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El Abuelo Pablo
A Ester.
¡Aragón, Aragón! ¡San Jorge! ¡San Jorge! ¡A ellos, que vuestro rey está aquí!
Grito de combate de las tropas de Alfonso III.
Tenía unos ocho o nueve años cuando pasaba los fines de semana con mi abuelo Pablo en un lloc menorquín. Para los que desconocen qué es un lloc, es una casa de payeses, una de esas casas del campo menorquín donde la vida parecía avanzar a otro ritmo. El nuestro estaba cerca del Castillo de Santa Águeda, en el municipio de Ferreries, al oeste de Menorca. Los inviernos allí eran duros. La Tramontana golpeaba las paredes, se metía por las rendijas de las ventanas y convertía las noches en algo más que oscuridad. Siempre ocurría algo en el castillo. Si prestabas mucha atención, podías oírlo. Eso decía mi abuelo. Y yo, que entonces creía en casi todo lo que él me contaba, escuchaba el silencio para conocer el miedo.
El Castillo de Santa Águeda era una fortaleza, construida durante la época musulmana, sus murallas protegían un lugar desde el que se podía controlar buena parte del territorio y los puertos de la costa norte. Para mí, sin embargo, no era un monumento ni una ruina histórica. Era el lugar donde vivían las historias.
Mi abuelo era un gran contador de leyendas menorquinas. Tenía una forma especial de contar las cosas: bajaba la voz cuando llegaba el momento importante, hacía una pausa y esperaba a que mi imaginación hiciera el resto. Así llenaba mis noches con el pozo de Es Canyaret, los Gegants y los Menorquins de la cueva de Xoroi. Allí, en mi cama, antes de dormir, él me enseñaba quién era, de dónde venía y cuál era mi historia.
—¡Nosotros somos pequeños al lado de la grandeza! —me decía siempre para que no tuviese demasiado ego.
Después sonreía. Yo no entendía del todo aquella frase, pero sabía que hablaba de algo importante. Para él, la isla era mucho más antigua que cualquiera de nosotros y las piedras guardaban una memoria que no podíamos alcanzar. Quizá por eso le gustaba llevarme hasta Santa Águeda. Caminábamos juntos por aquel paisaje de monte bajo, entre encinas, acebuches, pinos y matorrales que soportaban el viento y la sequedad. La vegetación parecía formar parte de las propias ruinas. En invierno, cuando el cielo se cerraba y la Tramontana sacudía las ramas, el monte adquiría un aspecto distinto. Allí arriba todo parecía más viejo.
Claro que librarse del ego es muy difícil, y más en la época en que fui niño, en los años ochenta del siglo XX. Hoy, con cincuenta y tantos años, cuando echo la vista atrás, me doy cuenta de que estamos en otro mundo, quizá más virtual y menos inocente. Las modas cambian y las personas también. Pero el Castillo de Santa Águeda siempre ha estado allí, con mucha vida a su alrededor y también con un pasado tormentoso. Fue uno de los últimos lugares donde resistieron los musulmanes de Menorca ante las tropas de Alfonso III en 1287. Allí se produjo la rendición de la isla y quedaron para siempre las huellas de aquella historia.
A veces me acercaba con mi abuelo y él lo hacía con todo el respeto del mundo. Nunca hablaba demasiado cuando estábamos cerca de las ruinas. Parecía que también él escuchaba.
—¡Sí, aquí fue!
Después me preguntaba:
—¿No puedes oír a las piedras?
Yo miraba las murallas, las torres y las piedras desperdigadas por el suelo. Entonces imaginaba soldados, caballos, hombres que corrían y mujeres que lloraban. Para un niño, Santa Águeda no necesitaba fantasmas. Bastaba con saber que allí habían ocurrido cosas que nadie podía contar ya.
La leyenda me la sé de memoria. El último gobernante musulmán de Menorca resistió en Santa Águeda hasta 1287, cuando las tropas cristianas llegaron al mando de Alfonso III. La historia real fue una capitulación, no una batalla como la que yo imaginaba de niño, pero las leyendas hicieron el resto. Mi abuelo me contaba que, en la huida, el príncipe moro tomó a su hija, la montó en un caballo blanco, le tapó los ojos al animal y lo espoleó para que saltara al vacío desde el precipicio más alto del castillo.
