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Luis Cernuda: ¿y si toda su poesía nació de una batalla entre la realidad y el deseo?

Luis Cernuda: ¿y si toda su poesía nació de una batalla entre la realidad y el deseo?
Sofia Lovelace
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Luis Cernuda: ¿y si toda su poesía nació de una batalla entre la realidad y el deseo?

Quiso vivir como quería, amar como quería y escribir como quería. Pero la realidad siempre parecía tener preparada otra respuesta. Quizá por eso Luis Cernuda convirtió su propia vida en una de las grandes preguntas de la poesía española.

Hay escritores que escriben sobre el amor.

Otros escriben sobre la soledad.

Otros sobre la patria, la muerte, el tiempo o la belleza.

Y después está Luis Cernuda.

En él, casi todo parece regresar al mismo lugar:

lo que deseamos frente a lo que realmente podemos tener.

No es una cuestión exclusivamente amorosa.

Es algo mucho más profundo.

Es la distancia entre el mundo que imaginamos y el mundo que encontramos cuando abrimos los ojos.

Cernuda convirtió esa distancia en poesía.

Y terminó reuniendo prácticamente toda su obra bajo un título que parece más una confesión que el nombre de un libro:

La realidad y el deseo.

Quizá ahí estaba todo.

El muchacho que empezó leyendo a Bécquer

Luis Cernuda nació en Sevilla el 21 de septiembre de 1902.

De niño descubrió la poesía a través de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Más tarde estudió Derecho en la Universidad de Sevilla, donde tuvo como profesor a Pedro Salinas, quien lo animó a participar en tertulias literarias y a leer tanto a los clásicos españoles como a autores franceses contemporáneos.

En 1925, después de terminar Derecho, Juan Ramón Jiménez publicó algunos de sus primeros poemas en Revista de Occidente.

Dos años después apareció Perfil del aire.

La recepción no fue precisamente entusiasta.

Pero Cernuda ya había encontrado algo que no abandonaría nunca:

una voz propia.

Y aquella voz no parecía dispuesta a pedir permiso.

La Generación del 27 y el poeta que caminaba aparte

Cernuda perteneció a la llamada Generación del 27.

Compartió época y ambientes literarios con algunos de los nombres más importantes de la literatura española del siglo XX.

Pero siempre tuvo una relación complicada con esa etiqueta.

Quizá porque Cernuda no parecía especialmente interesado en formar parte de una fotografía de grupo.

Le interesaba otra cosa.

La libertad.

La intimidad.

El deseo.

La belleza.

La soledad.

Y, cada vez más, la imposibilidad de que todas esas cosas pudieran convivir dentro de una misma vida.

Sus primeros libros muestran influencias muy distintas: la tradición clásica, el romanticismo, la poesía francesa y posteriormente el surrealismo. El Instituto Cervantes sitúa Un río, un amor, Los placeres prohibidos y Donde habite el olvido entre las etapas fundamentales de esa evolución.

Y entonces ocurrió algo importante.

Cernuda dejó de esconder aquello que quería decir.

El deseo dejó de ser una metáfora

En Los placeres prohibidos, publicado en 1931, el deseo aparece con una franqueza poco habitual en la poesía española de su tiempo.

Cernuda no quería disfrazarlo.

No quería convertirlo en una alegoría para que resultara más aceptable.

Quería hablar del deseo como una experiencia humana.

Y eso tenía un precio.

Porque la sociedad en la que vivía no estaba preparada para aceptar con naturalidad aquello que Cernuda estaba dispuesto a convertir en materia poética.

Su poesía amorosa era también una declaración de libertad.

No necesitaba gritarla.

Le bastaba con escribirla.

Pero el problema no era solamente amar

Aquí es donde Cernuda empieza a resultar especialmente interesante.

Porque reducirlo a “el poeta del deseo” sería quedarse en la superficie.

Su verdadero tema era la incompatibilidad entre el deseo y la realidad.

Podemos querer a alguien.

Podemos querer una ciudad.

Una época.

Una forma de vida.

Una determinada idea de nosotros mismos.

Y, sin embargo, la realidad puede negárnosla.

El Instituto Cervantes describe precisamente su poesía como una reflexión permanente sobre el exilio y sobre la imposible adecuación entre realidad y deseo.

Cernuda comprendió algo que todos terminamos aprendiendo de una manera u otra:

desear no significa conseguir.

Y a veces ni siquiera significa poder conservar.

Donde habite el olvido

En 1934 publicó Donde habite el olvido.

El propio título parece contener una renuncia.

Ya no estamos ante el deseo que quiere conquistar algo.

Estamos ante el deseo después de la pérdida.

El amor ha pasado.

Pero el recuerdo permanece.

Y aparece una de las obsesiones que acompañarán al poeta durante años:

¿cómo se puede olvidar aquello que precisamente porque quisimos tanto se ha convertido en parte de nosotros?

El olvido, en Cernuda, no es simplemente borrar.

