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El arte es mi trinchera
La imagen y la raíz
En memoria de Sebastião Salgado
Deborah García
Hay fotógrafos que registran el mundo. Y hay otros que, como Sebastião Salgado, lo hacen temblar.
Su muerte no es solo la despedida de uno de los grandes cronistas visuales del siglo XX y XXI. Es también un punto de inflexión: perdemos a un artista que supo mirar sin anestesia, sin distancia, sin cinismo. Que entendió la fotografía no como ornamento ni documento, sino como forma de estar en el mundo. Y de resistirlo.
Resistir el colapso no es solo narrarlo, sino involucrarse
Economista de formación, brasileño, exiliado, caminante, Salgado dejó la burocracia internacional para volverse testigo. Pero no de esos que miran desde arriba. Su compromiso fue otro: estar, escuchar, volver. En series como Trabajadores o Éxodos, su cámara descendió al barro, a las minas, a los campos, a las rutas migrantes. Su blanco y negro no buscaba estilizar la pobreza ni congelar el sufrimiento: lo que hacía era mostrar la dignidad bajo asedio, la fuerza del cuerpo incluso cuando el mundo lo agota. Quizá lo que siempre me ha emocionado de Salgado es que cuando el horror de la historia se volvió insoportable, giró la mirada. No huyó: buscó lo que quedaba. Génesis no es un canto al pasado perdido, sino un manifiesto: esto existe, esto resiste, esto podría desaparecer si no cambiamos el rumbo. Glaciares, selvas, animales en libertad, pueblos indígenas sin Estado ni petróleo: todo lo que sobrevive a la violencia extractivista, todo lo que aún no ha sido arrasado por el progreso maldito. Esa decisión no fue solo estética. Fue política. Salgado no se limitó a documentar el desastre. Su compromiso con la tierra fue también concreto, físico, transformador.
Cuando regresó a Brasil a finales de los noventa, tras cubrir durante años las grandes heridas del mundo –la hambruna en el Sahel, el genocidio en Ruanda, el éxodo global–, encontró que su tierra natal, en el valle del río Doce, era ya un desierto. La selva atlántica que lo había criado había sido arrasada. Entonces, junto a Lélia Wanick Salgado, su compañera y arquitecta de todos sus proyectos, fundó el Instituto Terra. No como un gesto simbólico, sino como una acción de restauración profunda: plantaron más de dos millones de árboles y devolvieron la vida a lo que parecía perdido. Donde no quedaban ni aves ni insectos, regresó el bosque. Donde no había agua, volvió el río. Ese gesto –plantar árboles después de mirar tanto horror– no es ingenuo, sino radical. Porque si su fotografía mostró lo que se destruye, su acción mostró que todavía se puede recomenzar. Que la belleza también se cultiva. Que resistir el colapso no es solo narrarlo, sino involucrarse. Sanar lo herido, aunque sea en una porción mínima del mundo.
En Génesis, uno de sus últimos grandes proyectos, esa apuesta por lo natural se volvió mirada: recorrió durante años los territorios aún no devastados por el extractivismo. Glaciares, tribus aisladas, desiertos intactos, especies libres. No para idealizar lo intocado, sino para advertirnos: esto existe. Esto está vivo. Esto también puede desaparecer. Frente a un planeta que se agrieta, Salgado respondió con arte, con archivo, con siembra. Con belleza como forma de resistencia. Su trinchera fue doble: la cámara y la raíz.

En un siglo saturado de imágenes, Salgado eligió el blanco y negro. No por nostalgia ni por estilo: por claridad. En su obra, el blanco y negro no es una concesión al arte clásico, sino una elección radical. Una forma de despojar a la imagen de lo superfluo y centrar la mirada en lo esencial: el gesto, la textura, la dignidad del cuerpo, el drama de la tierra. El color distrae, decía. El blanco y negro concentra. Y al concentrar, denuncia. Nos obliga a mirar sin atajos, sin los seductores brillos del mundo publicitario. Nos devuelve a lo mineral, a lo orgánico, a lo primero: piel, tierra, agua, fuego. En sus imágenes, la belleza no suaviza lo insoportable, pero lo hace visible. Y al hacerlo visible, lo vuelve político. El blanco y negro de Salgado no es neutro. Es una forma de elegir de qué lado se está. En sus series sobre minas, hambrunas o migraciones, esa gama austera de grises no busca dramatizar la miseria, sino sacarla de la lógica del espectáculo. No hay morbo, no hay piedad. Hay presencia. Cada fotografía es un encuentro: con el otro, con su historia, con nuestra responsabilidad. Y cuando elige ese mismo blanco y negro para retratar un glaciar, una raíz, una comunidad en equilibrio con la tierra, lo que está haciendo no es estetizar lo natural, sino afirmar que lo natural también está en peligro. Que ese mundo, también, está herido.
Yo escribo desde esta trinchera. Él fotografiaba desde la suya. La compartimos: es la del arte que no huye, que no decora, que no se desentiende. La del arte que nombra lo innombrable. Que dice: esto duele, esto importa, esto sigue vivo. Sebastião Salgado no robaba imágenes: se quedaba el tiempo suficiente para que la mirada fuera compartida. Su legado no son solo fotos. Es una forma de estar en el mundo. Con los pies en el barro. Y la mirada abierta.
Foto portada: El fotógrafo y ambientalista Sebastião Salgado en 2016. / Fernando Frazão/Agência Brasil (CC BY 3.0 BR)
El arte es mi trinchera
