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Cómo nació el bronceado: de símbolo de pobreza a ideal de belleza

Cómo nació el bronceado: de símbolo de pobreza a ideal de belleza
Sofia Lovelace
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Cómo nació el bronceado: de símbolo de pobreza a ideal de belleza

Hubo un tiempo en que una persona podía pasar buena parte del verano haciendo todo lo posible por no ponerse morena.

Sombrillas, sombreros, vestidos largos, guantes y hasta productos destinados a aclarar la piel formaban parte de una preocupación estética que hoy puede resultar extraña. La piel blanca era considerada durante siglos un signo de belleza y, sobre todo, de posición social.

Una piel bronceada decía algo muy diferente:

que aquella persona trabajaba al aire libre.

Campesinos, pescadores, trabajadores del campo y obreros estaban expuestos diariamente al sol. Las clases acomodadas, en cambio, podían permitirse permanecer bajo techo.

La piel clara se convirtió así en una especie de declaración silenciosa de estatus.

Hasta que algo cambió.

Y ocurrió en apenas unas décadas.

Cuando estar moreno significaba trabajar

Durante buena parte de la historia europea, la relación entre piel y posición social fue bastante sencilla.

Quien trabajaba en el campo tenía la piel expuesta al sol.

Quien tenía recursos podía protegerse de él.

La literatura y el arte occidentales están llenos de referencias a la belleza de la piel clara. Incluso Shakespeare hace que Beatrice, en Much Ado About Nothing, se lamente de estar quemada por el sol.

La palidez podía convertirse, por tanto, en una señal de distinción.

No hacía falta decir que alguien pertenecía a una clase privilegiada.

Su piel podía decirlo por él.

Por eso, durante siglos, las mujeres de determinadas clases sociales utilizaron sombrillas, sombreros y prendas que cubrían buena parte del cuerpo para evitar el oscurecimiento producido por el sol. Los productos para aclarar la piel también formaron parte de esta cultura estética.

El sol era algo de lo que había que protegerse.

Pero entonces llegó el siglo XX.

El sol empezó a adquirir buena reputación

A comienzos del siglo XX empezó a producirse una transformación que no tenía todavía demasiado que ver con la moda.

Tenía que ver con la medicina.

La exposición a la luz solar comenzó a considerarse beneficiosa para determinadas enfermedades. La helioterapia se utilizó en tratamientos contra la tuberculosis y la fototerapia empezó a extenderse también en relación con el raquitismo. El descubrimiento del papel de la radiación ultravioleta en la síntesis de vitamina D contribuyó a reforzar la nueva consideración positiva de la luz solar.

De repente, el sol ya no era solamente el enemigo de una piel blanca.

Podía ser también salud.

Y esa nueva percepción tendría consecuencias inesperadas.

Porque cuando una sociedad empieza a considerar saludable algo, no tarda demasiado en convertirlo también en atractivo.

Llegaron las vacaciones

La transformación no fue solamente médica.

También cambió la manera de vivir.

El deporte al aire libre ganó popularidad.

El tenis, la natación y otras actividades comenzaron a formar parte de la vida de sectores cada vez más amplios de la población.

Y, sobre todo, apareció una nueva aspiración:

las vacaciones junto al mar.

Durante los años veinte, el litoral mediterráneo se convirtió en escenario de una nueva imagen de lujo, juventud y ocio. La Costa Azul francesa desempeñó un papel especialmente importante.

La piel bronceada comenzó a decir algo completamente diferente.

Ya no significaba:

«Trabajo bajo el sol».

Ahora podía significar:

«He podido permitirme viajar y pasar el verano junto al mar».

El significado social del bronceado había dado la vuelta.

Y entonces apareció Coco Chanel

Aquí aparece uno de los nombres más asociados a la historia del bronceado:

Coco Chanel.

Existe una famosa historia según la cual Chanel se bronceó accidentalmente después de un crucero por el Mediterráneo en 1923 y contribuyó a convertir aquella piel dorada en una nueva tendencia de moda.

Decir que Chanel «inventó el bronceado» sería demasiado simplista.

La transformación ya estaba en marcha.

