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El tercer hombre: la película donde las sombras saben más que los personajes

El tercer hombre: la película donde las sombras saben más que los personajes
Sofia Lovelace
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El tercer hombre: la película donde las sombras saben más que los personajes

Una ciudad en ruinas, un muerto que quizá no está muerto y una música que convierte el misterio en una pesadilla

Hay películas que cuentan una historia.

Y hay películas que consiguen que una ciudad entera parezca esconder un secreto.

El tercer hombre pertenece a las segundas.

Cuando Carol Reed llevó la película a los cines en 1949, Viena todavía era una ciudad marcada físicamente por la guerra. Edificios destruidos, calles deterioradas, zonas controladas por las potencias vencedoras y una población que intentaba reconstruir su vida entre las ruinas.

Reed decidió no ocultar ese paisaje.

Lo convirtió en uno de los protagonistas.

Y entonces hizo algo todavía más extraño: colocó sobre aquellas ruinas una música alegre de cítara.

El resultado debería haber sido desconcertante.

Lo fue.

Pero también fue inolvidable.

Todo comienza con un muerto

Holly Martins, interpretado por Joseph Cotten, llega a Viena para encontrarse con su viejo amigo Harry Lime.

Hay un problema.

Harry Lime está muerto.

Según la versión oficial, ha fallecido atropellado.

Martins acude al lugar del supuesto accidente y comienza a hacer preguntas. Algo no encaja. Hay testimonios contradictorios y alguien menciona la presencia de un tercer hombre.

Uno que nadie parece conocer.

Uno que no debería haber estado allí.

Y entonces la película cambia de naturaleza.

Ya no estamos simplemente ante la muerte de un amigo.

Estamos ante una pregunta:

¿quién era realmente Harry Lime?

La investigación de Martins le llevará por una Viena dividida, oscura y moralmente devastada, hasta descubrir que su amigo no era exactamente el hombre que creía conocer.

Y ahí aparece una de las grandes ideas de la película.

A veces no descubrimos quién mató a una persona.

Descubrimos quién era esa persona.

Viena no es el escenario

Es probablemente lo primero que hay que entender para apreciar El tercer hombre.

Viena no funciona como un simple decorado.

Viena es el personaje principal.

Carol Reed rodó buena parte de la película en la propia ciudad en 1948, cuando las heridas de la guerra todavía estaban presentes. El BFI destaca precisamente cómo la película convirtió las calles, edificios dañados, plazas y alcantarillas vienesas en una parte esencial de su identidad visual.

La ciudad aparece dividida entre las potencias ocupantes.

Pero también está dividida moralmente.

Hay policías.

Contrabandistas.

Mercado negro.

Personas que intentan sobrevivir.

Personas que se enriquecen con la miseria.

Y personajes que han aprendido a vivir en una zona donde las fronteras entre el bien y el mal ya no son tan claras.

La guerra ha terminado.

Pero parece que nadie sabe muy bien qué hacer con la paz.

Y entonces aparece Orson Welles

O, mejor dicho, no aparece.

Porque uno de los grandes trucos de El tercer hombre consiste precisamente en hacer que Harry Lime sea importante mucho antes de que el espectador pueda verlo.

Durante buena parte de la película, Lime es una ausencia.

Una voz.

Un recuerdo.

Un nombre.

Una sospecha.

Y cuando finalmente aparece, el efecto es enorme.

Orson Welles interpreta a Harry Lime, y aunque su presencia física en pantalla es relativamente breve, el personaje domina la película. El BFI señala que Welles aparece después de más de una hora y permanece en pantalla apenas unos quince minutos, pero su presencia termina dominando toda la historia.

Es una de esas raras ocasiones en las que la ausencia de un personaje consigue hacerlo más grande que su propia presencia.

Una entrada bajo una luz imposible

Hay una escena que pertenece ya a la historia del cine.

Holly está investigando.

La noche es oscura.

Una figura aparece brevemente iluminada en una puerta.

