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La luz: de las estrellas a las pantallas
La luz es tan antigua en nuestra vida que casi no la vemos. Vemos gracias a ella, pero rara vez la miramos a ella. Entra por la ventana al amanecer, se rompe en los cristales, dibuja sombras en una pared, despierta los ojos, calienta una mesa. Por la noche la fabricamos: lámparas, farolas, pantallas, escaparates, coches, hospitales, ciudades enteras negándose a quedar a oscuras. Hemos domesticado una parte de la noche y, al hacerlo, también hemos cambiado nuestra manera de vivir.
Desde la física, la luz es radiación electromagnética visible para el ojo humano. Puede comportarse como onda y como partícula, una dualidad que desafía la intuición común. Gracias a ella vemos colores, medimos distancias cósmicas, transmitimos información por fibra óptica, usamos láseres en medicina, fotografiamos células, exploramos el universo. La luz es instrumento, materia de arte, fuente de energía y reloj biológico.
El color no está simplemente en las cosas. Depende de la luz que reciben, de las longitudes de onda que absorben o reflejan, y de cómo nuestro sistema visual interpreta esa información. Una manzana roja no contiene “rojo” como una sustancia interior. Refleja ciertas longitudes de onda que nuestros ojos y cerebro convierten en experiencia. Ver es siempre una traducción.
La luz solar regula además ritmos profundos. Nuestro cuerpo tiene relojes internos que organizan sueño, vigilia, temperatura, secreción hormonal, atención y metabolismo. La luz de la mañana ayuda a ajustar esos ritmos. La oscuridad de la noche facilita la producción de melatonina y prepara el descanso. Durante milenios, el día y la noche fueron una estructura firme. Después llegó la luz artificial y nos dio una libertad inmensa, pero también una alteración.
No se trata de condenar la electricidad. La luz artificial ha permitido estudiar, operar, trabajar, caminar con seguridad, mantener servicios esenciales, cuidar enfermos, vivir más allá de la puesta de sol. Sería absurdo renegar de ella. Pero nuestra relación con la luz se ha vuelto excesiva. Ya no solo iluminamos lo necesario; llenamos la noche de estímulos. Dormimos junto a pantallas. Revisamos mensajes en la cama. Dejamos que una luz pequeña, cercana y persistente le diga al cerebro que aún no ha terminado el día.
Lo que voy a decir no viene de ningún estudio. Hay algo muy revelador en la manera en que hemos perdido la oscuridad. Antes la noche obligaba a bajar el ritmo. Ahora tenemos que decidir nosotros cuándo detenernos, y muchas veces no sabemos hacerlo. Como si apagar una pantalla fuera una pequeña derrota.
Me parece que una parte del cansancio moderno no viene solo del trabajo, sino de esa disponibilidad permanente, de esa luz que no deja que el cuerpo entienda que ya puede retirarse.
La contaminación lumínica también ha empobrecido nuestra relación con el cielo. Muchas personas han crecido sin ver una verdadera noche estrellada. La Vía Láctea, que durante siglos fue parte del paisaje humano, se ha vuelto invisible en muchas ciudades. Perder estrellas no parece urgente hasta que uno comprende lo que significa: perder escala, silencio, orientación, una forma de asombro.
La luz también cura y daña. La exposición solar moderada ayuda a la síntesis de vitamina D y participa en ritmos biológicos, pero el exceso de radiación ultravioleta aumenta el riesgo de cáncer de piel y envejecimiento cutáneo. De nuevo aparece el equilibrio. La vida necesita luz, pero no cualquier luz ni a cualquier hora ni en cualquier cantidad.
En medicina, los láseres han abierto posibilidades extraordinarias: cirugía ocular, dermatología, tratamientos precisos, diagnóstico, investigación. En comunicaciones, la fibra óptica ha convertido pulsos de luz en mensajes que atraviesan continentes. En astronomía, cada fotón recibido por un telescopio puede traer información de un pasado remoto. La luz une lo doméstico y lo cósmico con una naturalidad casi imposible.
También tiene una dimensión estética. Pintores, fotógrafos, cineastas y arquitectos saben que la luz no solo permite ver, sino sentir de una determinada manera. Una misma habitación cambia con la hora. Una calle mojada bajo una farola no dice lo mismo que esa misma calle a mediodía. La luz organiza el ánimo de los espacios.
Quizá por eso deberíamos aprender a usarla con más inteligencia. Más luz no siempre significa mejor vida. A veces necesitamos una luz cálida, baja, suficiente. A veces necesitamos oscuridad. A veces necesitamos mirar lejos, no otra pantalla a treinta centímetros. Regular la luz es regular también el descanso, la atención y la relación con el entorno.
La luz nos ha dado civilización, ciencia, arte, seguridad y conocimiento. Pero su exceso nos recuerda que incluso lo bueno puede dañarnos si rompe los ritmos que nos sostienen. Hay cosas que necesitan quedar en penumbra.
Xavier Pardell Peña
Imagen Gemini
La luz: de las estrellas a las pantallas

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