El Derecho a dejar de ser quienes fuimos
Hay sobremesas en las que basta anunciar una decisión para que alguien nos devuelva a la infancia. Uno dice que va a cambiar de trabajo, que ha aprendido a estar solo o que ya no piensa como entonces, y al otro lado de la mesa aparece la sonrisa indulgente de quien cree conocernos demasiado: «Tú siempre has sido así». Después llega la anécdota, convenientemente rescatada de algún verano remoto, y las risas conceden al recuerdo categoría de prueba. Quien intentaba contar algo de su vida acaba defendiendo al muchacho que fue. La conversación continúa entre platos y pequeños asuntos domésticos, sin que nadie repare en esa forma apacible de desautorizar a una persona: escuchar lo que está diciendo y responderle con lo que hizo hace veinte años.
De nosotros quedan versiones repartidas por la memoria ajena. En una casa seguimos siendo el hijo atolondrado; en otra, la amiga que todo lo soporta; en algún despacho, aquel empleado que apenas se atrevía a levantar la voz. Hubo quizá verdad en esos retratos. Sería pueril negarla por el mero hecho de que hoy nos incomode. Pero también las verdades envejecen cuando se refieren a alguien que sigue viviendo. El tímido ha tenido que aprender a hablar, el insensato conoce ya el precio de sus ligerezas y quien parecía fuerte lleva meses buscando cómo pedir ayuda. Entretanto, sus allegados continúan tratándolos con arreglo a una descripción que nadie ha vuelto a comprobar. Hay un conocimiento de los demás que, de tan seguro, termina por prescindir de ellos.
Comprensible es que necesitemos reconocer a quienes queremos. La familiaridad nos permite descansar de las cautelas que exige el mundo; agradecemos saber a quién llamar, con quién bromear, dónde encontrar consuelo. Sería fatigoso regresar cada mañana a una casa de desconocidos. Sin embargo, esa confianza puede adormecer la atención. Dejamos de preguntar porque suponemos las respuestas, interpretamos un silencio antes de escucharlo y atribuimos cualquier novedad a un capricho pasajero. Nos sabemos de memoria a alguien y, con esa suficiencia, dejamos de leerlo. Después nos sorprende que un día se marche, que nos anuncie una pena antigua o que confiese una ilusión de la que nada sabíamos. Tan cerca lo teníamos que habíamos dejado de mirarlo.
Tampoco conviene reservarnos el papel del incomprendido. Con admirable destreza reclamamos para nosotros los matices que negamos a los demás. Nuestros errores tuvieron circunstancias; los suyos revelaron su carácter. Nosotros atravesábamos una mala época; ellos eran así. Y cuando nos corresponde revisar una conducta propia, ese mismo «yo soy como soy» que tanto nos ofende en boca ajena puede servirnos de cómodo salvoconducto. Lo pronunciamos después de una brusquedad, de otra promesa incumplida, de una conversación que hemos vuelto a eludir. A fuerza de repetirlo, la costumbre adquiere dignidad de naturaleza y hasta parece descortés pedirnos que la examinemos. Cuántas asperezas habremos conservado por no concedernos la posibilidad de aprender otra manera de estar con los otros.
La psicología ha encontrado una contradicción que merece detenernos. En un estudio publicado en Science, Jordi Quoidbach, Daniel Gilbert y Timothy Wilson observaron que personas de distintas edades reconocían cambios importantes en su pasado, pero preveían transformaciones menores en su futuro. Recordaban cuánto habían variado sus preferencias, sus valores o su personalidad, y aun así imaginaban una relativa permanencia a partir del presente. Parece que siempre estamos llegando a nuestra versión definitiva. Le ocurre al joven que considera resuelto el mundo y al adulto que sonríe ante la ingenuidad de aquel joven, sin sospechar cuánta revisión le aguarda todavía. Tal vez nos cuesta imaginar al que seremos porque aún carecemos de las experiencias que habrán de darle forma.
Más delicado se vuelve el asunto cuando el cambio de alguien modifica nuestra relación con él. Pensemos en quien durante años acudió a nosotros para decidir cualquier cosa. Nos confiaba sus dudas, seguía nuestros consejos, agradecía nuestra presencia. Un día empieza a elegir por su cuenta y sentimos una extraña desazón, incluso cuando le va bien. Nos alegra su autonomía, desde luego, pero echamos de menos aquellas llamadas. Habíamos encontrado un lugar en su incertidumbre y ahora debemos aprender a acompañarlo de otra forma. Podemos confundir esa pérdida con un distanciamiento suyo, reprocharle que ya no cuenta con nosotros, sin advertir lo difícil que nos resulta seguir siendo importantes cuando ha dejado de necesitarnos del mismo modo.