Es casi un territorio.

Un lugar al que uno quisiera llegar cuando recordar duele demasiado.

Y entonces llegó el exilio

En 1936 comenzó la Guerra Civil.

Cernuda abandonó España y vivió primero en Inglaterra. En 1947 marchó a Estados Unidos para ejercer como profesor de Lengua y Literatura española. Más tarde se instaló en México, donde murió en 1963 sin regresar definitivamente a su país natal.

Y aquí la palabra exilio adquiere una dimensión distinta.

Porque Cernuda ya había escrito sobre la distancia antes de abandonar España.

Pero ahora la distancia se convirtió en una realidad física.

Ya no era únicamente el hombre que deseaba algo que no podía tener.

Era un hombre que vivía lejos del lugar donde había nacido.

La realidad había vuelto a imponerse.

Inglaterra no era Sevilla

Hay algo especialmente poderoso en la poesía de un escritor que vive lejos de su paisaje.

Cernuda podía llevar consigo la lengua.

Los recuerdos.

La literatura.

Pero no podía llevarse físicamente Sevilla.

El clima.

La luz.

El paisaje.

La sensación de pertenencia.

El exilio terminó convirtiéndose en otra forma de separación.

El Instituto Cervantes señala que su experiencia del exilio atravesó buena parte de su obra posterior.

Y quizá por eso la memoria adquirió tanta importancia.

Cuando ya no podemos regresar a un lugar, el recuerdo empieza a convertirse en una segunda patria.

El poeta que convirtió la soledad en compañía

En sus años de madurez escribió libros como Las nubes, Como quien espera el alba, Vivir sin estar viviendo, Variaciones sobre tema mexicano, Poemas para un cuerpo y Desolación de la quimera.

Pero hay algo que permanece.

Cernuda continúa hablando desde un lugar íntimo.

No parece escribir para convencer.

Parece escribir para comprender.

Comprender qué significa estar solo.

Qué significa desear.

Qué significa perder.

Qué significa recordar.

Qué significa vivir lejos.

Y, sobre todo, qué significa seguir siendo uno mismo cuando el mundo no termina de aceptarnos como somos.

La paradoja de Cernuda

Quizá aquí esté la parte más hermosa de su historia.

Cernuda pasó buena parte de su vida sintiéndose separado.

Separado de su deseo.

Separado de su país.

Separado de muchas personas.

Separado incluso de la propia sociedad literaria a la que pertenecía.

Y, sin embargo, terminó construyendo una obra que hoy pertenece a todos.

Su poesía ha sido traducida a numerosos idiomas y su legado forma parte de la memoria literaria internacional.

El hombre que escribió desde la separación terminó encontrando lectores precisamente gracias a aquello que lo separaba de los demás.

Cernuda no quería conformarse

Quizá por eso su poesía sigue resultando tan contemporánea.

No porque hable de problemas actuales.

Sino porque habla de algo que no envejece:

la dificultad de aceptar una vida que no coincide con aquello que habíamos imaginado.

Todos conocemos esa distancia.

Entre el trabajo que queríamos y el que tenemos.

Entre la persona que amamos y la que permanece.

Entre el lugar donde estamos y aquel al que querríamos regresar.

Entre quienes somos y quienes pensábamos que llegaríamos a ser.

Cernuda llevó esa distancia hasta la poesía.

Y allí encontró algo que quizá no había encontrado en la vida:

un lugar donde realidad y deseo podían existir al mismo tiempo.

El último viaje

Cernuda murió en Ciudad de México el 5 de noviembre de 1963.

Tenía 61 años.

Nunca regresó definitivamente a España.

Pero resulta curioso pensar en aquel final.

Porque Cernuda había pasado décadas escribiendo sobre aquello que no podía alcanzar.

Y, sin embargo, consiguió algo que ningún exilio pudo quitarle.

Su lengua.

Su memoria.

Su poesía.

Su nombre.

Y quizá también una pequeña forma de regreso.

Porque cada vez que alguien abre La realidad y el deseo, Cernuda vuelve a hablar desde aquel lugar en el que pasó buena parte de su vida:

entre aquello que somos y aquello que soñamos ser.

Y entonces quizá la pregunta no sea por qué Cernuda escribió tanto sobre el deseo.

Quizá deberíamos preguntarnos algo más incómodo:

¿qué habría escrito si alguna vez hubiera conseguido vivir exactamente como deseaba?

Tal vez habría dejado de ser Cernuda.

O tal vez habría descubierto que la poesía no nace de alcanzar lo que queremos.

Nace de la distancia que queda mientras intentamos alcanzarlo.

Por Sofía

Literatura – Poesía

Imagen portada: openai

Luis Cernuda: ¿y si toda su poesía nació de una batalla entre la realidad y el deseo?

 


Luis Cernuda convirtió la distancia entre realidad y deseo en una de las grandes obras poéticas de la literatura española del siglo XX.


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