M3

El cuerpo eléctrico: cómo habla el sistema nervioso

El cuerpo eléctrico: cómo habla el sistema nervioso
Xavier Pardell Peña
Últimas entradas de Xavier Pardell Peña (ver todo)
🎧 Audioguía Cultural (Beta)


♿ Accesibilidad y otras formas de escuchar este artículo

El cuerpo eléctrico: cómo habla el sistema nervioso

«La red invisible»

Basta tocar sin querer una taza demasiado caliente para comprender que el cuerpo piensa antes que nosotros. La mano se retira casi sola, con una rapidez que no pasa por la deliberación. Después llega la conciencia: el sobresalto, el gesto de mirar la piel, quizá una palabra seca, dicha más por reflejo que por educación. Pero la decisión importante ya se había tomado. Algo en nosotros había entendido el peligro antes de que pudiéramos nombrarlo.

El sistema nervioso trabaja así: en una mezcla constante de velocidad, vigilancia y memoria. No descansa nunca del todo. Incluso mientras dormimos, regula la respiración, el ritmo cardíaco, la temperatura, los movimientos del cuerpo, la actividad de los órganos, los sueños, los sobresaltos mínimos de la noche. Es una red antigua y delicada, hecha para recibir señales, interpretarlas y responder. A veces con precisión admirable. Otras, con errores que nos recuerdan que vivir también es depender de circuitos vulnerables.

Solemos pensar en el cerebro como el centro absoluto. Y lo es en muchos sentidos. Pero el sistema nervioso no se reduce al cerebro. Incluye la médula espinal, los nervios que recorren el cuerpo, los ganglios, los receptores sensoriales, las conexiones que enlazan piel, músculos, vísceras y órganos. Es una inmensa conversación interna. Cada segundo, aunque no lo notemos, el cuerpo informa de su posición, su equilibrio, su temperatura, su dolor, su tensión, su hambre, su cansancio.

Las neuronas son las grandes mensajeras de esa conversación. Reciben información, la procesan y la transmiten mediante impulsos eléctricos y señales químicas. La imagen del cable ayuda, pero se queda corta. Una neurona no es un hilo pasivo. Tiene cuerpo, prolongaciones, ramificaciones, puntos de contacto con otras células. Puede excitar, inhibir, modular. Puede formar parte de circuitos que permiten mover un dedo, recordar un rostro, leer una frase, sentir miedo, resolver un problema o distinguir la voz de alguien querido entre muchas voces.

Entre una neurona y otra existe un espacio diminuto: la sinapsis. Allí la señal no salta simplemente como una chispa. En muchos casos, una neurona libera sustancias químicas, neurotransmisores, que se unen a receptores de la siguiente célula y modifican su actividad. Esa frontera microscópica es uno de los lugares más importantes de la vida. En ella se decide si una señal continúa, se debilita, se amplifica o se transforma. Pensar, moverse, recordar, sentir y aprender dependen de millones de pasos pequeños como ese.

La electricidad del cuerpo no se parece a la de una lámpara o un enchufe, aunque usemos la misma palabra. Es una electricidad biológica, sostenida por diferencias de carga entre el interior y el exterior de las células. Iones como el sodio, el potasio, el calcio o el cloro atraviesan canales en la membrana neuronal y permiten que se generen impulsos nerviosos. Cada impulso es una breve alteración eléctrica que avanza por la neurona como una onda. Parece simple al decirlo, pero de esa danza de cargas nace la posibilidad de levantar una mano o de recordar una tarde.

El sistema nervioso tiene una parte voluntaria y otra que trabaja sin pedir permiso. La primera nos permite movernos con intención: caminar, escribir, hablar, tocar un instrumento, abrir una puerta. La segunda regula funciones automáticas: digestión, presión arterial, sudoración, dilatación de pupilas, respuesta al estrés. Esta parte autónoma no significa independiente del todo; está conectada con el resto del organismo y responde a estados emocionales, amenazas, descanso, dolor o enfermedad.

Todos hemos sentido esa unidad entre cuerpo y sistema nervioso. El corazón se acelera antes de una noticia importante. El estómago se cierra cuando algo nos preocupa. Las manos sudan.

No son metáforas. Son respuestas fisiológicas. El cuerpo no “acompaña” a la emoción desde fuera; participa en ella. Lo que llamamos ánimo, miedo, calma o alerta tiene también una dimensión nerviosa, hormonal, muscular, respiratoria.

Me permito aquí una reflexión personal. Siempre me ha impresionado la forma en que el cuerpo avisa antes de que uno quiera hacerle caso. En el trabajo técnico y sanitario, uno aprende a respetar las señales pequeñas: un ruido distinto en un equipo, una lectura que no encaja, un gesto del paciente, una fatiga que alguien intenta disimular. Con el cuerpo ocurre algo parecido. A veces manda avisos discretos antes de la avería grande: sueño mal dormido, tensión en la mandíbula, respiración corta, dolor repetido, falta de concentración. Escuchar no significa alarmarse por todo, sino conceder al cuerpo una autoridad que la prisa suele arrebatarle.

La médula espinal merece una atención especial. No es solo un cable que transmite órdenes desde el cerebro. También organiza reflejos y coordina respuestas rápidas. Cuando retiramos la mano del calor, una parte de la respuesta puede resolverse a nivel medular antes de que el cerebro elabore la experiencia consciente del dolor. Es una ventaja evolutiva: si hubiera que esperar a pensarlo todo, llegaríamos tarde a muchos peligros. La vida necesita rutas breves.

