Defensa del Romanticismo

DEFENSA DEL ROMANTICISMO
Antonio Costa Gómez
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DEFENSA DEL ROMANTICISMO

   No sé qué coño entiende la gente por romanticismo. Etimológicamente significa novelismo. Significa querer vivir en el ambiente de una novela (“roman” en francés) como algo más intenso que la rutina cotidiana. Y como algo más hondo y libre, porque los personajes de las novelas hacen lo que no se les permite muchas veces a las personas reales. Y dicen lo que no se atreve a decir una persona real.

   Y mantiene más hondura, es decir, más pasión. Y más misterio, es decir, no se controla todo y se sujeta a un programa. Todo es más sorprendente, más revelador. Pero parece que hay que ser rutinario y mecánico para estar a la moda. Para contentar a estos fustigadores sesudos del romanticismo.

   Romanticismo, dijo Novalis, es dar a lo conocido la dignidad de lo desconocido. Pero ellos quieren que todo sea brutalmente conocido. Y ya no quieren descubrir nada en su pareja, ya todo lo tienen descubierto y metido en un programa.

   También ocurre que en un ensayo famoso, “El amor y occidente” Denis de Rougemont dijo que el amor-pasión es de origen cátaro y está concebido para fracasar y morir. Al amor pasión le contrapone el ágape como amor tranquilo y conyugal. Pero el propio Rougemont dijo que la cosa no es tan sencilla y a él también le atraía el amor abismal de los románticos. Y que él no era tan realista como creyeron algunos de sus lectores.

   En todo caso estos fustigadores sesudos del romanticismo ofrecen como alternativa el aburrimiento, prefieren la rutina a la ilusión, los encuentros obligados y corteses a los encuentros donde uno sigue siendo un misterio y una ilusión para el otro.

   El romanticismo pertenece al embellecimiento de la vida, pero los antirrománticos prefieren la vulgaridad y la atonía. Y el calcular y el hacer juntos las cuentas de la casa.

   Apasionarse y entusiasmarse y tener al otro como un territorio ignorado, planear juntos con pasión viajes y querer vivir una novela les parece ridículo. Como los que prefieren un local en forma de rombo repleto de una luz a un local con recovecos y sombras, con vegetales y sorpresas, donde esconderse y ser íntimo.

   Es la época de la geometría y la frialdad. Del Word que no conoce el subjuntivo ni el condicional, de las máquinas que lo fabrican todo en serie, incluso las diversiones y los amores.

   Este es el mundo que nos ofrecen los antirrománticos. En forma de triángulo o de rombo, donde todo está controlado, donde se programa el primer día de cada mes todo lo que se hará durante el mes, sin sorpresas.

   Chopin se les escapa, porque es el puro fragmento inclasificable, lo que la vida dice misteriosamente en cada instante, la libertad interior inasible, los sentimientos que se muestran con todos sus recovecos y sus silencios.

     Quizá les da miedo el amor romántico porque se plantea como un absoluto. Es exagerado, es apabullante. Pero alguno ha dicho que el amor es eterno mientras dura. Y así habría que concebirlo.

   En todo caso el amor romántico es vibración. Y sin vibración solo hay muerte. Es poesía, es novela. Y sin poesía o novela solo queda el manual de instrucciones de la última máquina. O la pura industria.

   Está de moda burlarse del amor romántico, como burlarse del romanticismo. Pero si la alternativa es un amor mecánico y rutinario no ganamos mucho. En lugar de la vibración quieren el programa. Si estamos juntos no por pasión, sino por programa o por costumbre, que me digan la ganancia.

   No saben ver la belleza de la pasión, la honda verdad de la pasión. Que no significa rayos y truenos, puede ser silenciosa, estar escondida, animar calladamente una habitación. Una habitación sin fe es algo desolado, dijo una vez Graham Greene. Y una habitación sin una pizca de pasión es lo mismo.

    No valdría la pena vivir sin una pizca de pasión, de fuego, de dinamismo. Si todo es y costumbre. O es obligación o es cálculo.

   Romanticismo significa novelismo, porque “roman” significa “novela” en varios idiomas. Pero las novelas tienen la vida que no expulsamos de la vida,  manifiestan nuestro interior reprimido en la realidad. Por eso las mujeres, reprimidas en una sociedad se aplicaban a leer novelas más que los hombres.