—Desde entonces, por estas tierras, en las noches frías de invierno, se oyen los cascos del caballo y los lamentos de ella.
—Abuelo, ¿los has oído?
—Sí. Claro. Todo el que sea payés y viva por esta zona los ha oído.
Mi abuelo tenía una sonrisa igualita que el mapa de Menorca: grande, suave y llena de curvas. Cuando sonreía, parecía que todo estaba bien. No era un hombre de grandes discursos ni necesitaba demostrarme que me quería. Le bastaba con sentarse a mi lado, ponerme una mano sobre el hombro y comenzar otra leyenda. Ahora sé que aquellos momentos eran su forma de dejarme algo que el tiempo no pudiera quitarme.
Me sonrió hasta que murió, el mismo año en que cumplí treinta. Para entonces yo ya estaba lejos de Menorca. La vida, el trabajo y puede que también el amor me habían llevado al extranjero. Había aprendido a vivir lejos de la isla, pero nunca aprendí a vivir lejos de él. Con los años comprendí que algunas personas se marchan de un lugar y otras permanecen dentro de nosotros aunque desaparezcan.
Cuando murió, regresé a Menorca para su entierro. Hacía mucho tiempo que no volvía y el viaje tuvo algo extraño. El avión se acercaba a la isla y yo miraba por la ventanilla sin saber muy bien qué esperaba encontrar. No regresaba como el niño que había pasado aquellos fines de semana junto a su abuelo. Regresaba como un hombre que debía despedirse de quien le había enseñado a mirar el mundo.
Menorca apareció debajo de mí como una memoria que nunca había desaparecido. Volví a las mismas carreteras, a los mismos campos y a aquellos lugares que durante años habían permanecido dentro de mi cabeza. Esta vez, sin embargo, no regresaba para escuchar una leyenda. Regresaba para enterrar a mi abuelo Pablo.
Le llegué a ver sin vida en aquel ataúd. Ya no me contaba leyendas, ya no me sonreía, ya no podía señalarme una piedra y preguntarme si escuchaba hablar a las ruinas. Era un cuerpo quieto, demasiado quieto para alguien que había llenado tantas noches de mi infancia con historias. Me costaba aceptar que aquel hombre que parecía conocer todos los secretos de Menorca pudiera quedarse en silencio para siempre.
Me acerqué a él y pensé en Santa Águeda. Pensé en sus manos, en su voz y en aquella manera que tenía de contarme las cosas como si el mundo fuese mucho más grande de lo que alcanzaba a comprender. Pensé también en aquella frase que tantas veces me había repetido: «Nosotros somos pequeños al lado de la grandeza». Entonces entendí que quizá hablaba de eso. De que la vida de una persona es pequeña, pero lo que deja en los demás puede permanecer mucho más tiempo.
Me quedé unos días por mi tierra. Caminé sin demasiada prisa, volví a mirar los campos y recordé aquellas noches de invierno. Imaginé que él todavía me hablaba y me contaba las leyendas menorquinas que jamás había olvidado. Nunca escuché los lamentos de ella ni los cascos del caballo. Quizá porque los fantasmas no estaban en las ruinas. Quizá estaban dentro de mí.
Pero en aquel momento, lejos de mi casa y tan cerca del corazón, llegó el momento de profundizar en la huella que me dejó mi abuelo. Y comprendí que algunas personas no desaparecen cuando mueren. Se quedan en una frase, en una mirada, en una vieja casa de payeses, en el viento de Tramontana y, sobre todo, en las historias que alguien recuerda muchos años después.
Abū ʿUmar
Y nosotros hicimos encender en un lugar treinta fuegos, y en otro cuarenta… y cuando aquellos de Menorca lo vieron, se maravillaron mucho.
Jaime I,
La primera noche que pasé en mi cuarto de niño, en la casa de mi abuelo, me costó dormir. Tenía miedo, por los recuerdos, por el silencio, por mil cosas que entonces no sabía explicar. Imaginaba que no estaba solo en aquel Lloc tan solitario y esperaba que mi abuelo Pablo apareciera para tranquilizarme, como había hecho tantas veces. Miraba la ventana de mi habitación mientras esperaba un milagro, pero aquel milagro nunca llegaba. Afuera, la noche parecía haberse quedado detenida sobre los campos. Las casas de payeses tienen una fantasía que nosotros vamos perdiendo, una forma de escuchar el viento, la tierra y aquello que no sabemos nombrar. Empecé a mirar el techo para vencer aquel abandono que se entrelazaba conmigo y, poco a poco, las imágenes de mi infancia volvieron a ocuparlo todo.
