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Lawrence de Arabia: el hombre que quiso convertirse en leyenda
David Lean convirtió a T. E. Lawrence en uno de los grandes personajes de la historia del cine. Pero detrás de los desiertos infinitos, los trenes atacados y los espejismos había un hombre mucho más difícil de comprender.
Hay una escena que resume buena parte de la historia.
Un hombre enciende una cerilla.
La llama ilumina durante unos segundos su rostro.
Después la apaga.
Y, en un instante, la pequeña llama se convierte en un sol gigantesco sobre el desierto.
No hemos cambiado de escenario.
Hemos cambiado de mundo.
Ese corte entre la cerilla y el desierto, convertido en uno de los momentos más célebres de la historia del cine, pertenece a Lawrence of Arabia, la película que David Lean estrenó en 1962.
Pero hay algo curioso.
La película comienza con un hombre que ya está muerto.
Y, a partir de ahí, dedica casi cuatro horas a preguntarnos quién fue realmente.
El hombre antes que la leyenda
Thomas Edward Lawrence existió.
No fue inventado por Hollywood.
Durante la Primera Guerra Mundial participó en la llamada Revuelta Árabe contra el Imperio otomano y trabajó como oficial británico en Oriente Próximo. Los Imperial War Museums conservan fotografías y documentación de su actividad durante la revuelta de 1916-1918.
Pero el hombre real y el personaje cinematográfico no son exactamente la misma persona.
Y aquí comienza la verdadera historia.
Porque cuando David Lean decidió llevarlo al cine no estaba haciendo una biografía convencional.
Estaba construyendo un mito.
El guion de Robert Bolt y Michael Wilson se basó, entre otras fuentes, en Seven Pillars of Wisdom, el monumental relato autobiográfico de Lawrence sobre sus experiencias en Arabia. La propia Academia de Hollywood señala esta obra como base de la película.
Pero una autobiografía tampoco es necesariamente un espejo perfecto.
También es una interpretación.
Y Lawrence había convertido ya su propia experiencia en literatura.
David Lean hizo algo parecido con el cine.
Peter O’Toole entra en el desierto
Cuando pensamos en Lawrence, probablemente no pensamos en una fotografía histórica.
Pensamos en Peter O’Toole.
Sus ojos azules.
Su uniforme.
La túnica blanca.
El desierto.
El viento.
El silencio.
Y esa mezcla extraña de arrogancia, vulnerabilidad y fascinación que atraviesa toda la película.
O’Toole tenía entonces 29 años y no era todavía la estrella internacional que se convertiría después. El BFI señala que Lean decidió centrar aquel gigantesco espectáculo en una interpretación que convertía a Lawrence en una figura extraña y fascinante.
La película necesitaba un rostro.
Y encontró uno imposible de olvidar.
El desierto se convierte en personaje
Pero quizá el gran protagonista de Lawrence de Arabia no sea Lawrence.
Es el desierto.
David Lean entendió algo fundamental: si iba a contar esta historia, no podía filmar Arabia como un simple decorado.
Tenía que convertirla en una presencia.
Las dunas parecen no terminar nunca.
Los personajes aparecen diminutos frente al paisaje.
Un jinete puede convertirse en un punto negro a kilómetros de distancia.
Un ejército puede desaparecer detrás de una montaña de arena.
Y un espejismo puede hacer que el espectador dude de lo que está viendo.
La fotografía de Freddie Young, rodada en 65 mm y presentada en Super Panavision 70, fue fundamental para conseguir aquella escala visual. El BFI considera la película uno de los grandes logros del cine rodado en 70 mm y destaca precisamente la forma en que el paisaje participa de la narración.
Lean no quería simplemente enseñarnos el desierto.
Quería hacernos sentir pequeños dentro de él.
Y entonces aparece Aqaba
Uno de los momentos más espectaculares de la película es la marcha hacia Aqaba.
Lawrence y los combatientes árabes atraviesan el desierto para atacar el puerto desde una dirección inesperada.
La secuencia tiene la estructura de una aventura clásica.
Un grupo aparentemente condenado.
Un territorio imposible.
Un plan arriesgado.
Y finalmente la victoria.
Pero Lean introduce algo más.
