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Salem, 1692: el pueblo que empezó buscando brujas y terminó encontrándolas en todas partes

Salem, 1692: el pueblo que empezó buscando brujas y terminó encontrándolas en todas partes
Sofia Lovelace
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Salem, 1692: el pueblo que empezó buscando brujas y terminó encontrándolas en todas partes

Durante meses, vecinos, niños, jueces y ministros estuvieron convencidos de que el demonio caminaba entre ellos. Después descubrieron que quizá el verdadero peligro estaba en otra parte.

En enero de 1692, unas niñas comenzaron a comportarse de una manera extraña.

Gritaban.

Se retorcían.

Caían al suelo.

Decían cosas que nadie entendía.

Y aseguraban que alguien las estaba atacando.

Un médico examinó a algunas de ellas y llegó a una conclusión que, en aquel mundo profundamente religioso, podía resultar aterradora:

habían sido hechizadas.

No había pruebas físicas.

No había una herida.

No había un arma.

No había un culpable.

Pero había algo mucho más poderoso:

el miedo.

Y en una pequeña comunidad de Massachusetts, el miedo estaba a punto de convertirse en una acusación.

El lugar donde comenzó todo

La historia suele llamarlo simplemente Salem.

Pero el detalle geográfico importa.

Los primeros acontecimientos tuvieron lugar en Salem Village, una comunidad agrícola que hoy forma parte de Danvers. Salem Town, el núcleo portuario y comercial, era otro asentamiento.

La comunidad vivía bajo una estricta cultura puritana.

La religión no era solamente una cuestión privada.

Formaba parte de la vida cotidiana, de las normas sociales y de la manera en que se interpretaba el mundo.

El demonio no era una metáfora.

Para muchas personas de aquella época era una realidad.

Y la brujería podía ser considerada un crimen castigado con la muerte.

Pero Salem tampoco era una comunidad tranquila.

Había conflictos entre familias, disputas económicas y religiosas, tensiones entre Salem Village y la próspera Salem Town y una sociedad sometida a las consecuencias de la guerra, enfermedades y dificultades económicas.

No hacía falta inventar el miedo.

El miedo ya estaba allí.

Las niñas que señalaron a las primeras brujas

Las primeras protagonistas fueron Betty Parris, de nueve años, y Abigail Williams, de once.

Vivían en la casa del reverendo Samuel Parris.

En enero comenzaron los episodios.

Después otras niñas presentaron síntomas similares.

Y llegó la pregunta inevitable:

¿Quién las estaba haciendo sufrir?

El 29 de febrero de 1692, bajo el interrogatorio de las autoridades, las acusaciones señalaron a tres mujeres.

Una de ellas era Tituba, una mujer esclavizada perteneciente a la casa de los Parris.

Las otras eran Sarah Good y Sarah Osborne.

Y aquí ocurrió algo decisivo.

Tituba confesó.

Pero su confesión no terminó con el miedo.

Lo hizo crecer.

Porque comenzó a describir un mundo de demonios, brujas y fuerzas sobrenaturales.

Y, además, aparecieron nombres.

La acusación dejó de ser una historia abstracta.

Ahora tenía personas.

La confesión que alimentó el incendio

Hay algo profundamente inquietante en la confesión de Tituba.

En lugar de limitarse a negar las acusaciones, describió una supuesta conspiración sobrenatural.

Aquello proporcionó a las autoridades exactamente lo que necesitaban para continuar investigando.

Si había brujas, tenía que haber más.

Y si había más, alguien tenía que conocer sus nombres.

La lógica comenzó a funcionar al revés:

la existencia de una acusación parecía demostrar que debía existir un culpable.

Y cada nueva acusación producía otra.

Después otra.

Y otra.

En poco tiempo, el problema ya no era encontrar a una bruja.

Era decidir quién podía demostrar que no lo era.

El problema de las pruebas invisibles

Aquí aparece uno de los elementos más extraños de todo el proceso.

Las autoridades llegaron a aceptar el llamado “spectral evidence”, la evidencia espectral.

Una persona podía declarar que había visto el espectro de otra atacándola.

Nadie más tenía que verlo.

El acusado podía encontrarse físicamente en otro lugar.

No importaba.

La supuesta aparición invisible podía convertirse en evidencia contra él.

El sistema judicial había encontrado una forma extraordinariamente peligrosa de prueba:

una acusación que no podía ser comprobada por nadie que no fuera el acusador.

Las autoridades de Massachusetts terminarían prohibiendo ese tipo de evidencia cuando el proceso empezó a ser cuestionado.

Pero para entonces ya era demasiado tarde.

Y entonces apareció el tribunal

El gobernador William Phips creó en mayo de 1692 el Tribunal de Oyer and Terminer para ocuparse de las acusaciones.

El tribunal comenzó sus sesiones en junio.

La primera acusada juzgada fue Bridget Bishop.

Fue declarada culpable.

El 10 de junio de 1692 fue ejecutada.

Sería la primera de una serie de ejecuciones.

Después llegaron otras.

Rebecca Nurse.

