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La Nochebuena de Jack
El viento barría el bosque de las Ardenas con saña, arrastrando copos que se clavaban en los uniformes como agujas de hielo. Jack Harlan, encogido en su hoyo poco profundo, presionó la gabardina contra el pecho. El frío lo atravesaba, pero esa noche había algo peor que el invierno: el silencio entre un estruendo y otro de artillería alemana, ese vacío que te recuerda que sigues vivo.
Sacó del bolsillo un papel arrugado y un lápiz gastado. Tachó Querida familia por tercera vez. Las palabras se le atascaban en la garganta, pero si no escribía, ¿qué lo ataba a ellos? Alrededor, sus compañeros compartían cigarrillos y silencios pesados. Alguien empezó a tararear Noche de Paz en voz baja, y por un instante el bosque contuvo el aliento.
Querida mamá, papá y Emily:
Si cierro los ojos, os veo con claridad. Papá colgando las luces del árbol mientras suelta algún taco; mamá con el delantal lleno de harina, horneando galletas de jengibre; y Emily patinando sobre el lago helado, dejando esas marcas perfectas que siempre me gustaba seguir. ¿Habéis puesto el belén este año? ¿Seguís usando las bolas de cristal de la abuela, esas que atrapan la luz como si fueran estrellas?
Aquí no hay árboles ni luces. Solo nieve y olor a pólvora. Pero hoy encontramos una lata de galletas olvidada en algún camión. Las repartimos como si fueran tesoros, y durante un rato, entre risas nerviosas y voces rotas, olvidamos dónde estábamos. Cantamos Noche de Paz, y el bosque se quedó quieto. Quizás hasta los alemanes pararon de disparar un momento. Seguro que en sus trincheras también hay alguien soñando con volver a casa.
No os preocuparéis por mí. Hemos resistido otra semana. Os juro que volveré. Quiero ver a Emily graduarse, ayudar a papá en el garaje y sentarme otra vez en tu mesa. Y mamá, por favor, no llores. Guardad fuerzas para cuando vuelva.
Os quiero más que a nada en este mundo.
Vuestro Jack.
Dobló la carta con dedos torpes por el frío y la metió en un sobre. La selló con un beso, igual que hacía su madre, y se la dio al soldado encargado del correo. «Que llegue», murmuró. El tipo ascendiendo y guardó el sobre en un saco repleto de cartas idénticas: promesas, sueños y despedidas escritas a la luz de una vela moribunda.
Al otro lado del frente, en una trinchera alemana, otro soldado escribía Liebe Mutti con manos iguales de torpes. La nieve caía para todos, borrando las diferencias, cubriendo el miedo sin hacer distinciones.
El amanecer del 25 de diciembre no trajo paz. Los alemanes lanzaron un contraataque brutal al alba, y el bosque estalló en gritos y metralla. Jack no tuvo tiempo para el miedo. La granada aterrizó entre él y el cielo. Cerró los ojos y vio el lago helado, los patines de Emily cortando círculos perfectos en el hielo. El estruendo llegó después.
Después, solo blanco.
Semanas más tarde, en Ohio, el cartero dejó un sobre en el porche de los Harlan. Dentro, la carta de Jack olía a humo y tierra mojada. Su madre la leyó en voz alta, con la voz quebrada, mientras su padre apretaba los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Emily lloraba abrazada a los patines que ya nunca usarían juntos, las cuchillas manchando de óxido su vestido de domingo.
Al final de la carta, entre las líneas borrosas por la humedad, encontraron su último mensaje: Os quiero más que a nada en este mundo.
Afuera, la nieve caía. La madre de Jack alzó la vista al cielo, buscando algo entre las nubes grises. No sabía qué, pero necesitaba creer que su hijo estaba en algún sitio mejor que aquel bosque maldito.
En la mesa del comedor, el belén seguía montado. Las figuritas de porcelana, las bolas de cristal de la abuela colgando del árbol, las galletas de jengibre que nadie había tocado. Todo en su sitio, como si Jack fuera a cruzar la puerta en cualquier momento, sacudiéndose la nieve del abrigo.
Emily se acercó al árbol y tocó una de las bolas de cristal. La luz de la tarde la atravesó, proyectando destellos dorados sobre las paredes. Por un segundo, le pareció ver algo más en ese brillo: una sonrisa, una voz familiar, el eco de una risa que conocía de memoria.
—Vuelve —susurró al destello.
Su padre la abrazó sin decir nada. Afuera, la nieve seguía cayendo sobre Ohio, sobre las Ardenas, sobre todos los rincones del mundo donde alguien esperaba a que volviera un hijo, un hermano, un amigo. Y en algún lugar, entre el cielo y la tierra, la Nochebuena de Jack seguía viva en las palabras de una carta que nunca dejaría de leerse.
Xavier Pardell Peña
La Nochebuena de Jack
