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Primera cita entre el Dejau y Josune
A la asociación los Celedones de oro con todo mi afecto.
¡Si tú no me miraras, yo no sabría cómo fui!
Ernestina de Champourcin.
Salvatierra, Agurain en euskera, es una villa del norte de Álava, en plena Llanada Alavesa, donde los campos de cereal se extienden hasta las faldas de las montañas y el viento parece conocer el nombre de cada vecino. Desde la carretera, el pueblo conserva una silueta reconocible, con sus torres, sus tejados y las huellas de una historia que todavía respira entre las piedras. En el casco antiguo, las calles estrechas, las casas señoriales, los escudos de las fachadas y los soportales recuerdan que esta villa medieval fue mucho más que un lugar de paso. Aquí la gente se conoce, se saluda y, si hace falta, se pregunta por la familia antes de entrar en materia. También se habla de los demás. Hay cotilleos que nadie reconoce haber contado, secretos que parecen pertenecer a todo el pueblo y noticias que llegan a la otra punta de la Llanada antes de que sus protagonistas sepan que son noticia.
Uno de aquellos pequeños misterios nació durante las fiestas de la Virgen del Rosario, en octubre, cuando Salvatierra cambia el ritmo de sus días y las calles se llenan de música, cuadrillas y ganas de pasarlo bien. Son jornadas en las que las generaciones se mezclan sin pedir permiso. Los mayores recuerdan otras fiestas, los padres vigilan a los niños sin renunciar al baile y los jóvenes ocupan las plazas hasta que la noche pierde la cuenta de las horas. Las txarangas recorren las calles, los gigantes y los cabezudos despiertan la curiosidad de los más pequeños y las cuadrillas de blusas y neskas ponen su sello particular a la celebración. Entre los saludos en euskera, las risas, el bullicio de las terrazas y el aroma de la comida popular, la villa recupera algo de su esencia más antigua: la de un pueblo que celebra unido, aunque después cada cual tenga su propia versión de lo sucedido.
Aquella noche de sábado, la plaza de Santa María se convirtió en el centro de todas las miradas. Frente a la iglesia, cuyas piedras habían contemplado muchas generaciones de vecinos, el escenario esperaba la actuación de Enzisk2 Taldea, un grupo que versionaba canciones en euskera con el empuje del punk rock. A medianoche, los primeros acordes sacudieron la plaza.
Josune, una neska morena de ojos oscuros y carácter reservado, había llegado con su cuadrilla. La palabra neska significa chica en euskera, pero en el ambiente festivo de Álava adquiere un sentido más cercano: identifica también a una joven que forma parte de una cuadrilla y participa en la vida de las fiestas, con sus amistades, sus bromas, sus recorridos por las calles y sus tradiciones. Josune conocía bien aquel mundo. Había crecido entre aquellas celebraciones, había bailado muchas veces en la plaza y guardaba recuerdos de su infancia que regresaban cada octubre, al escuchar la música o reconocer una figura entre la multitud.
Sin embargo, aquella noche no buscaba el amor. Estaba cansada de los hombres que prometían demasiado y escuchaban demasiado poco. Había aprendido a desconfiar de las palabras bonitas y de las historias que empezaban con grandes declaraciones y terminaban con excusas.
Cerca de ella, aunque todavía fuera de su campo de atención, un cabezudo avanzaba al ritmo de la música. Era el Dejau, una de esas figuras festivas que forman parte de la memoria colectiva de Salvatierra. Su enorme cabeza, sus facciones exageradas y su presencia un tanto burlona despertaban entre los niños una mezcla de miedo y fascinación.
El calor se había acumulado dentro de la cabeza del cabezudo, el aire le llegaba con dificultad y las piernas le pedían descanso. Quería quitarse el disfraz, beber agua y regresar a casa, pero la plaza estaba abarrotada y no encontraba un rincón tranquilo. Además, había una razón que pesaba más que el cansancio. Entre la gente se encontraba Josune.
La conocía de vista desde el colegio. Habían coincidido en calles, fiestas y reuniones de amigos, aunque nunca habían mantenido una conversación que durase más de unos segundos. Él sabía quién era ella. Le gustaba desde hacía años, pero jamás había encontrado el valor necesario para acercarse.
Aquella noche, sin embargo, el Dejau le ofrecía algo que nunca había tenido: una identidad a salvo de las miradas. Bajo aquella cabeza de rasgos desproporcionados podía esconder el rubor, disimular los nervios y hablar sin que Josune supiera quién era.
Esperó a que la cuadrilla de Josune se alejara unos metros. La muchacha se había apartado para descansar junto a uno de los extremos de la plaza. Desde allí observaba a la gente, con el vaso en la mano y una sonrisa distraída.
El Dejau se acercó despacio. No quiso asustarla ni aparecer de golpe ante ella. Se detuvo a una distancia prudente y ladeó la enorme cabeza, como si necesitara reunir valor para formular una pregunta muy seria.
—Hola. ¿Te gusta bailar?
—¿Y a quién no le gusta bailar?
—¡A mí!
Ambos rieron sin necesidad de explicarse nada. A su alrededor, la plaza seguía entregada al concierto. Un grupo de jóvenes coreaba la letra de una canción; una pareja se abrazaba en mitad del baile y, junto a una de las barras, alguien discutía con sus amigos sobre cuál había sido la mejor actuación de aquellas fiestas.
Pero entre Josune y el Dejau acababa de abrirse un pequeño espacio de intimidad. No era más que una conversación entre dos desconocidos, aunque ella empezaba a sospechar que detrás de aquella cabeza había algo más que un hombre agotado.
—¿Y qué haces aquí si no te gusta bailar?
—A veces uno viene a las fiestas por razones que no tienen nada que ver con la música.
Josune alzó las cejas.
—Eso suena bastante misterioso.
—Es que todavía no me conoces.
—Conozco al Dejau desde que era pequeña.
—Pero no sabes quién soy.
—¿Y debería conocerte? —preguntó ella.
—Eso tendrás que decidirlo tú.
