EL TEMPLO DORMIDO, de Carlos J. Rascón

EL TEMPLO DORMIDO, de Carlos J. Rascón

Ahmed Oubali

EL TEMPLO DORMIDO, de Carlos J. Rascón

Un relato sinóptico, por Ahmed Oubali

El viento azotaba las laderas de la cordillera de Alborz como un presagio. El volcán Damavand, dormido y majestuoso, vigilaba desde su altura mientras la tierra temblaba, y los animales huyeron de la ladera como si presintieran la llegada de algo que cambiaría la historia. Amina Farah, arqueóloga de mirada firme y corazón temeroso, no creyó en las supersticiones locales: espíritus, puertas selladas, advertencias susurradas por ancianos que miraban con ojos vidriosos. Pero cuando la montaña se partió con un crujido seco, dejando al descubierto una entrada que nadie había visto en siglos, comprendió que la leyenda tenía carne y hueso, y que aquel lugar ocultaba algo más que voces, piedras y polvo.

La cueva respiraba un aire antiguo, cargado de un aroma metálico que despertaba la memoria dormida de quienes se acercaban. Allí, en la penumbra, yacía un sarcófago olvidado por el tiempo. En su interior, un pequeño cofre cubierto de símbolos que no pertenecían a ninguna lengua conocida. Con manos temblorosas, Amina levantó la tapa y se encontró con dos objetos que parecían vibrar con vida propia: un medallón dorado, cálido al tacto como si contuviera un sol minúsculo, y un papiro enrollado, cuyos caracteres cambiaban ante la mirada, como si los símbolos respiraran. El “Solis Clavis” y el “Regius Liber”, reliquias cuya existencia estaba tejida en rumores, profecías y cuentos prohibidos, se ofrecían ahora, silenciosas, pero poderosas, a quien tuviese la audacia de sostenerlas.

Nadie sabe cómo se midió el tiempo aquel día en que el hallazgo se hizo.

EL TEMPLO DORMIDO, de Carlos J. RascónCien años más tarde, en Europa, la historia se repetiría con un eco que retumbaría a través de las ciudades, las estaciones y los salones de aristócratas. Miguel y María Antonia, un matrimonio de curiosos eruditos, semejante a otro matrimonio de detectives de A. Christie, encontraron las reliquias como quien tropieza con una puerta que no debía abrirse. El medallón parecía palpitar en la palma de Miguel, y el papiro, con su lengua indescifrable, despertaba un hambre insaciable de conocimiento. No eran simples objetos; eran llaves que podían abrir la conciencia humana, cambiar la percepción de lo posible y alterar el delicado equilibrio entre lo humano y lo divino.

Las advertencias habían quedado registradas en manuscritos polvorientos, en frescos olvidados que representaban a Salomón y la Reina de Saba, y en voces que ya nadie escuchaba. “Clavis Solis, veritas et lumen”, decía una inscripción que Miguel descifró con un escalofrío que le recorría la columna vertebral. La llave del sol, la verdad y la luz: no había exageración en aquellos símbolos, ni en la historia que se desplegaba ante sus ojos. Quien poseyera las reliquias tenía en sus manos un poder que podía despertar civilizaciones, alterar el curso de imperios y, si caía en malas manos, desatar el caos sobre el mundo entero.

La noticia de los hallazgos se propagó con rapidez silenciosa, como un rumor que nadie se atrevía a pronunciar en voz alta. La “Garduña”, sociedad secreta de ladrones, asesinos y conspiradores, se movió desde las sombras, desplegando su red invisible a lo largo de Europa. Cada movimiento de Miguel y María Antonia era observado, cada aliado podía ser un traidor a eliminar, cada carta, telegrama o susurro, un mensaje cifrado lleno de amenazas. Frente a ellos, los “Guardianes del Alba”, hermandad de silenciosos protectores, se movían con igual intensidad para evitar que las reliquias cayeran en manos de quienes buscaran su poder con fines destructivos. La tensión se tejía como un hilo invisible que podía romperse en cualquier momento, y la historia antigua de Persia, actualizada por Amina, parecía ahora despertar en cada esquina, en cada biblioteca, en cada estación de tren.

