M3

Mi Ítaca (privada)

Mi Ítaca (privada)
Oscar Sanchez
Últimas entradas de Oscar Sanchez (ver todo)
🎧 Audioguía Cultural (Beta)


♿ Accesibilidad y otras formas de escuchar este artículo

Mi Ítaca (privada)

Me pareció una gran idea -como todas las suyas, por otra parte- que el pasado lunes Marta Peirano, en su columna de El País (https://elpais.com/opinion/2026-07-27/una-cabana-del-bosque.html), aprovechase una hermosa descripción de su ensueño acerca de la Ítaca que aguarda para su vejez, ahora que la superproducción de Nolan es comidilla de todos, para lamentarse una vez más de que nadie va a mover un dedo para ralentizar la crisis climática, todo lo contrario. Sin embargo, yo ahora le tomo la palabra a Peirano tan sólo en el primer aspecto, puesto que gracias a ella me dio por pensar cuál sería mi Ítaca, el lugar al que querría regresar cuando haya terminado el periplo de mi vida y tan sólo me quede reunir algo de paz, espero, algo de salud, espero, y buenos recuerdos a los que volver. Y la respuesta es facilísima. Rilke dejo escrito aquello de que la única patria verdadera de cada uno es su infancia, pero a mí mi infancia, que tuvo sus peliagudos sinsabores, no se me hace patria. Fue intensa y formativa, no me quejo, pero nunca la tengo presente ni en el corazón ni en la cabeza. Sin embargo, la infancia de mis hijos sí, esa infancia no mía, sino de ellos, sí que es mi verdadera patria, donde habitan mi corazón y mi cabeza (“recordare” en latín significa pasar de nuevo por el corazón), y sin ella no hubiera sido jamás quién soy ahora -alguien, por cierto, con el que me gusta pensar que el niño que fui no estaría descontento.
Fue un tiempo maravilloso, en que andaba yo año tras año, jroña que jroña, con la oxitocina -no creo mucho en esas cosas, lo uso tan sólo como figura literaria- por las nubes, y recibía los abrazos más sinceros que recibiré jamás. Hubo también peliagudos sinsabores, sí, pero ninguno proveniente de mis hijos, mis hijos eran, uno a uno y en enjambre (cuando caminábamos por la calle los tres orbitaban a mi alrededor muy contentos y haciendo preguntas y yo apenas podía poner un pie delante del otro), mucho más de lo que yo podría haber esperado, seguramente porque antes de estos concebidos-sí-nacidos míos no tenía yo la menor noción de la paternidad, así que no esperaba nada en especial. Naturalmente, a ese tiempo de rosas -y espinas…-, ya no puedo volver, por desgracia1, pero hay una solución intermedia, una manera bastante habitual de reconciliar el regreso a Ítaca como último episodio de la vida de uno, si has tenido suerte, y el amor hacia unos niños por los que lo darías todo, que es, claro, y sin forzar demasiado la naturaleza como Anita Obregón, tener nietos. No me recordará mi perro un instante antes de expirar, porque hace tiempo que murió, los pretendientes que habría yo de abatir para ocupar ese trono y esa cama tallada en raíces de olivo de la ancianidad me temo que serán demasiado fuertes para mí, y para cualquiera: el mencionado calentamiento global, la(s) IA(s) volcadas en el control de las masas y aplicadas a la guerra, el capitalismo del Metaverso, la desaparición formal y material de la Democracia… Esas cosas que tan bien conoce Marta Peirano, precisamente, y que no sucumben así como así a una flecha en el pecho.
Por supuesto, no puedo saber, ni pienso entrometerme, si mis hijos querrán o no “darme” nietos, como se decía antes. Pero, por si acaso, yo ya me voy dejando la barba entrecana de Ulises, fecundo en cambiar pañales…
1 O no tanto, como canta Joaquín Sabina en homenaje a Rulfo en Peces de ciudad: En Comala, comprendí / Que al lugar donde has sido feliz / No debieras tratar de volver.
Imagen portada: openai
Mi Ítaca (privada)
Compartir

¿Te ha gustado el artículo? Déjanos tu opinión.

La cultura independiente necesita lectores que la sostengan.

45% del objetivo mensual alcanzado

Apoya este diario

Apóyanos aunque sea una sola vez. Dona desde 1€.