Josune miró a su alrededor. Su cuadrilla seguía cerca, aunque nadie parecía pendiente de ellos. Podía marcharse cuando quisiera, regresar con sus amigas y olvidarse de aquella conversación. No tenía ninguna obligación de seguir el juego. Sin embargo, la curiosidad pudo más que la prudencia. Había algo extraño en la forma en que el cabezudo escogía las palabras, como si cada frase escondiera otra que todavía no se atrevía a pronunciar.
—¿Qué me propones?
El Dejau se inclinó un poco hacia ella. Durante un instante, Josune creyó que iba a revelarle su identidad.
—Te propongo una cosa. Habla conmigo esta noche. Sin preguntarme quién soy y sin intentar adivinarlo. Si nos caemos bien, me quitaré la cabeza y te diré mi nombre.
—¿Y si no nos caemos bien?
—Mañana podrás decir que has tenido una conversación con el cabezudo más famoso de Salvatierra.
—¿Me estás proponiendo una cita, Dejau?
—Puede ser, neska.
—Me seduce la idea.
El muchacho sintió que el corazón le golpeaba el pecho. Si no hubiera llevado aquella cabeza enorme, probablemente habría retrocedido. Josune, por su parte, experimentó una emoción que llevaba tiempo sin sentir: la expectación ante algo cuyo final desconocía. No sabía si aquel hombre era un bromista, un romántico o un desconocido que había elegido la manera más extravagante de acercarse a ella. Tampoco sabía por qué le importaba tanto averiguarlo.
No se trataba de una cita a ciegas corriente. En una cita de ese tipo, los desconocidos suelen conocer al menos un nombre, una edad aproximada o algún detalle que les permita construir una imagen de la persona que van a encontrar. Josune no tenía nada de eso. Su acompañante podía ser un amigo de la infancia, un vecino con el que se cruzaba cada mañana o alguien a quien nunca había prestado atención.
El misterio también tenía sus riesgos. ¿Y si el muchacho se marchaba antes de descubrirse? ¿Y si todo era una apuesta entre amigos? ¿Y si, al quitarse la cabeza, aparecía alguien que Josune no quería volver a ver?
A unos metros, dos conocidos repararon en la escena.
—Mira con quién está Josune.
—¿Quién será el que va debajo del Dejau?
—A saber. ¿Pasarán la noche juntos?
—Mañana se verá.
En las cuadrillas, los rumores viajaban de boca en boca. Alguien preguntaría al día siguiente si Josune conocía al hombre del cabezudo; otra persona aseguraría que los había visto juntos durante todo el concierto; un tercero afirmaría que la muchacha llevaba semanas detrás de él. Nadie tendría pruebas, pero tampoco serían necesarias.
Sin embargo, Josune y el Dejau apenas prestaban atención a las miradas. La muchacha conocía demasiado bien aquella costumbre para concederle importancia. Había aprendido que las personas más pendientes de la vida ajena no siempre eran las más felices con la propia. Algunas necesitaban saberlo todo, otras preferían imaginarlo y unas cuantas disfrutaban con la posibilidad de alterar una historia antes incluso de que comenzara.
La plaza seguía llena. El viento de octubre se colaba entre las calles medievales y levantaba el borde de algún pañuelo festivo. Desde una esquina llegaba el eco de otra canción en euskera, mientras los últimos niños que aún permanecían despiertos reclamaban la atención de sus padres.
Josune miró de nuevo al cabezudo. Por un instante, creyó reconocer algo en su manera de inclinar la cabeza, un gesto que le resultaba familiar y que no supo situar. Quizá había visto aquella forma de moverse en el colegio, en alguna fiesta de años anteriores o en una conversación que nunca llegó a recordar.
—No quiero que me cuentes tu vida entera. Ni siquiera necesito saber tu nombre todavía. Pero, si vamos a conocernos, quiero que lo que me digas sea verdad.
—Te lo prometo.
Josune asintió. Después miró hacia la iglesia, hacia las ventanas iluminadas y las piedras que tantas veces había contemplado durante las fiestas. Le pareció que aquella noche tenía algo distinto, como si la plaza hubiera preparado para ella una pequeña sorpresa. No sabía qué encontraría al final de la cita, pero ya no sentía la necesidad de escapar.
La multitud volvió a abrirse a su paso. Unos niños reconocieron al Dejau y corrieron hacia él, pero el muchacho levantó una mano para indicarles que aquella noche ya había terminado su jornada. Los pequeños se marcharon entre risas, convencidos de que el cabezudo preparaba alguna travesura para el día siguiente.
Josune volvió la cabeza hacia él.
—Parece que tienes mucho trabajo.
—Solo durante las fiestas.
—¿Y el resto del año?
—El resto del año soy alguien a quien casi nadie mira.
Había aceptado una cita sin nombres y estaba dispuesta a respetar sus reglas. En algún momento de la noche, el Dejau tendría que quitarse la cabeza. Entonces, la figura festiva desaparecería y quedaría un hombre frente a una mujer que ya habría escuchado sus primeras palabras, sus dudas y una parte de sus temores.
Por ahora, la noche les pertenecía.
La respuesta tendría que esperar. A veces, el amor no comienza con un beso ni con una declaración, sino con una voz que se atreve a hablar desde el anonimato y una mujer que, por una vez, decide escuchar antes de juzgar. Aquella noche, entre la música en euskera, las piedras centenarias y los rumores que ya recorrían las cuadrillas, dos personas habían encontrado una manera insólita de acercarse.
El Dejau aún no había revelado su nombre. Josune tampoco le había contado por qué estaba tan cansada de los hombres. Pero ambos intuían que, bajo aquella cabeza grotesca y detrás de aquella sonrisa morena, podía esconderse algo que merecía la pena descubrir.
PADRES
¡Y tanto, y tanto te amo que mis palabras mueren en un rumor de besos sin descanso!
Gabriel Celaya.
Ahí continuaban, con la mirada puesta en el cielo. La luna menguante asomaba entre algunas nubes que parecían limpiar las frases antes de que llegaran a pronunciarse. La noche tenía ese aire fresco de los primeros días de otoño, cuando el verano ya pertenece al recuerdo y el invierno todavía no se atreve a llamar a la puerta. En Salvatierra, el tiempo había cambiado con rapidez. Durante el día, el sol aún conservaba cierta tibieza, pero al caer la tarde el aire se volvía frío y obligaba a buscar refugio bajo una chaqueta.
