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El mundo que vive bajo tus pies
Los hongos: arquitectos invisibles del planeta
Era otoño y acababa de llover. Caminaba por un bosque de robles cuando, de repente, las vi: setas de todas las formas y colores asomaban entre las hojas secas como si hubieran brotado de la noche a la mañana. Algunas eran pequeñas y marrones, discretas. Otras llevaban sombreros rojos con puntos blancos, de cuento de hadas. Me agaché para mirar una más de cerca y pensé: esto es solo el principio.
Porque la seta que ves no es el hongo. Es apenas su fruto, como una manzana en un árbol. La diferencia es que el árbol de la seta es casi completamente invisible. Se extiende bajo tierra, a veces durante kilómetros, en una red de filamentos microscópicos llamada micelio.
Si pudieras ver a través del suelo, te encontrarías con un paisaje de una complejidad alucinante. Hilos blancos y finísimos que crecen entre las partículas de tierra, penetrando madera muerta, hojas secas, cualquier resto orgánico. Ese micelio es el verdadero cuerpo del hongo, y lleva ahí años o décadas sin que nadie se entere de su existencia. Solo asoma a la superficie cuando las condiciones son las adecuadas —humedad, temperatura— para lanzar sus esporas y reproducirse.
Durante mucho tiempo los científicos clasificaron a los hongos como plantas, porque no se movían y crecían en el suelo. Hoy sabemos que forman un reino propio, tan distinto de las plantas como los animales lo son de ambas. De hecho, genéticamente estamos más cerca de los hongos que de las plantas. Compartimos un antepasado común más reciente, y nuestra química celular tiene más similitudes de las que cabría esperar. Esa cercanía es también la razón por la que las infecciones por hongos en humanos son tan difíciles de tratar: cualquier sustancia que dañe a un hongo tiene muchas probabilidades de dañar también nuestras propias células.
Los hongos son el sistema de limpieza del planeta. Descomponen lo muerto, transforman cadáveres en nutrientes, y sin ellos los restos se acumularían sin freno: montañas de madera caída sin digerir, un mundo convertido poco a poco en necrópolis. Son los recicladores silenciosos que mantienen el ciclo de la vida funcionando.
Lo que hace especial a su trabajo es cómo lo hacen. El micelio segrega enzimas y ácidos capaces de disolver madera dura, hueso, cualquier cosa que parezca indestructible. No hay violencia en el proceso, solo paciencia química: un hongo puede tardar años en deshacer un tronco entero, hasta convertirlo en polvo fértil. Y lo curioso es que su digestión ocurre fuera del cuerpo: primero disuelve el alimento en el exterior, y solo después lo absorbe ya convertido en moléculas pequeñas. Es una digestión al revés de la nuestra, externa en lugar de interna.
Pero los hongos no son solo recicladores. Son también los grandes conectores del bosque. Las raíces de un árbol se conectan con filamentos fúngicos en un intercambio muy literal: el hongo trae agua y nutrientes minerales, sobre todo fósforo, de rincones lejanos del suelo a los que las raíces del árbol nunca llegarían por sí solas, y el árbol paga con azúcar producido por fotosíntesis.
A esta red subterránea la llaman a veces la «Wood Wide Web», la red ancha del bosque. Y no es solo para intercambiar comida. Permite que los árboles se comuniquen entre sí. Una madre árbol puede alimentar a sus plántulas a través de ella. Hay incluso evidencia de que los árboles envían señales de alarma química por esa misma red cuando sufren el ataque de una plaga, para que sus vecinos refuercen sus defensas antes de que el problema llegue hasta ellos. El bosque entero habla, en cierto sentido, a través de hongos.
De hecho, algunos micelios alcanzan tamaños que cuesta creer. En Oregón, Estados Unidos, se ha documentado un ejemplar de Armillaria que se extiende por varios kilómetros cuadrados de bosque, con una edad estimada de miles de años. Lo convierte en uno de los organismos vivos individuales más grandes que se conocen en el planeta, muy por encima de cualquier ballena o secuoya. Uno camina por ese bosque sin saber que está pisando, en realidad, un único ser vivo entero.
