🎧 Audioguía Cultural (Beta)
Polo clásico versus chaqueta vaquera
«Si de joven no eres de izquierdas, no tienes corazón; si de mayor no eres de derechas, no tienes cabeza».
Una frase popular que se ha atribuido, entre otros, a Winston Churchill y Benjamin Disraeli, aunque su autoría no está suficientemente acreditada.
Sea quien sea su autor, resume bastante bien la historia de Edmundo y su hijo Juan.
Era el puente de la Constitución. Edmundo y Juan desayunaban en el hotel antes de participar en una de las maratones más famosas de España.
Eran muy diferentes.
Edmundo Tauro era estable, firme e inquebrantable en sus decisiones. Juan, en cambio, era un joven Sagitario, entusiasta, aventurero y optimista.
Padre e hijo sabían que chocaban a menudo, pero, de alguna manera, habían aprendido a respetarse.
También había cosas que los unían.
Edmundo sabía que Juan era el único de sus hijos al que le gustaba correr y participar en carreras de resistencia. Él había disputado muchas maratones a lo largo de su vida y todavía disfrutaba entrenando en el parque del Retiro, mientras las estatuas de los antiguos monarcas parecían observarlo con cierta curiosidad.
Con el tiempo descubrió que a Juan también le gustaba aquella forma de vida y empezó a compartir con él esos momentos.
Pero sus diferencias eran profundas.
Dos maneras de mirar el mundo
Juan había decidido ser la oveja descarriada de la familia.
Defensor de los derechos sociales, leía a Mijaíl Bakunin y Simone de Beauvoir y disfrutaba siendo el más combativo en las manifestaciones y en las reuniones sindicales. Creía que la sociedad debía reducir las desigualdades y que muchos de los privilegios heredados tenían que ser cuestionados.
Edmundo pensaba justo lo contrario.
Había crecido en un ambiente rural, en la finca de su padre, en la Andalucía más profunda.
Para él, la propiedad privada no era simplemente una cuestión económica. Era una garantía de libertad.
Si una persona trabajaba durante años para comprar una casa, levantar una empresa o conservar unas tierras heredadas de sus padres, tenía derecho a decidir sobre ellas. No entendía que el Estado pudiera disponer de lo que consideraba fruto del esfuerzo personal.
Para Edmundo, defender la propiedad privada significaba defender también la responsabilidad individual: quien trabaja, ahorra y arriesga debe poder recoger los frutos de sus decisiones.
Había aprendido además que la propiedad no solo se defendía con las escrituras de una finca o los papeles de una casa.
Se defendía poniendo límites.
Lo mío es mío y lo tuyo es tuyo.
Aquella frontera, pensaba, era una de las bases sobre las que se construía una sociedad ordenada.
Desconfiaba de quienes hablaban demasiado de repartir la riqueza sin hablar antes de quién la había creado.
Para él, ayudar al que lo necesitaba era una cosa; quitarle a alguien aquello que había conseguido con su trabajo, otra muy distinta.
Juan consideraba que aquella forma de pensar era demasiado individualista y conservadora.
Edmundo, en cambio, la veía como sentido común.
La discusión
Juan bloqueó la pantalla de su móvil y la dejó boca abajo sobre la mesa.
—Papá, ¿de verdad crees que la riqueza siempre se gana?
Edmundo levantó la mirada de su plato.
—No siempre. Pero tener dinero tampoco te hace culpable de nada.
—Hay gente acumulando viviendas y gente que no puede pagar un alquiler.
—¿Y la solución es quitárselas?
—Que paguen los impuestos que les corresponden.
—Ya los pagan. Una cosa es contribuir y otra que el Estado decida cuánto te permite conservar.
—No todo el mundo parte del mismo sitio.
—Es verdad. Pero la propiedad también es libertad. Si trabajo, ahorro y compro algo, es mío. Igual que si lo heredo.
—¿Aunque no te haga falta?
—¿Y quién decide qué le hace falta a quién?
Juan suspiró y miró de reojo la pantalla de su teléfono.
—¡Confundís propiedad con libertad!
—¡Y vosotros confundís igualdad con justicia!
Se hizo el silencio.
Los dos continuaron desayunando.