   Y la realidad era la economía y el cálculo, pero en la novela cabían otras cosas consideradas menos serias: la sensibilidad, la pasión, la intensidad, la sorpresa, el prodigio de estar vivo, la aventura. En las novelas sucedían cosas cuando en la realidad no sucedía nada. O solo sucedía lo más anodino o lo más previsible. Y eso en el fondo era falso. E injusto y reprimido.

    El romanticismo es poner una dosis de poesía. Pero la poesía forma parte importante de la realidad, no todo son matemáticas y cálculo de beneficios. O clichés psicológicos o pastillas para cualquier cosa.  Si la vida (y también la vida de una pareja) no tiene algún destello, alguna gracia profunda, no sé para qué vivirla.

    Por eso las mujeres leían las novelas de Chretien de Troyes, donde las damas animaban a los caballeros, y los caballeros llevaban a las damas por los bosques. Y Chretien les daban lo que no les daban sus padres o sus maridos.

    Denis de Rougement en “El amor y Occidente” ataca el amor-pasión. Dice que es un amor suicida, que busca siempre otro mundo y reniega de éste. Por eso surgiría entre los cátaros.  Pero este mundo no tiene por qué ser solo la vulgaridad y lo mediocre, cabe también en él magia y misterio. Y prodigio y asombro.

    Hay otros mundos pero están en éste, dijo André Breton. Tal vez el surrealismo es más verdadero que el realismo, y lo que llamamos realidad no lo es todo ni mucho menos.  Y Hamlet le dijo a Horacio “Hay más cosas en el cielo y en la tierra,  de las que caben en tu filosofía”. Y lo mismo le podría decir un amante a una socióloga pedante de nuestro tiempo: hay mucho más que tus esquemas y tus diagramas.

   Breton escribió “El amor loco” y defendió la locura como grano de sal. Y en su tumba, en el cementerio de Batignolles en París, hizo escribir: “Busco el otro del tiempo”. Es porque el tiempo en el fondo tiene oro. Aunque lo nieguen los defensores pedantes de lo mediocre en todo.

    Sí, prefiero el amor romántico, un toque de romanticismo, como las setas en los espaghetti, si la alternativa es la insipidez y la vida rutinaria. Y un poco de luz extraña en la habitación. O nos aburriremos tremendamente el uno del otro, y los dos de la vida. Eso lo sabía Chretien de Troyes y nos lo enseña.  Pero en el fondo este rechazo del romanticismo solo es puritanismo y calvinismo.

   Y de eso tenemos demasiado. Como del mecanicismo que lo reduce todo a códigos y programas, que en el fondo es otra forma de calvinismo. Y yo defiendo la belleza apasionada de la Tierra. Aunque me fulminen, poniendo cara de sesudas en una foto las sociólogas a la moda, defensoras de que todo sea mediocre. Y que no creen en nada que se salga de la mediocridad.

   Porque además los amantes un poco románticos son personas concretas y vivas, y no esos números abstractos que caben en las estadísticas de las sociólogas. Que creen liberar con esos nuevos tópicos pero solo deshumanizan y aplanan.

    No ganaré un premio con este artículo, que se opone a la moda dominante, pero me premiará el silencio. Como dijo Julien Green, recibiré el aplauso de un auditorio invisible.

    Quizá les da miedo el amor romántico porque lo ven como un absolutismo, como algo demasiado definitivo. Pero la belleza es eterna mientras dura. Y si no quieres belleza, quieres ramplonería. Y el manual de instrucciones del último modelo. O la industria y el Black Friday.

    Lo dijo el prestigioso filósofo Byung Chul Han, estamos en la era del escaparate, donde todo es como un anuncio publicitario. No queremos intimidad ni pasión. El romanticismo sería escapar de ese esquema y no quieren que nadie salga del esquema.

   Y sobre todo no quieren vivir hondamente, sentir hondamente. Todo tiene que ser calculado y convertido en dígitos. Qué miserable mundo es este. Yo todavía prefiero el romanticismo. Y que todo tenga la dignidad de lo desconocido y me aporte algo sin fin, como decía Novalis. Que el mundo no sea como el patio archiconocido de mi casa. O como el código de las máquinas que quieren los adoradores de las máquinas.

   Yo todavía prefiero a Melusina que se marcha en la noche si quieres definirla y clasificarla.

ANTONIO COSTA GÓMEZ

GUSTAV KLIMT:  AMOR

 

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