Las esporas que liberan las setas viajan en el viento, germinan, crean nuevas redes. Un solo sombrero de seta puede liberar millones de esporas en pocas horas, la inmensa mayoría de las cuales nunca llegará a germinar en un lugar adecuado. Es una lotería biológica, una apuesta masiva por la supervivencia. Y un dato que siempre me sorprende: un puñado de suelo sano contiene más hongos y bacterias que humanos hay en toda la Tierra. Un universo entero trabajando bajo nuestros pies sin que lo notemos.
Luego están las trufas. Esos hongos subterráneos que alcanzan precios astronómicos en los mercados. Son caros porque son escasos, buscados por su aroma complejo y porque solo crecen en simbiosis con árboles concretos —robles o avellanos— en suelos muy específicos. No se cultivan fácilmente, exigen condiciones muy precisas y mucha paciencia: a veces una década entera desde que se planta el árbol hasta la primera cosecha. Algunas variedades llegan a venderse a cientos de euros el kilo. Es el precio de lo que vive bajo tierra y casi nadie ve hasta que un perro entrenado, o tradicionalmente un cerdo, lo encuentra por el olfato.
Y si te gusta el pan, la cerveza o el vino, tienes que agradecerle a un hongo. La levadura también es un hongo, Saccharomyces cerevisiae, domesticada por los humanos hace miles de años. Fuimos seleccionando las cepas que mejor funcionaban, y ella evolucionó bajo esa presión hasta volverse, en muchos sentidos, dependiente de nosotros para dispersarse y reproducirse a la escala en que lo hace hoy. Es una coevolución en toda regla: nosotros dependemos de la levadura para hacer el pan esponjoso y la cerveza con gas, y ella depende de nosotros para propagarse por todo el planeta.
Algunos hongos, además, se han convertido en herramientas médicas de primer nivel. La penicilina, el primer antibiótico moderno, se descubrió de forma casi accidental a partir de un moho del género Penicillium. Alexander Fleming se fue de vacaciones en 1928 y dejó unos cultivos de bacterias abandonados en su laboratorio. Al volver, notó que una colonia de ese hongo había matado las bacterias que crecían en su placa de Petri. Aquella observación casual, que muchos habrían desechado como un experimento arruinado, cambió la medicina para siempre.
Desde entonces, buena parte de la industria farmacéutica sigue buscando en los hongos nuevas moléculas capaces de matar bacterias o de combatir el cáncer. El mismo reino que se encarga de descomponer cadáveres resulta ser, también, una de las fuentes más ricas de medicina que existen.
Y no todos los hongos son pacíficos recicladores o socios de los árboles. Algunos son parásitos sofisticados. Hay especies que infectan insectos y llegan a controlar su comportamiento de formas que parecen sacadas de una película de terror. El hongo Ophiocordyceps, por ejemplo, infecta a una hormiga, se alimenta de sus tejidos y finalmente la obliga a abandonar su colonia, subir a una hoja a una altura y temperatura concretas, y morderse con fuerza en el nervio central. Ahí la hormiga muere, y del cuerpo le sale un tallo del hongo que lanza esporas sobre el suelo para infectar a otras hormigas. Es control biológico puro, una estrategia evolutiva tan efectiva que lleva repitiéndose desde hace millones de años.
Hoy incluso hay empresas que cultivan micelio para fabricar materiales de embalaje biodegradable, o cueros vegetales que imitan la textura de la piel animal, aprovechando esa misma capacidad del hongo para crecer entrelazando fibras resistentes en muy pocos días. Es curioso pensar que el mismo organismo que descompone un tronco caído puede, cultivado en las condiciones adecuadas, convertirse en el material de una caja de embalaje o de una suela de zapato.
Lo que más me llama la atención de los hongos es lo invisibles que resultan siendo tan decisivos. Son los jardineros reales del planeta, constructores de suelo, fabricantes de nutrientes, conectores de árboles. La descomposición no es un fallo del sistema, es el sistema mismo.
Cada vez que camino por un bosque y piso una alfombra de hojas descompuestas, pienso que ahí abajo hay un organismo trabajando desde hace más tiempo del que yo llevo vivo, y que probablemente seguirá haciéndolo mucho después. Aprender a mirar hacia abajo, hacia lo que no se ve, suele ser la parte más importante de entender cómo funciona el mundo. Y los hongos son, quizá, el mejor recordatorio de que lo más importante casi nunca está a simple vista.
Xavier Pardell Peña
Imagen portada: Shutterstock.com – 2196361793
El mundo que vive bajo tus pies. Los hongos: arquitectos invisibles del planeta

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