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Ana frente al odio al cuerpo y la seducción de la idea

Ana frente al odio al cuerpo y la seducción de la idea
Francisco josé Garcia Carbonell
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Ana frente al odio al cuerpo y la seducción de la idea

El amor, desde cierta tradición filosófica que va de Schopenhauer hasta quienes han intentado pensar la interioridad humana como un campo de fuerzas, nunca ha sido un sentimiento ingenuo. Es una tensión, una pugna entre el cuerpo que nos sostiene y la idea que nos desgarra. El amor, en ese sentido, no es una celebración de la vida, sino una forma de reconocer que la vida nos excede, que nos empuja hacia algo que no controlamos y que, sin embargo, nos define.

Cuando hablamos del suicidio, solemos hacerlo como si fuera un gesto dirigido contra la existencia. Pero quizá sea algo más íntimo y más antiguo: un odio al cuerpo. Un rechazo a la materia que nos limita, que nos recuerda que no somos la idea que perseguimos. El cuerpo es lo que pesa, lo que duele, lo que envejece, lo que se equivoca. La idea, en cambio, es pura, perfecta, inalcanzable. Y en esa distancia se abre una herida.

Confundimos la idea con la realidad porque la idea promete una forma de orden que el mundo no ofrece. El cerebro, atrapado en su propio laberinto, intenta resolver una ecuación que nunca se cierra. Y cuando la ecuación no se resuelve, aparece la tentación de destruir el cuerpo para salvar la idea. Como si la muerte fuera una forma de coherencia. Como si la desaparición del cuerpo permitiera que la idea, por fin, se fijara en su lugar.

Pero no es así. El suicidio no resuelve nada. Solo consuma un error: creer que la idea es más verdadera que la vida. Creer que la perfección de la idea vale más que la imperfección del cuerpo. Creer que el sufrimiento es una prueba de profundidad, cuando en realidad es una señal de que hemos perdido el equilibrio entre lo que somos y lo que imaginamos ser.

Yo me responsabilizo de mi trastorno de salud, igual que otra persona se responsabiliza del suyo. Los enfermos no somos culpables de estar enfermos, aunque sí podemos volvernos irresponsables cuando dejamos que otros, que tampoco saben cuidar su cuerpo, que tampoco saben habitar su vida, nos guíen hacia lugares donde la idea se vuelve tiránica. La irresponsabilidad no nace del dolor, sino de la fascinación por quienes viven sin aceptar su propia fragilidad.

¿Por qué nos dejamos arrastrar por personas que no sienten odio hacia su cuerpo, pero que desean transformarlo como si fuera un objeto? ¿Por qué imitamos a quienes creen que la vida es un proyecto estético y no una realidad encarnada? Quizá porque buscamos en ellos una promesa de sentido que no encontramos en nosotros. Quizá porque su aparente seguridad nos seduce. Quizá porque su despreocupación nos parece libertad, cuando en realidad es solo otra forma de huida.

Hay una historia que siempre vuelve: la del hombre que, incapaz de conciliar su idea con su vida, se enamora de una mujer que encarna todo lo que él no puede ser. Ella es la realidad, él es la idea. Ella es el cuerpo, él es la abstracción. Y cuando ella lo abandona, él descubre que su amor no era hacia ella, sino hacia la imagen que había construido de sí mismo a través de ella. La pérdida no es de la mujer, sino de la ilusión. Y la ilusión, al romperse, deja al descubierto el vacío que él intentaba ocultar.

Ese vacío es el mismo que empuja a tantos hacia el borde. No es odio hacia el mundo, sino hacia la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser. No es rechazo a la vida, sino rechazo a la imperfección. No es un gesto de libertad, sino de desesperación ante una idea que nunca se deja atrapar.

El amor, cuando es verdadero, no exige destruir el cuerpo para salvar la idea. Exige aceptar que la idea nunca será perfecta y que el cuerpo nunca será suficiente. Exige reconciliar lo que pensamos con lo que somos. Exige renunciar a la tentación de la pureza. Exige, en definitiva, vivir.

Y vivir, aunque duela, siempre es más valiente que desaparecer.

 

Por Francisco José García Carbonell

 

Pensamiento

Imagen portada: openai

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