El dolor, por su parte, es una señal incómoda, pero necesaria. Nos obliga a proteger una zona dañada, a retirar el cuerpo de una amenaza, a buscar ayuda. Sin dolor, la supervivencia sería mucho más difícil. Pero también existe el dolor que deja de cumplir su función de aviso y se vuelve enfermedad en sí mismo. El dolor crónico puede permanecer cuando el daño inicial ha desaparecido o cuando el sistema nervioso se ha vuelto demasiado sensible. Entonces ya no basta con decir “no será nada”. El dolor que se prolonga cambia la vida, estrecha los días, reduce el movimiento, altera el sueño y modifica el carácter de quien lo soporta.

La neurología moderna ha mostrado que el cerebro no es una estructura rígida. Cambia. Aprende. Se reorganiza. Esa capacidad, llamada plasticidad, permite adquirir habilidades, recuperarse parcialmente de lesiones, adaptarse a nuevas circunstancias. Un niño que aprende a leer transforma circuitos visuales y lingüísticos. Una persona que practica durante años una habilidad manual afina conexiones motoras y sensoriales. Un paciente que realiza rehabilitación tras una lesión intenta abrir caminos alternativos. La plasticidad no es magia, ni garantiza cualquier recuperación, pero demuestra que el sistema nervioso conserva una capacidad notable de ajuste.

Aprender no es colocar información en una estantería mental. Es modificar conexiones, fortalecer rutas, debilitar otras, automatizar gestos, crear asociaciones. Por eso la repetición importa, pero no cualquier repetición. Repetir sin atención puede convertir el aprendizaje en rutina vacía. Repetir con sentido, con corrección, con descanso y con propósito deja una huella más profunda. El sistema nervioso aprende mejor cuando algo se practica, se comprende, se relaciona y se vuelve a usar.

La tecnología ha permitido observar y medir parte de esa actividad con una precisión que habría parecido imposible hace pocas décadas. Electroencefalogramas, resonancias magnéticas, estudios de conducción nerviosa, neuroimagen funcional, estimulación cerebral, interfaces cerebro-máquina. Cada herramienta abre una ventana distinta, aunque ninguna muestra por completo la experiencia humana. Ver una zona cerebral activarse no equivale a comprender todo lo que una persona siente. La imagen ayuda, pero no sustituye la escucha.

Esta advertencia importa, porque el cerebro se ha convertido también en objeto de simplificaciones. Se habla de hemisferios creativos y racionales como si la mente estuviera dividida en dos personajes. Se venden consejos rápidos para “reprogramar” el cerebro. Se usan palabras como dopamina, serotonina o cortisol para explicar cualquier conducta con una seguridad excesiva. La neurociencia real es más compleja, más lenta y más interesante que esas fórmulas. No reduce una vida a una molécula ni una emoción a una zona iluminada en una pantalla.

El sistema nervioso también nos recuerda nuestra dependencia del entorno. La luz regula ritmos. El ruido altera el descanso. El estrés sostenido cambia la forma de responder. La soledad pesa en el cuerpo. El ejercicio mejora funciones motoras, cardiovasculares y cognitivas por vías múltiples. El sueño limpia, ordena, repara. No somos cerebros flotando en una habitación vacía. Somos cuerpos nerviosos en contacto con calles, horarios, alimentos, pantallas, conversaciones, pérdidas, cuidados y amenazas.

Quizá por eso cuidar el sistema nervioso no debería reducirse a evitar enfermedades neurológicas. También implica cuidar la vida que lo rodea. Dormir de forma suficiente. Moverse. Reducir el ruido constante. Leer con atención. Conversar sin interrupciones. Comer con cierta sensatez. Respirar fuera de la urgencia. No todo depende de la voluntad individual, desde luego. Hay trabajos, viviendas, preocupaciones económicas y responsabilidades familiares que dejan poco margen. Pero allí donde exista un pequeño espacio de cuidado, el cuerpo lo agradece.

La ciencia del sistema nervioso ha avanzado enormemente, pero todavía hay zonas de sombra. La conciencia, la memoria profunda, el dolor persistente, algunas enfermedades degenerativas, la relación exacta entre cuerpo y emoción, los límites de la recuperación tras lesiones. Cada respuesta abre preguntas nuevas. El cerebro, que estudia el mundo, acaba estudiándose a sí mismo, y en ese gesto hay algo casi vertiginoso.

El cuerpo habla continuamente. Lo hace con señales eléctricas, sustancias químicas, reflejos, ritmos, molestias, placeres, cansancios. A veces lo escuchamos tarde. A veces lo confundimos. A veces lo forzamos como si fuera una máquina sin historia. Pero el sistema nervioso no es una instalación fría. Es una red viva que lleva escrita nuestra manera de estar en el mundo.

Antes de que pensemos, ya ha empezado a responder. Antes de que digamos “me pasa algo”, quizá llevaba tiempo avisando. Y cuando una mano se aparta del fuego sin pedir permiso, cuando una música nos cruza la piel, cuando un recuerdo aparece por el sonido de una voz, comprendemos que la inteligencia del cuerpo no siempre necesita palabras.

A veces basta una señal.

Xavier Pardell Peña

Ciencia

El cuerpo eléctrico: cómo habla el sistema nervioso

«La red invisible»

Basta tocar sin querer una taza demasiado caliente para comprender que el cuerpo piensa antes que nosotros.

https://unsplash.com/es

Compartir

La cultura independiente necesita lectores que la sostengan.

45% del objetivo mensual alcanzado

Apoya este diario

Apóyanos aunque sea una sola vez. Dona desde 1€.