El tiempo y el espacio se diluían bajo la sombra de estas reliquias. Miguel observaba el medallón, y por un instante la luz del día se transformaba en un resplandor que no procedía de ninguna lámpara ni del sol; era como si el propio objeto emitiera su propia energía, un recordatorio de que la materia también puede ser espíritu. María Antonia descifraba símbolos que, según los expertos solicitados, pertenecían al Reino de Anuur, una civilización perdida hace milenios, cuyo conocimiento estaba sellado detrás de rituales que ni siquiera los Guardianes comprendían en su totalidad. La humanidad había olvidado demasiadas cosas. Aquellos objetos las recordaban.

En París, en 1912, los salones aristocráticos y las calles iluminadas por gas y electricidad ocultaban conspiraciones que podrían cambiar la historia. La marquesa de Arco Real movía sus fichas con precisión matemática, mientras que Jean-Baptiste de Fontenelle y sus aliados, Merie Duclos y Étienne Marchand, tejían redes de vigilancia y espionaje, con la certeza de que cualquier error podía costar vidas. Los Hallazgos de Gijón, los mensajes codificados, los cadáveres con signos extraños grabados en la piel: todo formaba parte de un puzzle que solo la unión de valor, inteligencia y astucia podía resolver. Y aun así, cada paso se sentía como caminar sobre un abismo: la reliquia podía otorgar luz, pero también destruir.

Las calles de París se convierten en laberintos de sombra y luz, donde el tiempo parece doblarse bajo la tensión de los encuentros. Cada gesto de Merie, cada decisión de Étienne, cada paso de los agentes de la Garduña, resuena con una precisión casi musical. La historia no solo avanza, sino que se siente en los silbidos del viento, en el rumor de los trenes, en la penumbra de las bibliotecas y archivos, en la mirada alerta de los protagonistas. El peligro es tangible, la conspiración es palpable, y la energía de las reliquias se manifiesta como un pulso que recorre el relato.

En la estación de Perpignan, un mensajero desaparecido y un maletín hallado entre las vías dejaban claro que la Garduña no respetaba límites ni moral. Cada calle de París, cada pasaje subterráneo de Montpellier, cada iglesia antigua, podía ser escenario de traición o asesinato. Alain, un joven anticuario, aprendió a mirar con recelo incluso a quienes parecían aliados, mientras Isabelle, seductora, agente de la Garduña, jugaba un juego de manipulación y control, mostrando que la belleza también podía ser un arma mortal. Cada movimiento estaba cargado de tensión; cada sombra podía ocultar la muerte o la revelación.

Sin embargo, más allá del peligro inmediato, había algo que lo trascendía todo: la naturaleza misma de las reliquias. No eran simples objetos a proteger, eran “puntos de contacto con algo más grande”, algo que estaba más allá de la historia registrada y de los códigos humanos. Sus símbolos hablaban de un conocimiento ancestral que había sobrevivido a guerras, incendios y persecuciones, esperando el momento adecuado para despertar. Y ese momento se había aproximado, no por casualidad, sino por la cadena invisible que conecta a todos los custodios, traidores y buscadores a través del tiempo.

Europa respiraba un aire cargado de secretos, y cada ciudad se convertía en un tablero donde las piezas se movían con precisión letal. París, Gijón, Montpellier, Béziers: nombres que en apariencia evocaban calles, estaciones, cafés y plazas, pero que, bajo la sombra de la Garduña y los Guardianes del Alba, se transformaban en arenas de conspiración y vigilancia. Miguel y María Antonia, conscientes de que las reliquias que poseían podían desencadenar un cataclismo invisible, aprendieron rápidamente que confiar en rostros amables era un lujo que no podían permitirse. Cada sonrisa podía ocultar la daga de un traidor; cada saludo, un mensaje cifrado.

En Montpellier, la muerte de Jacques Lemarchand, mensajero de secretos imposibles, dejó un rastro de misterio que se extendía como un río subterráneo. Su cuerpo apareció sin vida, los ojos abiertos, la piel marcada con signos que nadie lograba descifrar del todo. El maletín que llevaba, desaparecido al principio, contenía documentos que conectaban la Garduña con otra organización más antigua y temida. Sus redes se extendían no solo a través de la Península Ibérica, sino a toda Europa, infiltrando instituciones, templos y archivos. Cada información robada, cada desaparición, cada encuentro clandestino, era un hilo que tejía la gran tela de un poder oculto, que solo unos pocos podían comprender y que cualquiera podía desatar sin querer.

