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Idea Vilariño: la poeta que convirtió el amor en una forma de ausencia

Idea Vilariño: la poeta que convirtió el amor en una forma de ausencia
Sofia Lovelace
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Idea Vilariño: la poeta que convirtió el amor en una forma de ausencia

Escribió sobre el amor sin adornarlo, sobre la soledad sin esconderla y sobre la pérdida como si estuviera intentando encontrarle un lenguaje

Hay poetas que escriben sobre el amor cuando están enamorados.

Y hay otros que escriben sobre él cuando ya no queda nada que salvar.

Idea Vilariño pertenece a los segundos.

Sus poemas no suelen necesitar grandes paisajes, metáforas deslumbrantes ni palabras extraordinarias. A veces parecen construidos con muy poco: una frase corta, una ausencia, una noche, un cuerpo que ya no está, una voz que recuerda.

Pero precisamente ahí está su fuerza.

Vilariño consiguió hacer de la desnudez una forma de intensidad.

Nació en Montevideo el 18 de agosto de 1920, en una familia donde convivían la literatura y la música. Su padre, Leandro Vilariño, era poeta; varios de sus hermanos también estudiaron música. Ella misma fue, además de poeta, ensayista, crítica literaria, traductora, compositora y profesora. Murió en Montevideo el 28 de abril de 2009.

Pero para entender a Idea Vilariño hay que hacer algo extraño.

Hay que olvidarse durante un momento de su biografía.

Porque su poesía no necesita que sepamos quién fue la persona que amó.

Necesita que recordemos a quién hemos perdido nosotros.

Una poeta que empezó escribiendo muy joven

Vilariño comenzó a escribir siendo todavía muy joven. En 1945 publicó La suplicante, su primer libro de poemas, y quedó vinculada a la llamada Generación del 45, uno de los movimientos intelectuales y literarios fundamentales de la cultura uruguaya del siglo XX.

Aquella generación reunió a escritores, críticos e intelectuales que transformarían profundamente la literatura uruguaya.

Entre ellos estaban Mario Benedetti, Juan Carlos Onetti, Emir Rodríguez Monegal, Ángel Rama, Ida Vitale y Amanda Berenguer.

Vilariño no fue una figura secundaria dentro de aquel grupo.

Fue una de sus voces poéticas más singulares.

En 1945 apareció La suplicante.

Después llegarían Cielo cielo, Paraíso perdido, Por aire sucio, Nocturnos, Poemas de amor, Pobre mundo y No, entre otros libros.

Y poco a poco fue construyendo una poesía reconocible desde los primeros versos.

Una poesía que no necesitaba levantar la voz.

El amor sin maquillaje

Quizá su libro más conocido sea Poemas de amor, publicado en 1957 y dedicado a Juan Carlos Onetti.

La historia entre ambos ha terminado formando parte de la leyenda literaria uruguaya.

Pero existe un peligro cuando una escritora tiene una relación sentimental con otro escritor famoso:

que su obra termine explicándose mediante esa relación.

Con Vilariño ocurre algo parecido.

Se habla de Onetti.

Se habla de la pasión.

Se habla de la relación tormentosa.

Y, de repente, la poeta desaparece detrás de la historia de amor.

Es precisamente lo que no deberíamos hacer.

Porque Vilariño no escribió solamente sobre un hombre.

Escribió sobre lo que sucede cuando amar y perder forman parte de la misma experiencia.

Y eso es mucho más grande.

La ausencia como protagonista

En la poesía de Vilariño, el ausente puede llegar a ocupar más espacio que el presente.

No necesita aparecer.

Su ausencia basta.

Es uno de los aspectos más interesantes de su escritura: muchas veces el poema parece construido alrededor de aquello que no está.

Una persona que se fue.

Una relación que terminó.

Una conversación que ya no puede repetirse.

Una noche.

Un recuerdo.

Un cuerpo que alguna vez estuvo cerca.

Y entonces ocurre algo curioso.

