación. Es parte de estar vivo. Si pusieras a dos personas abrazadas, estarían irradiándose mutuamente con esa radiactividad natural.

Y aquí viene una curiosidad que siempre rompe el hielo en las cenas: el plátano es radiactivo. Parte del potasio que contiene es potasio-40. Un detector Geiger lo detecta sin problema, y sigue siendo comida perfectamente segura. Tan segura que a veces se usa como unidad informal de comparación, la llamada «dosis equivalente de plátano», para explicar cuánta radiación recibe realmente una persona en distintas situaciones cotidianas.

El radón, un gas radiactivo que emana del suelo de forma natural, se acumula en sótanos mal ventilados y es una de las fuentes de radiación más significativas dentro de una casa cualquiera, más incluso que muchas fuentes artificiales. Nadie construye búnkeres para evitarlo, aunque en algunas regiones sí se recomienda ventilar bien los espacios bajos.

Creo que el miedo a las radiaciones nace sobre todo del desconocimiento. Es como el miedo a la oscuridad: no es la oscuridad en sí, es lo que podría haber ahí sin que lo veamos. Una vez que entiendes que el riesgo depende de la energía de cada tipo de radiación y de la dosis recibida, ese miedo pierde buena parte de su fuerza. Aunque nunca del todo, porque lo invisible siempre inquieta un poco más que lo que se puede señalar con el dedo.

Los teléfonos móviles emiten radiación no ionizante, incapaz de romper enlaces químicos. Después de décadas de estudios y millones de personas usándolos, no hay daño biológico conocido asociado a ella. El miedo que genera viene más de lo invisible que de la evidencia disponible.

Esto no quiere decir que la radiación ionizante sea inofensiva. Todo lo contrario. Los rayos X son capaces de dañar el ADN, y por eso se usan con precaución en medicina. Pero esa misma capacidad es también su mayor virtud: en radioterapia, se usa para matar células cancerosas con precisión, buscando la dosis que destruya el tumor sin arrasar el tejido sano de alrededor. Un cálculo delicado que hacen físicos médicos especializados exclusivamente en ese equilibrio.

Incluso la radiactividad natural del planeta es fundamental para nuestra existencia. El uranio, al desintegrarse, genera el calor que mantiene caliente el núcleo de la Tierra. Sin esa radiactividad, el planeta sería un cuerpo frío y muerto, sin movimiento tectónico ni volcanes ni el campo magnético que nos protege del viento solar. La radiactividad no solo convive con la vida: en cierto sentido la hace posible desde las entrañas mismas del planeta.

También se usa radiación para esterilizar alimentos y material médico, eliminar bacterias y alargar la conservación sin dañar los nutrientes de forma significativa. Una técnica aprobada y usada en decenas de países desde hace décadas, aunque siga generando cierta desconfianza entre el público.

La energía es neutra. Puede herir o puede curar, y lo que marca la diferencia es la dosis y el contexto en que se aplica. Es el mismo principio que rige a cualquier medicamento: la diferencia entre veneno y remedio suele estar en la cantidad, no en la sustancia.

La medida de todo esto tiene nombre propio: el sievert, la unidad que cuantifica el efecto biológico de una dosis de radiación. Una radiografía de tórax ronda los 0,1 milisieverts, aproximadamente lo mismo que recibes de fondo natural en unos 10 días. Una tomografía computarizada de tórax puede llegar a 7 milisieverts, el equivalente a unos dos años de fondo natural. La dosis anual media que recibe cualquier persona solo por vivir en la Tierra, sumando fondo natural y radón doméstico, se sitúa alrededor de los 2 a 3 milisieverts.

Para ponerlo en perspectiva: la dosis que se considera el límite anual para trabajadores nucleares es de 20 milisieverts, y los efectos agudos de la radiación no aparecen por debajo de los 1.000 milisieverts recibidos de golpe. Tener esas cifras en la cabeza ayuda a comparar riesgos reales en lugar de dejarse llevar por la palabra «radiación» sin más contexto.

Marie Curie, que dedicó su vida a estudiar estos fenómenos y acuñó el propio término «radiactividad», pagó con su salud el desconocimiento de la época sobre los riesgos de la exposición prolongada. Ella y su marido Pierre trabajaban con sustancias radiactivas sin ninguna protección, manipulando tubos de ensayo con uranio y radio con las manos desnudas, guardando muestras en los bolsillos de su bata. Marie murió de anemia aplásica a los 66 años, probablemente causada por décadas de exposición.

Hoy sus cuadernos de laboratorio siguen siendo tan radiactivos que hay que guardarlos en cajas de plomo y consultarlos con protección. Aquella pionera abrió las puertas a la física moderna y a la medicina nuclear, pero su historia también nos recuerda lo que ocurre cuando trabajamos con fuerzas poderosas sin entender sus riesgos. Algo que la ciencia posterior a ella se encargó de corregir con normas de protección que hoy damos por sentadas en cualquier hospital.

Vivimos en un universo radiactivo por naturaleza, y nuestros cuerpos llevan mucho tiempo adaptados a tolerarlo. Entenderlo no elimina el respeto que merece la radiación en dosis altas, pero sí ayuda a poner en perspectiva el miedo cotidiano hacia lo que, en la mayoría de los casos, nos rodea sin causarnos el menor daño.

Desde el plátano del desayuno hasta la luz del sol, desde la señal de tu móvil hasta la radioterapia que salva vidas: la radiación no es un enemigo. Es parte del universo en el que vivimos, y saber distinguir sus variedades y sus riesgos reales es mucho más útil que temerla ciegamente.

Xavier Pardell Peña

Ciencia

Imagen portada:openai

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