—Igual nuestros padres son amigos —dijo Josune.
—Josune, soy el Dejau.
Ella sonrió. La respuesta no aclaraba nada, pero tampoco hacía falta. El personaje del cabezudo ya no tenía padres; los dos lo sabían. Sin embargo, les gustaba conservar aquel pequeño misterio, como si la incertidumbre formara parte de una ceremonia privada. El Dejau no era solo el hombre que se ocultaba bajo una cabeza de cartón piedra. Era también la posibilidad de ser alguien distinto durante unas horas, de dejar fuera de la plaza las preocupaciones, los nombres y las obligaciones que cada cual arrastraba a diario.
El juego de la seducción apareció sin pedir permiso. Josune se acercó un poco más a él. El Dejau aceptó aquella proximidad, aunque no abandonó el disfraz ni la actitud de su personaje. Quizá le resultaba más sencillo hablar desde el anonimato. Bajo aquella cabeza podía responder con una sinceridad que el rostro descubierto le habría impedido. O tal vez solo necesitaba ganar tiempo antes de que ella le preguntara algo que no supiera contestar.
Josune lo observó. Le gustaba aquella mezcla de cercanía y distancia, la sensación de que el hombre que tenía delante guardaba una parte de sí mismo a buen recaudo. No sabía si detrás de aquella reserva había timidez, miedo o una costumbre antigua. En cualquier caso, quería averiguarlo.
—¿Alguna vez te has imaginado como padre?
—Sí, claro. Alguna vez. Aunque debe de ser difícil educar a un hijo. Tú puedes enseñarle muchas cosas, pero luego tiene sus propias ideas, sus decisiones y su carácter. Y resulta que es sangre de tu sangre, pero no tiene por qué pensar como tú. A veces hará justo lo contrario de lo que le digas.
—¿Y eso te parece malo?
—No he dicho eso. Solo digo que debe de ser complicado.
La conversación había tocado una parte de ella que no solía mostrar a cualquiera. Hasta aquel momento, la maternidad había sido una idea que aparecía de vez en cuando, entre conversaciones con amigas, comentarios familiares y alguna escena cotidiana que le despertaba una ternura difícil de explicar.
—Yo quiero ser madre —dijo.
El Dejau pensó que Josune sería una buena madre. Era cariñosa, empática y tenía una paciencia especial con los niños del pueblo. Le gustaba jugar con ellos, escuchar sus ocurrencias y tomarse en serio sus pequeños problemas, sin necesidad de convertirse en una niña más. Sabía poner límites y explicar las cosas sin humillar a nadie. Tenía ese talento poco frecuente para hacer que los demás se sintieran importantes. No necesitaba levantar la voz para hacerse respetar, y quizá por eso los niños confiaban en ella.
—¿Y por qué quieres ser madre? —preguntó al fin.
—Porque me gustaría tener una familia. No sé explicarlo mejor. A veces veo a una madre con su hijo y me imagino cómo será sentir algo así. No hablo solo de tener un bebé, comprarle ropa o llevarlo al colegio. Me refiero a que alguien dependa de ti, a que puedas ayudarlo a crecer y a que un día te mire y sepa que puede confiar en ti.
Hizo una pausa. No quería que él confundiera su deseo con una fantasía infantil.
—También me da miedo, claro. No sé si sería capaz de hacerlo bien. Una cosa es jugar con los niños de los demás y otra levantarte a las tres de la mañana porque tu hijo tiene fiebre. O verlo llorar y no saber qué le pasa. Debe de haber momentos en los que una se sienta completamente perdida.
—Eso seguro —respondió el Dejau—. Los niños no vienen con instrucciones.
—Ya lo sé. Pero tampoco nosotros venimos con instrucciones para la vida, y aquí estamos.
La conversación había adquirido un tono que no esperaba. Él había imaginado la paternidad como una responsabilidad enorme, una sucesión de decisiones difíciles y renuncias que nadie podía calcular por adelantado. Josune, en cambio, hablaba de los hijos como una oportunidad para construir algo distinto, para ofrecerles aquello que quizá les había faltado a otras generaciones.
El Dejau no respondió. Josune había dado con una de sus debilidades: la costumbre de anticipar los problemas antes de que aparecieran. Quizá por eso prefería las respuestas prudentes, las medias palabras y las bromas que permitían cambiar de asunto sin dejar demasiadas huellas.
—¿Qué te gustaría tener, un niño o una niña?
—Por pedir, un niño y una niña —contestó el Dejau.
La imagen le produjo una ternura inesperada. Sin embargo, enseguida volvió a la realidad. Se veía joven, quizá demasiado inexperta para asumir una responsabilidad semejante. Apenas sabía nada de bebés. No conocía las dudas de una madre primeriza ni el cansancio que podía acompañar a los primeros meses. Su deseo existía, pero todavía no tenía una fecha ni un lugar. Era una posibilidad abierta, una puerta que algún día quizá se atrevería a cruzar.
—¿Tú sabes criar? —preguntó Josune.
—¡Creo que sí!
—¿Crees?
—Bueno, tampoco me he presentado a ningún examen.
—Pues deberías estudiar un poco antes de tener dos hijos.
—Primero habrá que tenerlos.
La respuesta salió demasiado deprisa. El Dejau se dio cuenta de que había rozado un terreno delicado y trató de recuperar la distancia.
—Además, todavía no sabemos si sabríamos ponernos de acuerdo. Tú querrías una cosa y yo otra. Los niños tendrían que ir al colegio, comer, dormir y hacer los deberes. Luego llegarían las preguntas difíciles y no siempre tendríamos la respuesta correcta.
Ambos se imaginaron, por un instante, una vida en común. Los hijos, la guardería, el colegio, la universidad, las parejas que llegarían con los años, las nueras, los yernos y quizá los nietos. Una existencia entera, con sus celebraciones y sus discusiones, sus pérdidas y sus pequeñas victorias.
La estabilidad que dibujaban todavía les quedaba lejos. Antes necesitaban una casa, un trabajo y unos ingresos suficientes para afrontar las facturas de cada mes. En un mundo capitalista, donde casi todo parecía medirse por el dinero, las personas contaban poco, muy poco, cuando no podían demostrar su utilidad. Ganarse la vida se había convertido en una obligación que a menudo dejaba escaso tiempo para vivirla.
