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Leonard Cohen y «Hallelujah»: la canción que tardó años en encontrar su lugar
Leonard Cohen escribió decenas de versos antes de encontrar la forma definitiva de una canción que su discográfica rechazó. Después se retiró durante cinco años a un monasterio zen. Mientras él buscaba el silencio, «Hallelujah» comenzaba a encontrar nuevas voces.
Por Sofía Lovelace
Hay canciones que nacen destinadas a convertirse en éxitos.
Y hay otras que parecen necesitar tiempo.
Tiempo para ser comprendidas.
Tiempo para encontrar otra voz.
Tiempo para que alguien descubra en ellas algo que quizá ni siquiera su propio autor había terminado de explicar.
Cuando Leonard Cohen publicó Hallelujah en 1984, no estaba presentando una canción destinada a convertirse en uno de los himnos más reconocibles de la música popular.
Formaba parte de Various Positions, un álbum que la discográfica estadounidense de Cohen, Columbia Records, decidió no publicar en Estados Unidos. Finalmente apareció a través de un sello independiente. La canción tampoco se convirtió inmediatamente en un éxito.
Cohen había trabajado en ella durante años.
Había escrito numerosas estrofas.
Había dudado.
Había vuelto sobre ellas.
Y cuando finalmente llegó al público, aquella canción sobre el deseo, la fe, el fracaso y la pérdida parecía destinada a convertirse en una pieza más dentro de una carrera ya respetada.
Pero ocurrió algo inesperado.
La canción sobrevivió a su propio fracaso.
Y mientras su autor se alejaba de los escenarios para buscar el silencio en una montaña de California, Hallelujah comenzaba a construir una segunda vida.
Una canción nacida entre la Biblia y el deseo
Cohen no escribió una canción religiosa convencional.
En Hallelujah aparecen referencias a personajes bíblicos como David y Betsabé, y también a Sansón y Dalila, pero las historias sagradas se mezclan con el deseo, la intimidad, la ruptura y la vulnerabilidad.
Ese cruce era característico de Cohen.
La espiritualidad nunca aparecía completamente separada del cuerpo.
El amor podía ser una experiencia religiosa.
El deseo podía conducir a la pérdida.
Y la fe podía convivir con la duda.
Por eso la palabra que da título a la canción resulta tan poderosa.
Hallelujah procede del hebreo y expresa tradicionalmente una alabanza a Dios.
Pero Cohen la coloca en un contexto mucho más ambiguo.
El «aleluya» puede aparecer después de la felicidad.
Pero también después del fracaso.
Después de aquello que no salió como esperábamos.
Después de una relación que terminó.
Después de descubrir que incluso las cosas que parecían eternas pueden desaparecer.
Quizá por eso la canción nunca parece celebrar únicamente una victoria.
También acepta la derrota.
Cinco años buscando la canción
La historia de Hallelujah es inseparable de la manera de trabajar de Cohen.
Era un escritor antes de ser una estrella.
Había publicado poesía y novelas antes de comenzar su carrera musical y tenía una relación casi obsesiva con las palabras.
En el caso de Hallelujah, esa obsesión se prolongó durante años.
Llegó a escribir numerosas estrofas que nunca formarían parte de la grabación definitiva.
Algunas eran religiosas.
Otras, sexuales.
Otras, profundamente personales.
La canción fue adquiriendo su forma poco a poco.
Y quizá por eso todavía conserva algo de misterio.
No parece una historia cerrada.
Parece una conversación que comenzó antes de que nosotros llegáramos.
Columbia dijo que no
El rechazo de la discográfica resulta hoy casi absurdo.
En 1984, Cohen había terminado Various Positions, el álbum que contenía Hallelujah.
Su productor, John Lissauer, esperaba que Columbia apoyara el proyecto.
Pero Walter Yetnikoff, presidente de Columbia Records, rechazó el álbum para el mercado estadounidense. Various Positions terminaría siendo distribuido en Estados Unidos por un sello independiente. The Guardian
La canción que décadas después sería interpretada en todo el mundo comenzaba así su historia casi desde el margen.
No hubo un gran lanzamiento.
No hubo un éxito inmediato.
No hubo una campaña que anunciara que acababa de nacer un clásico.
Durante un tiempo, Hallelujah fue simplemente una canción de Leonard Cohen que algunos músicos comenzaron a descubrir.
Y entonces apareció otra voz.
John Cale abre una puerta
En 1991, John Cale grabó su propia versión.
