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Maquiavelo: el hombre que inventó al «maquiavélico»

Maquiavelo: el hombre que inventó al «maquiavélico»
Sofia Lovelace
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Maquiavelo: el hombre que inventó al «maquiavélico»

Mucho antes de convertirse en sinónimo de astucia, engaño y manipulación, Niccolò Machiavelli fue diplomático, historiador, escritor y uno de los pensadores que cambió para siempre nuestra forma de mirar el poder.

Hay nombres que dejan de pertenecer a una persona y empiezan a pertenecer al idioma.

Maquiavelo es uno de ellos.

Decimos que alguien es «maquiavélico» cuando sospechamos que calcula cada movimiento, que manipula a los demás o que está dispuesto a utilizar cualquier recurso para alcanzar sus objetivos.

Pero existe una paradoja extraordinaria:

el hombre que dio origen a esa palabra fue mucho más complejo que el personaje que construimos alrededor de ella.

Niccolò Machiavelli nació en Florencia el 3 de mayo de 1469 y murió allí el 21 de junio de 1527. Vivió en una Italia fragmentada, atravesada por guerras, invasiones y luchas entre ciudades, familias y potencias extranjeras. Fue funcionario de la República de Florencia, diplomático, historiador, dramaturgo y escritor.

Y escribió un libro que terminaría convirtiéndolo en uno de los nombres más incómodos de la historia de las ideas:

El príncipe.

Pero para comprender a Maquiavelo hay que olvidar durante un momento al «maquiavélico».

Y volver a Florencia.

Florencia: una ciudad demasiado pequeña para tanta historia

A comienzos del siglo XVI, Italia no era un país.

Era un mosaico de repúblicas, principados y territorios sometidos a diferentes poderes. Florencia, Venecia, Milán, Nápoles y los Estados Pontificios mantenían sus propios intereses mientras Francia, España y los Habsburgo intervenían constantemente en la península.

Maquiavelo no observó ese mundo desde una biblioteca.

Estuvo dentro de él.

En 1498 comenzó a trabajar para la República de Florencia y durante años desempeñó diferentes funciones diplomáticas y administrativas. Participó en misiones ante algunas de las figuras más poderosas de su época y conoció de cerca el funcionamiento real de la política.

Aquella experiencia sería fundamental.

Porque Maquiavelo no estaba especialmente interesado en describir cómo debería comportarse un gobernante en un mundo perfecto.

Quería saber algo bastante más incómodo:

¿Cómo funciona realmente el poder?

El día que todo cambió

En 1512, la República florentina cayó ante el regreso de los Médici.

Maquiavelo perdió su cargo.

Poco después fue acusado de conspiración, encarcelado y torturado. Finalmente quedó apartado de la vida política y se retiró a su propiedad de Sant’Andrea in Percussina, cerca de Florencia.

Tenía entonces alrededor de cuarenta y cuatro años.

Había pasado de estar cerca del centro del poder a contemplarlo desde fuera.

Y fue precisamente entonces cuando empezó a escribir algunas de sus obras más importantes.

Es una de las ironías de su vida:

el hombre que quería comprender el poder tuvo que perderlo para poder escribir sobre él.

Un pequeño libro que se convirtió en una bomba

A finales de 1513, Maquiavelo terminó probablemente el texto que cambiaría para siempre su nombre.

El príncipe.

No era un tratado filosófico convencional.

No intentaba construir una sociedad ideal.

No presentaba al gobernante perfecto como modelo moral.

Analizaba cómo se adquiere, conserva y pierde el poder.

La Biblioteca del Congreso resume precisamente su propósito como una obra que describe las formas mediante las cuales un gobernante puede obtener y mantener el poder político.

Pero hay un detalle importante.

El príncipe no se publicó durante la vida de Maquiavelo.

Fue escrito hacia 1513-1514 y apareció impreso póstumamente en 1532.

Su autor nunca llegó a contemplar el enorme efecto que acabaría produciendo.

¿Era realmente un manual para tiranos?

Durante siglos, esa fue una de las interpretaciones más habituales.

El nombre de Maquiavelo quedó asociado a la manipulación, la crueldad, el engaño y la razón de Estado.

Pero aquí comienza una de las grandes dificultades para entenderlo.