—¿Cómo quieres que se llamen tus hijos? —preguntó el Dejau.
Josune volvió la cabeza hacia él. La pregunta le pareció una invitación, pero también una pequeña trampa.
—¿Mis hijos?
—Sí. Los tuyos.
—¿Y si son nuestros hijos?
A él le dieron ganas de abrazarla. Quería notar el ritmo de su corazón, comprobar si aquella cercanía también la inquietaba y, quizá, encontrar en su abrazo una respuesta que no se atrevía a pedir con palabras. Pero no se movió. La cabeza del cabezudo lo protegía y, al mismo tiempo, lo separaba de ella. Josune estaba allí, a pocos centímetros, con una emoción que no sabía disimular; él, en cambio, seguía refugiado en el personaje.
—No sé si estoy preparado para esas conversaciones —admitió.
—¿Para hablar de niños?
—Para hablar de todo lo que viene después.
Josune comprendió que el Dejau no rechazaba necesariamente la idea de ser padre. Lo que evitaba era la obligación de imaginarse dentro de una vida que exigía compromisos. Tal vez le asustaba la responsabilidad, quizá temía perder su libertad o simplemente no sabía qué quería. Ella no podía conocer la respuesta, y tampoco debía inventarla por él.
El Dejau miró hacia otro lado. Josune había acertado de nuevo. Le molestaba que lo conociera tan bien sin conocerlo apenas. Era una paradoja que le resultaba incómoda: ella podía leer algunos de sus gestos, pero ignoraba su nombre, su historia y las razones que lo habían llevado hasta allí. El disfraz le concedía una libertad que no estaba dispuesto a perder, aunque empezaba a sospechar que aquella libertad también tenía un precio.
—Soy difícil para vivir —dijo él, con una seriedad que sorprendió a Josune.
Ella lo observó sin apartarse.
—¿Eso es una advertencia?
—Puede ser.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Salir corriendo?
—No sería mala idea.
—Pues no pienso hacerlo. No te conozco lo suficiente para saber cómo eres de verdad —continuó ella—. Y tú tampoco me conoces a mí. Pero si alguna vez compartiera mi vida con alguien, me gustaría que pudiéramos hablar de las cosas que nos dan miedo. No quiero una persona perfecta. Quiero a alguien que no desaparezca cada vez que la vida se complica.
El Dejau bajó la cabeza. La conversación le pareció demasiado real para continuarla bajo el amparo de su personaje. Josune se acercó un poco más. Ya no pensaba en los nombres de los niños ni en la habitación que algún día podrían ocupar. Pensaba en aquel hombre que se protegía con palabras esquivas y que, pese a todo, permanecía a su lado. No sabía qué les depararía el futuro. Ni siquiera sabía si al día siguiente seguirían hablando con la misma confianza. Pero había descubierto que el deseo de formar una familia no consistía solo en imaginar hijos, sino en encontrar a alguien con quien compartir los temores que acompañaban a esa decisión.
—Yo te sostendré siempre —dijo Josune.
No hubo solemnidad en su voz, ni una promesa de esas que exigen una música de fondo para parecer verdaderas. Lo dijo con la sencillez de quien ofrece la mano sin saber si el otro la aceptará. El Dejau sintió el impulso de corresponderle, aunque una parte de él todavía buscaba una salida. No estaba acostumbrado a que alguien le ofreciera tanto sin pedirle nada a cambio. Tampoco sabía si merecía aquella confianza.
Viajar
El amor no es solo un sentimiento hacia otra persona; amar es defender la palabra, la justicia y la propia tierra.
Gabriel Aresti.
—Yo voy todos los años a la bajada de Celedón —dijo el Dejau.
—Y yo. Me gusta meterme en la plaza de la Virgen Blanca con toda la gente. Me río mucho, aunque Vitoria es otro mundo.
—Sí que lo es.
La bajada de Celedón era uno de esos momentos que convertían Vitoria-Gasteiz en algo distinto. El cuatro de agosto, la plaza de la Virgen Blanca se llenaba hasta donde alcanzaba la vista. Las cuadrillas ocupaban cada rincón, los pañuelos festivos teñían la multitud y las voces se mezclaban con la música, los gritos y las ganas de celebrar. El ambiente crecía a medida que se acercaba la hora. Miles de personas levantaban la mirada hacia la torre de San Miguel, pendientes de aquel muñeco que descendía por el cable con su paraguas y su característico aspecto de aldeano. Cuando Celedón comenzaba a bajar, la plaza estallaba. Los brazos se alzaban, las botellas chocaban, los abrazos se multiplicaban y la ciudad parecía respirar al mismo ritmo.
Al llegar a su destino, Celedón daba paso a la fiesta. Ya no importaba quién acababa de llegar, quién conocía a todo el mundo o quién había venido desde lejos.
Josune recordaba el nerviosismo de las horas anteriores a la bajada. Las cuadrillas se citaban, los amigos buscaban un lugar desde el que ver a Celedón y los más previsores intentaban llegar pronto a la plaza. Otros se conformaban con encontrar un hueco entre la gente, aunque eso supusiera caminar de lado, pedir permiso a desconocidos o perder de vista a los compañeros durante unos minutos. Siempre había alguien que aparecía con una botella, otro que gritaba una canción y alguno que se quejaba del calor. La espera formaba parte de la fiesta. Nadie quería perderse aquel instante en el que la ciudad parecía olvidar sus preocupaciones.
—Lo que más me gusta es ver a la gente —confesó Josune—. A veces no conoces a nadie, pero parece que todos somos amigos. Te ríes con uno, alguien te ayuda si te pierdes y acabas hablando con personas a las que probablemente no volverás a ver.
—Eso también sucede cuando viajas —respondió el Dejau—. Aunque hay una diferencia. En fiestas todos compartimos algo que conocemos. Sabemos qué va a pasar, reconocemos la música y entendemos los gestos de la gente. En otro país no tienes esas referencias. A veces ni siquiera sabes qué esperan de ti.
—¿Y eso no te incomoda?