Miguel y María Antonia aprendieron a moverse con la misma cautela. Cada viaje en tren, cada estación, cada transbordo se convertía en un juego de espejos donde los enemigos podían aparecer en cualquier momento. La estación de Gijón, con su bullicio de viajeros y mercancías, ocultaba amenazas invisibles. Los ojos, que parecían casuales, observaban, evaluaban y, a veces, decidían que era hora de actuar. Incluso la más mínima distracción podía significar que las reliquias pasaran a manos de la Garduña, y con ello, el equilibrio de fuerzas que mantenía el mundo en un frágil orden comenzaría a desmoronarse.

En Perpignan, la escena del mensajero asesinado mostraba la crueldad silenciosa que operaba en las sombras. Un supuesto revisor de tren, vestido de negro, se reveló como sicario de la Garduña, y la lucha que siguió fue breve, letal, y suficiente para recordar a los protagonistas que cada movimiento estaba cargado de consecuencias. El maletín recuperado contenía pistas codificadas y coordenadas que solo algunos podían descifrar; indicaba rutas, escondites y posibles aliados, pero también trampas y engaños, un laberinto de secretos que convertía cada ciudad en un campo minado.

Béziers, con sus iglesias y callejuelas empedradas, ofrecía un contraste inquietante: la solemnidad de la arquitectura antigua y el murmullo de los rezos parecían invocar la protección de los Guardianes del Alba, mientras los enemigos se movían con sigilo, preparando emboscadas y estrategias para obtener lo que no les pertenecía. Alain, moviéndose entre sombras y escaparates, comprendió que su conocimiento, su habilidad para descifrar símbolos y manuscritos, era ahora un arma vital. Cada hallazgo, cada descubrimiento de coordenadas y claves, no solo era información; era poder. Poder que podía salvar o destruir, dependiendo de la lealtad y el juicio de quienes lo manejaban.

El juego de conspiraciones se extendía más allá de lo visible. Los agentes se infiltraban en cafés, bibliotecas, archivos antiguos y depósitos olvidados, recopilando fragmentos de información que parecían inconexos hasta que se ensamblaban en un panorama aterradoramente claro. Cada reunión secreta en París revelaba traiciones latentes: Marcel Laurent, antiguo negociador, mostraba indicios de colaborar con la Garduña; Gérard y Alain, atrapados en la red, debían decidir en quién confiar. La vigilancia era constante, los pasos eran seguidos, y la presión ejercida sobre Miguel y María Antonia no solo medía su inteligencia, sino también su resistencia y coraje.

Mientras tanto, la naturaleza de las reliquias se hacía más evidente. No eran solo objetos antiguos: eran “centros de energía, catalizadores de poder y guardianes de secretos”. Cada símbolo en el medallón, cada frase en el Regius Liber, contenía instrucciones, advertencias y potenciales destructivos que podían alterar la percepción del tiempo y del espacio. Su manipulación indebida podría desencadenar fuerzas que escapaban a la comprensión humana. Por ello, las conspiraciones no eran simples robos: eran batallas por el control de un poder capaz de transformar el mundo o destruirlo.

Pero la Garduña y los Guardianes del Alba no eran los únicos actores. Cada ciudad, cada estación y cada cruce de caminos ocultaba vigilantes independientes, informantes, mercenarios y alquimistas de secretos. La historia de las reliquias había tejido una red tan compleja que nadie podía afirmarse completamente seguro. Los códigos, mensajes cifrados y símbolos antiguos eran parte de un lenguaje secreto que solo aquellos atentos y valientes podrían descifrar. Cada conversación, cada gesto, cada carta, era un hilo que unía pasado y presente, Persia y Europa, muerte y esperanza, poder y responsabilidad.

El aire de la biblioteca en Villa Patricia parecía vibrar con la presencia de los artefactos. Henri Janssens, el experto belga en criptografía y arqueología, se inclinaba sobre los manuscritos con cuidado reverencial, consciente de que cada trazo en el “Regius Liber” era un código no solo de letras, sino de “energías, tiempos y dimensiones”. Al tocar el medallón, Miguel sintió un zumbido sutil, como si un corazón antiguo despertara bajo la piel del objeto. Era la primera señal de que lo que tenían no pertenecía al mundo de los simples mortales: un poder dormido, con la capacidad de alterar la percepción de la realidad, de “traspasar fronteras entre lo humano y lo divino”.