Me parece que me quedé dormido. Volé de aquel cuarto porque, cuando volví, ya no estaba allí. Era otra día y no era otro día. Mi abuelo Pablo había resucitado y estábamos los dos en algún fin de semana perdido en el tiempo. Él me enseñaba a sembrar cebada, avena y trigo en el patio del Lloc. Su voz había bajado del cielo o quizá nunca se había ido.
—Mira, ven aquí.
Me dio un poco de trigo.
—¿Así, abuelo?
—Así, pero despacio.
Extendí el trigo con mucho cuidado sobre la superficie que me había señalado. Los granos caían entre mis dedos y desaparecían sobre la tierra. A mí me parecía un juego de mayores, aunque Pablo se tomaba aquel trabajo con una seriedad que entonces no comprendía. Primero había que preparar la tierra, después repartir la semilla y finalmente dejarla protegida para que pudiera germinar. Cebada, avena y trigo esperaban la lluvia y el sol. El abuelo sabía que una cosecha no comenzaba cuando aparecía el primer brote, sino mucho antes, cuando alguien confiaba en que aquella pequeña semilla acabaría por vencer a la tierra.
Me decía a mí mismo que me había convertido en más menorquín durante aquellos ratos con mi abuelo. Había algo en sus manos, en la forma de tocar la tierra y en aquella paciencia que yo quería aprender. Pero aquel día fue diferente. En vez de contarme leyendas de nuestra tierra, intentaba hacerme feliz de otra manera. Me enseñaba a respetar el ciclo del cultivo.
—Mira, así se hace.
—Tengo calor.
—No te asustes.
Levanté la cabeza. Entonces volví a acordarme del Castillo de Santa Àgueda. Desde la casa se podía ver, aunque lejos. La fortaleza dominaba el paisaje desde una posición elevada. Sus restos ocupaban la cima y las laderas, como si las piedras hubieran decidido quedarse allí después de que todos los hombres que las levantaron desaparecieran. Desde aquella altura se podía vigilar una parte importante del territorio y, aquello convertía el castillo en un lugar distinto a cualquier otro. No era una simple ruina. Era una presencia.
—Abuelo, ¿qué piensas cuando lo ves? —dije mientras señalaba.
Pablo dejó de sembrar. Me miró con cierta ternura y después suavizó el tono de voz.
—¡Siempre ha estado allá!
Aquella frase se quedó en mí. Siempre había estado allí. Antes que nosotros, antes que nuestras casas, antes que aquellos campos que estábamos dando vida. La colina guardaba siglos de historia y el castillo parecía contemplarlo todo desde arriba. Allí se habían encontrado distintas épocas de Menorca, y entre sus piedras sobrevivían las historias de moros y cristianos que mi abuelo me contaba cuando yo todavía confundía la historia con la leyenda.
El castillo se convirtió en mi obsesión. Quería recuperar toda su historia durante aquellos días que pasaba con mi abuelo Pablo. Quería saber quién había vivido allí, quién había luchado, quién había muerto y qué voces podían quedar escondidas entre aquellas piedras cuando llegaba la noche.
—Ayer mismo estuve con el caíd Abū ʿUmar.
Me lo creí.
Ese era el nombre del hombre que mi abuelo relacionaba con la vieja leyenda de Santa Àgueda, el padre que, según la tradición, habría matado a su hija para evitar que cayera en manos de los cristianos. Para mí no había dudas. Era un asesino. No podía entender que alguien pudiera justificar semejante acto, por mucho que hubiera vivido en otra época y por mucho que mi abuelo insistiera en contarme la historia de otra manera.
—¿Y cómo es?
—Un hombre como cualquiera.
Aquella respuesta me interesó todavía más. Si era un hombre como cualquiera, ¿cómo podía haber cometido algo así?