—Al principio, sí. Después aprendes que no pasa nada por no saber. Lo malo es fingir que lo sabes todo.
—¿Y cómo es salir al extranjero? —preguntó.
—¿Nunca has estado en otro país?
—No. Nunca he salido de la península.
El Dejau sintió un cariño especial por ella. Se identificó con aquella mezcla de curiosidad y temor, con las ganas de descubrir algo nuevo y la dificultad de dar el primer paso. No se burló de su desconocimiento ni trató de convencerla de que viajar era una obligación. Sabía que cada persona tenía sus propios tiempos y que, a veces, el miedo no estaba en el destino, sino en todo lo que uno debía dejar atrás para alcanzarlo.
Le contó que solía dedicar parte de sus veranos a viajar, sobre todo por Europa. No siempre preparaba grandes itinerarios ni necesitaba una lista de lugares que visitar. Le bastaba con elegir una dirección, comprar un billete y dejar que el camino le sorprendiera.
—Francia no está tan lejos —dijo Josune—. La tenemos ahí, al otro lado de los Pirineos. Sin embargo, parece que para algunos ir a Francia es más complicado que viajar a cualquier otro sitio.
—La distancia no siempre se mide en kilómetros —contestó el Dejau—. A veces un lugar está cerca en el mapa, pero muy lejos en nuestra cabeza.
Le habló de los pueblos franceses próximos a la frontera, de las carreteras que atravesaban montañas y de las diferencias que aparecían apenas cruzabas al otro lado. El paisaje podía parecer familiar, pero cambiaban los nombres de las calles, los horarios, los escaparates y la lengua de las conversaciones. En algunos lugares, las casas conservaban una arquitectura parecida a la de los pueblos vascos; en otros, los edificios y las plazas revelaban una historia distinta. Bastaba con sentarse en una Brasery para comprobar que las costumbres no eran idénticas, aunque las personas compartieran preocupaciones muy parecidas.
—Lo curioso es que, cuando estás allí, descubres que la gente no se pasa el día pensando en la frontera —añadió—. Tiene que trabajar, hacer la compra, llevar a los niños al colegio y resolver sus problemas. Nosotros imaginamos una separación enorme, pero al otro lado también hay personas que se levantan por la mañana sin saber cómo terminará el día.
—¿No sientes miedo? —preguntó.
—Claro que sí, a veces. Viajar no consiste en dejar de tener miedo, sino en aprender a caminar con él.
—¿Y si te quedas solo?
—Puede pasar. Recuerdo una ocasión en la que llegué a una ciudad al anochecer. No conocía a nadie y apenas sabía orientarme. Había reservado un alojamiento, pero me equivoqué de dirección. El teléfono estaba casi sin batería y yo no hablaba el idioma tan bien como creía. Durante un rato pensé que había cometido una estupidez. Podía haberme quedado en casa, tranquilo, con mis cosas y sin necesidad de resolver ningún problema. Pero estaba allí y tenía que encontrar una solución.
—¿Qué hiciste?
—Entré en un establecimiento y traté de explicar lo que me ocurría. Al principio no me entendieron. Lo intenté otra vez, hice un dibujo en un papel y acabamos riéndonos de la situación. Una persona me indicó el camino y otra me ayudó a encontrar la parada correcta.
—Yo creo que me daría vergüenza.
—Al principio te preocupará. Después descubrirás que equivocarse es una parte más del viaje. No tienes que hablar perfectamente para hacerte entender. Puedes aprender unas palabras, señalar un mapa, escribir una dirección o sonreír.
—A veces me creo mis propias fronteras —dijo Josune—. Conozco toda mi tierra, el País Vasco, pero siempre pienso que me falta algo más.
El Dejau la miró. Aquella confesión decía mucho más de lo que parecía. Josune no estaba hablando únicamente de países, sino de una vida que empezaba a quedársele pequeña. Conocía los montes, los pueblos, las carreteras y las costumbres de su entorno, pero una parte de ella quería descubrir qué había al otro lado. Tal vez no necesitaba huir de nada; quizá solo necesitaba comprobar que podía elegir.
—No creo que el problema sea ser vasco —dijo el Dejau—. Al contrario. Puedes sentirte orgulloso de tu tierra, hablar euskera, participar en las fiestas y conocer las historias de tu familia. Todo eso forma parte de ti. El problema empieza cuando crees que solo puedes vivir bien aquí, que fuera todo es peor o que, si te marchas, estás traicionando algo.
—Nunca lo había pensado así.
El Dejau recordó algunas de las personas que había conocido en sus viajes. Una mujer francesa que regresaba a su pueblo después de cuidar a su madre; un estudiante alemán que recorría Europa con una mochila vieja; un italiano que había dejado su ciudad para buscar trabajo en otro país. Ninguno tenía una vida perfecta. Todos arrastraban preocupaciones, dudas y asuntos pendientes.
—¿Cómo que depende?
Notaron la primera gran diferencia entre ellos. Habían nacido en el mismo lugar, pero sus vidas habían tomado caminos distintos. Josune sentía temor ante lo desconocido; el Dejau aprovechaba cualquier oportunidad para conocer lugares nuevos. Él no se veía toda la vida en el País Vasco ni quería que su destino quedara reducido al cabezudo del Dejau, por mucho cariño que le tuviera. Sin embargo, aquella diferencia no los separaba. Al contrario, parecía despertar entre ellos una curiosidad nueva. Josune veía en el Dejau la posibilidad de una vida distinta, mientras que él empezaba a descubrir en ella algo que no había encontrado en otros compañeros de viaje. Ella no hablaba de países para presumir de lo que sabía, sino para entender qué podía ofrecerle el mundo. No quería acumular experiencias para contarlas después. Quería sentir que su vida todavía guardaba sorpresas.
—¿Qué lugares de los que conoces me enseñarías? —preguntó Josune.
—Hay muchos. ¿Adónde quieres ir?
—Me da igual. Quiero salir de mi rutina.
Salvatierra era demasiado pequeña para ellos, o tal vez lo era la vida que habían imaginado dentro de sus límites. El pueblo siempre había sido su punto de partida. Allí habían aprendido a caminar, habían pronunciado sus primeras palabras y habían conocido las primeras alegrías y decepciones. Allí estaban sus familias, sus amigos y los recuerdos que no querían perder.