El poema deja de ser una historia de amor.

Se convierte en una historia sobre la imposibilidad de recuperar el pasado.

Ahí aparece una de las grandes constantes de su obra: amor, soledad, angustia, ausencia y muerte.

No como conceptos abstractos.

Como experiencias.

Escribir sin esconderse detrás de las palabras

Vilariño utilizaba un lenguaje deliberadamente despojado.

La crítica ha señalado precisamente esa escritura sencilla, sin ornamentación innecesaria, capaz de producir una poesía de enorme intensidad emocional.

Y eso puede parecer fácil hasta que uno intenta hacerlo.

Escribir mucho es relativamente sencillo.

Escribir de manera complicada también.

Lo difícil es quitar palabras sin quitar emoción.

Vilariño lo hizo muchas veces.

Su poesía parece decir:

No necesito explicarte todo.

Tú ya sabes lo que significa perder.

Y quizá por eso sus poemas siguen funcionando.

Porque no lo explican todo.

Dejan espacio para que el lector coloque dentro su propia historia.

También sabía escuchar la música

Hay una parte de Idea Vilariño que a veces queda escondida detrás de la poeta.

Era compositora y escribió letras que terminaron formando parte de la música popular uruguaya.

Entre ellas están «A una paloma», musicalizada por Daniel Viglietti, y «La canción y el poema», con música de Alfredo Zitarrosa. También escribió textos interpretados por Los Olimareños.

Esto no resulta extraño cuando se conoce su relación con la música.

La musicalidad estaba en su casa desde la infancia.

Pero también estaba en su manera de escribir.

Vilariño estudió la métrica, la rima y la prosodia con enorme atención. Escribió incluso estudios sobre poesía y ritmo, entre ellos Grupos simétricos en la poesía de Antonio Machado y trabajos sobre Herrera y Reissig y sobre el tango.

Es decir:

aquello que en sus poemas parece espontáneo muchas veces estaba construido con una precisión extraordinaria.

La sencillez no era falta de técnica.

Era técnica llevada hasta desaparecer.

El tango estaba allí

Y quizá por eso el tango encontró un lugar natural en su escritura.

El tango sabe algo que también sabía Vilariño:

que el amor puede ser hermoso y devastador en la misma frase.

Que recordar puede doler más que perder.

Que una persona puede marcharse y seguir ocupando una habitación entera.

Vilariño estudió el tango y escribió Las letras de tango y El tango cantado.

No es casual.

El tango y su poesía comparten una cosa fundamental:

no tienen miedo de mirar aquello que duele.

Una mujer que no necesitaba explicar quién era

Hay otro aspecto de Vilariño que resulta fascinante.

No era una escritora especialmente interesada en construir una imagen pública.

Durante años rechazó entrevistas sobre su obra.

Solo rompió parcialmente ese silencio décadas después, cuando participó en el documental Idea, dirigido por Mario Jacob y estrenado en 1998.

Esto resulta casi contradictorio en nuestra época.

Hoy un escritor puede convertirse en una presencia permanente: entrevistas, fotografías, redes sociales, presentaciones, declaraciones.

Vilariño parecía preferir otra cosa.

Que hablara la obra.

Y quizá eso explique también la impresión de intimidad que producen sus poemas.

No hay demasiada distancia entre la voz que escribe y aquello que siente.

Pero tampoco hay exhibicionismo.

La emoción está ahí.

El lector decide qué hacer con ella.

La profesora que también estudió a los otros

Vilariño no vivió únicamente dentro de sus propios poemas.

Fue profesora de Literatura durante décadas.

Después del golpe de Estado de 1973 dejó la enseñanza secundaria y, tras la restauración democrática, en 1985 se incorporó como docente de Literatura Uruguaya en la Universidad de la República.

También tradujo a Shakespeare y escribió estudios críticos sobre otros autores.

Esta parte de su trayectoria resulta especialmente importante porque demuestra que no era solamente una poeta de la emoción.

