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Sesenta y Cinco Años en la Piel
Cuando papá murió, todo se detuvo. De repente. La casa se llenó de un silencio extraño, de esos que resuenan en los huesos. Mamá… ella siguió actuando como si él hubiera salido a comprar el periódico. Sus dedos todavía buscaban su mano en el sofá al caer la tarde. Yo también empezaba a oír llaves imaginarias en la cerradura.
El Alzheimer le robó el presente, y casi el pasado. Para ella, papá seguía ahí: en el aroma del café demasiado cargado, en ese crujido de los tablones a medianoche. Las fotos descoloridas guardaban sonrisas inmunes al tiempo. Un rincón de su mente se aferraba a él con la desesperación de quien sabe que está perdiendo.
Hablarle de su muerte era inútil. Como escupir al viento. Las lágrimas me las guardaba para el trayecto en coche. Poco a poco, ese silencio compartido empezó a devorarme: ¿quién soy ahora? ¿El guardián de una mentira necesaria? Sus ojos ausentes me enseñaron que los adioses pueden ser más largos que la vida.
Lo más duro fue dejar el piso. Sesenta y cinco años entre paredes que habían visto todo. Cuando quitamos los cuadros, juraría que el yeso sangraba. Cada objeto era una puñalada: el reloj detenido a las once y cuarenta y siete, los manteles con manchas de Rioja como mapas de guerra, la radio que solo captaba voces muertas.
Al entregar las llaves, mis manos temblaban como varas de avellano. Los propietarios ni levantaron la vista. ¿Cómo hacerles entender que esa puerta era nuestra piel? Tirar su chaqueta de lana fue como arrancarme una costra. Aún conservaba la huella de sus hombros, su olor a tabaco y promesas.
Ahora vive en esa residencia impersonal. Voy cada tarde con mi carga de paciencia. La encuentro junto a la ventana, escrutando un horizonte borroso. Soy su traductor entre dos realidades que se repelen.
Cuidarla es mi cruz asumida. Invento verdades frágiles: “Papá está en el taller”, “Vuelve después del partido”. Parches temporales para su universo roto. Dios, cómo detesto la mentira del periódico…
Pero en este oficio callado descubrí algo: el amor auténtico no necesita trompetas. Vive en el vaso de agua que dejo en su mesilla, en subirle la manta cuando tirita, en contarle de nuevo lo del baile de 1962 como si fuera ayer.
Mientras ella sonríe al vacío creyendo verle, y yo sostengo su quimera con mis dedos invisibles, él permanece aquí. Atrapado en ese espacio estrecho entre su olvido y mi memoria. Y entendí que cuidar también es esto: mentir con ternura, sostener mundos que se desmoronan. Porque a veces, las palabras más honestas son las que callamos por amor.
Xavier Pardell Peña
Sesenta y Cinco Años en la Piel

Que bonito y triste a la vez