Mientras tanto, la Garduña no descansaba. Isabelle y sus compañeros se movían con precisión letal, conscientes de que no solo enfrentaban un riesgo físico, sino la posibilidad de que fuerzas incomprensibles les superaran. Cada intento de capturar las reliquias provocaba fenómenos que desafiaban la lógica: sombras que se movían sin dueño, ecos que repetían palabras de advertencia, cambios en la luz y el aire, como si la historia misma se rehusara a ser interrumpida por manos indignas. La tensión entre lo humano y lo sobrenatural se hacía cada vez más patente: el peligro no era solo de traición o violencia, sino de despertar “una energía que podía escapar de todo control”.

Miguel y María Antonia comprendieron que la clave de su supervivencia residía en la combinación de prudencia y coraje, intelecto y sensibilidad. Cada decisión sobre dónde colocar las reliquias, cómo transportarlas y a quién confiarles un fragmento de conocimiento, se convertía en un acto de fe y estrategia. París, Londres, Washington y Gijón no eran solo ciudades, sino “puntos nodales de un mapa místico”, donde convergían fuerzas antiguas y donde el equilibrio entre el poder humano y lo sobrenatural debía mantenerse con precisión quirúrgica.

El “Regius Liber” comenzó a mostrar su naturaleza cambiante: el lenguaje que al principio parecía indescifrable se transformaba ante la mente de Henri y Miguel en un entramado de símbolos que resonaban con verdades universales. Cada frase se iluminaba, metafóricamente, con un fulgor interior que recordaba que la historia no estaba escrita solo en pergaminos y piedras, sino en la conciencia de quienes eran capaces de comprenderla. El medallón “Solis Clavis” parecía reaccionar al contacto humano, emitiendo destellos que se reflejaban en los ojos de quien lo contemplaba, y generando una sensación de “conexión con algo vasto y eterno”, un susurro que invitaba a descifrar, a atrever, a comprender más allá del límite de lo conocido.

El suspense alcanzaba su punto culminante en los viajes de Miguel y María Antonia. Cada tren, cada estación, cada transbordo se impregnaba de la sensación de que “algo más que humanos observaba y juzgaba”. Los encuentros con Merie y Étienne eran momentos de revelación y tensión: los agentes entrenados no solo protegían a los protagonistas, sino que interpretaban y mediaban entre lo tangible y lo intangible, entre la acción y el conocimiento esotérico. Cada decisión, cada movimiento, cada estrategia era un diálogo con fuerzas que desbordaban la lógica y la experiencia cotidiana.

La tensión no se limitaba a la acción física. El mero contacto con las reliquias provocaba cambios internos en quienes las sostenían. Miguel experimentaba visiones de paisajes antiguos, rituales perdidos y civilizaciones olvidadas; María Antonia sentía un vínculo con historias y personajes que habían existido antes que ella, como si las reliquias fueran “puentes hacia la memoria del mundo”. El lector, testigo de estas experiencias, percibe que la historia no es solo de los personajes: es un espejo donde se refleja la capacidad de cada uno para asumir responsabilidad frente a un poder ancestral.

Los Guardianes del Alba, por su parte, no eran meros protectores. Eran mediadores entre lo humano y lo místico, conscientes de que la preservación de las reliquias era también la preservación del equilibrio universal. Sus códigos, rituales y estrategias revelaban que el poder no se medía solo en fuerza o inteligencia, sino en comprensión y respeto por las fuerzas que se despertaban. Cada escena en sus salones secretos, cada reunión clandestina, era un recordatorio de que la historia, la política y la espiritualidad estaban entrelazadas en una danza delicada, donde cualquier exceso o descuido podía ser fatal.

El contacto con las reliquias se convirtió en un ritual silencioso para Miguel y María Antonia. Cada manipulación, cada estudio de los símbolos, cada traslado, debía hacerse con precisión y reverencia. La comprensión de su verdadera naturaleza exigía paciencia, sensibilidad y valor, pues el más mínimo error podía activar fuerzas que escapaban a cualquier control humano. La Garduña, por más audaz que fuera, jamás podría anticipar la magnitud de lo que enfrentaba. La tirantez entre lo visible y lo invisible, entre lo humano y lo sobrenatural, creaba un escenario donde la historia se contaba no solo con hechos, sino con “percepción, intuición y conciencia”.