—¿Y si nos perdemos? —preguntó Josune.
El Dejau sonrió.
—Nos perderemos alguna vez, seguro.
—No me estás ayudando mucho.
—Es que no quiero engañarte. Habrá cosas que saldrán mal. Puede que perdamos un tren, que llueva cuando no llevemos paraguas o que nos gastemos más dinero del previsto. Quizá nos enfademos por una tontería o nos cansemos de caminar. Viajar con otra persona también significa descubrir sus manías. En casa puedes marcharte a tu habitación cuando necesitas estar sola, pero en un viaje hay momentos en los que tienes que aprender a convivir.
—¿Y tú cómo eres cuando viajas? —preguntó.
—¿A qué te refieres?
—A si tienes paciencia, si te enfadas, si quieres decidirlo todo ¿Y si después de viajar no me gusta? —preguntó.
—Pues volveremos. No tienes que prometer que te convertirás en una gran viajera. Solo tienes que darte la oportunidad de probar.
Aquella respuesta la tranquilizó. El Dejau no le pedía que cambiara de personalidad ni que abandonara todo lo que conocía. No le exigía que se transformara en alguien valiente de la noche a la mañana. Le proponía dar un paso, uno solo, y comprobar qué sucedía después.
—¿Sabes qué me da más miedo? —preguntó.
—¿Qué?
—Volver y que todo siga igual.
—Las cosas seguirán ahí. Tu casa, tus amigos, la panadería, las calles que conoces. Pero tú no serás exactamente la misma. A veces basta con eso. No tienes que cambiar el mundo cuando vuelvas. Quizá solo cambie la manera en que lo miras.
Josune bajó la vista. La idea le produjo una emoción difícil de explicar. Por primera vez, alguien parecía comprender su deseo de salir sin tratarlo como una extravagancia. No necesitaba abandonar su tierra ni renegar de su pasado. Solo quería comprobar que había otras posibilidades. Quizá esa era la parte que más le interesaba: verla descubrir algo por sí misma, escuchar sus opiniones y comprobar qué lugares le despertaban curiosidad. Quería saber si sería de las que se detenían ante un escaparate, de las que entraban en cualquier librería o de las que preferían sentarse junto al río para observar a la gente. Quería conocerla fuera del pueblo, lejos de las rutinas y de los personajes que ambos interpretaban sin darse cuenta.
—¿Hacemos un viaje juntos? —preguntó al fin.
—¿Quieres viajar conmigo? —preguntó el Dejau.
—¡Sí!
—Entonces tendremos que decidir adónde vamos —dijo él.
Josune imaginó por un momento una estación desconocida, un tren que cruzaba los Pirineos y una ciudad cuyos nombres le costaría pronunciar. Pensó en los carteles escritos en francés, en las calles por las que nunca había caminado y en la posibilidad de entrar en una cafetería sin saber qué pedir. La idea todavía la asustaba, pero el miedo ya no ocupaba todo el espacio. Había aparecido algo nuevo: las ganas.
—Parece que tienes respuesta para todo.
—No. Solo sé que casi siempre hay alguna manera de seguir adelante.
La música volvió a hacerse presente entre ellos. A lo lejos, la fiesta continuaba con la misma energía, pero algo había cambiado. La conversación les había abierto una puerta que no sabían adónde conducía. Josune todavía no conocía los horarios de los trenes ni sabía cuánto dinero necesitarían. El Dejau tampoco tenía un itinerario preparado. Solo compartían una idea que, poco a poco, empezaba a convertirse en una posibilidad real.
Bailar
El amor que se pone en el arte es un amor sin horario y sin condiciones.
Jorge Oteiza.
El concierto estaba a punto de terminar y la plaza de Santa María se vaciaba poco a poco. La gente abandonaba la verbena con esa mezcla de cansancio y alegría que dejan las fiestas cuando la noche empieza a despedirse. Algunos buscaban el camino de vuelta a casa; otros apuraban los últimos minutos antes de aceptar que la música había terminado. Sin embargo, el Dejau y Josune continuaban sentados en el mismo lugar, casi ocultos entre los últimos grupos que cruzaban la plaza. Parecía que ninguno de los dos quería ser el primero en levantarse. La noche les había regalado algo inesperado y ahora temían que cualquier movimiento pudiera romperlo.
—Y tú, ¿en qué trabajas? —preguntó Josune.
—Yo no soy tan vago como mi personaje.
Hasta ese momento, su interés había nacido de la curiosidad, del misterio que envolvía a aquel hombre y de las respuestas que nunca terminaban de aclarar nada. Pero algo había cambiado. Ya no quería descubrir solamente quién se escondía detrás del cabezudo. Quería saber quién era cuando nadie lo miraba, cuando no tenía que representar ningún papel, cuando podía abandonar por unas horas la identidad que los demás le atribuían. Quería conocer al hombre que había conseguido despertar en ella una inquietud desconocida.
Josune se permitió sentir. No quiso preguntarse si aquello tenía sentido ni qué ocurriría al día siguiente. Por una vez, dejó que la noche decidiera. Frente a sus ojos, la plaza conservaba los restos de la fiesta: vasos olvidados sobre alguna mesa, papeles que el viento arrastraba junto a la iglesia y las últimas luces de la verbena, que todavía iluminaban las fachadas.
—¿Mañana tienes que trabajar? —preguntó él.
—Sí, claro —contestó Josune.
—¿Temprano?
—Sí, pero todavía me puedo quedar un poco más contigo.
La frase quedó suspendida entre ambos. Josune no la adornó ni trató de disimularla con una broma. La dijo tal como la sentía, sin calcular sus consecuencias. No había pronunciado las palabras estoy enamorada de ti, ni falta que hacía. A veces, el amor empieza mucho antes de que alguien se atreva a nombrarlo. Basta con querer retrasar una despedida, con buscar una excusa para permanecer junto a otra persona, con descubrir que el cansancio desaparece cuando esa persona sonríe.
