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El 11-S y los mayas

El 11-S y los mayas
Oscar Sanchez
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El 11-S y los mayas

Mel Gibson dirigió en 2006 Apocalypto, una película que puede resultar tan fascinante visualmente como discutible en su interpretación histórica. En ella se nos muestra un mundo maya dominado por la violencia, los sacrificios humanos y el miedo, hasta que, al final, aparecen en el horizonte los barcos de los conquistadores españoles.
La película ha sido discutida precisamente por eso: por la imagen que ofrece de la sociedad maya y por la manera en que utiliza la violencia y el sacrificio como elementos centrales de su relato.
Pero hay algo que me interesa más que la exactitud histórica de Apocalypto.
Nosotros también practicamos nuestros sacrificios.
No tan frecuentemente, es cierto. No ceremonialmente, por descontado. Pero cuando se hacen, se hacen a bulto, en masa.
Los mayas de Mel Gibson cortaban cabezas de una en una. Cinco siglos después de la llegada de los españoles a América, nosotros contemplamos en directo cómo casi tres mil personas morían en los atentados del 11 de septiembre de 2001.
Unos murieron quemados, otros asfixiados y otros se arrojaron al vacío desde las Torres Gemelas.
No hubo sacerdotes ni altares.
Hubo aviones.
Hubo edificios.
Hubo televisión.
Y hubo una sociedad entera contemplando cómo la realidad parecía haberse convertido, de repente, en una película.

¿Qué ocurrió realmente?

Aquí empieza la parte incómoda.
Sabemos muchas cosas sobre el 11-S. Sabemos que diecinueve terroristas vinculados a Al Qaeda secuestraron cuatro aviones comerciales y que los atentados causaron 2.977 víctimas. Sabemos que Al Qaeda preparó la operación y que Osama Bin Laden fue su principal dirigente y responsable. La investigación posterior dejó una enorme cantidad de información sobre la organización, sus preparativos y sus objetivos.
Por tanto, no tiene sentido fingir que no sabemos quién lo hizo.
Pero una cosa es saber quién organizó un atentado y otra muy distinta comprender todas sus consecuencias, todos sus antecedentes y, sobre todo, todo aquello que ocurrió después.
Ahí sí quedan preguntas.
Muchas.
La versión oficial no necesita ser una conspiración para que podamos discutirla, analizarla o preguntarnos por sus consecuencias.
Y tampoco hace falta convertir cualquier duda en una teoría alternativa.
La historia real suele ser bastante más incómoda que las conspiraciones porque no necesita un único villano omnipotente ni un único cerebro capaz de explicarlo todo.

Bin Laden y el móvil

Lo que no me convence es la explicación según la cual Bin Laden era simplemente un loco sediento de venganza.
No era eso.
Bin Laden tenía una ideología, una organización y una estrategia.
La Comisión del 11-S documentó sus discursos, sus declaraciones y sus objetivos políticos. Entre sus agravios aparecían la presencia de tropas estadounidenses en Arabia Saudí y distintas políticas de Estados Unidos en Oriente Próximo. La propia Comisión señala además que Bin Laden consideraba que un ataque contra Estados Unidos podía atraer nuevos reclutas, dinero y simpatizantes hacia Al Qaeda.
Eso no justifica nada.
Explicar no significa justificar.
Y quizá convenga recordarlo porque tenemos una extraña tendencia a pensar que comprender las razones de un criminal equivale a disculparlo.
No.
Comprender por qué alguien hace algo puede ser precisamente la mejor manera de impedir que vuelva a hacerlo.
Bin Laden no era simplemente un hombre que pegaba gritos.
Era el dirigente de una organización que llevaba años preparándose para atacar intereses estadounidenses y que había desarrollado una estructura capaz de reclutar, financiar, entrenar y desplazar personas por distintos países.
El problema, por tanto, no está en que no sepamos quién fue.
El problema está en comprender por qué aquella organización llegó a tener la capacidad de hacerlo.