Y, como tantas otras veces, la discusión terminó sin que ninguno hubiese convencido al otro.
Rousseau en el bolsillo
«El hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado».
—Jean-Jacques Rousseau
Desde que era universitario, Juan quería comprender cómo funcionaba el mundo. Por eso había comprado una pequeña edición de El contrato social, del filósofo de la Ilustración Jean-Jacques Rousseau.
Siempre la llevaba consigo.
De vez en cuando la ojeaba en una cafetería o mientras paseaba.
A veces pertenecía, al menos en su imaginación, a aquella naturaleza perdida, sin leyes y en libertad. Anhelaba lo que nunca había conocido: vivir lejos del hombre moderno, de las hipotecas, de las obligaciones y del miedo a envejecer.
También tenía el defecto de no querer comprender a su padre.
Un hombre autoritario que le daba órdenes hasta en sueños.
Juan no quería al ser humano encerrado, domesticado y alejado de sus instintos más básicos.
Pero ¿qué era la izquierda?
Para él, una forma de vivir.
Una manera de mirar el mundo.
Y, sobre todo, una defensa de la libertad.
¿Dónde quedaba la poesía del mundo?
Quizá en algo tan sencillo y tan difícil como que cada persona pudiera elegir su propia vida.
Juan todavía no tenía propiedades.
Vivía de alquiler, con lo justo para permitirse algún capricho de vez en cuando. Estudiaba por las mañanas y trabajaba en lo que podía. Empezaba a asumir responsabilidades, aunque todavía era demasiado inmaduro para comprender su verdadero peso.
No le preocupaba demasiado el mañana.
Tenía la sensación de que todo acaba por llegar y se preguntaba para qué preocuparse por algo que sucedería sí o sí.
Juan sabía separar la política de la religión.
Pensaba:
—¡La Pasionaria era católica y de izquierdas, como yo! Bueno, como el yo de ahora. ¿Quién sabe cómo seré dentro de medio siglo?
Todo cambia, como decía Mercedes Sosa en una de sus canciones.
Nada permanece inmóvil.
Y Juan lo sabía.
Era de izquierdas porque odiaba las injusticias y los perjuicios que sufrían los trabajadores. No entendía muy bien qué sentido tenía aquella sociedad que aceptaba la desigualdad como si fuera algo inevitable.
—¿Qué clase de patrón sería yo? —se preguntaba.
Estudiar, ¿para qué?
Y, encima, empezar tan pronto a elegir una carrera que podía acabar por marcar toda una vida.
Juan veía un mundo mal estructurado.
No entendía cómo podía aceptarse la pobreza como una desgracia inevitable mientras otros acumulaban riqueza.
Le indignaba una sociedad capaz de contaminarse a sí misma y aceptar después las consecuencias como si fueran inevitables.
Era injusto.
Y lo peor era que muchas personas habían aprendido a convivir con aquella injusticia como si formara parte del paisaje.
Él no estaba dispuesto.
Había que ser humanos.
Había que luchar contra las desigualdades, contra las clases sociales que condenaban a unos a sobrevivir mientras otros tenían demasiado, defender los derechos de los trabajadores y reclamar la emancipación de la mujer dentro y fuera de casa.
Juan protestaba.
Discutía.
A veces incluso se enfrentaba a su propia familia.
Pero la sangre nunca llegaba al río.
El padre también había sido joven
«Para que el mal triunfe, solo se necesita que los hombres buenos no hagan nada».
—Frase habitualmente atribuida a Edmund Burke.
Edmundo se negaba a contarle a su hijo que, durante su juventud, él también había sido progresista.
En eso se recordaba a sí mismo al actor Charlton Heston, que pasó de posiciones demócratas a convertirse en una figura destacada del conservadurismo republicano estadounidense.
También pensaba que hay personas que se consideran de izquierdas y terminan defendiendo ideas más propias de la derecha, y otras que recorren el camino contrario.
Con las ideas ocurre algo parecido.
Lo que en la juventud parecía una certeza puede convertirse, con el tiempo, en una utopía difícil de sostener.
Los años cambian la mirada.
Te obligan a pensar en el bien y en el mal, en lo que defendías y en lo que ahora consideras importante.
Hasta los gustos cambian.