Lawrence no parece simplemente un militar ejecutando una estrategia.
Parece alguien que está descubriendo su propia leyenda mientras la crea.
Cada victoria aumenta su imagen.
Cada hazaña lo aleja un poco más de la persona que era al principio.
Y la película comienza a hacerse una pregunta incómoda:
¿Lawrence está liberando a otros o está descubriéndose a sí mismo?
El héroe empieza a romperse
Aquí es donde Lawrence de Arabia se separa de una película de aventuras convencional.
Porque cuanto más grande se vuelve el mito, más inseguro aparece el hombre.
La película no presenta a Lawrence como un héroe limpio.
Lo muestra contradictorio.
Vanidoso.
Impulsivo.
Capaz de realizar actos extraordinarios y, al mismo tiempo, de quedar atrapado por su propia imagen.
El BFI destaca precisamente esta dimensión: el personaje pasa de convertirse en una especie de figura casi milagrosa a enfrentarse con una versión mucho más vulnerable y problemática de sí mismo.
Y ahí aparece una de las grandes ironías de la película.
Lawrence quiere convertirse en leyenda, pero la leyenda termina destruyendo al hombre.
La política está ahí, aunque la película sea otra cosa
Hay también una dimensión histórica que no podemos ignorar.
La película transcurre dentro de la política británica y árabe de la Primera Guerra Mundial, y muestra las tensiones entre los intereses de las potencias europeas y las aspiraciones árabes.
El BFI describe la película como un relato que, bajo su espectacularidad, plantea cuestiones sobre identidad, lealtad y la intervención británica en los asuntos árabes.
Pero Lean no convierte la película en un tratado político.
Lo utiliza como parte del conflicto personal de Lawrence.
El hombre que se siente atraído por Arabia descubre que está actuando dentro de una estructura política mucho mayor que él.
Y cuanto más intenta escapar de ella, más evidente resulta que nunca ha dejado de formar parte de ella.
La película no pretende ser una fotografía exacta de la historia
Este punto es fundamental.
Lawrence de Arabia es una película histórica, pero no debe confundirse con un documental sobre Lawrence.
El propio BFI advierte que la película se toma libertades con la veracidad histórica y que su objetivo es construir algo cercano a una tragedia de dimensiones shakesperianas.
Eso explica muchas cosas.
El Lawrence de Lean es una construcción cinematográfica.
Sus diálogos están cuidadosamente escritos.
Las escenas están organizadas para crear una evolución dramática.
Los personajes históricos aparecen transformados.
Algunos acontecimientos son condensados o modificados.
Y determinados episodios han sido discutidos por historiadores y biógrafos de Lawrence.
No es un defecto accidental.
Es parte de la naturaleza de la película.
Lean no estaba diciendo:
“Esto ocurrió exactamente así.”
Estaba preguntando:
“¿Qué clase de hombre pudo convertirse en esta leyenda?”
Una película gigantesca hecha con una idea íntima
Aquí aparece una de las grandes paradojas de Lawrence de Arabia.
Todo en ella es enorme.
Los ejércitos.
Los desiertos.
Las batallas.
Los trenes.
Las ciudades.
Los paisajes.
La duración.
La música.
La pantalla.
Pero el conflicto fundamental es íntimo.
Un hombre intenta averiguar quién es.
Y cuanto más éxito consigue, menos claro tiene quién está mirando desde dentro de ese uniforme.
David Lean llegó a decir que él y Robert Bolt habían pensado inicialmente Lawrence como una historia íntima, aunque inevitablemente acabara convirtiéndose en una epopeya por las dimensiones de la historia. El BFI recoge esta idea al explicar la concepción de la película.
Quizá por eso funciona tan bien.
Porque debajo de la épica hay una pregunta muy sencilla:
¿Quién soy cuando todos los demás empiezan a verme como alguien extraordinario?
La cerilla que cambió el cine
Volvamos ahora a aquella cerilla.
La escena parece sencilla.
Lawrence la apaga.
Corte.
Sol.
Desierto.
Pero el montaje de Anne V. Coates convirtió ese instante en una de las transiciones más famosas del cine.