Mi curiosidad creció. Su hija todavía seguía aullando como un lobo en las noches de frío y yo imaginaba su voz alrededor del castillo, en la oscuridad y bajando por la colina hasta perderse entre los campos. La Edad Media, las batallas y, sobre todo, las leyendas que me contaba mi abuelo Pablo eran uno de esos juegos que nunca se olvidan, juegos que visten de fantasía la infancia y que después, cuando uno crece, ya no sabe si ocurrieron realmente.
—¡Abū ʿUmar te quiere conocer!
—¿A mí?
Mi abuelo sonrió.
No entendía cómo podía tratar con tanta naturalidad a un hombre al que yo consideraba un parricida. Mi cabeza daba vueltas y vueltas. Estaba en un dilema. Por un lado, sentía curiosidad por conocer al moro; por otro, mi orgullo me ordenaba no acercarme a él, no hablarle, no olvidar lo que había hecho.
—Es educado y tiene una gran cultura.
—¡Mató a su hija!
Me enfadé con mi abuelo y me fui a la casa dejando el cultivo a medias. Él siguió con su tarea. No me llamó ni intentó detenerme. Se quedó allí, como si nada hubiera ocurrido, mientras el castillo vigilaba desde la colina.
Bebí agua y poco después me tranquilicé. La rabia se me fue pasando. Volví con mi abuelo.
—Dile a Abū ʿUmar que me lo pensaré.
Pablo me miró y sonrió.
—¡Ven aquí y siembra conmigo!
Volví a coger el trigo. Nos quedamos otra vez los dos junto a la tierra, mientras la colina de Santa Àgueda permanecía al fondo y el castillo parecía observarnos desde arriba.
Entonces desperté.
Ya era de día, era mi realidad, el abuelo Pablo murió.
Ramon Muntaner
Y así lo hizo ciertamente.
Ramón Muntaner.
Siempre recordaré a la panadera de aquel lugar. Ella fue la chica más guapa y más simpática de mi niñez. Los fines de semana, después de desayunar, comprábamos coca bamba y panes de pagès. Me hacía una caricia con un crespell, que yo saboreaba dentro de aquel establecimiento mientras miraba con asombro cómo el olor de aquellos dulces impregnaba el aire por todos sus rincones. La panadería era pequeña, pero para mí parecía enorme. Había sacos de harina, bandejas metálicas, panes colocados unos junto a otros y aquel olor que se quedaba pegado a la ropa mucho después de abandonar el lugar. Entrar para ver a Ester, que así era como se llamaba, era mi regalo de vida, aunque entonces yo no sabía explicar por qué. Simplemente quería estar allí. Quería escucharla, verla sonreír y esperar que mi abuelo tardara un poco más en volver a buscarme. Lo que tampoco sabía entonces era que las personas dejan de ser jóvenes para convertirse en un recuerdo dentro de la memoria. Hace años que no veo a aquella joven, que ahora ya no será tan joven, pero cuando cierro los ojos vuelve a aparecer detrás del mostrador como si el tiempo no hubiese pasado.
Menorca tenía para algo que todavía no sabía nombrar. El mar estaba siempre cerca y las casas de payeses aparecían entre caminos que recorría de la mano de mi abuelo. Había lugares que parecían normales para los mayores y extraordinarios para los niños. Una piedra podía convertirse en una montaña, un camino podía llevar hasta un sitio desconocido y una casa antigua podía esconder una historia que nadie había contado.
A veces, cuando mi abuelo tenía cosas que hacer, me dejaba con Ester y ella jugaba conmigo. Me sonreía hasta alcanzar casi las aguas que bañan Menorca. Aquella sonrisa tenía algo extraño: parecía conocer cosas que yo todavía no podía entender. En aquel lugar, cerca del castillo, el tiempo era un punto detrás de muchas comas. Los días pasaban, pero yo no sabía que pasaban. Las mañanas podían durar una eternidad y una tarde podía desaparecer en unos minutos. Todo dependía de quién estuviera conmigo y de qué historia me contaran.
Aquel retablo que todavía vive en mi cabeza es uno de las historias que me contó la panadera. Sus relatos, al contrario que los de mi abuelo, eran inventados por ella. No eran leyendas de aquella isla cargada de historia, ni cuentos para niños como Caperucita Roja. Las historias de Ester querían alcanzar otro punto de la imaginación. No necesitaban castillos, reyes ni soldados. Le bastaba un animal, una persona perdida o un niño que no encontraba el camino de regreso a casa. Ella podía convertir cualquier cosa en una historia.
