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Envidia del Creyente
Él no era hombre de muchas palabras, ni siquiera en los días en que aún le quedaba voz. Ahora, en la madurez que huele a cuero viejo y a humo de hogueras apagadas, se sienta junto al fuego de la torre de guardia y recuerda sin prisa, como quien desenvuelve un cuchillo oxidado.
Cuando era joven, los enemigos llegaron del norte con sus estandartes rojos y sus promesas de gloria. Decían que aquellas tierras eran suyas por derecho antiguo, que los dioses se las habían señalado en sueños de sangre. Él los escuchó desde lo alto de la muralla, vio cómo sus heraldos alzaban los pergaminos y gritaban que venían a “liberar” lo que nunca había sido esclavo. Y en ese momento, sin saberlo aún, sintió la envidia más negra que jamás le quemaría las entrañas.
No envidió sus caballos ni sus armaduras relucientes. Envidió su certeza.
Ellos creían. Creían de verdad que al otro lado de la matanza les esperaba un paraíso de campos fértiles y ríos que no se secan nunca. Creían que sus muertos subirían derechos al cielo de sus antepasados, que sus hijos cantarían sus nombres alrededor de fuegos más grandes que estos. Creían que valía la pena morir —y matar— por una tierra que ni siquiera habían pisado todavía.
Él, en cambio, ya había visto demasiadas primaveras muertas. Sabía que la tierra que defendía era dura, que sus olivos daban aceitunas amargas, que sus mujeres parían hijos que crecerían para odiar el mismo horizonte. Sabía que no había dioses escuchando, solo viento que arrastra polvo y huesos. Y aun así empuñaba la lanza, porque ¿qué otra cosa le quedaba?
Una noche, después de rechazar el tercer asalto, bajó al campamento enemigo bajo bandera de tregua. Quería verlos de cerca, oler su miedo o su fe, lo que fuera que los mantuviera en pie. Los encontró cantando. Un capitán joven, de barba rubia y ojos que parecían lavados con leche, le ofreció vino y le habló de la patria que construirían sobre los cadáveres de los suyos. Le habló con una calma que helaba más que el acero.
«Cuando tomemos la ciudad», dijo el capitán, «plantaremos viñas donde ahora hay tumbas. Tus nietos beberán el vino y bendecirán nuestro nombre».
Él sonrió entonces, una sonrisa que no llegó a los ojos, y pensó: qué paz tan absoluta la de quien cree que su violencia tiene sentido. Qué descanso tan profundo el de quien puede dormir sabiendo que mañana matará por algo más grande que su propia miseria.
Regresó a la muralla con el sabor del vino enemigo en la lengua y algo peor en el alma. Desde esa noche, cada vez que un sitiador caía atravesado por su lanza, él se detenía un segundo más de lo necesario. Miraba el cuerpo derrumbándose, la sangre empapando la tierra seca, y sentía el mismo pinchazo: envidia.
Envidia de quien muere convencido.
Envidia de quien cree que su muerte sirve para algo.
Envidia de quien, al menos por un instante, deja de ser un hombre solo para convertirse en idea.
Años después, cuando la ciudad finalmente cayó —porque todas caen—, él no huyó. Se quedó entre las ruinas, entre los vencedores que ahora plantaban sus viñas sobre las tumbas que habían prometido. Los vio reír, los vio emborracharse con su propio triunfo, los vio creer, todavía creer, que habían hecho algo noble.
Y una mañana, muy temprano, antes de que el sol quemara del todo la niebla, se acercó al capitán —ya no tan joven, ya con cicatrices propias— y le pidió un favor. Solo uno.
«Déjame cavar mi propia fosa», dijo. «Aquí, junto al olivo que plantasteis encima de mi casa».
El capitán, magnánimo en la victoria, se la concedió.
Él cavó despacio, con la misma calma con que había matado. Cuando la tierra le llegó al pecho, alzó la vista una última vez y vio al capitán observándolo, curioso, casi tierno.
¿Sabes lo que más envidié de vosotros?, preguntó con voz ronca, casi divertida.
El capitán negó con la cabeza.
Que moristeis felices, respondió. Yo nunca lo conseguí.
Luego se tumbó en el agujero, cerró los ojos y esperó a que la pala enemiga terminara el trabajo.
Y en ese instante, por fin, dejó de envidiar.
Xavier Pardell Peña
Envidia del Creyente
