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El tiempo que cuesta volver a empezar: el arte convierte la recuperación en una obra colectiva
Una instalación del dúo Brognon & Rollin reúne miles de fichas de sobriedad para reflexionar sobre la adicción, las recaídas y la fragilidad humana. La obra ha obtenido el Premio Marcel Duchamp 2026.
Hay esfuerzos que apenas dejan huella visible. Días que se convierten en semanas, semanas que terminan formando años y pequeñas victorias que, desde fuera, pueden pasar inadvertidas. Para quienes atraviesan un proceso de recuperación de una adicción, el tiempo no siempre avanza como una sucesión regular de jornadas: cada día puede representar un logro, una dificultad o una nueva oportunidad para empezar.
El dúo artístico formado por David Brognon y Stéphanie Rollin ha encontrado una manera de dar forma material a esa experiencia. Su instalación 5.376 años, 1.892 meses, 1.110 días, 1.201 horas transforma miles de fichas de sobriedad en una reflexión sobre el tiempo, la vulnerabilidad y el esfuerzo de quienes intentan reconstruir sus vidas.
La obra ha sido distinguida con el Premio Marcel Duchamp 2026, uno de los reconocimientos destacados del arte contemporáneo en Francia. El jurado ha premiado una propuesta que se aleja de las representaciones convencionales del sufrimiento para situar en el centro experiencias humanas que suelen permanecer fuera de la mirada pública.
Unas fichas que contienen miles de historias
Las fichas de sobriedad son pequeños objetos que se entregan en determinados grupos de apoyo para conmemorar etapas de abstinencia. Pueden marcar el transcurso de un día, una semana, un mes o varios años. Su valor material es reducido, pero su significado para quien las recibe puede ser enorme: representan un tiempo vivido y un esfuerzo sostenido.
Brognon & Rollin comenzaron a reunir estos objetos en 2022. Cada ficha procede de una historia personal, de una experiencia que no puede resumirse únicamente en una cifra. En conjunto, las que forman parte de la colección acumulan miles de años de sobriedad.
Los artistas han dispuesto las piezas en cuatro máquinas recreativas de empuje de monedas, esas estructuras en las que una plataforma avanza y retrocede intentando desplazar las fichas hasta el borde. En este caso, las máquinas funcionan con movimientos programados a diferentes intervalos, desde un minuto hasta doce horas.
La mecánica parece anunciar un desenlace: las piezas podrían caer en cualquier momento, como sucede en estos juegos cuando una moneda empuja a las demás. Sin embargo, el movimiento no consigue que las fichas se precipiten. La máquina trabaja, avanza y retrocede, pero el resultado permanece suspendido.
Esa espera constituye una parte esencial de la obra. El espectador contempla un mecanismo diseñado para provocar una caída y, al mismo tiempo, observa cómo las fichas resisten en una situación inestable. La imagen permite pensar en la incertidumbre de un proceso de recuperación, en el esfuerzo por mantener lo conseguido y en la posibilidad de que una situación aparentemente estable vuelva a ponerse a prueba.
No se trata de afirmar que una recaída sea inevitable ni de equiparar una experiencia humana compleja con un juego mecánico. La fuerza de la instalación reside precisamente en abrir una pregunta, no en ofrecer una explicación definitiva.
Cuando el tiempo se convierte en materia
El título de la obra presenta distintas unidades temporales: años, meses, días y horas. No es una cuenta atrás ni una predicción sobre el futuro. Es una manera de hacer visible el tiempo acumulado por las fichas reunidas por los artistas.
En la vida cotidiana, solemos medir el tiempo mediante calendarios, relojes y fechas señaladas. Pero existen experiencias en las que su significado adquiere otra dimensión. Un año puede ser una cifra administrativa o puede representar una transformación personal que ha requerido constancia, apoyo y capacidad para afrontar dificultades.
La instalación invita a detenerse ante esa diferencia. Las fichas no son simples elementos decorativos: cada una remite a una trayectoria que no conocemos por completo. El conjunto permite percibir la dimensión colectiva de experiencias que, con frecuencia, se viven de manera individual.
Esta forma de trabajar resulta coherente con la trayectoria de Brognon & Rollin. Desde que comenzaron a colaborar en 2006, ambos artistas han desarrollado proyectos que parten de situaciones reales y de encuentros con personas cuyas experiencias rara vez ocupan el centro de los relatos públicos. Sus instalaciones, esculturas, fotografías y vídeos exploran cuestiones como la espera, el encierro, los límites sociales y la invisibilidad.