El día en que todos fuimos espectadores

Recuerdo al pobre Matías Prats cuando vio el segundo avión impactando en directo y comentó que aquello podía ser el comienzo de la Tercera Guerra Mundial.
Aquella noche acudí con unos amigos a escuchar a Agustín García Calvo en la Cacharrería del Ateneo de Madrid. Era miércoles y queríamos saber qué se le ocurría a él sobre aquel acontecimiento recién estrenado del nuevo milenio.
Recuerdo una de sus frases:
«La fe levantó esas torres y la fe —otra fe— las derribó».
Luego siguió con lo suyo, que supuestamente era la lucha dialéctica contra toda fe.
Ambos, Matías y Agustín, fueron ingenuos.
Como todos nosotros aquel día.
No hubo Tercera Guerra Mundial.
Hubo algo quizá más extraño.
Hubo una transformación radical de la política, de la seguridad y de nuestra manera de mirar el mundo.
Estados Unidos declaró una guerra global contra el terrorismo. Se aprobó una legislación antiterrorista de enorme alcance, se desarrollaron nuevas políticas de vigilancia y detención y se abrió el centro de detención de Guantánamo. Después llegaron la guerra de Afganistán y, en 2003, la invasión de Irak, un país cuyo régimen no había participado en los atentados del 11-S.
La relación entre el 11-S y la posterior invasión de Irak sigue siendo uno de los grandes asuntos políticos de aquella época, precisamente porque Irak no fue responsable de los atentados.
Y mientras todo aquello ocurría, Hollywood hizo sus películas.
La música hizo su catarsis.
La televisión repitió las imágenes.
Y el mundo aprendió una nueva manera de recordar una tragedia:
viéndola una y otra vez.

La muerte convertida en espectáculo

La retórica del 11-S terminó articulándose alrededor de una serie de expresiones que hoy nos resultan familiares.
El propio nombre: 11-S.
Un número y una letra.
Después llegó la expresión «Zona Cero», aplicada al lugar donde se levantaban las Torres Gemelas.
Se repitió hasta la saciedad que aquel día había marcado «un antes y un después».
Que había comenzado una nueva era.
Que la realidad había superado a la ficción.
Que las imágenes de los rascacielos en llamas parecían pertenecer a una película de catástrofes.
Se habló de la heroicidad de bomberos, policías, sanitarios y ciudadanos.
Se habló de los supervivientes.
Se habló del valor humano.
Y se repitió una y otra vez que, en aquel instante, todo el planeta había sido Nueva York.
No tengo nada que objetar al reconocimiento de quienes arriesgaron o perdieron la vida intentando salvar a otros.
Pero hay algo que siempre me ha llamado la atención.
¿Qué significa exactamente decir que aquel día demostramos nuestro «valor humano»?
¿Cuál habría sido la alternativa?
¿Salir a la calle a despedazar a todo individuo con turbante?
¿Convertir la tragedia en una cacería colectiva?
¿O permanecer indiferentes y cambiar de canal?
Quizá lo más interesante no sea afirmar que fuimos humanos.
Quizá lo interesante sea preguntarnos qué hicimos con aquella humanidad después.

Cuando la realidad parece una película

Lo que más me interesa de todo esto es la frase que se repetía constantemente:
la realidad supera la ficción.
Porque esa frase dice mucho más de nosotros de lo que parece.
Estamos tan acostumbrados a contemplar catástrofes en la pantalla que cuando una catástrofe real adopta una forma cinematográfica no sabemos muy bien cómo reaccionar.
Dos aviones atraviesan dos rascacielos.
Una ciudad entera se llena de humo.
Una fábrica explota en Beirut.
Un edificio se derrumba.
Y nuestra primera referencia cultural es el cine.
No pensamos en términos de tragedia.
Pensamos en términos de imágenes.
La realidad se parece a una película.
Y quizá ese sea uno de los verdaderos cambios producidos por el 11-S.
No solamente cambió la política.
Cambió nuestra manera de mirar.
El desastre dejó de ser únicamente algo que sucedía.
Se convirtió también en algo que contemplábamos.

La Zona Cero

Yo estuve allí en 2007.
La Zona Cero ya era entonces un espacio ordenado, limpio, casi brillante.
La ciudad había comenzado a reconstruirse.
Y eso también resulta extraño.
Porque el lenguaje había convertido aquel lugar en algo casi metafísico: una herida, un agujero, el vacío dejado por una civilización golpeada en su propio centro.
Pero allí había gente.
Turistas.
Trabajadores.
Policías.
Vendedores.
Personas que seguían con su vida.
La vida siempre tiene la desagradable costumbre de continuar.
Quizá por eso me interesa tanto la expresión «Zona Cero».
Porque convierte un lugar concreto en un símbolo.
Y los símbolos tienen una enorme capacidad para hacernos olvidar que debajo de ellos había personas.