Durante años no había soportado las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach.
Con el tiempo llegó a disfrutarlas.
Con las ideas ocurre lo mismo.
En el caso de Edmundo, el gran vuelco llegó cuando fue padre.
Cambió la chaqueta vaquera por el polo clásico.
Metafóricamente, claro.
Su situación económica mejoró y aparecieron las responsabilidades.
Quería ampliar la finca en la que había crecido y que había heredado de su familia.
Poco a poco comenzó a pensar como un empresario.
Tenía trabajadores a su cargo, un patrimonio que mantener y decisiones que podían afectar a otras personas.
Cuando nació Juan, Edmundo ya era propietario y dirigía a varios trabajadores.
Por entonces comenzó a leer a Edmund Burke y encontró en sus ideas una explicación para lo que sentía.
La defensa de la tradición, la propiedad y el orden encajaba con su nueva forma de entender la vida.
Así se convirtió en un hombre conservador.
Juan, por el contrario, pensaba que el ser humano estaba por encima del patrimonio.
Consideraba que las empresas debían estar al servicio de las personas y no al contrario.
—No sabes lo que cuesta levantar un negocio —le decía su padre—. Lo difícil no es abrirlo, sino mantenerlo. Una empresa necesita dinero, estabilidad y trabajadores. Si quieres que haya empleo, tiene que haber empresas capaces de crearlo.
A pesar de sus diferencias, Juan se parecía a él más de lo que quería admitir.
Compartían el deporte, algunos rasgos de carácter y, sobre todo, una necesidad de encontrar su propio camino.
Edmundo recordaba entonces su juventud.
También él había soñado con un mundo distinto.
Había leído mucho y creía que el ser humano debía ocupar el centro de cualquier proyecto político y social.
Con los años, aquella mirada había cambiado.
La vida le había enseñado que las ideas también dependen de las circunstancias.
Su hijo atravesaba ahora el mismo conflicto que él había vivido décadas atrás: la necesidad de diferenciarse de su padre.
Y quizá aquella rebeldía era, precisamente, lo que más los unía.
El primer libro de Edmund Burke que leyó Edmundo fue Reflexiones sobre la Revolución en Francia.
La lectura le abrió una nueva perspectiva.
La defensa de las tradiciones, la historia y las instituciones frente a los cambios bruscos le hizo replantearse muchas de sus antiguas convicciones.
Para Edmundo, conservar ya no significaba quedarse quieto.
Significaba proteger aquello que, después de mucho esfuerzo, había conseguido construir.
La carrera
La Ciudad de las Artes y las Ciencias, aquella tarde de mucho calor, parecía correr con todos los maratonianos que participaban en la Maratón Valencia Trinidad Alfonso Zurich.
Padre e hijo avanzaban hacia la meta.
Cada paso costaba más.
El calor apretaba, las piernas pesaban y los últimos metros parecían interminables.
Habían recorrido los 42 kilómetros desde Maratón hasta Atenas, como ellos mismos habían imaginado tantas veces, sintiéndose en la piel de aquel guerrero de la antigua Grecia.
La meta estaba cada vez más cerca.
Unos metros.
Un último esfuerzo.
Casi al mismo tiempo, padre e hijo cruzaron la línea de llegada.
Nada más terminar la prueba, se abrazaron.
Los dos se apoyaron el uno en el otro, como si cada uno fuese el bastón que necesitaba el otro para mantenerse en pie.
Durante unos segundos permanecieron así, agotados, sin decir una palabra.
Entonces los dos tuvieron el mismo pensamiento al mismo tiempo:
Verdaderamente, pese a nuestras diferencias, nos queremos.
Quizá esa sea la verdadera lección.
Las ideas pueden separarnos.
La política puede enfrentarnos.
La forma de entender la propiedad, la igualdad, la libertad o la justicia puede llevarnos a discutir durante horas.
Pero hay cosas que están por encima de todo eso.
Edmundo seguía siendo Edmundo.
Juan seguía siendo Juan.
Uno con su polo clásico.
El otro con su chaqueta vaquera.
Y, sin embargo, acababan de cruzar juntos la misma meta.
Por jorge girbau bustos
Imagen portada: openai
Polo clásico versus chaqueta vaquera

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