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Bieke Depoorter: cuando la cámara deja de mirar y empieza a escuchar

Bieke Depoorter: cuando la cámara deja de mirar y empieza a escuchar
Sofia Lovelace
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Bieke Depoorter: cuando la cámara deja de mirar y empieza a escuchar

Hay fotografías que muestran un instante.

Y hay fotografías que parecen preguntarnos qué estábamos haciendo nosotros allí.

La obra de la fotógrafa belga Bieke Depoorter pertenece a esa segunda categoría. Sus imágenes no parecen buscar únicamente la belleza de una escena ni la precisión documental de un momento. Hay algo más incómodo en ellas: la sensación de que estamos entrando en un espacio que, hasta unos segundos antes, pertenecía exclusivamente a otra persona.

Y quizá ahí comienza lo verdaderamente interesante de su fotografía.

Depoorter nació en Bélgica en 1986, estudió fotografía en la Royal Academy of Fine Arts de Gante y se incorporó como miembro de pleno derecho a Magnum Photos en 2016. Pero más que su trayectoria profesional, lo que define su obra es una forma particular de acercarse a los demás. Sus proyectos suelen comenzar con un encuentro casual y evolucionan a partir de la relación que establece con las personas que encuentra.

No parece interesarle demasiado la distancia cómoda del fotógrafo que observa desde fuera.

Prefiere acercarse.

Y acercarse significa asumir un riesgo.

Dormir en casa de desconocidos

Uno de sus trabajos más conocidos, I Am About to Call It a Day, nació de una experiencia aparentemente sencilla y, al mismo tiempo, extraordinariamente difícil de imaginar: durante sus viajes por Estados Unidos, Depoorter pasó la noche en las casas de personas completamente desconocidas cuyos caminos se habían cruzado con el suyo.

La situación tiene algo de absurdo.

Una desconocida llega a tu casa, comparte unas horas contigo, quizá cena, conversa, duerme bajo tu mismo techo y, en algún momento, levanta una cámara.

Pero en las fotografías de Depoorter apenas queda rastro de esa fotógrafa.

Los personajes parecen estar solos.

Una mujer en la oscuridad. Una habitación. Un cuerpo que descansa. Una escena doméstica que parece haber ocurrido sin testigos.

Como si la cámara hubiera conseguido desaparecer.

Y esa desaparición es precisamente una de las claves de su trabajo.

Depoorter ha explicado que la vulnerabilidad del propio fotógrafo puede convertirse en una forma de acercamiento. En una publicación de Magnum, resume una de sus ideas de trabajo de una manera especialmente reveladora: no mirar a las personas como “el otro”, sino intentar acercarse, comprender y convertir la fotografía en una conversación.

No fotografiar primero y preguntar después.

Hablar.

Escuchar.

Y entonces fotografiar.

La intimidad como territorio

La fotografía siempre ha tenido una relación complicada con la intimidad.

Una cámara puede conservar aquello que el tiempo destruye. Pero también puede apropiarse de un instante que no le pertenece.

Por eso las imágenes de Depoorter plantean una pregunta que va mucho más allá de la técnica:

¿Cuándo deja una persona de ser un sujeto fotografiado para convertirse en colaborador de la fotografía?

En As It May Be, esta cuestión aparece de manera especialmente clara. Años después de su primer viaje a Egipto, Depoorter regresó con las fotografías que había tomado y pidió a algunas de las personas representadas que escribieran directamente sobre ellas. La fotografía dejaba así de ser una imagen cerrada y pasaba a convertirse en un espacio de diálogo.

La persona fotografiada ya no estaba únicamente delante de la cámara.

También podía hablar desde dentro de ella.

Es un gesto sencillo, pero cambia completamente la relación de poder.

Porque durante décadas hemos asumido que quien sostiene la cámara posee el control de la imagen.

Depoorter parece preguntarse qué ocurre si ese control se comparte.

Cuando la realidad deja de ser suficiente

Su trabajo tampoco se queda en la fotografía documental tradicional.

En proyectos como Sète #15 y Dvalemodus, la fotógrafa comenzó a introducir elementos de ficción y a tratar a las personas fotografiadas como personajes, difuminando deliberadamente la frontera entre realidad e imaginación.

Y aquí aparece otra de las grandes preguntas de su obra:

¿Una fotografía tiene que decir la verdad porque representa una realidad?

Probablemente no.

Una fotografía puede registrar algo que sucedió y, al mismo tiempo, construir una interpretación completamente subjetiva de aquello que sucedió.

La cámara nunca es completamente inocente.

El encuadre elige.

La luz transforma.

El momento seleccionado excluye todos los demás.

Y la mirada del fotógrafo termina convirtiendo una realidad en otra.

Depoorter no parece querer ocultar ese proceso. Al contrario, lo convierte en parte de su trabajo.

La fotografía que también se pregunta a sí misma

Quizá por eso resulta tan interesante su evolución.

En X., iniciado en 2017, establece una colaboración prolongada con una mujer que conoció en un club nocturno y explora cuestiones relacionadas con la identidad, la representación y la interpretación. En su proyecto Michael, investiga posteriormente la vida y desaparición de un hombre que le entregó un archivo personal antes de desaparecer de su vida.

La fotografía se convierte entonces en investigación.

Pero también en relación.

Y, en cierta manera, en incertidumbre.

Su trabajo más reciente, Blinked Myself Awake, publicado en 2024, lleva esa mirada todavía más lejos. La fotógrafa se acerca al mundo de los aficionados a la astronomía mientras explora recuerdos de infancia y cuestiones relacionadas con la memoria, el trauma y el paso del tiempo.

Ya no se trata únicamente de mirar hacia fuera.

También hay que mirar hacia dentro.

Una fotografía que no quiere darnos todas las respuestas

Tal vez esa sea la razón por la que algunas de sus imágenes permanecen en la memoria.

No porque expliquen perfectamente aquello que estamos viendo.

Sino porque no lo explican.

Una habitación puede convertirse en una historia.

Un desconocido puede convertirse en una pregunta.

Una noche puede contener una vida entera.

Y una fotografía puede ser, al mismo tiempo, documento, recuerdo, interpretación y ficción.

Bieke Depoorter parece recordarnos que fotografiar no consiste simplemente en mirar.

Consiste en establecer una relación con aquello que tenemos delante.

Y toda relación implica una responsabilidad.

Quizá por eso su fotografía resulta tan humana: porque detrás de cada imagen hay alguien que permitió que una desconocida entrara durante un instante en su mundo.

Y nosotros, muchos años después, entramos también.

Solo que ya no sabemos exactamente dónde termina su historia y dónde empieza nuestra mirada.

Y quizá esa incertidumbre sea precisamente la fotografía.

 

Por Sofía

Fotografía

Imagen portada: openai

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