Pero su imagen tuvo una enorme importancia para popularizar la nueva estética. La literatura médica e histórica sobre el fenómeno sitúa precisamente los años veinte como el momento en que el bronceado comenzó a convertirse en símbolo de ocio, salud, riqueza y modernidad.

La Riviera francesa fue uno de los escenarios donde aquella nueva imagen encontró su lugar perfecto.

Mar.

Hoteles.

Yates.

Baños de sol.

Moda.

Y una piel dorada que decía al mundo que uno podía permitirse disfrutar de todo aquello.

El bronceado entró en las revistas

El cambio puede observarse incluso en algo tan aparentemente banal como las revistas de moda.

Un estudio que analizó números de Vogue y Harper’s Bazaar de los años veinte encontró una transformación espectacular.

En los números estudiados de 1920 y 1927 apenas aparecían artículos y anuncios que promovieran el bronceado.

Pero en 1928 y 1929 la situación cambió radicalmente.

Las revistas comenzaron a hablar de cómo conseguir un buen bronceado, qué ropa utilizar para mostrarlo y qué cosméticos podían acompañarlo.

Entre 1928 y 1929 se contabilizaron 30 artículos y 99 anuncios favorables al bronceado, frente a solamente 3 artículos y 2 anuncios en los periodos comparables de 1920 y 1927.

No fue, por tanto, una impresión retrospectiva.

El cambio puede verse en las propias revistas de la época.

La piel dorada estaba convirtiéndose en moda.

La ropa también ayudó

Para broncearse había que enseñar piel.

Y la moda empezó precisamente a hacer eso.

Durante las décadas de 1920 y 1930 los bañadores y la ropa deportiva fueron dejando progresivamente más partes del cuerpo al descubierto. El cambio coincidió con la popularización de las actividades al aire libre y de los baños de mar.

La transformación fue casi perfecta:

más vacaciones + más playa + más piel expuesta + nueva valoración del sol = más bronceado.

El cuerpo que antes se ocultaba empezó a convertirse en un cuerpo que se exhibía.

Del bronceado accidental al bronceado buscado

Y aquí ocurrió algo curioso.

Al principio, broncearse podía ser una consecuencia de pasar tiempo al aire libre.

Después se convirtió en el objetivo.

Ya no se trataba simplemente de volver de la playa con la piel oscurecida.

Había que conseguir un determinado tono.

Y conservarlo.

Y mostrarlo.

La industria cosmética comprendió rápidamente que detrás de aquella nueva obsesión había un enorme negocio.

En 1932, Chanel lanzó la colección Pour l’Été, que incluía productos destinados precisamente a favorecer la adquisición de una piel bronceada. El Victoria and Albert Museum documenta cómo, durante los años veinte, el bronceado se había convertido en símbolo de juventud, ocio y riqueza, especialmente en la Riviera francesa.

Tres años después llegaría un producto todavía más famoso.

Ambre Solaire: cuando el bronceado se convirtió en negocio

En 1935, Eugène Schueller, fundador de L’Oréal, presentó Ambre Solaire, un aceite solar formulado con propiedades de filtrado de radiación ultravioleta. El producto se lanzó en la Riviera y fue comercializado como una manera de broncearse reduciendo el riesgo de quemarse.

La paradoja resulta deliciosa.

La industria había descubierto que podía vender dos cosas aparentemente contradictorias:

el deseo de ponerse moreno y el miedo a quemarse.

Durante décadas, los aceites solares se comercializaron principalmente para permitir disfrutar del sol y conseguir el ansiado bronceado evitando las quemaduras.

La protección solar moderna todavía estaba lejos de ser lo que conocemos hoy.

El bronceado se convirtió en símbolo de vacaciones

Después de la Segunda Guerra Mundial, el fenómeno se hizo todavía más poderoso.

El turismo de playa se popularizó.

Los viajes se hicieron más accesibles.

El bañador se redujo.

El bikini apareció en 1946.

Y la imagen de la persona bronceada junto al mar terminó convirtiéndose en una de las grandes representaciones visuales del verano.

En los anuncios aparecían cuerpos dorados junto a piscinas, playas y hoteles.

El bronceado ya no decía que alguien había trabajado bajo el sol.

Decía que había tenido tiempo para disfrutarlo.

La paradoja del siglo XX

Y aquí comienza la parte menos romántica de la historia.

