ENSEÑANZAS DE BRETAÑA

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Antonio Costa Gómez
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ENSEÑANZAS DE BRETAÑA

       En Huelgoat, en lo más oculto de Bretaña vivieron los verdaderos antepasados de Kerouac, pero él no fue allí. Pero fui yo en su lugar. Vi el río lleno de piedras gigantescas que movían las hadas. Encontré el cartel donde indicaba que de allí procedían todos los Kerouac de América. Kerouac creyó que su antepasado había huido  buscando la libertad, pero al parecer huyó por cometer un delito.

     Vi en Huelgoat a  Victor Segalen, Recordé que fue  a China un día, paseó  por las infinitudes del imperio Chino, imaginó que todo la burocracia imperial lo perseguía en su novela “René Leys”. Y escribió los poemas enigmáticos y apretados de “Estelas”. Resúmenes   de vidas para poner sobre las tumbas. Una especie de aguardiente de las palabras. Volvió a Huelgoat, y entre las rocas enormes cubiertas de musgo se quedó muerto junto a un riachuelo.

      En Saint Malo vi a Chateaubriand. Duerme en un islote que cuando baja la marea permite a la gente caminar hasta allí.  Desde la muralla vi ese islote donde duerme, junto a la ciudad. Pensé en su “René” cuya nostalgia de no sé qué que tanto se parece a la saudade gallega. Y en su islote parecía como aquella muchacha gallega de un poema medieval que esperaba a su amado en otro islote delante de Vigo, y el amigo no llegaba, y ella se sentía tan sola frente al mar.

        Vi en Morlaix  a  Tristan Corbiere. Miré las casas con linternas olí el puerto escondido al final de una bahía como un lagarto, recordé a los corsarios, admiré a los marineros que iban cada día en sus barcos a repartir cebollas en bicicleta por Irlanda. Corbiere expresó sus “Amores amarillos”, su admiración por la novia de su amigo, su vitalidad chocante que segaría la tuberculosis, sus recuerdos estrellados de Nápoles, su nostalgia esperpéntica. Lo busqué por el cementerio y al fin lo encontré.

         En Quimper vi a Joyce pergeñando el “Ulises”,  mientras el  rey Gradlon a caballo sobre la catedral se acuerda de  su hija que hizo que Ys se hundiera en el mar por querer disfrutar demasiado (pero un día volverá como  toda la vida sumergida). Y también Joyce intuía eso con su Anna Livia Plurabelle.

    Vi en Carnac a Mika Waltari, que situó allí a un personaje que se deja manipular por una adolescente, con su sensualidad lo obliga a hacer todo lo que ella quiere, igual que en “Sinuhé el egipcio” la esclava diosa hace vender a Sinuhé incluso las tumbas de sus padres. Y su amada Minea guarda su virginidad para la diosa de Creta, que al final no aparece o no existe. Fue la nostalgia o fue un tango en el antiguo Egipto.

          Vi a Georges Simenon en Concarneau. Allí situó a un comerciante que está lleno de vida, que lo admira todo y lo saborea todo, pero por accidente atropella a un hombre. Y trata de resarcir a la mujer de éste, pero esa mujer es una desabrida y no siente gusto por nada. Y el comerciante solo saca de ella ilusión sorda de las algas que acosan las murallas del castillo isla de Concarneau.

     Vi a Flaubert que caminó con un amigo desde París hasta el mar en Bretaña, y descubre una mirada nueva y sorprendente para todo. Y quedó pasmado en una aldea cualquiera con el sonar de unas campanas. Él era tan pijo, con sus novelas tan pulidas, pero conocía la nostalgia de Madame Bovary por otra vida más intensa.

   Y vi a Proust mirar el Faro de la Bruja en la Punta de Raz.  Y Proust vería matices anti-algorítmicos en las culebras de luz que venían desde el Faro fantasmal hasta el acantilado. Lo de Proust era el olor a sal en Normandía, pero también le dio Bretaña sus toques.

 ANTONIO COSTA GÓMEZ

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