Su método se apoya en la investigación, la observación y el diálogo con las personas implicadas. En lugar de utilizar la realidad únicamente como inspiración, los artistas buscan construir obras en las que los objetos y las experiencias conservan parte de su complejidad original.
Una luz que responde a una experiencia real
La instalación incorpora también tres luminarias conectadas en tiempo real con Kate, una mujer que lleva ocho años en sobriedad. Mediante una aplicación, ella puede modificar a distancia la intensidad de las luces en función de sus emociones y de lo que experimenta durante su proceso de recuperación.
Este elemento introduce una dimensión distinta. La obra no se limita a conservar las huellas materiales de experiencias pasadas: mantiene una conexión con una persona cuya vida continúa desarrollándose fuera del espacio expositivo.
La luz deja así de ser un recurso puramente visual. Sus variaciones responden a una experiencia presente, a momentos de dificultad o de orgullo que no se pueden anticipar por completo desde el exterior.
La participación de Kate tampoco significa que su historia pueda representar todas las experiencias de recuperación. Cada proceso es diferente y no existe una trayectoria única que sirva para describirlos a todos. Su presencia aporta, más bien, una dimensión concreta a una obra que podría quedar reducida a una acumulación de cifras y objetos.
El resultado establece una relación entre lo colectivo y lo individual. Miles de fichas hacen visible una suma de tiempo, mientras que una luz cambiante recuerda que detrás de cada proceso hay una persona y una experiencia irrepetible.
Más allá del éxito y el fracaso
Uno de los aspectos más interesantes de la instalación es su resistencia a una interpretación sencilla. Las máquinas parecen anunciar una caída, pero las fichas permanecen en equilibrio. La luz cambia, aunque no se pueda reducir su significado a una escala de avances y retrocesos.
En torno a las adicciones, el lenguaje público tiende a recurrir a categorías tajantes: éxito, fracaso, voluntad, recaída. Esas palabras pueden simplificar procesos que afectan a la salud, las relaciones personales y las condiciones de vida. La obra no pretende sustituir el conocimiento clínico ni explicar por sí sola esas realidades, pero sí ofrece una forma de contemplarlas sin convertirlas en un espectáculo.
Su propuesta permite reconocer el esfuerzo sin idealizarlo. También recuerda que la recuperación no consiste necesariamente en avanzar de manera continua ni puede comprenderse desde fuera mediante una cifra aislada.
El arte contemporáneo encuentra aquí una de sus posibilidades más valiosas: construir imágenes que no clausuran el significado, sino que nos obligan a mirar de nuevo aquello que creíamos comprender.
El reconocimiento de una obra centrada en las personas
El 22 de octubre de 2026, Brognon & Rollin recibieron el Premio Marcel Duchamp por este proyecto. El galardón reconoce una trayectoria que sitúa las experiencias humanas y las realidades sociales en el centro de la creación artística.
La instalación puede verse en el Museo de Arte Moderno de París dentro de la presentación de los artistas nominados al premio, cuya programación está prevista hasta el 7 de febrero de 2027.
Más allá de la distinción, la obra plantea una cuestión que trasciende el ámbito artístico: ¿cómo representar aquello que requiere tiempo, esfuerzo y perseverancia, pero que apenas deja señales visibles para los demás?
Las fichas de sobriedad no cuentan toda la historia de las personas a las que pertenecieron. Tampoco las máquinas explican lo que significa atravesar una recuperación. Su capacidad reside en otra parte: nos permiten detenernos ante una experiencia que normalmente permanece fuera de nuestra atención.
Quizá por eso la instalación resulta tan sugerente. Nos recuerda que detrás de los logros que celebramos existen procesos que no vemos, y que el tiempo puede ser mucho más que una medida: puede representar la suma de esfuerzos, decisiones y oportunidades que hacen posible volver a empezar.
Por Sofía
Fuentes
- Centre Pompidou: Brognon Rollin, ganadores del Premio Marcel Duchamp 2026.
- Centre Pompidou: Brognon & Rollin y el tiempo puesto a prueba.
- Galería MFC-Michèle Didier: Brognon Rollin y el Premio Marcel Duchamp 2026.
Artículo elaborado a partir de documentación institucional y fuentes especializadas sobre la obra y sus autores.
Imagen portada: openai
La obra de Brognon & Rollin, ganadora del Premio Marcel Duchamp 2026, transforma fichas de sobriedad en una reflexión artística sobre la recuperación, el tiempo y la fragilidad humana.
El tiempo que cuesta volver a empezar: el arte convierte la recuperación en una obra colectiva
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