Un día me hizo llorar con la historia de un pingüino que llegaba a Menorca sin sus padres y que, al llegar, tenía que construir su existencia desde la soledad. Yo escuchaba aquella historia sentado cerca del mostrador, con el crespell todavía entre las manos.
—¡Cuéntame más!
Ester me miró y cambió la voz.
—Mañana te contaré más.
—¿Y qué le pasa al pingüino?
—Eso te lo contaré mañana.
—Pero ¿está solo?
Ella se quedó unos segundos en silencio.
—Sí.
Aquella respuesta me pareció terrible. Un pingüino solo en Menorca me parecía una tragedia mucho mayor que cualquier cosa que pudiera sucederle a un niño.
—¿Y no tiene amigos?
—Todavía no.
—¿Y sus padres?
—Los está buscando.
Aquella noche pensé en el pingüino. No sabía por qué una historia inventada por Ester podía quedarse dentro de mi cabeza con tanta fuerza. Quizá porque Menorca también era una isla y yo, aunque no lo sabía, había empezado a entender que una isla puede ser un lugar maravilloso y, al mismo tiempo, un lugar donde sentirse solo.
Yo, a veces, echaba de menos alguna historia del castillo de Santa Àgueda, que me encontraba constantemente en la distancia. Lo veía desde algunos caminos y desde determinados lugares parecía más cercano de lo que realmente estaba. Me preguntaba quién había vivido allí, quién había dormido entre aquellas piedras y quién había mirado desde sus murallas hacia el mar. Imaginaba soldados, reyes y personas que habían tenido miedo. También imaginaba que alguien, muchos siglos antes, había estado allí mirando exactamente el mismo paisaje que yo veía.
Pero Ester no sabía historias de aquel lugar. El castillo le parecía tan fuera de su alcance como dentro de su amor por aquella tierra. Siempre me decía lo mismo:
—Esas leyendas, mejor que te las cuente tu abuelo Pablo.
—¿Por qué?
—Porque tu abuelo sabe más cosas.
Aquella respuesta me molestaba. Yo quería que Ester lo supiera todo.
—¿Y tú no sabes nada?
Ella se llevaba una mano al pecho y fingía estar ofendida.
—¿Cómo que no sé nada? Sé muchas cosas.
—Entonces cuéntamelas.
—No todas las historias tienen que ser del castillo.
Eso me dejó pensando. Quizá tenía razón. Quizá una historia también podía comenzar en una panadería.
—¿Desde cuándo conoces a mi abuelo?
—Desde siempre. Fui al colegio con tu madre y también conozco a tu padre.
Me sorprendía aquella manera de hablar de mi familia. Para mí, mi madre, mi padre y mi abuelo existían dentro de mi pequeño mundo. Ester, en cambio, parecía conocerlos de antes de que yo apareciera en él.
En mi isla es muy difícil que no se conozcan todos. Es pequeña y alguna vez todos nos hemos cruzado-. En Menorca las distancias parecen más cortas cuando se conocen los nombres de las personas. El vecino conoce al vecino, la panadera conoce al abuelo, el abuelo conoce al pescador y el pescador sabe quién era el padre de aquel hombre que acaba de entrar en la tienda. Todo acaba formando una misma historia.
Es una isla para envejecer, pero también para crecer en la tranquilidad de estas olas. Las personas nacen y mueren mientras escuchan estas aguas una y otra vez. El mar provoca un canto que ha maravillado a guerreros, artistas, pescadores y viajeros. También ha visto llegar barcos que traían nuevas historias y partir otros que nunca regresaron.
Yo todavía no sabía nada de todo aquello. Para mí, el mar era simplemente el lugar donde terminaban algunos caminos.
—¡Tú eres menorquín!
Ester me miraba hasta meterse dentro de mis ojos, hasta que no quedaba ningún cuento sobre aquella tierra.
—¿Y eso qué significa?
—Que esta isla también está dentro de ti.
No entendí aquella frase.
—Pero yo vivo aquí.