Algo semejante sucede entre amigos. Uno abandona una costumbre compartida, se aparta de ciertas conversaciones o descubre intereses que el grupo recibe con chanzas. «Te estás volviendo muy raro», le dicen, y él ríe para no estropear la noche. Nadie tiene por qué ser malintencionado. A veces hay miedo en esa burla, una torpeza afectuosa ante lo que amenaza con separar unas vidas hasta entonces acompasadas. Otras veces hay una exigencia menos inocente: que el otro conserve sus hábitos para que los nuestros no se sientan interpelados. Si él puede dejar aquello que todos considerábamos inevitable, alguna excusa empieza a resquebrajarse. Conviene preguntarnos qué estamos defendiendo cuando le pedimos que vuelva a ser el de antes.
También la opinión tiene sus cárceles. Basta que alguien rectifique para que se le exhiba una frase antigua como si todo pensamiento debiera comparecer eternamente ante su primera formulación. Desde luego, existen conversiones oportunistas, mudanzas de parecer al dictado del beneficio, convicciones que duran lo que tarda en cambiar el viento. Merecen ser examinadas. Pero otra cosa es exigir que una persona conserve un error después de haber comprendido sus consecuencias. ¿Qué valor damos entonces al aprendizaje? Resulta cómodo exigir coherencia sin interesarnos por las razones de una rectificación. Quien reconoce que se equivocó se expone a una vergüenza que el obstinado puede evitar durante años, amparado precisamente en su obstinación.
Hay además un duelo pequeño en aceptar el cambio de aquellos a quienes amamos. Los padres pueden añorar al niño que les confiaba el día entero; una pareja, la despreocupación de sus primeros años; dos amigos, la facilidad con que antes coincidían. Esa añoranza merece ternura. Hemos compartido algo que fue hermoso y tememos que su transformación nos deje sin lugar. Pero el afecto necesita encontrar cómo vivir en el presente. Se puede echar de menos una época sin reclamársela a quien ya ha salido de ella. Difícil tarea: querer a una persona mientras renunciamos, poco a poco, a algunas de las formas en que aprendimos a quererla.
Llegados aquí, sería tentador conceder a todo cambio una nobleza que no tiene. También empeoramos. Podemos volvernos más mezquinos, más indiferentes, más hábiles para justificar el daño. Y podemos llamar crecimiento a una huida, sinceridad a la crueldad o libertad al incumplimiento de cuanto prometimos. El relato que hacemos de nuestra evolución merece tanta vigilancia como las etiquetas ajenas. Con excesiva facilidad nos otorgamos una madurez que nuestros actos todavía no sostienen. Haber aprendido palabras nuevas para explicar una conducta no significa haberla modificado. A veces seguimos haciendo lo mismo, provistos ahora de una argumentación más elegante.
Por eso, el derecho a dejar de ser quien fuimos exige responsabilidad por quien fuimos. Quien ha herido puede cambiar, pero no dispone del calendario de quien sufrió la herida. Tendrá que aceptar que su arrepentimiento encuentre recelo, que la reparación sea insuficiente o que la otra persona prefiera mantenerse lejos. Hay una impaciencia sospechosa en ciertas peticiones de confianza: «¿Hasta cuándo vas a seguir recordándomelo?». Quizá hasta que los hechos permitan descansar del recuerdo; quizá esa relación no pueda recuperarse. El cambio habrá de sostenerse también entonces, cuando no obtenga como recompensa el regreso de nadie. De otro modo, cabría preguntarse cuánto había de transformación y cuánto de trato propuesto.
Con todo, existe una distancia moral entre protegerse de alguien y negarle para siempre la posibilidad de ser distinto. Podemos mantener un límite sin convertir una conducta en la totalidad de una vida. Podemos recordar lo ocurrido y admitir que desconocemos lo que esa persona llegará a hacer con su responsabilidad. Se requiere humildad para aceptar ese desconocimiento. Emitir una sentencia definitiva proporciona más sosiego: ordena el mundo, distribuye papeles, nos ahorra futuras dudas. Sin embargo, la certeza con que describimos a otro suele exceder lo que verdaderamente sabemos de él.
En las relaciones que deseamos conservar, volver a preguntar puede ser un comienzo. Qué le preocupa ahora, qué ha dejado de gustarle, por qué ya no se ríe con aquella broma. Escuchar la respuesta aunque altere una costumbre nuestra. A veces bastará con no acudir al pasado para invalidar lo que tenemos delante. Otras habrá que reconocer, con cierto rubor, que llevábamos tiempo hablando con una versión ausente. No siempre sabremos acompañar el cambio, y también nosotros necesitaremos explicaciones y tiempo. Pero hay una diferencia decisiva entre expresar ese desconcierto y exigir que el otro retroceda para evitárnoslo.
Quizá, en aquella sobremesa, la persona que anunció su decisión consiga terminar de contarla. Habrá dudas, preguntas, incluso desacuerdo; la vieja anécdota seguirá perteneciendo a la familia y podrá recordarse sin convertirse en sentencia. Alguien descubrirá que no sabía tanto como creía de quien tiene enfrente. Será una incomodidad leve, apenas una pausa antes del café, pero en ella cabrá una atención que hacía años no se prestaban. Porque también en eso se reconoce el cariño: en el interés por averiguar quién ha llegado hoy a nuestra mesa, después de tantos años creyendo que ya lo sabíamos.
Por Fernando José González Rodríguez
Imagen portada: openai
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