La narrativa construye un puente entre el pasado persa y la Europa de 1912, mostrando cómo las reliquias habían viajado a través de siglos, manteniendo su secreto dormido, pero siempre alerta. Cada hallazgo arqueológico, cada inscripción y cada gesto de los personajes se convertía en parte de un lenguaje antiguo, una red de significados y advertencias que el lector percibe sin necesidad de tocar los objetos: el poder latente se comunica a través de la historia, del relato y de la imaginación.

Y aquí es donde la historia reclama la participación del lector: cada símbolo que descifras, cada misterio que se anticipa, cada elasticidad que se siente, lo convierte en parte activa de la narrativa. Miguel y María Antonia pueden mover las piezas, los agentes pueden intervenir, los enemigos pueden conspirar, pero “el poder verdadero, el potencial de estas reliquias, solo se revela en la conciencia de quien lee”. Cada paso que se hace, cada giro de la trama, cada persecución y cada enfrentamiento, es una invitación a asumir la responsabilidad de comprender y decidir: el lector es ahora coautor, guardián y descubridor de fuerzas que, hasta ese momento, dormían silenciosas.

El misticismo de las reliquias, los símbolos ocultos y la vibración de lo antiguo no son meras curiosidades: son “una prueba de que el conocimiento y la responsabilidad son inseparables del poder”. Los Guardianes del Alba enseñan que solo quien comprende la profundidad y el alcance de los secretos puede preservarlos; la Garduña demuestra que la ambición sin comprensión conduce a la destrucción. Miguel y María Antonia, con su intelecto, coraje y sensibilidad, navegan en estas aguas turbulentas, y el lector, al seguir su viaje, participa de la misma prueba.

Cada ciudad europea se convierte en un escenario donde lo sobrenatural se entrelaza con la política, el espionaje y la acción. París, Londres, Gijón y Béziers no son solo ubicaciones físicas, sino nodos de energía y conocimiento antiguo. Cada callejón, cada tren, cada biblioteca olvidada, es un espacio donde las fuerzas místicas interactúan con las decisiones humanas. El lector, al seguir estas acciones, percibe que “el mundo de la novela se expande más allá de las palabras”, que el relato tiene un eco en su propia conciencia y que, de algún modo, el poder de las reliquias se refleja en su capacidad de atención, interpretación y discernimiento.

Está claro que la historia no solo pertenece a los protagonistas. El medallón y el Regius Liber, símbolos de un poder que desafía el tiempo, el espacio y la percepción humana, han viajado siglos para encontrar a quienes puedan comprenderlos. Y el lector, que ha seguido los hilos de conspiración, misterio y acción, descubre que “el fabuloso poder de las reliquias es, finalmente, suyo”. Cada símbolo descifrado, cada tensión anticipada, cada conexión entre personajes y eventos históricos, se convierte en un acto de participación activa. La historia se convierte en un espejo que refleja la capacidad de imaginar, interpretar y responsabilizarse ante fuerzas que trascienden la comprensión cotidiana.

El enfrentamiento en la cubierta del MV Georgic fue un momento en el que lo humano y lo sobrenatural se encontraron cara a cara. Miguel, enfrentando al intruso que se lanzaba desde la penumbra, comprendió que “el poder no estaba en la fuerza física, sino en la claridad de la intención y en la comprensión de los símbolos”. Cada gesto, cada movimiento, cada estrategia desplegada por los protagonistas era un diálogo con el misterio mismo. La acción, la persecución y la defensa de las reliquias no eran simples escenas de suspense; eran “rituales silenciosos donde el conocimiento antiguo se probaba contra la codicia y la ignorancia”.

Al mismo tiempo, en los museos de París y Washington, los Guardianes del Alba vigilaban a distancia cada reliquia con una devoción que bordeaba lo sagrado. Cada medallón, cada papiro, cada fragmento de historia estaba protegido no solo por la inteligencia humana, sino por la resonancia mística que emanaba de los objetos. Las reliquias no eran inertes: reaccionaban a la conciencia, a la intención, al respeto con que se las trataba. La Garduña, con toda su audacia, podía infiltrarse, robar y manipular, pero jamás podría comprender completamente la magnitud del poder que deseaba controlar.