El Dejau sintió que se le desordenaba por dentro. Hasta entonces había podido refugiarse en el humor, en las evasivas y en aquella identidad que le permitía acercarse a Josune sin revelar demasiado. Pero la respuesta de ella lo dejó sin defensas. Le palpitó el cuerpo entero. La sangre le recorrió las venas con un ritmo insistente: uno, dos; uno, dos. Su corazón parecía haber encontrado una música propia, una melodía que no necesitaba instrumentos para hacerse escuchar.
Quiso bailar con ella.
La idea apareció con tanta fuerza que estuvo a punto de levantarse de golpe. Sin embargo, se contuvo. No había orquesta, ni canciones, ni una multitud que les permitiera esconderse entre los demás. Solo estaban ellos dos, la plaza y el silencio. Por primera vez en toda la noche, el Dejau no supo qué decir. Había llegado al borde de todo.
—Te propongo la última prueba —dijo al fin.
—¿Cuál?
El Dejau abrió la boca, pero las palabras no acudieron en su ayuda. Miró hacia el centro de la plaza y después a Josune. La noche se acababa. Lo sabía. También sabía que no quería marcharse sin ofrecerle algo que ninguno de los dos pudiera confundir con una conversación más.
Los vascos conocen el valor del baile. En las plazas, en las romerías y en las fiestas de los pueblos, el cuerpo ha hablado durante generaciones con una sinceridad que a veces falta en las palabras. El baile puede ser una celebración colectiva, un desafío, una forma de cortejo o una manera de recuperar una alegría antigua. Sin embargo, esa faceta parece haberse ocultado detrás de algunos tópicos que presentan a los vascos como personas incapaces de moverse al compás de la música. Nada más lejos de la realidad. El ritmo también habita en estas tierras, en los pies que golpean el suelo, en las caderas que responden a una melodía y en las manos que encuentran otras manos.
El Dejau sabía bailar. Josune también. A los dos les gustaba sentir el ritmo en el cuerpo, dejar que las caderas acompañaran la música y olvidar durante unos minutos las preocupaciones de la vida cotidiana. Pero aquella noche había un problema: la música había terminado.
O quizá no.
—¿Quieres bailar? —preguntó él.
Josune no se rio ni pidió explicaciones. Se levantó despacio, como si aquella invitación fuera algo mucho más importante que una ocurrencia de última hora.
—Encantada.
Allí, en mitad de la plaza vacía, comenzó la magia.
No hubo una señal, ni una melodía que anunciara el comienzo del baile. El Dejau se acercó a Josune y ella comprendió que debía confiar en él. Apoyó una mano sobre su cuerpo y dejó la otra entre sus dedos. Durante un instante se miraron sin moverse. El mundo pareció contener la respiración.
—¿Te acordarás de mí? —preguntó él.
Josune sintió que aquella pregunta escondía algo más que el temor a ser olvidado. Quizá el Dejau necesitaba saber si su encuentro sobreviviría a la noche, si ella sería capaz de recordar al hombre que había detrás del personaje.
—Sí —respondió ella con un suspiro.
Al principio apenas se movieron. Él marcó un paso pequeño y Josune lo siguió. Después giraron despacio, como si una música lejana les indicara el camino. La plaza, que unos minutos antes parecía demasiado grande y demasiado vacía, se redujo al espacio que quedaba entre sus cuerpos. Las piedras bajo sus pies dejaron de ser simples piedras y se convirtieron en el suelo de una pista imaginaria.
Josune se olvidó de sí misma. Ya no pensaba en el trabajo del día siguiente, en las horas de sueño que perdería ni en las obligaciones que la esperaban al despertar. Tampoco se preguntaba por qué aquel hombre despertaba en ella una confianza tan difícil de explicar. Se limitó a seguir sus pasos y a escuchar el ritmo que nacía de sus propios movimientos. Cada vuelta la acercaba un poco más a él.
El Dejau levantó los ojos hacia el cielo. Entre las nubes aparecieron algunas estrellas, tímidas al principio, hasta que la oscuridad les permitió brillar con mayor intensidad. La luna parecía observarlos desde una distancia prudente, como una vieja cómplice que conociera el desenlace de todas las historias de amor y, aun así, sintiera curiosidad por aquella.
Quizá aquel fuera el instante que ambos habían esperado sin saberlo. La atracción inicial había dejado paso a una intimidad que no necesitaba explicaciones. Sus cuerpos comenzaron a reconocerse a través de la danza. El contacto de las manos, la proximidad de los rostros y el roce de las rodillas al girar les recordaban que estaban allí, juntos, en una plaza real, aunque todo lo demás pareciera un sueño.
La música que no sonaba adquirió una presencia extraña. Ella creyó escuchar una melodía antigua, quizá una canción de fiesta que había aprendido de niña y que su memoria recuperaba en aquel momento. El Dejau sintió algo parecido. Cada paso llevaba su propio compás; cada giro abría un pequeño espacio de silencio antes del siguiente movimiento. No necesitaban ponerse de acuerdo. Uno proponía un gesto y el otro lo recogía, como si llevaran años de ensayos secretos y aquella fuera, por fin, la primera noche en que podían bailar sin que nadie les dijera cómo hacerlo.
Las sombras también bailaban. Se alargaban sobre las fachadas, se cruzaban en el suelo y volvían a separarse con cada vuelta. Por un instante, Josune tuvo la impresión de que la plaza estaba llena de parejas invisibles, de hombres y mujeres que habían celebrado allí sus fiestas, sus encuentros y sus despedidas a lo largo de los siglos. Quizá todos los bailes dejan algo en el aire. Quizá la felicidad de quienes estuvieron antes permanece en los lugares donde se sintieron vivos.
Él sintió aquel gesto como una respuesta. Había pasado buena parte de la noche oculto tras las bromas y las medias verdades, protegido por el misterio de su personaje. Ahora, sin embargo, no tenía dónde esconderse. Josune estaba tan cerca que podía percibir su respiración. La distancia entre ambos se había convertido en una pregunta que ninguno se atrevía a formular.
—¿Te puedo agarrar más fuerte? —susurró él.
—Sí, por favor.
No había espectadores. Nadie podía juzgarlos ni interrumpirlos. La plaza les pertenecía por unos minutos, y aquella libertad les permitió abandonar las precauciones que hasta entonces habían mantenido. Josune levantó la cabeza y volvió a mirarlo. El deseo apareció entre ellos sin brusquedad, como una llama que primero apenas ilumina y después revela cuanto encuentra a su alrededor.