No se limitó a reproducir la interpretación de Cohen.
Seleccionó diferentes estrofas y modificó el carácter de la canción.
Aquella versión fue decisiva.
Porque demostró que Hallelujah podía cambiar.
Podía abandonar algunos elementos de la interpretación original y adquirir otro tono.
La canción comenzaba a independizarse de su creador.
Y poco después llegaría una interpretación todavía más importante.
Jeff Buckley y la segunda vida de «Hallelujah»
Jeff Buckley escuchó la versión de Cale y terminó incorporándola a su repertorio.
En 1994 apareció en Grace su interpretación de Hallelujah.
La voz de Buckley convirtió la canción en algo íntimo, casi frágil.
Ya no parecía una composición perteneciente exclusivamente a un cantautor de cincuenta años que hablaba de espiritualidad y deseo.
Podía ser también una canción sobre la vulnerabilidad de alguien joven.
Una canción que parecía estar a punto de romperse.
La versión de Buckley terminaría convirtiéndose en una de las interpretaciones más conocidas del tema.
Pero hay una ironía en todo esto.
Cuando el mundo comenzaba a descubrir realmente «Hallelujah», Leonard Cohen estaba desapareciendo de la escena.
Cohen se marcha a la montaña
En 1994, Cohen se retiró de la vida pública y se instaló en Mount Baldy Zen Center, en California.
Era un lugar situado en las montañas, lejos del ruido de la industria musical.
Cohen llevaba años interesado en el budismo zen y había estudiado con el maestro Kyozan Joshu Sasaki.
Esta vez decidió dedicarse completamente a aquella vida.
Permaneció allí aproximadamente cinco años.
En 1997 fue ordenado monje de la tradición Rinzai Zen y recibió el nombre de Jikan, relacionado con el silencio.
Su vida cambió por completo.
Se levantaba de madrugada.
Meditaba.
Cocinaba.
Limpiaba.
Quitaba nieve.
Ayudaba a su maestro.
Vestía las ropas de un monje.
Y durante años desapareció prácticamente de la escena musical.
Pero no dejó de escribir.
En pequeños cuadernos continuó acumulando poemas, pensamientos y canciones.
El silencio no significaba ausencia de creación.
Significaba otra forma de crear.
Mientras Cohen guardaba silencio, «Hallelujah» seguía cantándose
Hay una ironía extraordinaria en aquel momento.
Leonard Cohen estaba en una montaña, alejado de los escenarios.
Pero su canción comenzaba a viajar por el mundo.
John Cale la había transformado.
Jeff Buckley la había llevado todavía más lejos.
Y otras voces comenzarían a descubrirla.
La canción que Columbia había considerado poco atractiva comercialmente estaba construyendo lentamente una de las vidas más largas que puede tener una composición.
Cohen había dejado de perseguirla.
Pero Hallelujah ya no necesitaba que él lo hiciera.
El hombre que había perdido millones
Y entonces apareció otra historia.
En 2004, después de abandonar Mount Baldy, Cohen descubrió que gran parte de su patrimonio había desaparecido.
Su antigua representante y gestora empresarial, Kelley Lynch, había administrado durante años numerosos aspectos de sus asuntos financieros.
Cohen la despidió y posteriormente emprendió acciones legales acusándola de haber sustraído aproximadamente cinco millones de dólares de sus fondos.
El caso terminó con una sentencia favorable a Cohen por una cantidad cercana a los nueve millones de dólares, aunque nunca llegó a recuperar efectivamente el dinero.
No fue un pequeño problema administrativo.
El hombre que había pasado años en un monasterio había regresado al mundo para descubrir que una parte sustancial de su seguridad económica había desaparecido.
Y tuvo que volver a trabajar.
A los setenta años, Cohen vuelve a los escenarios
Cohen tenía ya más de setenta años.
Había sido poeta.
Había sido cantante.
Había sido monje.
Y ahora tenía que volver a salir de gira.
En 2008, con 73 años, regresó a los escenarios.
Lo que podía haber sido una gira motivada únicamente por la necesidad económica se convirtió en una de las grandes etapas de reconocimiento de su carrera.
El público descubrió a un Cohen diferente.
Más viejo.
Más sobrio.
Más lento.
Pero también extraordinariamente presente.
Sus conciertos adquirieron una dimensión casi ceremonial.
Y Hallelujah, aquella canción que había tardado años en escribir y que su propia compañía había rechazado, ya era otra cosa.