Sarah Good.

Elizabeth How.

Susannah Martin.

Sarah Wildes.

Mujeres de edades y circunstancias diferentes.

Y también hombres.

El 19 de agosto fueron ejecutados George Burroughs, John Proctor, John Willard, George Jacobs Sr. y Martha Carrier.

La maquinaria ya estaba en marcha.

El hombre que se negó a responder

Pero quizá ninguno de los episodios de Salem resulte tan perturbador como el de Giles Corey.

Corey fue acusado de brujería.

Se negó a declararse culpable o inocente.

En lugar de someterse al proceso, permaneció en silencio.

La respuesta de las autoridades fue terrible.

Fue sometido a una forma de tortura conocida como pressing: colocaron pesos sobre su cuerpo para obligarlo a entrar en el proceso judicial.

Corey murió bajo esa presión.

No fue ejecutado por sentencia de brujería.

Murió porque se negó a responder al tribunal.

El lugar asociado con ese episodio se conserva hoy en la memoria histórica de Salem.

Cuando cualquiera podía ser acusado

El mecanismo comenzó a expandirse.

Ya no afectaba solamente a mujeres marginadas o personas consideradas sospechosas.

Las acusaciones alcanzaron a vecinos respetados.

A familias enteras.

A niños.

Incluso personas relacionadas con las propias autoridades podían quedar bajo sospecha.

La acusación se había convertido en una especie de contagio social.

Y cuanto más personas eran acusadas, más parecía confirmarse la existencia de una conspiración.

Era un círculo perfecto.

La acusación demostraba que había brujas.
Y la existencia de brujas justificaba nuevas acusaciones.

Pero algo empezó a romperse

A finales de 1692, las propias autoridades comenzaron a cuestionar el proceso.

El gobernador Phips ordenó que no se utilizara la evidencia espectral.

La nueva corte que sustituyó al Tribunal de Oyer and Terminer dejó de aceptar ese tipo de testimonios.

Y ocurrió algo revelador.

Cuando desapareció la posibilidad de demostrar una acusación mediante apariciones invisibles, el mecanismo comenzó a detenerse.

En enero de 1693, Phips suspendió las ejecuciones.

Los procesos restantes fueron revisados y muchos acusados fueron liberados.

El episodio había terminado.

Pero las consecuencias permanecerían durante generaciones.

¿Cuántas personas murieron realmente?

Las cifras dependen de qué se incluya.

Las fuentes de los archivos de Massachusetts registran 20 personas ejecutadas como consecuencia de los juicios y otras cinco muertes en prisión.

En total, más de 200 personas fueron acusadas de brujería durante la crisis.

No todas fueron mujeres.

No todas eran pobres.

No todas eran desconocidas.

Y no todas terminaron condenadas.

Pero todas quedaron atrapadas dentro de una maquinaria en la que una acusación podía transformar la vida de una persona en cuestión de horas.

El extraño final de una historia que nunca terminó

Los juicios terminaron.

Pero Salem tuvo que vivir con lo ocurrido.

En 1711 las autoridades coloniales aprobaron medidas para revertir condenas y compensar a familias afectadas.

Y siglos después todavía quedaban nombres pendientes de reparación.

En 2022, por ejemplo, Elizabeth Johnson Jr., la última persona condenada por los juicios de Salem cuyo nombre todavía no había sido oficialmente exonerado, fue finalmente absuelta de aquella condena.

Más de tres siglos después.

Lo que realmente ocurrió en Salem

Quizá la pregunta más interesante no sea:

¿Había brujas en Salem?

La historia responde de una manera mucho más sencilla.

No tenemos pruebas de que aquellas personas poseyeran poderes sobrenaturales.

Lo que sí tenemos son documentos judiciales, declaraciones, acusaciones, confesiones, condenas y nombres.

Y esos documentos cuentan una historia diferente.

La historia de una sociedad aterrorizada.

De una comunidad donde la religión, los conflictos locales, las enfermedades, la guerra, las tensiones familiares y el miedo crearon las condiciones perfectas para que una explicación sobrenatural pareciera posible.

Pero hay algo todavía más inquietante.

Los habitantes de Salem no pensaban que estaban protagonizando una historia absurda.

Creían que estaban salvando a su comunidad.

Y quizá esa sea la parte que más debería hacernos pensar.

Porque la historia de Salem no trata solamente de brujas.

Trata de lo que puede ocurrir cuando una sociedad está convencida de que existe un enemigo oculto y empieza a buscarlo desesperadamente.

Primero aparecen los rumores.

Después las sospechas.

Después los nombres.

Y finalmente, las pruebas dejan de ser necesarias.

Basta con señalar.

Salem comenzó buscando al diablo.

Y terminó descubriendo algo mucho más humano:

que el miedo puede fabricar culpables incluso cuando nadie puede demostrar que existan.

Por Sofía

Historia y Cultura

Imagen portada: openai


Salem, 1692: cómo comenzaron las acusaciones de brujería que llevaron a juicios, ejecuciones y una de las historias más inquietantes de la América colonial.


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