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NO TODO SERÁN MÁQUJINAS (EL EJEMPLO DE ROUSSEAU)
Imagino un futuro donde no todo son máquinas. Donde usaremos máquinas, pero también habrá otras cosas. La gente se cansará de tanta tecnología apabullante y preferirá cosas más sencillas y naturales. Preferirá una vida más sencilla y natural.
Preferirá mirar lo que pasa por la calle y no solo la pantalla del móvil. Preferirá mirar el atardecer y no solo la pantalla del móvil.
Preferirá un poco de inspiración, es decir, de tomar el aire, y no solo técnica o fórmula. No creerá que todo se resuelve con fórmulas.
La gente preferirá leer algo a Shakespeare, o comunicarse con su tía en un rincón de su casa, en lugar de mirar folletos con instrucciones técnicas.
No necesitará comprar un artilugio cada media hora para enriquecer a las tecnológicas. No caerá en la trampa continuamente. No se dejará agobiar y preferirá respirar. Irá a su ritmo, y no al ritmo desenfrenado de los fabricantes de máquinas.
Preferirá otra vez que la atienda una persona y no una máquina. Que pueda bromear con una persona, decirle algo imprevisto, soltarle matices, y no solo datos y fórmulas. Preferirá comunicarse de verdad con alguien. Preferirá un poco de espíritu, eso tan poco reductible a datos y reglas. Que no se encuentra en el laboratorio ni en las aplicaciones de los aparatos.
La gente cuando habla del futuro lo hace creyendo que todo seguirá en la misma dirección del presente. Si vamos hacia Barcelona desde Madrid pronto llegaremos a Zaragoza. Y después a Tarragona. ¿Y si cambiamos de dirección y nos dirigimos a Valencia?
Suponen que todo seguirá esta dirección de implantar aparatos y aparatos para todo. Fórmulas y fórmulas para todo. Invenciones e invenciones, algunas ridículas, otras perfectamente inútiles, o tras puros estorbos. Porque si pagas en el super en medio minuto con dinero no necesitas estar media hora buscando el código, el programa, la aplicación, el texto, el nombre, etc, etc Y no irá creciendo la cola detrás de ti.
Pero los premios los ganan los textos que van en favor de la mentalidad dominante. Los jurados nunca premian algo que cuestiones la mentalidad dominante. Hay que decir que el presente es lo mejor, aunque sea fascismo y brutalidad, y que el futuro será más dosis de presente. Hay que decir eso o no ganarás un premio.
Sin embargo se produjo un milagro en el siglo XVIII con Rousseau. La academia de Dijon propuso como tema: Como influyen las artes y las letras en la evolución de la Humanidad. Y Rousseau dijo que influían negativamente. Que cuanto más se alejaba el hombre de la naturaleza y se sofisticaba se volvía más podrido. Y le dieron el premio.
Había que ser valiente como Rousseau para escribir ese texto y mandarlo a un concurso. Y el milagro fue que se lo premiaron. Por una vez los académicos de Dijon se salieron de la mentalidad dominante y se mostraron abiertos. ¿Qué pasó?
Y la Historia cambia de dirección tantas veces. En el siglo XVIII parecía que el futuro era más racionalismo y más racionalismo. Más reglas para todo y más fórmulas. Más instrucciones y menos originalidad. Y de repente la gente se hartó de todo eso. Y mandó al carajo las reglas y surgió la imaginación y el genio sin reglas. Y la gente dejó de pensar en pelucas empolvadas y pensó en las selvas de América. Y leyeron a Chateaubriand y a los poetas celtas.
Por eso yo me atrevo a imaginar un futuro más humano y menos mecánico. Donde haya máquinas, pero no solo máquinas. Donde vayas a una oficina y te atienda una persona y no una máquina. Y le puedas hablar de tu abuela y decirle que te gustan mucho los higos sobre todo los lunes. Donde el Word de las narices no me subraye todo lo que no conoce (como el subjuntivo de los verbos) y pretenda darme lecciones y encerrarme. Eso no lo hacía una máquina Olivetti cuando escribía John Fante.
Y nadie pensará que cuestionar tanta máquina y tanta técnica es cosa de viejos. Que las cuestionas porque no sabes usarlas. Nadie hablará de brecha digital, porque comprenderán que mucha gente no quiere la anorexia digital, simplemente no la quiere. No le parece una pena no tenerla, es que no la quiere. Prefiere palpar las cosas y oler el café.
Me imagino un futuro donde la gente pueda oler el café y no el olor sin olor de la pantalla.
Y cuando yo tenía veinte años ya pensaba lo mismo. Prefiero el médico en persona antes que la máquina, no porque no sepa usar la máquina. Porque prefiero todas las sutilezas que puedo comunicarle al médico. Y porque prefiero leer a Cernuda o Cervantes antes que las instrucciones de un sistema operativo.
Imagino un futuro más humano y más pleno. Con olor a café y amarillo de mimosas en invierno. No el rectángulo exangüe de la pantalla.
La gente se cree que el futuro será un presente aumentado, las mismas manías de ahora aumentadas, la misma comedura de coco aumentada. La misma ganancia de las tecnológicas a costa de nosotros, aumentada. El mismo tecnologismo absoluto y fascista aumentado.
Pero tal vez se equivoca. Tal vez la gente se harte de todo eso y prefiera respirar. Igual que se cansaron de reglas en la era neoclásica y trajeron el romanticismo. Y así se produjo el milagro de Rousseau. Todo un tribunal cultural premió a un solitario que se atrevió a cuestionar los tópicos de su época.
ANTONIO COSTA GÓMEZ
NO TODO SERÁN MÁQUJINAS (EL EJEMPLO DE ROUSSEAU)