—Precisamente.
Yo pensé que Ester decía cosas extrañas. Algunas me gustaban y otras no las entendía. Con los años comprendí que muchas de aquellas frases habían sido una forma de enseñarme a mirar.
Existe siempre un antes y un después para las personas que visitan Menorca. Algunas llegan buscando playas, otras tranquilidad y otras simplemente un lugar donde pasar unos días. Pero hay personas que dejan una parte de sí mismas en la isla sin darse cuenta. Yo había nacido allí y todavía no sabía que también podía perderla algún día.
Ester no dejaba de repetir una y otra vez algunas palabras. Tenían un poco de realidad y un poco de aquella nostalgia de lo perdido.
—¡La juventud se va!
—¡No lo entiendo! —le decía cuando todavía no entendía todo.
—Pero ¿qué vas a entender, alma de cántaro?
Yo me enfadaba un poco.
—¡Yo sí entiendo!
—¿Qué entiendes?
No sabía qué responder.
Ester se reía.
—Eso es lo que pensaba.
Ester me quería mucho y eso era verdad en una isla que no siempre sabe querer. El amor deja de ser amar para ir a pescar, para caminar hasta el puerto, para sentarse frente al mar o para escuchar ese discurso silencioso de nuestra naturaleza tardía. Allí aprendí que algunas personas quieren sin decirlo. Mi abuelo no hablaba demasiado de sus sentimientos. Ester tampoco. Pero yo sabía que me querían porque estaban allí.
Y quizá eso era suficiente.
Ester me contó un dia, que no estaba mi abuelo, que Ramón Muntaner había escrito sobre la conquista de Menorca y sobre lo ocurrido después.
—¿Lo conociste?
—¿A Ramon Muntaner?
—Sí.
Ester se rio.
—Yo no, claro que no.
—¿Y mi abuelo?
—Tu abuelo quizá sepa algo más.
Apareció mi abuelo para recogerme, pero esta vez vestía con vestit menorquí, el traje típico de mi isla. Lo miré de arriba abajo. No sabía si reírme o preguntarle si le había ocurrido algo.
—¿Dónde vas vestido así?
—¡A recogerte!
Me hizo gracia y sonreí.
—Pareces otro.
—¿Y eso es bueno o malo?
—No lo sé.
Mi abuelo se rio.
—Vamos, que tenemos una visita.
—¿A quién?
Entonces se acercó a mí y bajó la voz.
—¿Sabes? Hoy he estado con Ramon Muntaner.
Yo me quedé inmóvil.
—¿Con Ramon Muntaner?
—Sí.
Era el cronista que había relatado la conquista de Menorca. El hombre que había escrito sobre aquellos hechos que habían ocurrido siglos antes de que yo naciera. Lo que no entendía era cómo mi abuelo podía haber estado con él.
—Pero Ramon Muntaner murió hace muchísimo tiempo.
Mi abuelo me miró muy serio.
—Eso dicen.
Aquella respuesta me dejó todavía más confundido.
—¿Entonces está vivo?
—Eso parece.
Miré a Ester.
Ella ya estaba riéndose.
—¡Y te quiere conocer!
Yo me quedé con la boca abierta y Ester sonrió.
LA ISLA
Aquella isla pedregosa maltratada por el viento me robó el corazón.
Xavier Moret.
La profecía de dejar mi niñez fue real. Me hice más sensato y menos fantasioso. Mi abuelo Pablo también estaba envejeciendo y ya no paseábamos con tanta frecuencia por aquellos caminos que tantas veces habíamos recorrido. El tiempo había cambiado algunas cosas sin que ninguno de los dos se diera cuenta. Antes salíamos de casa y yo sabía que en cualquier momento podía aparecer una historia, una leyenda o uno de aquellos silencios que parecía conocer mejor que nadie. Después, poco a poco, aquellas excursiones fueron del pasado. También dejó de contarme las mismas leyendas menorquinas.
Nuestras conversaciones también habían cambiado. Ya no hablábamos solamente de castillos, fantasmas, caballos que corrían de noche o lugares donde, según los viejos de la isla, habían ocurrido cosas imposibles. Conversábamos como dos adultos, aunque yo todavía no hubiera cumplido los dieciocho años. Mi abuelo me preguntaba qué tal iban los estudios, si me gustaba aquel libro que llevaba entre las manos, qué quería hacer cuando terminara de estudiar o cómo veía la vida.