Y las 2.977 víctimas

Hay algo que ninguna reflexión filosófica, ninguna teoría política y ninguna película debería permitirnos olvidar.
Las víctimas.
2.977 personas murieron aquel día, procedentes de 90 países. No eran un símbolo. No eran una cifra destinada a convertirse en argumento político. Eran personas concretas, con familias, trabajos, amigos, planes y una vida que aquella mañana terminó de forma brutal.
Y quizá sea aquí donde la comparación con los mayas deje de ser una provocación gratuita.
Los sacrificios humanos de las sociedades antiguas podían ser explicados dentro de un sistema religioso, político y cultural.
Nosotros, en cambio, creemos haber dejado atrás esas ceremonias.
Nos consideramos racionales.
Modernos.
Civilizados.
Pero seguimos siendo capaces de convertir seres humanos en cifras, daños colaterales, objetivos militares o imágenes de televisión.
La diferencia es que nuestros sacerdotes ya no llevan tocados de plumas.
Llevan trajes.
Y nuestras pirámides pueden tener cuarenta o cien pisos.

El espectáculo necesita una explicación

Quizá por eso seguimos intentando explicar el 11-S.
No porque no sepamos quién lo hizo.
Lo sabemos.
Sino porque todavía intentamos comprender cómo fue posible que ocurriera y qué hicimos después con aquello que ocurrió.
La Comisión del 11-S señaló fallos de imaginación, de coordinación, de política y de gestión en las instituciones estadounidenses antes del ataque. También documentó que durante los meses anteriores existieron numerosas advertencias sobre la amenaza de Al Qaeda, aunque no fueron capaces de traducirse en una respuesta que impidiera el atentado.
Eso resulta mucho menos cinematográfico que una gran conspiración.
Pero también mucho más inquietante.
Porque significa que quizá no necesitamos imaginar un poder oculto capaz de controlarlo todo.
A veces basta con la incompetencia, la burocracia, la mala interpretación de las señales y la incapacidad humana para imaginar aquello que todavía no ha sucedido.
El mal, al parecer, no siempre necesita ser extraordinariamente inteligente.

Bin Laden tampoco ganó

En 2011, Osama Bin Laden fue localizado en Abbottabad, Pakistán, y abatido durante una operación estadounidense autorizada por Barack Obama. La operación fue seguida desde la Casa Blanca por Obama y varios miembros de su equipo, entre ellos Hillary Clinton, pero no asistieron físicamente a la ejecución.
Y aquí aparece otra ironía.
El hombre que había querido convertir su ataque en una demostración de fuerza terminó escondido durante años.
Su organización fue perseguida.
Su figura acabó convertida en el rostro de un enemigo mundial.
Y su muerte fue presentada como el cierre de una historia que, naturalmente, no terminó con él.
Porque las historias reales nunca terminan cuando muere el villano.
Dejan consecuencias.

¿Qué queda después?

Quizá las 2.977 personas que murieron aquel día, si pudieran mirar ahora hacia abajo, no encontrarían la respuesta en una conspiración.
Tampoco en Apocalypto.
Y probablemente tampoco en ninguna película.
Encontrarían algo bastante más incómodo.
Nos encontrarían a nosotros.
A una sociedad que convirtió una tragedia en símbolo, después en relato, después en política y finalmente en memoria.
Una sociedad que contempló el horror desde millones de pantallas.
Una sociedad que, después de aquel día, decidió que algunas libertades podían sacrificarse para garantizar la seguridad.
Y que descubrió también que las guerras iniciadas después podían producir otras muchas víctimas.
Los mayas de Mel Gibson tenían sus dioses.
Nosotros tenemos otros.
Tenemos la seguridad.
Tenemos la nación.
Tenemos la economía.
Tenemos la ideología.
Tenemos incluso la televisión.
Y quizá todos ellos puedan convertirse, en determinadas circunstancias, en una excusa para sacrificar aquello que decimos defender.
Al final, la pregunta no es si somos más civilizados que los mayas.
La pregunta es mucho más incómoda:
¿qué hemos aprendido realmente de ellos?
Porque quizá la historia no consista en dejar de hacer sacrificios.
Quizá consista simplemente en aprender a llamarlos de otra manera.
Por  Óscar Sánchez y Sofía
Imagen portada: openai

El 11-S y los mayas

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