Era también una intelectual rigurosa.

Conocía profundamente la literatura.

Estudiaba sus mecanismos.

Analizaba el lenguaje.

Y al mismo tiempo escribía poemas capaces de parecer casi desnudos.

La combinación es poco frecuente.

Cuando el silencio también es una postura

Vilariño mantuvo además posiciones intelectuales y políticas muy definidas durante una época especialmente convulsa de América Latina.

Formó parte del ambiente intelectual de la izquierda uruguaya y mostró compromiso con determinadas causas de su tiempo. Pero incluso aquí aparece un rasgo muy suyo: su compromiso no estaba separado de una determinada ética personal.

Rechazó un premio oficial por considerar que no respetaba a sus jurados, abandonó su colaboración con Marcha después de que uno de sus poemas fuera censurado y declinó la posibilidad de ser propuesta para una beca Guggenheim por razones vinculadas a sus convicciones.

No hace falta convertir esto en el centro de su biografía.

Pero sí dice algo sobre ella.

Para Idea Vilariño, escribir no era simplemente producir literatura.

También era una manera de vivir de acuerdo con aquello que pensaba.

La poeta del «no»

En 1980 publicó No.

El título parece casi una declaración de principios.

Una palabra mínima.

Dos letras.

Y, sin embargo, contiene una cantidad extraordinaria de posibilidades.

No.

No puedo.

No quiero.

No estás.

No vuelve.

No queda.

No existe.

No sé.

En Vilariño, la negación no siempre es derrota.

A veces es una forma de lucidez.

Aceptar que algo terminó también puede ser una manera de dejar de mentirse.

Y quizá ahí esté una de las claves de su poesía.

Nunca intenta convertir el dolor en algo bonito.

Intenta convertirlo en verdad.

Lo que queda cuando termina el amor

Quizá por eso Idea Vilariño continúa siendo leída.

No porque nos cuente una historia que ocurrió hace décadas en Montevideo.

Sino porque habla de algo que no ha envejecido.

El amor sigue terminando.

Las personas siguen alejándose.

Seguimos recordando conversaciones que nunca volverán.

Seguimos entrando en lugares donde alguien estuvo.

Seguimos descubriendo que una ausencia puede ocupar más espacio que una presencia.

Y seguimos intentando encontrar palabras para aquello que no sabemos decir.

Vilariño encontró algunas.

No todas.

Probablemente nadie pueda hacerlo.

Pero las suficientes.

Una poeta que no necesitó adornar el dolor

Idea Vilariño murió en Montevideo el 28 de abril de 2009.

Tenía 88 años.

Dejó una obra que ha sido traducida y estudiada en distintos países y que continúa ocupando un lugar central en la poesía latinoamericana. La Biblioteca Nacional de Uruguay la presenta como una de las grandes voces de la poesía en lengua española.

Pero quizá su legado pueda resumirse de una manera menos académica.

Idea Vilariño entendió que hay sentimientos que pierden fuerza cuando intentamos explicarlos demasiado.

Por eso los redujo.

Los dejó desnudos.

Quitó adornos.

Quitó excusas.

Quitó incluso algunas palabras.

Y cuando ya casi no quedaba nada entre el lector y aquello que quería decir, apareció el poema.

Tal vez esa sea la razón por la que todavía funciona.

Porque cuando leemos a Vilariño no sentimos que alguien nos esté explicando el amor.

Sentimos algo mucho más incómodo.

Que alguien ha encontrado las palabras exactas para aquello que nosotros nunca supimos decir.

Y entonces entendemos que quizá la poesía no sirve para explicar lo que sentimos.

Quizá sirve para reconocerlo.

 

Por Sofía


Idea Vilariño: la poeta que convirtió el amor en una forma de ausencia

Poesía

Imagen portada: openai


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Idea Vilariño convirtió el amor, la ausencia y la soledad en una de las voces más intensas de la poesía uruguaya. La historia de una poeta imprescindible.

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