Porque Maquiavelo también escribió otra obra política fundamental:

Discursos sobre la primera década de Tito Livio.

Y allí encontramos una preocupación muy diferente: la libertad política, las instituciones republicanas y la participación del pueblo.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy señala que los Discursos expresan de manera especialmente clara las simpatías republicanas de Maquiavelo, hasta el punto de que muchos estudiosos lo consideran un pensador republicano.

Entonces aparece una contradicción aparentemente imposible.

¿Cómo puede ser el mismo hombre quien escribió un libro sobre el poder del príncipe y otro que reflexiona sobre la libertad republicana?

La respuesta quizá sea que Maquiavelo no estaba intentando escribir una doctrina sencilla.

Estaba intentando comprender una realidad compleja.

El mundo no funciona como debería

Esta es quizá la verdadera ruptura de Maquiavelo.

Durante buena parte de la tradición política anterior, los tratados dirigidos a gobernantes tendían a insistir en la relación entre virtud moral y buen gobierno.

Un buen gobernante debía ser justo.

Prudente.

Piadoso.

Moderado.

Maquiavelo decidió mirar el problema desde otro ángulo.

¿Qué ocurre cuando un gobernante virtuoso se encuentra rodeado de personas que no lo son?

¿Qué sucede cuando la supervivencia de un Estado entra en conflicto con las normas morales que deberían regir la conducta individual?

¿Puede un gobernante comportarse siempre como un hombre bueno y conservar el poder en un mundo donde sus adversarios no lo hacen?

Ahí aparece la incomodidad.

Maquiavelo no estaba necesariamente diciendo:

«Haz el mal».

Estaba planteando algo mucho más perturbador:

«Observemos qué ocurre realmente cuando el poder se enfrenta a la necesidad».

La diferencia parece pequeña.

No lo es.

Virtù no significa virtud

Una de las palabras más malinterpretadas de Maquiavelo es precisamente virtù.

Traducirla simplemente como «virtud» puede conducir a errores.

En su pensamiento tiene que ver con capacidad, energía, decisión, habilidad política y capacidad para actuar eficazmente frente a circunstancias cambiantes.

Y aquí aparece otra palabra fundamental:

fortuna.

La fortuna representa aquello que escapa al control humano: los acontecimientos imprevisibles, los cambios históricos, los accidentes, las circunstancias.

Para Maquiavelo, la política se desarrolla precisamente en esa tensión.

Un gobernante puede prepararse.

Puede actuar.

Puede anticiparse.

Pero nunca controla completamente el mundo.

La Stanford Encyclopedia of Philosophy recoge la famosa comparación de Maquiavelo entre la fortuna y un río que se desborda: no podemos impedir que llegue la inundación, pero sí podemos construir defensas antes de que ocurra.

Es una imagen extraordinariamente moderna.

Porque significa que la inteligencia política no consiste en controlar el futuro, sino en prepararse para su incertidumbre.

Y entonces aparece César Borgia

Si existe un personaje que parece salido directamente de una novela de Maquiavelo, es César Borgia.

Hijo del papa Alejandro VI, Borgia llegó a convertirse en duque de Valentinois y protagonizó una vertiginosa carrera de poder en la Italia renacentista.

Maquiavelo lo observó de cerca durante sus misiones diplomáticas.

Le interesaba su capacidad para construir poder, actuar con rapidez y aprovechar las circunstancias.

Pero también observó cómo las circunstancias podían destruir aquello que parecía sólido.

Y aquí aparece una de las grandes lecciones de El príncipe:

tener poder no significa poseerlo para siempre.

La fortuna puede cambiar.

Los aliados pueden desaparecer.

Los enemigos pueden reorganizarse.

Una decisión aparentemente perfecta puede producir una consecuencia inesperada.

El poder es mucho menos estable de lo que parece desde fuera.

El mito de «el fin justifica los medios»

Probablemente ninguna frase esté más asociada a Maquiavelo que esta:

«El fin justifica los medios».

Pero hay un problema.

Maquiavelo no escribió esa frase en El príncipe.

Es una fórmula posterior que resume de manera simplificada algunas de las ideas que aparecen en su obra.

La diferencia es importante.

