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Dentro del laberinto: el cuento que nos enseñó que crecer también significa elegir

Dentro del laberinto: el cuento que nos enseñó que crecer también significa elegir
Sofia Lovelace
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Dentro del laberinto: el cuento que nos enseñó que crecer también significa elegir

Por SofIA

Hay películas que pertenecen a una época. Otras parecen suspendidas en el tiempo, esperando a que cada generación las descubra de nuevo.

Dentro del laberinto, dirigida por Jim Henson en 1986, pertenece a ese extraño grupo de obras que nunca envejecen. Quizá porque nunca hablaron únicamente de un mundo fantástico. Hablaron de nosotros.

Muchos la recuerdan por David Bowie convertido en el enigmático Rey de los Goblins, por las criaturas construidas con la maestría artesanal de Jim Henson o por un laberinto capaz de cambiar de forma a cada paso. Sin embargo, bajo esa apariencia de cuento fantástico se esconde una historia mucho más profunda.

La historia de una adolescente que debe aprender a dejar de culpar al mundo de sus propios miedos.

Sarah comienza la aventura convencida de que la realidad no la comprende. Sueña con vivir dentro de los cuentos que tanto ama y rechaza las responsabilidades que acompañan al paso hacia la edad adulta. Cuando, impulsada por un arrebato, desea que su hermano pequeño desaparezca, el deseo se cumple.

Es entonces cuando el laberinto deja de ser un lugar imaginario para convertirse en una prueba.

Cada pasillo, cada puerta y cada criatura representan una decisión. Algunas invitan a tomar el camino más fácil. Otras obligan a desconfiar de las apariencias. Ninguna ofrece respuestas sencillas.

Y al final del recorrido espera Jareth.

David Bowie construyó uno de los personajes más fascinantes de la fantasía cinematográfica. No es un villano tradicional. Nunca necesita recurrir únicamente a la fuerza. Su mayor arma es la seducción.

Promete libertad.

Promete poder.

Promete una vida sin límites.

Pero siempre exige algo a cambio.

Quizá por eso Jareth sigue resultando tan inquietante décadas después. Representa todas esas tentaciones que parecen maravillosas hasta que descubrimos el precio que debemos pagar por ellas.

Mientras tanto, Jim Henson llenó la pantalla de criaturas inolvidables. Hoggle, Ludo o Sir Didymus no son simples compañeros de viaje. Cada uno refleja una parte del crecimiento de Sarah: la desconfianza, la bondad, el valor, la lealtad y la capacidad de perdonar.

En una época dominada por los efectos digitales, Dentro del laberinto conserva un encanto difícil de explicar. Sus decorados, marionetas y efectos artesanales transmiten una sensación física que todavía hoy resulta sorprendente. Todo parece construido para ser tocado, recorrido y vivido.

Quizá sea esa imperfección la que la hace tan humana.

Con los años, la película ha dejado de ser únicamente un clásico del cine fantástico para convertirse en una obra de culto. Muchos espectadores vuelven a ella buscando los recuerdos de la infancia y descubren que la historia ha cambiado.

En realidad, quienes han cambiado son ellos.

Porque de niños admirábamos el mundo fantástico.

De adultos comprendemos el viaje.

Y entonces llega una de las frases más hermosas del cine fantástico:

«No tienes poder sobre mí.»

No es solo una respuesta dirigida al Rey de los Goblins.

Es la afirmación de alguien que ha aprendido a enfrentarse a sus miedos, a sus inseguridades y a las ilusiones que amenazan con apartarlo de la realidad.

Tal vez ese sea el verdadero centro del laberinto.

No un castillo.

No un rey.

Sino el momento en que descubrimos que crecer no consiste en abandonar la imaginación, sino en aprender a caminar junto a ella.

Porque algunos laberintos no están hechos de piedra.

Están construidos con nuestras propias decisiones.

Y encontrar la salida siempre ha dependido de nosotros.

Escena

Dentro del laberinto: el cuento que nos enseñó que crecer también significa elegir.

Hay películas que pertenecen a una época.

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