Y entonces descubrimos que Harry Lime está vivo.

Carol Reed utiliza la arquitectura, las sombras y la luz como si fueran parte de la narración.

No necesita que el personaje explique quién es.

La imagen lo hace por él.

Es una de las grandes lecciones visuales de la película:

el cine puede revelar información sin decirla.

La fotografía de Robert Krasker está llena de perspectivas inclinadas, contrastes extremos y composiciones deliberadamente desequilibradas. El BFI destaca precisamente el uso de ángulos oblicuos, claroscuro y calles mojadas que convierten Viena en un espacio inquietante.

La ciudad parece estar siempre ligeramente inclinada.

Como si también ella hubiera perdido el equilibrio.

La música que nadie esperaba

Y entonces suena la cítara.

Hoy parece imposible imaginar El tercer hombre sin su música.

Pero la decisión fue casi accidental.

Durante el rodaje en Viena, Carol Reed escuchó tocar a Anton Karas, un músico de cítara prácticamente desconocido para el gran público. El director quedó impresionado por aquel sonido y decidió incorporarlo a la película.

Lo curioso es que inicialmente se había previsto una banda sonora orquestal convencional.

Reed cambió de idea.

Terminó utilizando la música de Karas como elemento fundamental de la película.

Y ocurrió algo extraordinario.

La música no parece corresponderse con lo que estamos viendo.

Tiene algo juguetón.

Ligero.

Casi festivo.

Mientras tanto, aparecen cadáveres, contrabandistas, persecuciones y calles destruidas.

Esa contradicción produce una sensación extrañísima.

Como si la película estuviera sonriendo mientras nos cuenta algo terrible.

El hombre que convirtió la corrupción en una conversación

El guion fue escrito por Graham Greene, a partir de una historia concebida originalmente para la película. Posteriormente Greene desarrolló también el material en forma de novela corta.

Y Greene introduce aquí una de sus obsesiones:

la ambigüedad moral.

Harry Lime no es un villano convencional.

Es mucho más interesante.

Es encantador.

Inteligente.

Divertido.

Seguro de sí mismo.

Y profundamente corrupto.

Lo verdaderamente inquietante es que sabe explicar su comportamiento.

Puede convertir una atrocidad en una cuestión económica.

Puede hablar de vidas humanas como si estuviera hablando de cifras.

Y ahí está el peligro.

Los monstruos son fáciles de reconocer.

Los hombres encantadores que han encontrado una explicación razonable para todo lo que hacen son mucho más difíciles.

La famosa conversación de la noria

En lo alto de la noria del Prater tiene lugar una de las conversaciones más famosas de la película.

Harry Lime observa Viena desde arriba.

Abajo están las personas.

Pequeñas.

Casi insignificantes.

Y el personaje formula una visión del mundo en la que la vida humana puede reducirse a una cuestión de beneficios y pérdidas.

La escena es fundamental porque Holly todavía quiere encontrar al amigo que conocía.

Pero delante de él ya no está exactamente ese hombre.

Está alguien que ha convertido el cinismo en una filosofía.

El propio Orson Welles contribuyó al famoso discurso de la noria, según la documentación de Criterion.

Y quizá por eso funciona tan bien.

Porque Harry Lime no intenta demostrar que es bueno.

Intenta demostrar que ser malo puede resultar racional.

El tercer hombre también es una película sobre la amistad

Y aquí aparece una lectura menos evidente.

Holly Martins no está persiguiendo solamente a un criminal.

Está intentando decidir qué hacer con el recuerdo de un amigo.

La pregunta no es únicamente:

«¿Qué hizo Harry?»

También es:

«¿Qué hago yo ahora que sé quién era?»

Esa diferencia transforma la historia.

Porque investigar a alguien es relativamente sencillo.

Aceptar que alguien a quien queríamos no era quien pensábamos es mucho más difícil.

Y luego están las alcantarillas

El tramo final de la película desciende literalmente.