Era un clásico.
Cuando una canción deja de pertenecer a su autor
A esas alturas, Hallelujah había comenzado a vivir su propia vida.
Bob Dylan la había interpretado en directo.
John Cale había cambiado su estructura.
Jeff Buckley había creado una versión que acabaría siendo legendaria.
Después llegarían k. d. lang, Rufus Wainwright, Alexandra Burke y muchos otros intérpretes.
La canción apareció en películas, series, ceremonias y homenajes.
Y cada nueva voz encontraba algo diferente en ella.
Eso plantea una pregunta interesante:
¿Cuándo deja una canción de pertenecer completamente a quien la escribió?
Quizá cuando otras personas comienzan a utilizarla para decir cosas que su autor nunca imaginó.
Una canción puede conservar las mismas palabras y convertirse en otra experiencia.
Puede sonar religiosa.
Puede sonar sensual.
Puede sonar triste.
Puede sonar esperanzadora.
Puede convertirse incluso en una canción de despedida.
La paradoja de «Hallelujah»
Quizá por eso la historia de Hallelujah resulta tan extraordinaria.
Fue escrita durante años.
Fue rechazada por una gran compañía discográfica.
Pasó prácticamente desapercibida en su primera etapa.
Su autor se retiró durante cinco años a un monasterio.
Durante ese tiempo, otros músicos comenzaron a darle nuevas vidas.
Cuando Cohen regresó, descubrió además que había perdido buena parte de su patrimonio y tuvo que volver a los escenarios.
Y mientras reconstruía su carrera, aquella canción seguía creciendo.
No fue un éxito inmediato.
Fue algo mucho más extraño.
Fue una canción que aprendió a sobrevivir.
El verdadero significado del «aleluya»
Quizá por eso la palabra que Cohen eligió para el título termina adquiriendo una fuerza especial.
El aleluya de Cohen no parece decir que todo haya salido bien.
No dice que el amor dure para siempre.
No dice que la fe elimine la duda.
No dice que después del fracaso llegue necesariamente una recompensa.
Dice algo más difícil.
Que podemos reconocer la belleza incluso cuando sabemos que algo está roto.
Que podemos agradecer incluso después de perder.
Que podemos seguir cantando aunque no tengamos respuestas.
Y esa idea atraviesa también la propia historia de Cohen.
El poeta que perdió su discográfica.
El músico que se retiró a una montaña.
El hombre que descubrió que había perdido millones.
El artista que volvió a los escenarios cuando muchos podrían haber pensado que su mejor época ya había pasado.
Y la canción que había sido rechazada y terminó siendo interpretada por cientos de artistas.
Todo parece conducir al mismo lugar.
No al triunfo.
Sino a la persistencia.
Mientras el mundo cantaba, Cohen seguía escribiendo
Leonard Cohen murió en noviembre de 2016, a los 82 años, después de haber publicado You Want It Darker, un álbum cuya propia oscuridad parecía dialogar con buena parte de los temas que habían acompañado su obra.
Pero Hallelujah ya había escapado hacía tiempo de su creador.
Eso quizá sea lo más extraordinario de una canción.
Un escritor puede pasar años escribiéndola.
Un músico puede grabarla.
Una discográfica puede rechazarla.
El público puede ignorarla.
Y, sin embargo, una obra puede seguir esperando.
Hasta que una voz la encuentra.
Después otra.
Y otra.
Y finalmente millones.
La canción que encontró su lugar
Leonard Cohen tardó años en escribir Hallelujah.
La industria tardó poco en rechazarla.
El público tardó más en descubrirla.
Y los músicos necesitaron varias versiones para revelar todo lo que podía contener.
Cohen, entretanto, desapareció durante cinco años en una montaña.
Quizá nunca imaginó hasta dónde llegaría aquella canción mientras él permanecía allí arriba.
Pero esa es precisamente la historia.
Mientras Leonard Cohen buscaba el silencio, «Hallelujah» encontraba voces.
Y cuando regresó, la canción ya no era solamente suya.
Había pasado a formar parte de la memoria de otros.
Tal vez por eso continúa viva.
Porque no ofrece una única respuesta.
Solo una palabra.
Una palabra que puede pronunciarse después del amor, de la pérdida, de la duda, del fracaso o de la esperanza.
Una palabra que no promete que todo vaya a salir bien.
Solo dice:
aleluya.
Escena → Música
Imagen portada: openai
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