El Dejau no le pidió explicaciones. Josune tampoco quiso saber más de lo necesario. Había noches en las que las preguntas servían para acercar a las personas y otras en las que solo levantaban barreras. Aquella noche habían decidido bailar, y el baile les ofrecía una manera de decirse lo que todavía no sabían expresar con palabras.
Epilogo
La música seguía viva en sus cabezas, El Dejau y Josune continuaban bailando, parecían buscar fuerzas para aguantar hasta la última nota. Bajo las luces de colores, la plaza conservaba ese aire de las noches de octubre en Salvatierra, cuando el frío se cuela por las calles y obliga a buscar refugio en una mano, un abrazo o una conversación que nadie quiere terminar. Josune se movía con la naturalidad de quien había nacido en aquel pueblo, entre cuadrillas, txosnas, cabezudos y canciones que conocía desde niña. El Dejau, en cambio, mantenía algo enigmático, una manera de acercarse y alejarse que impedía saber si bailaba por diversión o si aprovechaba aquella noche para esconderse de su propia vida. Los dos se habían acostumbrado a compartir el espacio, a reconocer el ritmo del otro y a entenderse sin necesidad de palabras.
Josune imaginaba una casa pequeña en las afueras, con un jardín donde crecieran flores resistentes al invierno y una cocina en la que preparar cenas para los amigos. En otra, se veía recorriendo con él las carreteras de Álava, descubriendo pueblos que hasta entonces solo conocía de pasada, deteniéndose en una taberna o contemplando desde una colina las luces lejanas de Vitoria.
El Dejau también parecía viajar por dentro. Quizá se imaginaba lejos de Salvatierra, en una ciudad desconocida, o quizá soñaba con quedarse para siempre entre aquellas calles que guardaban su infancia. Josune no podía adivinarlo, pero empezó a pensar que el futuro de ambos podía parecerse a uno de aquellos bailes: dos personas que, sin conocer los pasos siguientes, encontraban la manera de no pisarse. La idea le provocó una sonrisa.
Las canciones se sucedieron sin que ninguno de los dos prestara atención al reloj. El frío de octubre perdió importancia frente al calor del baile, y la luna, oculta a ratos por unas nubes que cruzaban el cielo, pareció acompañarlos en aquella especie de pacto silencioso. Josune imaginó una vida en común sin grandes promesas, hecha de mañanas con sueño, compras de última hora, discusiones por tonterías y reconciliaciones que terminarían con una carcajada. Se vio compartiendo con él los días buenos y también aquellos en los que las cosas salieran mal, porque empezaba a comprender que el futuro no consistía en encontrar a alguien que resolviera todos los problemas, sino en tener a una persona con quien afrontarlos. Incluso pensó en la posibilidad de ser madre, un deseo que llevaba tiempo guardado y que no siempre se atrevía a expresar.
En aquella fantasía había una criatura que corría por una plaza parecida a la de Santa María, perseguía a los cabezudos y se refugiaba entre sus piernas cuando alguno se acercaba demasiado. Josune sonrió al imaginarlo, aunque enseguida apartó la idea. Todavía no sabía quién era el hombre con el que bailaba. Apenas conocía retazos de su vida, algunas respuestas incompletas y una manera de esquivar ciertas preguntas que, lejos de tranquilizarla, alimentaba su curiosidad.
También el Dejau parecía construir sus propios futuros. A veces la acercaba hacia él con una seguridad inesperada; otras, mantenía una distancia que no encajaba con la complicidad que habían alcanzado. Josune comenzó a preguntarse si detrás de aquel cabezudo había alguien que temía ser reconocido, alguien que había regresado al pueblo después de mucho tiempo o una persona a la que conocía desde hacía años sin haber reparado nunca en ella. Quizá sus caminos se habían cruzado cientos de veces por las mismas calles, en el mercado, a la salida de la iglesia o durante alguna fiesta anterior. Entonces bailaron más despacio, como si quisieran alargar aquellos minutos y retrasar la llegada de una realidad que, tarde o temprano, tendría que imponerse a sus fantasías.
Dejaron de bailar.
Ella no buscaba una explicación más ni otra respuesta a medias. Quería un rostro, un nombre y una historia que pudiera relacionar con la suya. El Dejau permaneció inmóvil. Durante unos instantes pareció debatirse entre continuar con el juego o aceptar que la noche había llegado a un punto del que ya no podía retroceder. Josune no apartó los ojos de él. La curiosidad se había convertido en una necesidad, y el misterio, que al principio le había parecido divertido, empezaba a pesarle.
Él inclinó ligeramente la cabeza, como si reconociera que había llegado la hora de cumplir una promesa que nunca había pronunciado. Después se llevó las manos a los bordes del cabezudo y lo levantó con cuidado. Primero apareció el cabello, aplastado por el calor; luego, la frente húmeda, los ojos y, finalmente, un rostro que la luz de las farolas iluminó por completo. Josune retrocedió medio paso. Abrió los ojos, se llevó una mano a la boca y se quedó mirándolo, incapaz de ordenar la sorpresa que le había sacudido el cuerpo. Todas las posibilidades que había imaginado durante la noche se deshicieron de golpe. No era un desconocido llegado de otra ciudad, ni un hombre misterioso al que el destino hubiera colocado en su camino por primera vez. Era alguien a quien reconocía, alguien cuya presencia alteraba de pronto los recuerdos de su infancia y las calles de Salvatierra. El Dejau sostuvo el cabezudo a un lado y esperó, sin atreverse a romper aquel silencio. Josune lo observó de arriba abajo, todavía incrédula, mientras una sonrisa comenzaba a dibujarse en su rostro. La plaza estaba casi vacía, pero para ellos la noche acababa de abrir una puerta inesperada. Josune exclamó ilusionada:
—¡Ah, eres tú!
© Jorge Girbau Bustos.
Octubre de 2026.
Imagen portada: openai
En las fiestas de Salvatierra, Josune acepta una cita insólita con el Dejau, un cabezudo que oculta la identidad de alguien a quien quizá conoce.
Primera cita entre el Dejau y Josune
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