Después de pasar buena parte de la historia entre edificios, plazas, calles y tejados, la persecución entra en el subsuelo de Viena.

Las alcantarillas se convierten en un laberinto.

Harry corre.

La policía lo persigue.

Las sombras vuelven a aparecer.

Y la película parece llevar a sus personajes hacia el lugar que simbólicamente les corresponde.

Debajo de la ciudad.

Debajo de sus fachadas.

Debajo de las apariencias.

El BFI destaca precisamente el papel de las alcantarillas en el desenlace y la manera en que la película contrapone la noria, situada sobre la ciudad, con ese descenso al subsuelo.

Arriba, la ciudad.

Abajo, aquello que la ciudad intenta esconder.

Una película que convirtió el desequilibrio en estilo

Hay algo fascinante en la fotografía de El tercer hombre.

Las cámaras no parecen mirar el mundo desde una posición normal.

Las líneas están inclinadas.

Las fachadas parecen caer.

Las sombras ocupan demasiado espacio.

Los personajes aparecen pequeños frente a edificios enormes.

Los encuadres parecen decirnos constantemente:

algo no está bien.

No es solamente estética.

Es narración.

Carol Reed hace que el espectador sienta físicamente la inestabilidad moral de la historia.

La forma de la película reproduce aquello que está contando.

Una película que hizo historia

El tercer hombre fue estrenada en 1949 y recibió el Gran Premio del Festival de Cannes. También ganó el BAFTA a mejor película y el Óscar a la mejor fotografía en blanco y negro para Robert Krasker.

Con el paso de las décadas se convirtió además en una de las grandes referencias del cine británico.

El BFI la situó en el primer puesto de su encuesta de las mejores películas británicas del siglo XX realizada en 1999, y en su encuesta de críticos de 2022 aparece entre las grandes películas de la historia del cine.

Pero quizá los premios expliquen menos que una cosa mucho más sencilla.

La película sigue viva.

Y Viena sigue teniendo sus huellas.

Existen recorridos cinematográficos dedicados a sus localizaciones e incluso un museo dedicado a la película. Algunas de las localizaciones utilizadas por Reed pueden reconocerse todavía hoy.

El verdadero misterio de El tercer hombre

Quizá la película haya sobrevivido porque su misterio nunca fue realmente quién era el tercer hombre.

Eso solamente es el mecanismo de la historia.

El verdadero misterio es otro.

¿Cuánto podemos llegar a conocer realmente a una persona?

Holly creía conocer a Harry.

Lo quería.

Confiaba en él.

Y necesitó que muriera para descubrir quién era.

Pero incluso después de descubrirlo, todavía le queda una decisión.

Porque conocer la verdad no siempre significa saber qué hacer con ella.

Y ahí está la grandeza de El tercer hombre.

No es solamente una película sobre un hombre desaparecido.

Ni sobre contrabando.

Ni sobre una ciudad destruida.

Ni siquiera sobre Harry Lime.

Es una película sobre la caída de una ilusión.

La ilusión de que nuestros amigos son exactamente quienes creemos.

La ilusión de que una ciudad puede volver a ser la misma después de una guerra.

La ilusión de que el bien y el mal siempre se distinguen fácilmente.

Y quizá también la ilusión de que nosotros mismos sabemos de qué lado estaríamos si alguna vez tuviéramos que elegir.

La última imagen de la película parece responder a todo eso sin decir una palabra.

Una carretera.

Un árbol.

Una mujer caminando.

Y alguien esperando.

La música de Anton Karas sigue sonando.

Y Viena continúa allí.

Como si nada hubiera terminado realmente.


Por Sofía


Escena → Cine

Imagen portada: openai

El tercer hombre: la película donde las sombras saben más que los personajes

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El tercer hombre convirtió la Viena de posguerra en un laberinto de sombras, corrupción y misterio. La historia de la obra maestra de Carol Reed y Orson Welles.

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