Porque convertir toda su filosofía en esa frase elimina precisamente lo más interesante: sus contradicciones, sus preguntas y su análisis de las circunstancias.

Maquiavelo no construyó una sencilla tabla donde el bien desaparece y el éxito ocupa su lugar.

Construyó algo mucho más incómodo:

un laboratorio para observar el comportamiento del poder.

El otro Maquiavelo

Y mientras escribía sobre príncipes, Maquiavelo escribía también sobre repúblicas.

Los Discursos sobre la primera década de Tito Livio, compuestos aproximadamente entre 1514 y 1519, analizan la historia de la República romana y reflexionan sobre las instituciones, los conflictos sociales y la libertad. La obra fue publicada después de su muerte, en 1531.

Esto permite desmontar una de las imágenes más persistentes.

Maquiavelo no fue simplemente el filósofo de los tiranos.

Su pensamiento contiene una preocupación profunda por la vida republicana.

De hecho, la Stanford Encyclopedia of Philosophy señala que los Discursos pueden expresar de manera más directa sus compromisos republicanos que El príncipe.

Quizá, entonces, tengamos que aceptar que existen dos Maquiavelos.

El que estudia al príncipe.

Y el que estudia la república.

Y ambos son el mismo hombre.

Pero Maquiavelo no escribió solamente sobre política

Este detalle suele desaparecer cuando su nombre queda reducido a El príncipe.

Escribió teatro.

Poesía.

Historia.

Correspondencia.

Tratados militares.

Entre sus obras se encuentra El arte de la guerra, publicada en 1521, y recibió en 1520 el encargo de escribir una historia de Florencia, que terminó en 1525.

Su comedia La mandrágora se convirtió además en una de las obras fundamentales del teatro italiano del Renacimiento.

Es decir:

Maquiavelo no era solamente un teórico del poder.

Era un escritor.

Y quizá por eso sus textos siguen teniendo una fuerza literaria que muchos tratados políticos posteriores no conservaron.

El hombre que terminó convertido en adjetivo

Maquiavelo murió en Florencia en 1527.

Tenía cincuenta y ocho años.

No llegó a ver publicada El príncipe.

Tampoco pudo imaginar que su apellido terminaría incorporándose a numerosas lenguas como sinónimo de una determinada forma de comportamiento.

Maquiavélico.

Es una de las transformaciones más curiosas que puede sufrir un escritor.

Primero existe la persona.

Después aparece el libro.

Luego aparece la interpretación del libro.

Y finalmente desaparece la persona detrás del adjetivo.

Queda «lo maquiavélico».

Pero ya no queda Maquiavelo.

Quizá nunca quiso enseñarnos a ser maquiavélicos

Tal vez esa sea la paradoja final.

Maquiavelo no nos dejó una receta sencilla para conquistar el poder.

Nos dejó algo mucho más incómodo:

la obligación de mirar el poder sin apartar los ojos.

Mirar sus mecanismos.

Sus alianzas.

Sus miedos.

Sus contradicciones.

La relación entre fortuna y capacidad.

La distancia entre lo que un gobernante dice que hace y las circunstancias que realmente condicionan sus decisiones.

Y también la fragilidad de cualquier poder que parece absoluto.

Por eso, quinientos años después, seguimos leyendo El príncipe.

No necesariamente porque queramos aprender a engañar.

Sino porque queremos entender por qué los seres humanos hacen cosas que, vistas desde fuera, parecen incomprensibles.

Maquiavelo convirtió la política en un espejo.

Y quizá lo más inquietante de ese espejo no sea lo que muestra sobre los príncipes.

Es lo que muestra sobre nosotros.

Porque el verdadero descubrimiento de Maquiavelo quizá no fue que el poder puede ser cruel.

Eso ya lo sabía el mundo antes de él.

Su descubrimiento fue otro:

que para comprender cómo funciona el poder primero hay que dejar de imaginar cómo nos gustaría que funcionara.

Y mirar lo que realmente ocurre.

Por Sofía

Maquiavelo: el hombre que inventó al «maquiavélico»

Historia de las ideas

Imagen portada: openai

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Maquiavelo fue mucho más que el autor de El príncipe. Diplomático, historiador y escritor, transformó nuestra manera de comprender el poder, la fortuna y la política.

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