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Sociolog-IA
En la novela del escritor (y también dramaturgo) suizo Max Frisch titulada Homo Faber se hace el retrato de un cuadriculado hombre de negocios que acierta a aprovechar sus escasos ocios de soltero redomado, y los paréntesis que le crean los continuos vuelos en avión por motivos de trabajo, para hacerse con una formación cultural amplia y compacta a la altura del hombre moderno y exquisitamente “enterado” de nuestros días. Con este fin, planteado como el proyecto empresarial de cualificación de uno mismo en el mercado de los conocimientos de aplicación imprecisa, dedica todas esas horas vacías a engullir tenaz y metódicamente (casi con regla de cálculo) el conjunto entero -que se dice pronto- de las áreas del saber contemporáneo que cuenten con alguna vigencia discursiva de primera línea. Así, al comienzo de la novela sorprendemos a nuestro personaje bastante avanzado en la asignatura a la que ha consagrado sus últimos meses: la invitada a todos los congresos, la parvenu que se cuela en todas las tertulias o análisis de actualidad, o sea, la Sociología.
La vida del Homo Faber experimentara más tarde unos giros que nos harán recordar, en clave distinta, los vuelcos que, de la mano de Thomas Mann, padeció a principios de siglo el asendereado Homo Artísticus que protagoniza La muerte en Venecia; pero ahí están en negro sobre blanco para ser leídos sin que aquí lo desvele yo como inhábil alcahueta de la literatura. La Sociología se presenta hoy como la dúctil síntesis de una rama del saber humanístico (que opera, sin embargo, con instrumentos matemáticos), y los caracteres de una ciencia auxiliar que proporciona tanto conocimientos adicionales a la Historia o a la Economía como estrategias útiles para la conducción presente de grandes aspectos de las materias vivas de ambas. Hace ya casi más de un siglo que el inmenso pensador alemán Max Weber dio un impulso definitivo e insuperado al sentido especifico de la ciencia sociológica, en tal manera y con tal energía que desde que echó a rodar ha velado en gran parte dicho sentido tal y como fue originalmente concebido por su principal artífice. A veces, preséntese como se presente desde sus círculos de expertos, la Sociología se nos convierte hoy en una especie de meteorología para el hombre urbano: buena para emitir partes (o estudios de ocasión) que tratan de pronosticar fenómenos atmosféricos flotantes (en la troposfera de la convivencia civil), sin excesiva certidumbre y un poco a ojo de buen cubero. Eso cuando se hace por la vía ortodoxa, oficial digamos, mediante encuestas, análisis demográficos, grupos de discusión, etc. -como estudió en España el gran sociólogo Jesús Ibáñez. Porque ahora todo eso va a ser pasto de la voracidad insaciable de las IAs, y no lo van a buscar en la calle sino a drenar de pantano sin fondo de Internet, de modo que son ellas las que ahora van a hacer Sociolog-IA en nombre de unos algoritmos minuciosamente diseñados para servir al interés económico o de dominación -lo uno suele ir con lo otro- del que encargue el informe correspondiente. El inmediato futuro será, por tanto, estalinista, pero no por esos disparates que dice Slavoj Zizek, sino por aquello que se le atribuye al padrecito Stalin en el sentido de que no hay que creer en ninguna estadística que no hayas manipulado tú mismo…
Otro campo más, pues, en que la inmensa fuerza bruta de la tecnología se va a imponer allí donde nadie la ha llamado ni mucho menos votado en un plebiscito para desempeñar tal papel. Una sociología deshumanizada de las IAs destinada a implementar el poder de las propias IAs y con ello el de los actores económicos o políticos que se sirven de ellas. La Sociología, ¡Max y Max! -Frisch y Weber- quiso aprehender la conducta del hombre en sociedad visto desde la perspectiva del propio hombre históricamente situado. Clarice Lispector dejó escrito que “el futuro de la tecnología amenaza destruir todo lo que es humano en el hombre, pero la tecnología no alcanza a la locura, y en ella es donde lo humano del hombre se refugia”. O se va a tener que refugiar, diríamos.
Por Óscar Sánchez
Sociolog-IA

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