El peso de lo vivido: ¿en qué momento dejamos de reconocernos?
Daniel Diez Crespo
Cada decisión que tomamos tiene una consecuencia. Un gesto. Una palabra. La vida guarda nuestros actos dentro de un pequeño saco en la memoria y, aunque no lo sabemos, quizá este tenga un límite.
Los arrepentimientos que no sanamos quedan pendientes. Cada vez que aplazamos nuestros errores con la esperanza de que el tiempo termine por borrarlos, llenamos aún más la conciencia. Ni siquiera colocarlos en un lugar menos incómodo nos salva.
Los seres humanos seguimos adelante porque, además, no hay tiempo. La vida tiene prisa, continúa, y aprendemos a convivir con aquello que preferimos no recordar. Y, si vuelve, lo callamos.
Pero ¿qué ocurre cuando el pasado deja de ser un lugar al que regresar y empieza a convertirse en el lugar del que no podemos escapar? ¿Qué sucede cuando está tan lleno de decisiones desacertadas que los recuerdos ya no caben en el saco de la memoria y comienzan a gritarnos?
La memoria no es un archivo ordenado. Tampoco un sistema que podamos mantener bajo control.
Ese recorrido es el que intenta atravesar Formas de caer, la última novela de Daniel Diez Crespo. Porque, al final, todos caemos alguna vez. Cada uno a su manera. Pero ¿hasta dónde?
Los recuerdos son los objetos de una habitación en la que hemos ido acumulando el pasado sin decidir qué hacer con él. No abrimos esa puerta conscientemente, pero los objetos nos recuerdan que siguen ahí. Hasta que llega el día en que ya no caben más, el espacio se agota y, detrás del fondo, no hay otro fondo. Entonces sí: volvemos. ¿Pero cómo vaciar ahora ese cuarto?
El protagonista de Formas de caer se enfrenta a esa escena cuando ya ha perdido el control. Su vida se encuentra en una situación que no sabe gestionar. Es culpable, no hay duda, pero necesita asimilar lo que ha hecho. Para intentar comprenderlo, regresa a su pasado, recupera los agujeros que dejó abiertos y busca entender cómo ha llegado hasta el presente.
Los recuerdos nos ayudan a comprender quiénes somos. Hay algunos que escondemos porque nos avergüenzan. Otros regresan cuando menos los esperamos y menos los deseamos, y corremos a taparlos. No queremos verlos, no queremos escucharlos. Sin embargo, quizá sea necesario afrontar lo que guardamos e intentar encontrar una respuesta. Cuando los recuerdos escapan a nuestro control, pueden alterar nuestra manera de entender el presente.
La culpa ocupa un espacio particular en esta novela. Está relacionada tanto con el daño que nos hacemos a nosotros mismos como con el que hacemos a los demás. Nos sitúa ante la conciencia, la responsabilidad y el castigo. Cuando permanece en el pasado sin que lleguemos a afrontarla, puede crecer hasta invadirnos, precisamente cuando ya no sabemos por dónde empezar a reparar lo ocurrido.
Formas de caer plantea una pregunta: ¿somos aquello que hicimos o queda en nosotros algo más que nuestros errores?
Creemos que existe una frontera clara e infranqueable entre lo que somos y aquello de lo que somos capaces. Pensamos que hay comportamientos que pertenecen a otros. Sin embargo, basta un segundo para que algo cambie.
Es inquietante descubrir que no nos conocemos tan bien como creíamos.
En sus ciento ochenta páginas, Formas de caer se adentra en ese espacio incómodo. No pretende justificar a su protagonista, sino explorar cómo puede llegar a cruzar determinadas líneas. Comprender no es absolver. Es mirar de cerca, incluso cuando lo que aparece resulta desagradable.
La pregunta nace desde el primer capítulo. La ira sale del saco de los recuerdos y él mata por primera vez. Sea accidental o no, el protagonista no sabe afrontar lo ocurrido y convive durante días con un cadáver en su propia casa mientras intenta deshacerse de él sin ser descubierto.
El presente se convierte en una lucha contra la evidencia. El pasado explica el camino. A través de recuerdos fragmentados, la novela reconstruye una sucesión de experiencias que permite acercarse al personaje y a la situación en la que se encuentra.
Aunque el crimen constituye el punto de partida, la pregunta va más allá de lo ocurrido. ¿Puede la acumulación de experiencias, deseos, fracasos y decisiones llevarnos a hacer algo que nunca imaginamos posible? ¿Existe un instante preciso en el que nuestra vida se rompe y la razón desaparece? ¿O el límite se cruza mucho antes de que seamos conscientes de ello?
La novela recorre la infancia, las relaciones familiares, el deseo, el alcohol, la obsesión y la culpa. Todos esos elementos forman parte de una historia personal, pero ninguno basta, por sí solo, para explicar una vida.
La lectura puede llevarnos a aceptar que hay aspectos de la condición humana que nunca pueden ordenarse del todo. Podemos preguntarnos si es posible dividir el mundo entre quienes hacen el bien y quienes hacen el mal, si basta una etiqueta para comprender una vida o si necesitamos mirar más allá de ella. No siempre podemos elegir la etiqueta que los demás nos ponen, pero sí debemos afrontar las consecuencias de nuestros actos.
Quizá por eso la caída resulta una imagen tan interesante de nuestra vida. Vivir también consiste en mantener un equilibrio que no siempre somos capaces de sostener. En Formas de caer se abren las puertas más oscuras de un personaje y se muestra un deterioro que ocurre en privado, mientras las rutinas continúan y las preguntas se aplazan. ¿Llega siempre un momento en que ya no es posible fingir que nada ha sucedido?
En ocasiones, comprender lo que hemos llegado a ser llega demasiado tarde y no cambia las consecuencias. Pero quizá la literatura pueda ofrecernos un espacio para detenernos ante esa duda y pensar en ella. No para encontrar una absolución, sino para sostener la pregunta.
¿En qué momento dejamos de reconocernos? ¿Y qué hacemos cuando, al mirar nuestra propia historia, descubrimos que no podemos separar del todo a la persona que fuimos de aquella en la que somos capaces de convertirnos?
Formas de caer es la historia de un personaje que vive entre la memoria y la culpa, entre las decisiones y sus consecuencias, entre la necesidad de comprender y la imposibilidad de justificarlo todo.
Imagen portada: openai
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