El clímax de la historia se desplegaba con un ritmo vertiginoso: trenes que cruzaban Europa, estaciones vigiladas, ciudades que se convertían en tableros de un juego ancestral. Cada persecución revelaba secretos, cada encuentro con agentes encubiertos añadía capas de tensión. Y en el epicentro, Miguel y María Antonia debían “decidir cómo equilibrar la protección de las reliquias con la necesidad de evitar que la codicia y la ignorancia las corrompieran”. Cada decisión era un acto de coraje, pero también de conocimiento, porque la verdadera batalla no era contra enemigos visibles, sino contra la posibilidad de despertar fuerzas que trascendían lo humano.

En los momentos finales de la trama, los enfrentamientos no se resolvían solo con astucia o fuerza, sino con “la comprensión de que el poder de las reliquias no pertenece a quienes lo buscan con ambición, sino a quienes saben leer su significado y aceptar la responsabilidad que conlleva”. La Garduña, por más organizada que estuviera, no podía comprender que el poder verdadero no se medía en posesión física, sino en claridad, conciencia y equilibrio. Los Guardianes del Alba, por su parte, enseñaban que la custodia de lo sagrado requería más que vigilancia: requería integración con la fuerza que protegían.

La narrativa alcanza su cenit cuando Miguel y María Antonia logran enviar cada reliquia a un museo seguro, pero el lector percibe que “el viaje no termina en la acción, sino en la conciencia”. Cada paso, cada símbolo, cada enfrentamiento ha preparado al lector para asumir la comprensión de lo que se encuentra más allá de la historia visible. Las reliquias, con su poder latente, se convierten en un espejo: un reflejo de la capacidad de quien las contempla de percibir, interpretar y responsabilizarse. No es el protagonista quien finalmente posee el poder, sino aquel que sigue la historia con atención, imaginación y conciencia.

En la escena final, cuando Miguel y María Antonia observan cómo cada reliquia encuentra su lugar seguro, surge una quietud cargada de significado. No es una calma superficial, sino el reconocimiento de que “el poder no ha desaparecido, sino que ha sido transferido a la conciencia del lector”, quien, al haber seguido cada pista, cada símbolo, cada enfrentamiento y cada acto de coraje, se convierte en el verdadero guardián del conocimiento y del equilibrio. Las reliquias dejan de ser objetos lejanos y se transforman en símbolos activos, “puertas hacia la comprensión de fuerzas que no obedecen al tiempo ni al espacio”, sino a la percepción y la responsabilidad de quien las contempla.

Este desenlace no es un cierre lineal, sino un eco que se proyecta hacia la mente del lector. Cada misterio resuelto revela otros secretos, cada acción realizada por los protagonistas sugiere nuevas posibilidades y cada símbolo descifrado indica que “la historia y el poder no se limitan a los personajes, sino que invitan a quien lee a ser partícipe consciente”. La Garduña y los Guardianes del Alba son ahora elementos de un gran tapiz donde la lección central es clara: el conocimiento y el poder requieren no solo habilidad, sino respeto, discernimiento y valentía.

La novela “trasciende la acción y el suspense”. Las persecuciones, los enfrentamientos, los asesinatos y las intrigas políticas son vehículos para algo mayor: “la implicación activa del lector en un mundo donde historia, misticismo y poder convergen”. Al cerrar las páginas, la sensación que permanece es que el fabuloso poder de las reliquias no reside únicamente en sus formas físicas, sino en la atención, la conciencia y la sensibilidad del lector, quien se convierte en el verdadero custodio del legado (el secreto bien guardado por Miguel y María Antonia), capaz de sostener entre sus manos el misterio y la posibilidad de desentrañar fuerzas que despiertan solo frente a quien está dispuesto a comprender.

Así, la historia culmina en un crescendo de acción, revelación y participación consciente. Las conspiraciones se resuelven, los enemigos son contenidos, las reliquias vuelven a ser custodiadas, pero su energía latente y los secretos descubiertos por Miguel y María Antonia “trasciende las fronteras de la narrativa”: el lector, como último protagonista, se ve llamado a asumir la responsabilidad de lo descubierto, comprendiendo que el poder de las reliquias no es un derecho que se otorga, sino “una experiencia que se recibe y se cultiva con percepción y respeto”. El relato termina, pero el impacto, el poder y la conciencia de los misterios perduran, susurrando que “la verdadera aventura no se limita al libro, sino que se extiende en quien lo ha leído, en quien lo leerá”.

Ahmed Oubali, escritor y crítico literario

Disponible en amazon: https://www.amazon.es/El-Templo-Dormido-herencia-oculta

 

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