Claro que no me había olvidado de la leyenda del Castillo de Santa Àgueda. Aquella historia permanecía en algún lugar de mi memoria y, de vez en cuando, durante las noches de frío, abría la ventana de mi habitación para intentar escuchar los lamentos y el trote de los caballos. Miraba hacia la oscuridad y esperaba que sucediera algo. Quizá una luz entre los árboles, quizá una sombra, quizá el sonido lejano de unos cascos sobre la piedra.
Pero nunca lo oí.
Había decidido estudiar fuera de mi isla. A los diecisiete años uno cree que sabe hacia dónde quiere ir, pero en realidad no sabe casi nada. El futuro parece enorme y, al mismo tiempo, demasiado lejano. Yo no sabía cuánto tiempo estaría fuera. Podían ser unos años o quizá mucho más. Lo único que sabía con certeza era que me llevaba algo que nadie podía quitarme: ¡mi yo interior!.
Llegó el día en que me tenía que ir. Todavía no había terminado el siglo XX y yo tenía la sensación de estar a punto de entrar en otro mundo. No sabía qué camino iba a elegir. Mi generación era la generación del futuro. Nosotros íbamos a conocer un mundo diferente. Seríamos la gente de un siglo desconocido.
La última noche en el Lloc la pasé con mi abuelo. Fue una de esas noches que cuesta olvidar porque todo parecía diferente. Primero nos reímos, quitándole hierro al asunto. Hablamos de cosas sin importancia. Después aquella alegría se convirtió en un mapa de recuerdos. Recordamos mis primeros paseos, las tardes de invierno, las veces que había tenido miedo y, por supuesto, el Castillo de Santa Àgueda.
—¡Tú vas a tener suerte!
—¿Por qué, abuelo?
—Te queda mucha vida.
Mi abuelo Pablo estaba cerca de los setenta y cinco años. El mañana, sobre el papel, era mío. Él tenía un pasado enorme y yo apenas empezaba a construir el mío.
—Ahora sabrás que la vida no es solo un libro de leyendas.
—Me parece que todas esas leyendas de aquí que me contaste son mías y no se me van a poder olvidar.
—¿Quieres que te cuente la última?
Yo le sonreí.
Comenzó a contarme una historia que nunca había oído. Era una antigua leyenda de Menorca relacionada con el Castillo de Santa Àgueda. Según la tradición, alguien había escondido bajo sus piedras un becerro de oro, un tesoro protegido que solo podría aparecer ante los ojos de una persona escogida.
—Dicen que está ahí abajo —me dijo—. Bajo las piedras de Santa Àgueda.
—¿Y nadie lo ha encontrado?
—Muchos lo han buscado.
—¿Y?
—Nada.
Me quedé mirando a mi abuelo.
—Entonces no existe.
Pablo negó con la cabeza.
—Eso no lo sabes.
—¿Tú lo has visto?
—No.
Años después he pensado muchas veces en aquella última historia. Quizás él sabía que estaba a punto de marcharme y quería dejarme algo que no pudiera meter en una maleta.
¿Qué buscamos cuando abandonamos nuestra casa?
¿El futuro? ¿El éxito? ¿La libertad? ¿O aquello que dejamos atrás?
Aquella noche no encontré la respuesta.
Me fui a mi habitación y me costó dormirme.
Tenía que desprenderme de toda mi vida en la isla. Menorca había sido mi primer mundo. Allí había aprendido a caminar, a mirar, a escuchar y también a tener miedo. Allí había descubierto que una noche podía parecer interminable cuando uno era niño y que una montaña podía esconder una historia.
Pensé en el olor de la tierra después de la lluvia, en las montañas, en los caminos, en los barrancos, en las paredes de piedra seca, en los puertos y en las playas.
Pensé en las gentes de Menorca.
Hombres que habían pasado su vida mirando el mar antes de salir a pescar. Payeses que conocían sus tierras y sabían cuándo iba a cambiar el tiempo. Mujeres que conservaban recetas, historias y palabras escuchadas de sus madres y de sus abuelas. Personas que hablaban de una tormenta como si fuera una visita inesperada y que podían convertir una pequeña anécdota en una historia para toda la vida.