El BFI explica que la idea surgió durante el montaje, casi por accidente, mientras Lean y Coates trabajaban con las enormes cantidades de material rodado. Habían filmado unos 33 kilómetros de película.
Una cerilla.
Un corte.
El sol.
Y de repente el espectador comprende que ha entrado en otro universo.
Eso es cine.
No necesitamos que un personaje diga:
“Ahora empieza una aventura extraordinaria.”
El montaje ya lo ha dicho.
Tres horas y cuarenta y dos minutos
La película dura actualmente 222 minutos.
Tres horas y cuarenta y dos minutos.
Y eso es después de haber pasado por una historia complicada de cortes y restauraciones.
Tras el estreno de 1962, se eliminaron aproximadamente veinte minutos. Para una reedición posterior se hicieron más cortes. Décadas después se recuperaron escenas y se restauró la película, con la participación de David Lean y Anne Coates en el proceso.
Es curioso pensar que una de las películas más famosas de la historia estuvo durante años circulando en versiones mutiladas.
Como si incluso la película hubiera tenido que luchar contra el paso del tiempo.
Siete Oscar
En los Oscar de 1963, Lawrence de Arabia ganó siete premios.
Mejor película.
Director para David Lean.
Fotografía para Freddie Young.
Montaje para Anne V. Coates.
Banda sonora para Maurice Jarre.
Dirección artística y decoración.
Y sonido.
Peter O’Toole fue nominado como mejor actor, pero no ganó.
Y quizá haya algo poético en eso.
La película premió prácticamente todo lo que construyó la leyenda:
la dirección,
la fotografía,
el montaje,
la música,
el sonido,
la producción.
Pero el hombre que estaba en el centro de aquella leyenda regresó a casa sin la estatuilla.
¿Qué queda después del desierto?
Han pasado más de sesenta años desde que Lawrence de Arabia llegó a los cines.
Y seguimos viendo el desierto.
Seguimos escuchando la música.
Seguimos esperando el momento en que aquel jinete aparece en el horizonte.
Seguimos viendo a Lawrence caminar hacia la cámara como si el paisaje le perteneciera.
Pero quizá hoy podemos mirar la película de otra manera.
No solamente como una historia de aventuras.
Ni siquiera solamente como una película histórica.
Sino como una historia sobre la fabricación de una identidad.
Lawrence quería escapar de los límites de su propio mundo.
Arabia le ofreció la posibilidad de convertirse en alguien diferente.
Pero esa transformación tuvo un precio.
Porque una cosa es inventarse una identidad.
Y otra muy distinta conseguir sobrevivir a ella.
Quizá Lawrence nunca quiso ser un héroe
Tal vez por eso la película comienza con su muerte.
Lean nos cuenta primero que Lawrence ha desaparecido.
Y solo después intenta reconstruirlo.
Es una estructura extraña.
Primero conocemos el final.
Después buscamos al hombre.
Y cuanto más creemos conocerlo, más difícil resulta definirlo.
Quizá esa sea la verdadera razón por la que Lawrence de Arabia sigue funcionando.
Porque no nos entrega un héroe perfectamente explicado.
Nos entrega una contradicción.
Un hombre que quiso ser extraordinario y descubrió que serlo podía resultar insoportable.
Un personaje histórico que se convirtió en personaje literario.
Y finalmente en personaje cinematográfico.
Y quizá aquí esté la última ironía.
Lawrence murió.
Pero la leyenda no.
La leyenda continúa atravesando el desierto.
Cada vez que una cerilla se apaga frente a una pantalla.
Cada vez que el sol aparece detrás de una duna.
Cada vez que alguien pregunta quién fue realmente aquel hombre.
Y quizá el cine no tenga la respuesta.
Quizá su verdadera magia consista precisamente en obligarnos a seguir preguntándolo.
Por Sofía
Imagen portada: openai
Lawrence de Arabia: el hombre que quiso convertirse en leyenda
David Lean convirtió a T. E. Lawrence en uno de los grandes personajes de la historia del cine. Pero detrás del desierto, los trenes y los espejismos había un hombre mucho más difícil de comprender.
Lawrence de Arabia convirtió a T. E. Lawrence en una leyenda del cine. La historia detrás de la película de David Lean revela un personaje mucho más complejo.
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