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CALOR
¡Ah, el verano en Villa Sofocante! Te cuento lo que pasó el jueves pasado, día en que el termómetro juró que éramos horno auto limpiante y el sol parecía tener algo personal contra nosotros:
El Gran Sofocón de Villa Sofocante
Las 10 de la mañana y ya se podía freír un huevo en el bordillo de la acera. Bueno, lo intentó Doña Remedios, la de la tienda de ultramarinos, “¡para ahorrar gas!”. El huevo se convirtió en una especie de pegajoso charco amarillo que atrajo a Pepito, el perro del barrio, quien, tras lamerlo, quedó con el hocico pegado al suelo durante 20 minutos. Operación rescate con agua tibia (lo único que salía del grifo) y galletas.
Yo, con mi ingenio veraniego, decidí que la solución era el helado. Compré uno gigante, de esos con tres bolas y nata montada hasta las nubes. Salí de la heladería, di tres pasos bajo el sol inclemente y… ¡PUM! No fue un derrumbe, fue mi helado. La nata se desvaneció como un sueño, el chocolate se volvió río y la bola de fresa rodó calle abajo como una pelota de golf derretida. Un pájaro que pasaba (valiente, porque hasta los pájaros iban a pie) se lanzó en picado… y quedó atrapado en el pegajoso charco de fresa. ¡Pobre! Parecía una figurita de mazapán mal hecha. Lo liberamos con una paleta de abanico rota.
En la plaza, el viejo Manolo intentaba leer el periódico bajo la sombra de un ficus. El problema es que el aire era tan espeso como una sopa de garbanzos. Cada vez que pasaba una moto (cosa rara, porque hasta las motos parecían perezosas), una oleada de calor húmedo le pegaba el periódico directamente a la cara. “¡Libertad de prensa, coño, libertad de prensa!”, gritaba Manolo, despegándose la sección de deportes de la frente, donde había quedado impreso el resultado del Betis-Sevilla en sudor y tinta.
La hora cumbre fue el mediodía. El asfalto de la calle Mayor empezó a bailar. Literalmente. Ondulaba como si fuera gelatina negra. Don Anselmo, el panadero, salió a poner el cartel de “Cerrado por fusión” (porque el horno de la panadería y el horno de la calle se habían fundido en uno solo). Al pisar la calle, sus chanclas dejaron una huella tan profunda que necesitó la ayuda de dos vecinos para desenchanclarse. Las chanclas quedaron allí, medio enterradas, como fósiles modernos del Antropoceno Caluroso. Ahora son un monumento. Le ponemos flores (marchitas, eso sí).
Y el colmo fue cuando encendí el ventilador en casa. Lo puse a máxima potencia, esperando una brisa ártica. Lo que llegó fue… un soplido tibio y desganado, como el suspiro de un dragón con indigestión. Se me ocurrió mirarlo de cerca, con esperanza… y vi horrorizado cómo una gota de plástico derretido caía lentamente desde la carcasa sobre mi pie descalzo. ¡El ventilador se estaba fundiendo! Emitía un leve “glu glu” de plástico agonizante. Lo apagué. Ahora es un moderno pisapapeles abstracto que llamo “La Agonía del Alivio”.
Al anochecer, cuando el calor bajó de “mortal” a “solo infernal”, los vecinos salimos a la calle, no a charlar, sino a despegar las camisetas de la piel y a comprobar que aún éramos capaces de emitir sonidos que no fueran quejidos. Pepito, el perro, dormía abrazado a un bloque de hielo que Doña Remedios sacó “por compasión”. Y yo, con mi pie marcado por la gota de ventilador, juré que el próximo verano… me mudaría al congelador.
Xavier Pardell Peña
CALOR

muy bueno