Mientras la cultura popular convertía el bronceado en símbolo de salud y belleza, también aumentaba el conocimiento científico sobre los efectos perjudiciales de la radiación ultravioleta.

Ya en 1928 se había publicado evidencia experimental que relacionaba la radiación ultravioleta con el cáncer de piel en animales. Sin embargo, la nueva cultura del bronceado continuó expandiéndose.

Durante décadas, el mensaje social fue contradictorio:

«El sol es saludable».

«El bronceado es atractivo».

«Ponte moreno».

Y, al mismo tiempo, empezaban a aparecer advertencias sobre los efectos de una exposición excesiva.

La industria tardaría todavía mucho tiempo en transformar definitivamente el mensaje.

Del aceite bronceador al factor de protección

Durante buena parte del siglo XX, muchos productos solares estaban diseñados fundamentalmente para permitir el bronceado evitando la quemadura.

La filosofía empezó a cambiar especialmente a partir de los años setenta, cuando la relación entre radiación solar y cáncer de piel era mucho más conocida.

En 1974, el químico austríaco Franz Greiter introdujo el concepto de factor de protección solar, SPF, que acabaría convirtiéndose en una referencia habitual para medir la protección frente a la radiación UVB.

El mensaje comenzó a invertirse.

Ya no se trataba solamente de conseguir un bronceado bonito.

Había que proteger la piel.

Y entonces inventamos el bronceado sin sol

Pero el deseo de estar moreno no desapareció.

Simplemente encontró otra solución.

Los autobronceadores permitieron conseguir el aspecto bronceado sin necesidad de exponerse directamente al sol para producirlo.

Y aquí aparece una de las mayores ironías de esta historia:

después de siglos intentando evitar que el sol oscureciera nuestra piel, pasamos décadas intentando conseguir exactamente ese color.

Y cuando empezamos a conocer mejor los riesgos de la radiación ultravioleta, inventamos productos para conseguir el mismo aspecto sin necesidad de tomar el sol.

Entonces, ¿quién inventó el bronceado?

Nadie.

Y, al mismo tiempo, muchísima gente.

No fue una invención repentina de Coco Chanel, aunque su influencia fue importante.

Fue el resultado de una transformación cultural en la que participaron muchas cosas:

La medicina.

El descubrimiento de nuevos usos de la luz solar.

El deporte.

Los viajes.

Las vacaciones.

La moda.

Los nuevos bañadores.

La Riviera francesa.

Las revistas.

La publicidad.

La industria cosmética.

Y, sobre todo, un cambio radical en el significado social de una piel oscura.

Durante siglos había representado trabajo y exposición.

Durante el siglo XX empezó a representar ocio y libertad.

Una historia escrita sobre la piel

Quizá lo más curioso de todo sea que el bronceado no cambió solamente el color que queríamos tener.

Cambió lo que ese color significaba.

Una piel pálida podía decir:

«No trabajo bajo el sol».

Una piel bronceada pasó a decir:

«Tengo vacaciones».

Y esa transformación revela algo fascinante sobre la moda.

Muchas veces creemos que elegimos libremente aquello que consideramos bello.

Pero la historia demuestra que nuestros ideales cambian.

Lo que una generación intenta ocultar, otra puede intentar exhibir.

Lo que ayer era señal de pobreza puede convertirse mañana en símbolo de lujo.

Y quizá por eso, cuando este verano nos tumbemos al sol y veamos a nuestro alrededor cientos de personas intentando conseguir ese tono dorado que durante tanto tiempo hemos considerado atractivo, convenga recordar algo:

el bronceado no ha existido siempre como ideal de belleza.

Tiene una historia.

Y, sorprendentemente, esa historia apenas tiene un siglo.

 

 

 


Cómo nació el bronceado: de símbolo de pobreza a ideal de belleza

fuentes: el estudio histórico sobre Vogue y Harper’s Bazaar, el Science Museum y la documentación del National Gallery of Victoria sobre Chanel.


Durante siglos la piel blanca fue símbolo de estatus. Descubre cómo el sol, la moda, las vacaciones y Coco Chanel cambiaron para siempre la historia del bronceado.

Historia y Cultura

Imagen portada: openai


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