Era la gente que había aprendido a vivir con la tramontana, con los inviernos duros, con los veranos largos y con aquella sensación de vivir en una isla que, aunque pareciera pequeña, contenía un mundo entero.
Los pescadores tenían sus historias. Los hombres del campo tenían las suyas. Los viejos hablaban de los moros, de los piratas, de las cuevas, de los tesoros escondidos y de aquellas noches en las que, según ellos, había cosas que era mejor no mirar demasiado.
Yo había crecido escuchando aquellas historias.
Las gentes de Menorca tenían una forma particular de guardar el pasado. No lo encerraban solamente en los libros. Lo llevaban en la memoria. Una frase escuchada en una cocina, una historia contada después de cenar, una advertencia de un pescador, una vieja leyenda repetida por un abuelo. Así pasaban los recuerdos de una generación a otra.
Me levanté temprano. Mi abuelo Pablo ya me esperaba para desayunar. Café, tostadas y coca bamba. El desayuno de siempre. Pero aquella mañana nada parecía igual. Lo hice despacio. Cada sorbo de café parecía formar parte de una despedida. Cada pedazo de coca bamba tenía el sabor de todos los desayunos anteriores. Cuando terminamos, me levanté de la mesa para darle el beso de despedida a mi abuelo.
Entonces Pablo levantó la mano.
—¡Ah! Una cosa.
Me acerqué.
—Se me olvidaba. ¡El becerro de oro te quiere conocer!
Le sonreí como no le había sonreído en mi vida.
Mi abuelo me guiñó un ojo.
Entonces recordé una de mis obsesiones de niño.
—Nunca he escuchado los lamentos y el trote de los caballos.
—Eso está en ti.
No dijo nada más.
Subí al avión, comenzó a despegar.
Por la ventanilla vi cómo Menorca empezaba a alejarse. Primero vi los edificios. Después los caminos. Luego los campos. El mar apareció más grande. La isla comenzó a convertirse en una forma.Y entonces ocurrió algo que todavía puedo recordar con absoluta claridad. Miré por la ventanilla y vi Menorca desde arriba sólo vi el lugar donde había sido niño.
VIAJE
El deseo de absoluto se acomoda mal con la agitación. En islas apartadas como Menorca, el paisaje no te empuja a la acción, sino a la disolución dichosa del yo en el horizonte.
Emil Cioran.
Hay que saber despedirse. A mí me costó mucho. Mi abuelo Pablo murió, le dimos tierra, le recordamos y le contamos una leyenda menorquina que a él tanto le gustaba contar a su nieto. Después, antes de volver, subí a las ruinas del Castillo de Santa Àgueda. Hacía frío y casi era de noche. Desde aquel momento, aquel lugar quedó dividido en dos partes: la emocional y la real. Una parte no podía vivir sin la otra, porque en las leyendas de mi tierra siempre quedan resquicios de esa fantasía.
Antes de marcharme, me senté sobre una piedra y fijé la mirada en aquella pared rota que tantas historias había contado. No sabía qué hacer. El silencio del castillo pesaba más que el frío y la noche avanzaba sobre las ruinas. Entonces escuché el trotar de unos caballos y, después, un grito femenino. Era la leyenda que tantas veces me había contado mi abuelo Pablo. Durante no supe si aquello pertenecía al mundo real o al territorio de los recuerdos. Me atreví a mirar al cielo con una sonrisa y comprendí que, de alguna manera, mi abuelo había cumplido su promesa. Por fin había escuchado aquello que tantas veces había intentado imaginar.
A la mañana siguiente regresé a mi vida actual. Dejé atrás el Castillo de Santa Àgueda, las ruinas, el frío y aquella última noche junto a la memoria de mi abuelo. Algo había cambiado. Ya no tenía miedo a envejecer. Había aprendido que despedirse no significa olvidar, sino aceptar que algunas personas permanecen con nosotros de otra manera. Y mi abuelo Pablo, como las viejas leyendas de Menorca, se quedó allí, entre las piedras, el viento y aquella parte de mi infancia que nunca desaparecería.
© Jorge Girbau Bustos.
Octubre de 2026.
Imagen portada: openai
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