- Patti Smith, Maldita y Princesa - 9 de mayo de 2026
- Defensa del Romanticismo - 2 de mayo de 2026
- Cuando Me Azota el Viento - 12 de abril de 2026
CUANDO ME AZOTA EL VIENTO
Cuando me azota el viento me siento real y concreto. No un holograma descarnado de internet. No un montón de dígitos abstractos.
El viento me revuelve el pelo de manera imprevisible, ningún algoritmo de las narices puede prever o fabricar ese alboroto. Es algo jubilosamente fuera del algoritmo.
Me iré de este planeta el día que fabriquen todos los vientos, el día que no seamos más que jodidos algoritmos abstractos. Sin carne ni sangre. Sin aliento y sin alma.
Cuando me azota el viento me siento existente y existencial Siento que existo y que estoy aquí totalmente. Que se me puede tocar y escuchar con todas mis inflexiones que no serán gran cosa pero son inclasificales.
Siento que estoy aquí en la tierra, que estoy aquí totalmente. En la tierra, en este planeta infernal pero fascinante como diría Ernesto Sábato. En la tierra y no en el cielo helado de los dígitos y las pantallas.
Y se me puede tocar y se me puede oír. Incluso se me puede oler. A veces no huelo muy bien, a veces huelo muy bien después de afeitarme. O huelo a café cuando saboreo el café.
Se me puede apreciar por los cinco sentidos y aún por algunos más. No soy solo una imagen en una pantalla. Se me puede abrazar e incluso besar. Y hasta se me puede dar un mordisco en el cuello.
Cuando me azota el viento siento sobre mí toda la existencia imprevisible. Me siento existencialista. Pero también me siento romántico, en el mejor sentido del romanticismo. Me siento como Chateaubriand en los comienzos del romanticismo, en una imagen famosa, cuando el viento le alborotaba los cabellos.
Cuando me azota el viento yo recibo al viento como un amigo. Como un amigo un poco rudo a veces, pero un amigo real. Un amigo que me hace existir y me rescatar del ninguneo y del olvido. El ciento siempre resalta mi presencia. Mi presencia apreciable con todos los sentidos.
Cuando me azota el viento me río de todos los programas y de todos los dígitos. Y de los cajeros que me ofrecen tarjetas contact les. ¿Por qué coño los cajeros ni quieren ningún contacto conmigo? Yo digo todo lo contrario, yo quiero que me contacten. Ya está bien de abstracción y de no tocar nada como en esta cursilería gigantesca del mundo actual.
Al contrario, cuando era joven en Barcelona muchas veces arrastrando la mano por los muros para sentir los muros y sentirme a mí mismo. Y para sentir mis manos.
Y a veces me acercaba mucho para sentir con toda concreción las manchas y las arrugas y los orificios. Quería sentir toda la textura y la carnalidad del muro. Y de los rostros que pasaban.
Y a veces me acercaba mucho con los ojos al muro y avanzaba para ver como un vértigo como avanzaba toda esa infinidad de manchas del muro y se desplazaban delante de mis ojos. Una vez una señora se acercó a mí creyendo que estaba loco (claro que estoy loco, pero no en el sentido usual) y me preguntó por qué hacía eso. Y le respondí: Quiero sentir el vértigo de la existencia. O creo que le dije: Quiero sentir la fugacidad de todo. Y la señora puso cara de comprensión.
De todos modos, cuando me azota el viento os podéis meter todos vuestros dígitos donde mejor os quepan. Quedaos con vuestros dígitos y dejadme a mí el sonido de la brisa entre los abedules. O el sonido de las semillas en las vainas de las acacias, como me enseñó una vez Consuelo.
Dejad que me azote el viento en mi cara tan existente y convertíos vosotros en dígitos y códigos. Y aplanaos en una pantalla diminuta que para vosotros sustituye al mundo.
El pelo se me desarregla y los poros de mi piel sienten el rozar en un instante que jamás se repetirá del mismo modo. Que ningún algoritmo de las narices podría reproducir otra vez.
Yo me quedo con el viento en la cara y con las castañas reales que huelen mucho y tienen mucho sabor. Como cuando era niño en mi pueblo de Galicia y las llevaba asadas en los bolsillos. Los “bullós”, les llamaba en gallego mi tío.
Vosotros podéis resumir el mundo y empobrecerlo y reducir a una miseria esquemática y digital. A mí dejadme el viento en la cara, y la existencia que no tiene esencia, como decían en París los filósofos existencialistas.
Y como decían los primeros románticos.
O como decía el expresionista en su cuadro extraordinario “La novia y el viento”. Se llama así pero en realidad los dos amantes son el viento el uno para otro. Y se agitan tan vivos y son un torbellino en el suelo.
Cuando me azota el viento yo me siento metido en una novela. En la novela del existir en la que mejor que ocurre es existir. Y es un gran misterio y es una ventura, por más que digan los técnicos que todo los reducen a una técnica.
Cuando me azota el viento paso de todas las pantallas y de todos los gilipollas. Uso las pantallas como un medio en algunos momentos pero no creo que ninguna pantalla pueda sustituir al modo en que me azota el viento.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
FOTO DE CONSUELO DE ARCO
Más leídos
- Alguien quiso hacer una obra maestra
- El Sorpaso de Palantir y la Ilustración Genuina
- La República y las Revueltas Campesinas de Casas Viejas
- El Viaje del Papa León Xiv A España
- “Endoculturación: definición, ejemplos y diferencias con la aculturación”
- Mejorar el Clima Anímico
- Patti Smith, Maldita y Princesa
- Mientras los Amos Sueñan
- Robert Hooke
- Ética aplicada
